lunes, 19 de agosto de 2013

Capítulo 15- Aprendiendo a Amar

_________________________________

— ¿Qué?
—Que estoy embarazada —lo cierto era que ahora que ya lo había dicho en voz alta, se sentía mejor. Era un gusto poder contárselo a alguien que no fuera médico. Una sonrisa se le dibujó en los labios sin que pudiera hacer nada por ocultarla mientras se ponía la mano en el vientre—. Voy a tener un bebé.
— ¿Cómo demonios ha ocurrido?
Se encogió de hombros incapaz de dejar de sonreír, cosa que él no hacía ni mucho menos; en realidad su actitud era más bien hostil.
—De la manera habitual —se quedó pensando en ello una décima de segundo—. Bueno, en realidad no tan habitual, supongo.
—No te tenía por una persona descuidada —respondió él enfadado—. Espero que seas más responsable en el trabajo.
— ¿Yo fui la descuidada? Resulta curioso oír eso, viniendo de t...
—Si no te importa —la interrumpió tajantemente—, se supone que estamos aquí para hablar de la campaña. Si es que estás preparada.
—Claro que estoy preparada. Pero tengo que decirte algo antes, Pedro...
— ¿Qué? —preguntó poniéndose muy recto—. ¿No estarás pensando dejar la empresa ahora que te he ascendido? Confío en que te encargues de supervisar toda la campaña.
—No, no voy a dejar la empresa... a no ser que tú creas que debo hacerlo.
— ¿Por qué iba a creer algo así?
—Bueno, porque...

Se detuvo al oír algo en el pasillo, un revuelo que iba en aumento... Parecía que alguien estaba discutiendo con Sofia, un segundo después se abrió la puerta de golpe.
Pau se quedó boquiabierta al ver a su ex prometido entrar en el despacho con un ramo de rosas en una mano y una botella de champagne en la otra. Sofia iba tras él.
—Disculpe, señor Pieres, pero no puede entrar aquí.
—Tranquila —dijo Facundo con una de sus deslumbrantes sonrisas—. Estoy seguro de que sea quien sea este señor —continuó haciendo un gesto de poca importancia hacia Pedro—... nos disculpará. Pau y yo tenemos que hablar de un asunto muy importante.
—Señor Pieres, váyase por favor. Este no es el despacho de Paula.
—No te preocupes, Sofia —intervino Pedro acomodándose en su silla ante la oportunidad de enterarse de más cosas sobre la vida secreta de Pau. Primero el embarazo y después ese personaje que no podía ser otro que el padre. ¿Sería él el motivo por el que había rechazado a Pedro en Uruguay?

La idea le puso los pelos de punta.
Facundo  obvió la existencia de todos excepto de Pau y se sentó en la mesa, mirándola cara a cara. Ella intentó levantarse, pero él se lo impidió para después ponerle el ramo de rosas sobre las piernas.

—Esto es para ti, cariño. Por cierto, estás más guapa que nunca —comentó al tiempo que se inclinaba sobre ella y le daba un rápido beso en los labios.
—Facundo... ¿qué demonios te ocurre? ¿Qué estás haciendo aquí? —consiguió preguntar ella después de quedarse mirando las flores incapaz de hablar.
—Pensaba darte una sorpresa cuando llegaras a casa, pero luego se me ocurrió que sería más divertido venir a buscarte al trabajo y después llevarte a algún restaurante romántico. Parece que has progresado mucho, la última vez estabas muchos pisos más abajo. Hernan... no sé qué... me dijo dónde podía encontrarte.

Pedro se recordó a sí mismo que tenía que decirle un par de cosas a Nan sobre la política de seguridad de la empresa; mientras no podía dejar de pensar en darle un buen puñetazo a ese Facundo por haber besado a Pau. Lo que no entendía era por qué ella parecía tan sorprendida de ver al padre de su hijo... ¿a menos que hubieran roto después de haber concebido al bebé? Vaya, parecía que el Ratoncillo Marrón tenía más capas de lo que él habría pensado.

—Facundo, ¿qué haces aquí? Esto no tiene ningún sentido.
Aquel tipo desoyó su protesta y, a pesar de la hora que era, descorchó la botella de champagne para después servirlo en dos copas que se sacó del bolsillo. Le dio una a Pau y él dio un trago de la otra sin apartar un momento la mirada de los ojos de ella.
—Entonces vámonos a buscarle el sentido a un lugar más privado —sugirió en tono seductor.
Pedro no aguantaba más en silencio; fuera quien fuera ese tipo, no iba a permitirle que se llevara a Pau en horas de trabajo.
—Ella no va a irse a ningún sitio.
Facundo se volvió a mirarlo ostensiblemente contrariado de verlo después de haberlo obviado desde su llegada.
—Perdone, pero esto es una conversación privada.
—Fíjese qué casualidad porque todos los demás pensamos que es usted el que está interrumpiendo una conversación privada —replicó Pedro con aparente tranquilidad.

Facundo sonrió con evidente falsedad.
—Agradezco que se preocupe por Pau, pero está a salvo conmigo, ¿verdad, Pau?
Ella lo miró detenidamente mientras dejaba las gafas sobre la mesa. A pesar de la sorpresa, lo primero que había pensado al verlo era que estaba guapísimo y había sentido una terrible sensación de pérdida. Había amado a aquel hombre perfecto y lo había perdido. Pero entonces había recordado cómo trataba a la gente, cómo pasaba por encima de todo aquél que no le fuera de alguna utilidad. Le indignaba que hubiera dado por hecho que caería rendida en sus brazos, sin preguntarle siquiera qué era lo que ella deseaba.
¿Por qué lo había aguantado tanto tiempo? Debía de haber estado desesperada por tener un hijo; tanto, que se había cegado. Ahora sin embargo, lo veía todo con claridad.

— ¿Pau? —dijo Facundo.
Se volvió a mirar a Pedro. Parecía a punto de levantarse y lanzarse sobre Facundo y Sofia, que seguía en la puerta, parecía dispuesta a ayudar a su jefe. Resultaba reconfortante tenerlos allí, pero aquello era algo que tenía que hacer sola. Además, si tenía que hablar con Facundo del embarazo, sería mejor que Pedro no estuviera presente. Pau respiró hondo y se dirigió a Pedro y a Sofia.
—Lo siento mucho, no sé qué está pasando pero si me dais un minuto, lo resolveré enseguida. Gracias por vuestro apoyo, pero creo que necesitamos un poco de privacidad. Si no os importa, continuaremos la conversación en mi despacho.

Pedro y Sofia se miraron el uno al otro como si ninguno quisiera ser el primero en marcharse.
— ¿Estás segura? —le preguntó Pedro.
—Sí.
—Mejor quedaos aquí, yo estaré ahí fuera por si necesitas algo.
—Gracias —respondió sonriendo y sin poder dejar de mirarlo a los ojos, donde encontró un maravilloso mensaje de tranquilidad. Una cálida sensación se instaló en su cuerpo en lugares a los que sólo él parecía llegar.
— ¡Muy bien! —exclamó Facundo sujetándoles la puerta—. Han sido un público estupendo, pero el espectáculo ha terminado.
Pedro se puso en pie, visiblemente enfadado, pero sin apresurarse a salir.
—Ya ha oído, necesitamos un poco de privacidad —continuó presionando Facundo.

Pau tenía la sensación de que Pedro quería hacer algo, pero no sabía qué; lo que sí sabía era que estaba muy tenso. Entonces apreció el contraste que había entre aquellos dos hombres. Allí estaba Facundo, tan elegante como siempre; guapo, pero débil por dentro. Y Pedro, sólido como una roca, transmitía más poder con sus ojos de lo que Facundo podría transmitir con todo el cuerpo.

Y se dio cuenta de algo increíble.
¡Pedro estaba defendiéndola!
La misma sensación cálida la rodeó de un modo tan eficiente como si él la estuviera abrazando realmente. Entonces supo que él cuidaría de ella, y eso la hizo sentirse agradablemente segura.
—Estaré fuera —le dijo antes de salir.
Y se quedó a solas con Facundo.

Hola aqui les traigo un nuevo capitulo, se pone interesante, comenten asi subo otro mañana :) Gracias a todos por leer @patty_lovepyp. Capitulo dedicado a Mili (@frogyalvarez) gracias por todo, sos genial♥



domingo, 18 de agosto de 2013

Capítulo 14- Aprendiendo a Amar

_________________________________

— ¡SOFIA! — ¿dónde se había metido esa mujer?—. ¡Sofia!
La mencionada apareció en la puerta de su oficina, agenda y bolígrafo en mano.
— ¿Me ha llamado? —preguntó enarcando una ceja con la mayor tranquilidad.
Pedro apretó los dientes. No le gustaba nada cuando adoptaba esa actitud; a veces tener una secretaría que sabía tanto de la vida de uno era un inconveniente.
— ¿Dónde te has metido?
—Estaba rellenando la documentación que ha pedido que mandara por fax la última vez que me ha llamado a gritos hace menos de cinco minutos. Por no hablar —añadió sin darle tiempo a intervenir—… del correo de las dos últimas semanas que me ha pedido que ordenara hace diez minutos. También he contestado al teléfono mientras tanto... porque me ha pedido que hoy respondiera hasta a sus llamadas directas. Y gracias por preguntarme, he tenido unas estupendas vacaciones de Navidad, porque supongo que será para eso para lo que me ha llamado esta vez.

Por un momento, se quedó sin habla.
—Me alegro por ti —replicó igualmente sarcástico mientras se preguntaba para qué demonios la había llamado.
— ¿Y Bariloche? —continuó ella mirándolo a los ojos como si pudiera verlo por dentro—. ¿Qué tal ha estado es esquí este año? Normalmente vuelve un poco más relajado de las vacaciones.
—Bien —respondió dando golpecitos en la mesa con la yema de los dedos al tiempo que trataba de olvidar el fracaso absoluto que habían resultado las vacaciones—. El viaje ha estado bien.
—Estupendo —dijo Sofia en el mismo tono en el que podía haber dicho que había un burro volando—. Entonces quizá quiera que le diga lo que tiene en la agenda para hoy.
Levantó la cabeza de golpe. Eso era.
—Sólo si has terminado con tu discurso —contestó con dignidad—. Eso era precisamente para lo que te he llamado.
—Ya —murmuró Sofia claramente desconcertada—. Pues debería haberlo dicho —añadió abriendo la agenda que tenía en la mano—. A las nueve, tiene una reunión con Paula para hablar del lanzamiento de la nueva campaña, después...
Se puso rígido al oír aquel nombre y perdió la vista en el paisaje que se extendía al otro lado de la ventana mientras la voz de Sofia se iba convirtiendo en un murmullo.
Paula. ¿Qué tenía esa mujer que le hacía sentirse tan inquieto? ¿Cómo demonios lo hacía? Miró al reloj, las ocho y media; estaría allí en treinta minutos. No era apenas tiempo... ¿Entonces por qué de pronto treinta minutos le parecían una eternidad?

__


Pau se preguntó si aquéllas eran las famosas náuseas matutinas. Sabía que su embarazo era todavía muy reciente, pero hasta el momento había estado perfectamente; tanto que a veces le había resultado difícil creer que realmente estuviera esperando un hijo. Incluso después de la confirmación del médico, se había encontrado perfectamente bien.

Hasta ese día. Tenía el estómago revuelto y parecía como si sus piernas hubiesen perdido solidez, y sabía que no tenía que ver con el movimiento del tren camino al centro de Buenos Aires, camino a Pedro. Sabía que no podía postergar el momento de darle la noticia, el problema era que no estaba segura de poder hacerlo. Pero tenía que estarlo; cuanto más lo retrasara, más duro sería.

En tren se detuvo de pronto entre estación y estación. Todo el mundo levantó la vista de los libros o los periódicos con los que trataban de matar el tiempo del trayecto y en busca de algún tipo de explicación. Los altavoces no tardaron en dar la información; había habido un leve descarrilamiento más adelante que iba a provocarles un retraso de alrededor de una hora. Se oyó el resoplido unánime de los pasajeros.
Alrededor de una hora. Otros sesenta minutos para pensar en lo que estaba a punto de hacer, una hora más de nerviosismo y náuseas. Miró al reloj y se dio cuenta de que no iba a llegar a tiempo a la reunión con Pedro, así que buscó el teléfono dentro del bolso para avisar del retraso. Al menos podía avisar.

Pedro sintió el momento exacto en el que llegó. Oyó las puertas del ascensor y supo que era ella, después escuchó sus pasos apresurados en el pasillo mientras él observaba la panorámica de la ciudad con las manos metidas en los bolsillos del pantalón. Ya podía imaginar el aroma de albaricoque aproximándose a él.
Era curioso, pero no podía quitarse aquel olor de la cabeza. Incluso en el chalet de Bariloche, rodeado de mujeres bellas, perfumadas, perfectamente maquilladas y dispuestas a ofrecerle algo de entretenimiento después del esquí; lo que había invadido sus sueños había sido aquel aroma de albaricoque. Para un aficionado a los diferentes perfumes de mujer como él, era increíble que de pronto todos le parecieran demasiado intensos, demasiado empalagosos.

Sus vacaciones habían sido un desastre. En lugar de relajarse, no había podido hacer otra cosa que pensar y pensar. Y había dos mujeres que no podía apartar de sus pensamientos. Con una había hecho el amor de un modo increíble y después había desaparecido de la faz de la tierra sin dejar rastro sin darle opción a buscarla.

La otra era una paradoja, una extraña mezcla de inocencia y seducción. A medida que iba conociéndola, iba descubriendo una esencia atrayente y cautivadora. Era además la mujer que lo había rechazado tajantemente, sin compasión alguna.

Nadie le había hecho nunca algo así. Dos mujeres y dos experiencias tremendamente insatisfactorias. No era de extrañar que últimamente estuviera teniendo problemas para dormir.
Y ahora una de ellas ni siquiera era capaz de llegar puntual a trabajar. Las cosas iban a tener que cambiar mucho por allí.
La oyó saludar a Sofia, que le aconsejó que pasara directamente, y espero hasta que escuchó el sonido de la puerta y supo que estaba en el umbral. Entonces se volvió a mirarla.
— ¡Llegas tarde!
—Lo siento, es que...
—La reunión era a las nueve en punto y son casi las diez.
—Te he llamado... Sofia..
—No trabajas para Sofia, trabajas para mí... cuando te molestas en venir.
—Eso no es justo...
Su protesta se vio interrumpida por el manotazo que Pedro dio en la mesa.
— ¿Estas son las horas por las que quieres que te paguemos?
—No es culpa mía si un tren se retrasa.
—Tu responsabilidad es llegar a trabajar a tu hora. Eso es todo. Si el tren no te deja aquí a tiempo, tendrás que buscar un medio de transporte más fiable.
—Me quedaré trabajando durante la hora de la comida y recuperaré el tiempo perdido.
—Por supuesto.
—Muy bien —respondió ella poniéndose recta—. Al menos estamos de acuerdo en algo.

Pedro se quedó callado unos segundos durante los que tuvo oportunidad de mirarla de veras. Llevaba un traje de lino muy favorecedor y adecuado para el verano. Tenía los ojos enrojecidos seguramente por el enfado y sin embargo, su rostro no parecía acalorado, sino todo lo contrario. Tenía la piel tan pálida que parecía traslúcida.
— ¿Estás bien?
Algo brillaba en sus ojos, pero desapareció rápidamente.
—Perfectamente.
—Estás muy... pálida.
¿Se habría dado cuenta? ¿Tan obvio resultaba?
—Bueno... será porque he venido corriendo desde la estación y... —tenía pensado esperar hasta que hubieran hablado del lanzamiento de la campaña, pero seguramente ése era tan buen momento como cualquier otro.
— ¿Y?
—Estoy embarazada.
................


Hola gente linda esoty feliz porque Pepe y Pau ya tienen los regalos que les mandamos de Paraguay, que tenia que ver jajaja  kjhgfhjk disfruten del capitulo y comenten mucho, nos leemos mañana @patty_lovepyp

sábado, 17 de agosto de 2013

Capítulo 13- Aprendiendo a Amar

_________________________________


LAS NAVIDADES llegaron pronto al hogar de los Chaves.
Cinco días antes del gran día, Pau observó el palito de plástico que sostenía con manos temblorosas. Lo miró una y otra vez sin dar crédito a lo que tenía frente a sí, volvió a leer las instrucciones hasta estar segura de haberlas entendido bien. Después miró de nuevo el palito.
No había ningún error.
Estaba embarazada.

La invadió una enorme alegría. ¡Lo había conseguido! Iba a tener un hijo, ya no era un sueño, ahora era una realidad y, si todo iba bien, en menos de cuarenta semanas, tendría al pequeño en sus brazos. Y su madre podría conocer a su nieto.
Sólo le pedía a Dios que no fuera demasiado tarde para cambiar las cosas.
No, no podía ser demasiado tarde. Era un milagro, iba a tener un bebé.
Su bebé.

De pronto la alegría dejó paso a otra emoción muy diferente, al miedo. Aquél no era sólo su bebé, también era de Pedro. Aquel pensamiento la hizo perder el equilibrio y tuvo que apoyarse en el lavabo, y al hacerlo tiró al suelo la pastilla de jabón con platito y todo. Con un tremendo sentimiento de culpabilidad, se dio cuenta de que no se trataba de un embarazo por fecundación in vitro, en el que el esperma había procedido de un donante anónimo. El padre del niño no era un fantasma sin nombre cuya participación en la vida del bebé había acabado con la donación. El padre de su hijo era Pedro Alfonso y debía saberlo.

No iba a gustarle. Un hombre que se confesaba soltero empedernido y hombre de ciudad no iba a recibir con agrado la noticia de que iba a ser padre. Pero si se enfadaba, no podría culparla a ella porque ninguno de los dos se había parado a pensar en la protección aquella noche. Ella era la que estaba embarazada, pero él no era la parte inocente precisamente.

Aunque nada de eso importaba realmente. Estaba claro que tenía que decírselo, no sería justo ocultarle la existencia de su hijo, como tampoco sería justo negarle al niño el derecho de conocer la identidad de su padre.
Y quizá, sólo quizá, al enterarse mostraba algo de interés... Meneó la cabeza tratando de deshacerse de todos aquellos sueños y esperanzas que no la llevaban a ninguna parte. Estaba embarazada y eso era más que suficiente.
Pedro tendría que aceptarlo, pero para ello tendría que decírselo.

Se quedó mirándose al espejo mientras pensaba que era una suerte que la oficina cerrara dos semanas por Navidad; podría disfrutar de ese tiempo con su madre, iría al médico para que le confirmaran el resultado del test de embarazo y pediría consejo para saber cuál era el mejor momento para contárselo a su madre.

— ¿Pau? —la llamó justo en ese momento su madre—. ¿Estás bien? Me ha parecido oír un golpe —le dijo al otro lado de la puerta.
Miró a su alrededor y vio la jabonera en el suelo hecha pedazos.
—Estoy bien, un poco torpe.

Su madre estaría encantada cuando se enterara de por qué estaba tan torpe. Se agachó a recoger los trozos más grandes. Sabía que su madre no la juzgaría, aunque seguramente sí tendría curiosidad y quizá la pusiera un poco triste que no hubiera ni novio ni marido implicado en el embarazo. Al fin y al cabo, su deseo era ver a Pau feliz y con pareja.

Eso la hizo recordar lo que había pensado al solicitar la fecundación in vitro; cualquier posible decepción de su madre desaparecería al compararla con la alegría de la llegada de un bebé.
¿En cuanto a Pedro? Debía decírselo cuanto antes; una cosa había sido guardar el secreto sabiendo que no había manera de que descubriera la identidad de Cleopatra, pero en ese caso era inevitable que acabara enterándose.
En cuanto el médico le confirmara la noticia, se lo diría.


Hola aca les dejo los capitulos ayer, y si dejan mas de 10 comentarios subo otro esta noche, disfrutenlos y comenten :) Muchas gracias a todos @patty_lovepyp 

Capítulo 12- Aprendiendo a Amar

_________________________________


Aunque los tres eran muy atractivos y atraían la mirada de las camareras y de algunas comensales, Paula no tenía ninguna duda de quién estaba por encima de los dos. Los dos hermanos estaban en plena forma, pero Pedro, con el poder que emanaba, hacía que parecieran dos tipos corrientes.

Llevaba un rato en silencio, permitiendo que los dos hermanos acapararan la atención y actuaran de anfitriones, pero la arruga que tenía entre las cejas lo delataba. Estaba claro que estaba pensando en las reuniones que les esperaban al día siguiente, estaría ideando las mejores tácticas para cerrar el trato.

Pedro giró la cabeza y le lanzó una mirada que habría podido encender un fuego; ella retiró la vista inmediatamente y se sintió como si la hubieran descubierto haciendo algo malo, aunque no entendía la repentina agresividad de sus ojos. Prefirió centrarse en la conversación y no pensar en ello.

—Cuéntame sobre tu familia —le pidió Jorge inclinándose hacía ella sin sospechar lo incómoda que se sentía en aquel momento. Él había puesto la mano sobre el respaldo de la silla de ella—. Paula debes tener mucha gente a tu alrededor.

Pedro observó enfurecido el modo en el que Damian prácticamente le daba la espalda para poder mirarla a ella frente a frente. Bien era cierto que la cena había ido bien, el día entero había salido de acuerdo a lo esperado y, con un poco de suerte, al día siguiente cerrarían el trato con Palmcorp; pero eso no significaba que su ayudante fuera parte del trato. Había sido él el que le había pedido que se pusiese presentable, pero...
¿por qué demonios lo había hecho tan bien?

Removió el café mucho más de lo estrictamente necesario y después dejó la cucharilla sobre el platito con más fuerza de la debida. Estaba deseando que acabara aquella cena.

—Seguramente parezca una tontería...
—Estoy completamente seguro de que no será así —aseguró Jorge poniéndole la mano en el hombro—. Cuéntanos.
Pedro resistió el deseo de gritar y trató de concentrarse en la respuesta de Pau.
—Mi padre murio hace años y yo vivo con mi madre. Sólo tenia un hermano. Mi hermano pequeño, al que llamaron Felipe.
—Felipe. Qué original —comentó Damian.
—A él sin embargo no le gustaba nada, así que todos lo llamaban... —titubeó un segundo—. Solíamos llamarlo Pipe.
— ¿Qué le pasó? —preguntó Pedro en voz baja antes incluso de darse cuenta de que lo había dicho en voz alta.
Pau tenía la mirada fija en la copa de agua y se entretenía en quitar las gotas de condensación del cristal.
—Era piloto, un fin de semana estaba en el avión de camino a casa con su mujer, y con su hijo recién nacido. Le habían puesto el nombre de mi padre y mi madre estaba muy orgullosa de que lo hubieran llamado así. Estaba deseando conocer a su primer nieto —respiró hondo, como si no quisiera decir en voz alta lo que ocurrió después—. Había tormenta y tuvieron algún problema; puede que un rayo dañara el sistema eléctrico —
explicó encogiéndose de hombros—. El caso es que el avión se estrelló y los tres... murieron —su voz era apenas un susurro—. Miguel tenía sólo diez días.

Algo cambió dentro de él mientras un silencio ensordecedor se apoderaba de la mesa. Reconoció enseguida la emoción de sus palabras y el sentimiento que se escondía tras ellas. Un sentimiento enterrado en lo más hondo de su ser y que prefería no recordar, quería que siguiera ahí enterrado.
—Vaya, lo siento mucho, no debería haberles contado todo eso —se disculpó Pau mirándolos a los tres—. Perdonen.
El primero que reaccionó fue Jorge, que bajó el brazo del respaldo y lo colocó sobre sus hombros, abrazándola con fuerza.
—No te disculpes —le dijo suavemente—. No hay motivo para hacerlo.
Pau le sonrió con las pestañas húmedas y los ojos brillantes.
—Gracias, Jorge
—Llámame Jor, así es como me llaman mis amigos.
Su sonrisa se hizo más amplia.
—Gracias, Jor.
Pedro echó la silla hacia atrás y se puso en pie.
—Bueno, creo que es hora de volver al hotel. Muchas gracias, caballeros.
Paula lo miró sorprendida.
—Ah, de acuerdo.
Trató de levantarse, pero Jorge le puso la mano en el brazo y la mantuvo pegada a la silla.
—Es muy temprano todavía –dijo con los ojos clavados en los de ella, aunque sus palabras iban dirigidas a Pedro—. Quizá a Pau le apetezca que le enseñemos la vida nocturna de Uruguay. ¿Qué te parece, Pau?
—Mmm, me parece muy buena idea –dijo ella con voz vacilante.
Jorge se volvió a mirar a Pedro triunfante.
—Decidido, entonces. Es una lástima que no te apetezca acompañarnos, Pedro. Nos veremos mañana por la mañana en la oficina. Y no te preocupes, nosotros cuidaremos de Pau.

Pedro tuvo que hacer un esfuerzo para no retocarle la cara a ese petulante pues no quería estropear lo conseguido durante el día. Pero tampoco iba a permitir que se creyera más listo que él. Así que soltó una pequeña carcajada y tuvo mucho cuidado de que sus palabras sonaran tranquilas y civilizadas a pesar de que el corazón le martilleaba el pecho como si fuera un tambor en la selva.

—Me temo que tendréis que dejarlo para otro día. Lo siento mucho, pero la señorita Chaves y yo tenemos algunas cosas que ultimar esta noche.

Supongo que lo entenderéis.

Acto seguido, agarró a Pau del codo y la ayudó a ponerse en pie sin dejar a Jorge otra opción excepto soltarla, eso sí, lo hizo sin disimular un ápice la poca gracia que le hacía.
—Buenas noches, caballeros. Seguiremos hablando mañana por la mañana.
Condujo a Pau hasta la calle sin decir una palabra.

— ¿A qué ha venido eso?
Estaba harta de su silencio y de su arrogancia al meterla en el taxi como si fuera una prisionera a la que tenía que llevar hasta la puerta de su habitación para asegurarse de dejarla encerrada. A medida que pasaban los segundos y él seguía sin hablar, su rabia aumentaba.
— ¿A qué te refieres?
—No me vengas con ésas —avisé mientras abría la puerta de la habitación—. Te has comportado como un auténtico troglodita.
Varios turistas salieron de una habitación y se dirigieron hacia ellos camino del ascensor.
—Entremos —ordenó Pedro sin darle opción alguna.
— ¿Qué demonios crees que haces? —dijo Pau cruzandose de brazos.
—Intento que no se entere todo el hotel de lo que hablamos.
—Bueno, pues no te pongas muy cómodo porque lo que tengo que decirte me llevará sólo un minuto. No tenías ningún derecho a comportarte de ese modo.
—Soy tu jefe, tengo todo el derecho del mundo.
— ¿Ah, sí? ¿Y dónde están esas cosas tan importantes que tenemos que ultimar esta misma noche? Porque no me habías dicho nada de eso. Te lo has inventado.
—Mañana tenemos mucho trabajo y lo sabes.
—Sí, con la misma gente a la que has tratado como un ogro hace un rato. ¿En qué demonios estabas pensando?
—En que te he traído hasta aquí a trabajar, no a coquetear con los clientes.
Pau se quedó boquiabierta al oír aquello.
— ¡Yo no estaba coqueteando!
—Vamos, si tenías a «Jor» encima de ti como si fuera a comerte.
—Sólo estaba siendo comprensivo.
— ¿Comprensivo? ¿Es así como lo llamas cuando alguien intenta meterse bajo tu ropa?
— ¿Cómo te atreves? —el sonido de su mano contra la mejilla de Pedro fue tan alto como liberador. Pero la victoria no dudó mucho porque, antes de que pudiera darse cuenta, él le había agarrado la mano con una de las suyas mientras con la otra se tocaba la mejilla enrojecida—. Te lo tienes merecido —espetó negándose a seguir el primer impulso de disculparse.

Pedro la miró con verdadero fuego en los ojos, pero respirando increíblemente tranquilo dada la situación.
—Y esto —dijo agarrándola de la cintura y atrayéndola hacia sí hasta que sus cuerpos estuvieron pegados—... es lo que tú mereces.

Pau notó con perplejidad cómo la rodeaba entre sus brazos. El miedo, la indignación y el placer se apoderaron de ella a partes iguales al sentir sus labios en la boca; miedo de que la identificara con la mujer con la que había hecho el amor la noche del baile, indignación de que se atreviera a tratarla de ese modo y placer de que lo hiciera.

Desde aquel sábado, no había soñado con otra cosa que con volver a estar entre sus brazos una vez más. Pero todos esos sueños habían acabado con el frustrante despertar. Pero ahora estaba allí de verdad, abrazándola, besándola… y no era un sueño.
Era como si el finísimo vestido que llevaba puesto hubiera desaparecido porque podía sentir el cuerpo de Pedro con todo detalle; sentía su fuerza, su calor, su excitación. De pronto la indignación se transformó en otra cosa… era deseo lo que sentía ahora por él. Un deseo arrollador que le pedía a gritos que se dejara llevar.

¿Por qué no iba a hacerlo? Sería tan fácil.
Ya sabía el placer que recibiría al hacerlo, ya había probado una pequeña muestra de lo que él podía ofrecerle, pero estaba segura de que había mucho más. ¿Por qué estaba mal hacerlo?
Todo era demasiado complicado entre ellos sin necesidad de añadir más cosas. Aquello no la ayudaría a llevar mejor el secreto que le ocultaba.

Además, él mismo había dicho que no la deseaba; lo que estaba ocurriendo no era más que otra muestra de su competitiva naturaleza, de su afán por demostrar quién era el jefe, nada tenía que ver con ningún tipo de interés o atracción por ella.

Ese era el problema. Si en algún momento pensara que sentía algo más por ella que deseo, si adivinara en sus ojos algo que fuera más allá del hecho de ser dos personas disponibles, entonces sí, no habría nada que deseara más que entregarse en cuerpo y alma a los placeres que él pudiera ofrecerle.

Pero ahora no estaban en un baile de máscaras en el que Pedro no sabía con quién estaba, allí no podía evitar la verdad. Él no la deseaba y ella no podía permitir que continuara.
Pedro le bajó suavemente los tirantes del vestido para después llevar las manos hasta sus pechos... Casi sin aliento, Pau hizo un esfuerzo sobrehumano para retirar la cara y apartarlo con la mano, a pesar de que él seguía tirando de ella.

—No –dijo con la respiración entrecortada—. Para.
Tenía la boca en su cuello.
— ¡No! El que hayas comprado esta ropa no quiere decir que te pertenezca la mujer que va dentro.
—La ropa es tuya —murmuró sin hacer caso de su ataque.
Pau se apretó los ojos con los dedos, intentando retomar fuerzas.
— ¡Lo prometiste!
— ¿Qué es lo que prometí? —levantó la cara, pero no la dejó marchar del todo.
—Que no intentarías seducirme. Dejaste muy claro que no había la menor posibilidad de que intentaras nada conmigo durante este viaje... ¿lo recuerdas? Así que suéltame... ahora mismo.

Era cierto, lo había prometido. ¿Por qué demonios había hecho algo así? La soltó mientras se daba cuenta de que la promesa se la había hecho a otra persona, a una mujer con enormes gafas y ropa de otro siglo. Jamás se le habría ocurrido hacer tal promesa a la mujer que tenía frente a él en ese momento. Habría sido una locura prometer algo así a una mujer como ésa.
—Creo que deberías marcharte —dijo sin moverse, pero cruzando los brazos sobre el pecho a modo de escudo.
Pedro respiró hondo. Tenía que marcharse, lo había prometido. Pero desde luego, no volvería a cometer un error así.


Lean el que sigue :) 

jueves, 15 de agosto de 2013

Capítulo 11- Aprendiendo a Amar

_________________________________


«Maldita sea». ¿Dónde estaba?
Una rubia con un traje verde claro se acercó a la máquina de café y Pedro se apartó para dejarle espacio.
—Estaba empezando a preguntarme cuándo aparecería.
Se volvió a mirar y estuvo a punto de derramar todo el café, su cerebro no estaba en forma. ¿La señorita Alfonso?
—Había reservado una salita para que pudiéramos repasar la documentación antes de subir al avión. Por aquí.

La siguió hasta la mencionada sala mientras se preguntaba qué había pasado con el Ratoncillo Marrón. El olor era el mismo, un aroma a albaricoque que ya le resultaba familiar; lo que había cambiado era su aspecto. Los pantalones que llevaba no eran estrechos, sin embargo dejaban adivinar las femeninas curvas que escondían. Y el pelo… llevaba el pelo suelto por primera vez desde que él la conocía y ya no parecía color arena, sino más bien color miel, y las puntas bailaban al ritmo de sus pasos. ¿Y qué había pasado con las gafas?

Estaban los dos sentados a la mesa antes de que Pedro consiguiera decir palabra.
—Estás... diferente —dijo por fin.
—Espero que sea adecuado —dijo ella con una tímida sonrisa en los labios—. Sé que el ambiente de los negocios en un poco más informal en Uruguay.
Pedro asintió sin poder evitar pasear la mirada por su cuerpo y después por el pelo.
—Ah, esto... Tenía que cortarme el pelo y me convencieron para que cambiara un poco de estilo. Pero no lo pagué con el dinero de la empresa, no se preocupe.
— ¿Y las gafas?
—Me he puesto lentes de contacto. Había perdido una y tuve que encargarlas de nuevo. Pero no me las pongo tan a menudo como debería… ¿Qué ocurre?
Entonces cayó en la cuenta de que estaba mirándola fijamente.
—Nada —respondió retirando la mirada bruscamente—. No tardaremos en tener que embarcar, así que terminemos con esto cuanto antes.

Aprovecharon el tiempo tanto en el aeropuerto como ya en el avión y cuando aterrizaron en Uruguay, ya habían repasado todas las características del potencial cliente y habían ultimado el plan de ataque. Pedro se sentía mucho más seguro, aunque era consciente de que quedaba mucho trabajo por hacer y multitud de reuniones con Palmcorp, con sus abogados y financieros. Pero podrían hacerlo; había tomado la decisión correcta al llevar a la señorita Alfonso. Formaban un buen equipo.

Aquél era Pedro en todo su esplendor. En la enorme sala de reuniones de la sede de Palmcorp en Uruguay, Pau lo observó mientras pronunciaba su discurso y desplegaba sus encantos hasta conseguir que los dos directores le dieran la razón en el proyecto que les proponía. Era como ver a un maestro en acción.

No le extrañaba que hubiera llevado la pequeña empresa que había creado él solo hasta el tremendo éxito que era en la actualidad. Cuando hablaba tenía el poder de hacer que los demás lo creyeran; seguramente gracias a la pasión que demostraba por su trabajo.
Los tenía en la palma de la mano.

Era una faceta de Pedro que no había visto antes. Ahora encontraba el sentido a su obsesión por la perfección y a su exigencia. No podría sentir tanta pasión por su negocio si la gente que trabajaba para él no rendía al cien por cien.

Su voz fuerte y profunda fluía como un torrente y sus manos añadían gestos llenos de expresión cuando necesitaba enfatizar alguna palabra o algún concepto; hablaba a sus interlocutores haciéndolos partícipes de la conversación, sin superioridad. Pero nadie lo interrumpía para hacerle preguntas. Definitivamente estaba en su elemento.

Era imposible no dejarse impresionar y no sólo por cómo hablaba, también era increíble el modo de mirar, de moverse. Se había quitado la chaqueta y la camisa blanca que llevaba debajo no hacía más que resaltar su piel oscura. Sí, le quedaba muy bien el blanco. Aunque aquella camisa nada tenía que ver con la túnica romana que había llevado en el baile, por mucho que ambas fueran blancas.

Paula tuvo que respirar hondo al recordar que no sólo había estado guapísimo con el traje romano, también había estado increíble al despojarse de él. Su pecho fuerte y moreno, sus piernas musculosas mientras estaba de pie junto a ella, impaciente...
¡Dios! ¿Acaso no iba a conseguir borrar nunca aquellas imágenes de su mente?

— ¿Señorita Alfonso?
Volvió a la realidad de golpe al oír la voz de Pedro y notar su mirada fija en ella.
— ¿Le ocurre algo?
Miró a su alrededor alarmada, pero afortunadamente todos parecían concentrados en servirse el café que había aparecido de pronto en la sala.
— ¿Supongo que querrá encargarse usted de presentar el plan de marketing?
—Claro —dijo ruborizada intentando no relacionar al hombre que estaba junto a ella con la imagen de aquella desnudez perfecta—. Sólo estaba preparándome mentalmente. Perdone, voy a servirme un café.

La presentación se desarrolló sin ningún contratiempo una vez Paula se deshizo de la timidez inicial. Utilizó más o menos las mismas ideas que le había expuesto a Pedro en la reunión que habían mantenido hacía algunas semanas, pero había añadido ciertas explicaciones necesarias para alguien que no estuviera tan familiarizado con la empresa. Después respondió a las dudas que surgieron y al final todos se tomaron un descanso para comer.

Cuando se dirigían a los coches que los llevarían al restaurante, Damián se acercó a ella.
—Bien hecho -dijo inclinándose para susurrarle algo más al oído y poniéndole una mano en la espalda—. Muy buen trabajo —volvió a alejarse sin sospechar que le había dejado todo el vello de punta.

Pau no sabía bien cómo responder. Como empleada, se sentía orgullosa del trabajo bien hecho y de que su jefe se lo reconociera. Sin embargo otra parte de ella que ya había sufrido algunos daños se sentía como si le golpearan en las heridas todavía abiertas... Si al menos no hubiera sido tan rápido al descartarla, quizá cabría la esperanza de que surgiera algo entre ellos. Pero no era así, no había nada, ninguna posibilidad. De hecho ni siquiera habían compartido una noche, sólo un encuentro relámpago.

Cuando llegó a la conclusión de que lo único que tenía que hacer era sonreír y darle las gracias, él ya se había marchado y estaba enfrascado en una conversación sobre los motores.
Estaba claro que tenía que relajarse.
Pero el plan para la tarde no se lo permitió. Estuvieron visitando las oficinas de Palmcorp antes de reunirse con los especialistas legales y financieros. Pedro volvió a manejar la reunión a su antojo, pero con tal maestría que los directores de Palmcorp creyeron que eran ellos los que llevaban las riendas del proceso.

En cuestión de negocios, todo marchaba a la perfección; aunque a esas horas y después de haber comenzado tan temprano, lo único que deseaba Pau era llegar a la habitación del hotel y darse un buen baño caliente.

Desgraciadamente, la cena a la que debían asistir sólo iba a permitirle darse una ducha rápida y cambiarse de ropa.
La habitación era espaciosa y elegante, decorada en colores pastel y una enorme cristalera que daba a la terraza y desde la que se podía ver la inmensidad del océano extendiéndose ante sus ojos. Lástima que no hubiera un minuto para disfrutar de todo aquello.
Disponía de sólo media hora antes de tener que encontrarse con Pedro en el vestíbulo, pero lo primero que hizo fue llamar a su casa. Contestó la enfermera, que le pasó el teléfono inmediatamente a su madre.

— ¿Qué tal va todo? —preguntó Paula.
—He estado jugando al mah-jong con Josefina —dijo su madre con una vitalidad que hacía mucho tiempo que no le había oído—. Y lo mejor de todo es que he ganado, así que no te preocupes por nada. Lo estamos pasando muy bien.

Pau colgó el teléfono con una sonrisa en los labios, satisfecha de saber que al menos, en ese aspecto, podía estar relajada. Al día siguiente volvería a casa y, con un poco de suerte, también podría relajarse de lo relacionado con Pedro.
Había vuelto a hacerlo, igual que esa mañana cuando había aparecido en el aeropuerto; ahora había vuelto a dejarlo boquiabierto con su aspecto. Llevaba un vestido color café que le quedaba como un guante. Los diminutos tirantes debían ser únicamente de adorno porque eran demasiado pequeños para tener alguna utilidad, y la falda tenía un vuelo y una caída que se movía de un lado a otro cuando caminaba, regalando a cada paso la visión de sus piernas.

Se había recogido el pelo con un pasador, pero se había dejado algunos mechones libres. Y también se había hecho algo en la cara. ¿Se habría maquillado? Fuera lo que fuera, sus ojos parecían más grandes, su sonrisa más amplia y sus labios...
Rojos y carnosos, sus labios parecían una invitación a besarla.
Pedro tragó saliva. ¿Qué había pasado con su pequeño Ratoncillo Marrón? No le parecía mal, nada de eso; había aprovechado al máximo el sobresueldo que le habían dado para vestuario, el problema era que no esperaba una transformación tan asombrosa.
Tan seductora.

La cena resultó divertida. Jorge y Damian, los directores de Palmcorp eran dos tipos interesantes de unos treinta años y tan atractivos como ricos.

Tenían los dos la piel oscura, los ojos azules y el cabello aclarado por las largas horas de surf bajo el sol. Eran además unos excelentes anfitriones que llevaron a sus invitados a un magnífico restaurante especializado en marisco y en el que cenaron en una terraza con vistas a la playa y los entretuvieron con anécdotas de sus competiciones de surf y sus continuas y graciosas disputas sobre quién de los dos era mejor nadador o quién tomaba mejor las olas.

— ¿Y cómo es que ninguno de los dos estáis casados? —preguntó Pau como parte de la broma, pero también por verdadera curiosidad.
—Muy sencillo —dijo Damian antes de que su hermano completara la respuesta.
—No ha habido nadie que nadara lo bastante rápido para atraparnos.
Los dos hermanos se echaron a reír como si lo hubieran ensayado antes.
—Pero eso no quiere decir que no sigamos buscando —añadió Damian lanzándole una maliciosa mirada a Paula.
Al unirse a sus carcajadas, Paula tuvo la sensación de estar deshaciéndose de la tensión de los últimos días. Hacía tanto tiempo que no se divertía. El hecho de saber que su madre estaba en buenas manos y el estar en aquella terraza a sólo unos metros del océano hacían que se sintiera una mujer nueva. Desde luego el detalle de ser la única mujer en compañía de tres hombres tan guapos era una novedad en su vida.

Después de todo, quizá no había sido tan mala idea acudir a ese viaje.


Hola hoy les traje dos capitulos y si dejan muchos comentarios mañana voy a tratar de subir doble tambien, desde ya muchas gracias @patty_lovepyp que tengan una linda noche !

Capítulo 10- Aprendiendo a Amar

_________________________________


LAS PALABRAS quedaron en el aire como dos nubes de humo que no terminaban de dispersarse en el silencio ensordecedor del despacho.
—Lo siento —dijo ella sin saber si quedarse o marcharse.
—No es culpa suya —respondió él sin mirarla.
—No, me refiero a que... —movió las manos con torpeza—. Quiero decir que...
—Olvídelo —ordenó acompañando aquella palabra con un gesto—. Tenemos mucho que hacer, así que le sugiero que vaya a organizar sus cosas y vuelva en media hora para ponemos a trabajar.
«Muy bien», pensó ella, «lo que tú digas». Su tremenda frialdad había conseguido borrar la compasión que había sentido por él. Asintió aunque sabía que él no se estaba enterando pues se había puesto a mirar los papeles que tenía delante. Así que se dispuso a salir.
—Ah, señorita Alfonso..
— ¿Sí?
— ¿Tiene algo que ponerse que no sea marrón?
Pau se miró la ropa. Estupendo, ahora no le gustaba su ropa. Quizá el traje no fuera obra de un diseñador famoso, pero era de buena calidad y le había costado muy barato, aunque era cierto que la chaqueta le estaba un poco grande.
— ¿Tiene algo en contra del marrón? —también podría haberle dicho que tenía un traje egipcio de color blanco que quizá fuera más de su agrado, pero seguramente no era buena idea.
—Esta es una operación crucial para la empresa, vamos a tratar con empresarios muy importantes y deberíamos cuidar la apariencia. ¿Tiene algo adecuado?


En realidad quería decir que ella tenía que cuidar de su apariencia. Repasó mentalmente el contenido de su armario y se dio cuenta de que era más bien espartano después de la crisis económica provocada por los preparativos de boda. Facundo y ella siempre habían tenido economías separadas, por lo que ella no le había pedido ayuda cuando había tenido que apretarse el cinturón para hacer frente a los gastos. Claro que entonces no había sospechado que su prometido estaba por ahí gastándose con otra el dinero que no había disfrutado con ella.

Tanto recorte presupuestario no le había dado oportunidad de comprarse más ropa que la estrictamente esencial; tres trajes, unos pantalones negros, varias blusas y un abrigo..., sin contar con el traje de boda blanco inmaculado que seguía en el armario envuelto en su bolsa original.
Desde entonces había ahorrado algún dinero que podría haber gastado en ropa, pero habría sido una locura sabiendo que cabía la posibilidad de necesitar eso y más cuando su madre estuviera demasiado enferma para estar en casa. No era tonta y sabía que, por mucho que desease cuidar personalmente de ella, llegaría el momento en que le resultaría imposible. Ella no podría estar a su lado las veinticuatro horas del día y necesitaría unos cuidados que no podría proporcionarle en casa.

—No sé —respondió con total sinceridad—. ¿Qué necesito?
—Habla con Sofia —dijo él sin molestarse en mirarla—. Ella te dará el programa de reuniones y podrás ver qué tienes que comprarte. La empresa correrá con los gastos.
—Muy bien —murmuró increíblemente herida—. Espero que sea suficiente.

Era más que suficiente. De hecho, al ver la cifra, Paula pensó que se habían equivocado.
—Creo que aquí hay un cero de más —admitió ante Sofia.
La secretaria levantó la mirada para comprobar la cantidad escrita en el ticket.
—No, está bien. Hay tres boutiques donde puedes utilizar ese vale directamente; allí encontrarás todo lo que necesites. Pero si tienes que ir a otro sitio, guarda los recibos y te reembolsaremos el dinero.
—Pero esto es una fortuna.
Sofia sonrió con la sabiduría que le daba los muchos años trabajando para Alfonso.
—Para él es importante que tengas buen aspecto.
—Es importante para el negocio —corrigió Pau con la seguridad de que Pedro no podía pensar en ella si no era en relación a la empresa.
La mujer la miró unos segundos antes de decir:
—Estoy segura de que enseguida te darás cuenta de que tiene razón. Este negocio es muy importante para la empresa y tenemos que hacer todo lo que esté en nuestra mano para que salga adelante. Además, verás como te sientes más segura de ti misma cuando lleves la ropa nueva.
Sé que a veces Pedro parece un poco brusco, pero no debes tomarlo en serio. Es que no ha tenido muchas de las cosas que tenemos los demás.


Si no hubiera oído el comentario que había hecho sobre su familia, habría pensado que Sofia estaba loca por sentir compasión de un multimillonario.
La duda de si Sofia tendría razón al sentir lástima por él no dejó de atormentar a Pau durante las dos horas que pasó buscando atuendos adecuados para asistir a reuniones y quizá a algún cóctel en tiendas a las que antes no habría ni soñado en entrar. ¿Sería aquella tragedia sufrida en la infancia la razón por la que Pedro parecía tan obsesionado con triunfar? Quizá por eso pasaba por encima de los sentimientos de los demás, porque los suyos habían quedado irreparablemente dañados a una edad muy temprana.


Estupendo. Antes de que pudiera darse cuenta, estaría sintiendo compasión por él, cosa que no podía permitirse con las imágenes de lo ocurrido el sábado por la noche atormentándola día y noche. En realidad no podía permitirse sentir absolutamente nada por él. Si creía que la había dejado tranquila al asegurarle que jamás intentaría seducirla, estaba muy equivocado porque lo único que había conseguido había sido dejarla más preocupada. Ya era demasiado tarde pues ya la había seducido sin siquiera saberlo y ahora la había insultado al dejarle claro que una cosa era acostarse con Cleopatra y otra muy diferente hacerlo con Paula Chaves.

Estupendo. Le había aclarado que el hombre con el que no podía dejar de fantasear no la tenía en cuenta como mujer. Era muy halagador, y se suponía que tenía que sentirse aliviada.
Aquélla era otra razón para impulsarla a seguir guardando el secreto de la identidad de Cleopatra. Seguramente si Pedro lo descubriese, más que sorprendido se sentiría avergonzado; así que lo mejor era librarlos a ambos del trago. Tendría que olvidar lo sucedido.

¿Pero qué pasaría si se quedaba embarazada?
No quería pensar en ello. Resultaba emocionante y al mismo tiempo aterrador. Aunque sabía que las posibilidades eran ínfimas. ¿Cuántas parejas concebían la primera vez que hacían el amor sin protección? Desde luego era tan poco probable que no merecía la pena ni tenerlo en cuenta.

Estaba harta de ver ropa y de los pensamientos que se le agolpaban en la mente sin poder hacer nada por controlarlos. Pasar dos días con Pedro iba a ser una pesadilla, pero más lo era pasar las noches alejada de él. Tenía que hacer un esfuerzo por mantener la frialdad y comportarse con profesionalidad; con un poco de suerte, él seguiría tratándola con la indiferencia que lo caracterizaba. En dos semanas, tendría el periodo y no volvería a haber motivo para tener que revelarle nada.

Mientras tanto quizá consiguiera olvidar lo ocurrido en la sala de juntas; olvidaría su cuerpo iluminado por la luz de la luna, sumergiéndose en ella, dándole el mayor placer que había conocido.
¿Cómo podría olvidar aquella noche?
Jamás podría hacerlo.

Llegaba tarde. El avión salía en menos de media hora y no había ni rastro de ella. No podía haber cambiado de opinión, ya lo había arreglado todo; la última vez que había hablado con ella, había llegado a admitir que la enfermera que Sofia había contratado era estupenda y había hecho que su madre estuviera muy relajada.

No así la señorita Chaves, que tenía los labios permanentemente en tensión y apretaba los dientes cada vez que hablaban de algo relacionado con el viaje. ¿Qué la tendría tan preocupada? No creía que fuera la idea de que él intentara seducirla, ya le había asegurado que aquél era un viaje de negocios y nada más. Además, la señorita Ratoncillo Marrón no era su tipo en absoluto. Era muy buena en su trabajo, por supuesto; pero tenía la misma intención de intentar algo con ella como de pedirle a alguien que se casara con él. Ninguna.

En cualquier caso, le gustaban las mujeres exuberantes, sexys y temporales... como la misteriosa Cleopatra del baile: un cuerpo que cortaba la respiración, una actitud relajada y complaciente... pero demasiado temporal para su gusto.
¿Quién sería? Dos días de discreta investigación no lo habían llevado a ninguna parte. La mujer misteriosa seguía siendo un misterio. Lo único que tenía de ella era su recuerdo, sus dedos sumergiéndose en su cabello, sus pechos levantándose hacia él y su cuerpo recibiéndolo encantado.

Todo en él reaccionó a aquellas imágenes de manera automática. Protestó para sus adentros y se acercó a servirse un café.
Aquel breve encuentro no había sido suficiente, ni mucho menos; pero pensar en ella no iba a ayudarlo a encontrarla. Levantó la cabeza para examinar una vez más la sala de espera de la línea aérea, ni rastro de la coleta de un tono arenoso, ni de las gruesas gafas de carey.


Lean el que sigue :)

miércoles, 14 de agosto de 2013

Capítulo 9- Aprendiendo a Amar

_________________________________


Nan seguía hablando, imaginando los motivos por los que podía haber desaparecido. Pedro no le hacía caso, estaba demasiado ocupando pensando en la oficina de Cordoba. No recodaba ninguna Maria, pero a la velocidad que estaba creciendo la empresa, no le extrañó que hubiera alguien a quien él no conociese.
Echó un vistazo al listín telefónico de la empresa y no encontró nada, otra vez algo más despacio.
Ni rastro. No había ninguna Maria.

Levantó el auricular del teléfono haciendo caso omiso al interminable monólogo de Nan.
 —Sofi—espetó tan pronto como contestó su secretaría—, ¿hemos contratado últimamente a una tal Maria para la oficina de Cordoba? En el listín no aparece nadie con ese nombre.

Esperó en silencio hasta que Sofia le confirmó que efectivamente no había ninguna Maria entre sus empleados.
¿Estás seguro de que era Maria? —le preguntó a Nan sin ocultar su rabia.
¿Qué? Pues... Sí, estoy seguro. Suelo fijarme en mujeres como ésa, ya me entiende.

Pedro le lanzó una mirada que habría podido dejarlo petrificado. No le hacía ninguna gracia pensar que el resto de los hombres de la fiesta se hubieran sentido tan atraídos por esa misteriosa mujer como él mismo.
—No, no estoy seguro de entenderlo.
De lo que sí estaba seguro era que aquello le preocupaba. Aquella mujer había dado un nombre falso, por lo que ahora resultaría muy difícil encontrarla.

Tenía que ser alguien de la empresa, una de las trescientas empleadas que trabajaban allí. De entre ellas, la mitad eran demasiado mayores y buen porcentaje de las restantes no tenían ese increíble cuerpo capaz de atraer todas las miradas. Eso dejaba unas cien mujeres entre las que tendría que encontrarla. Y desde luego iba a hacerlo, costara lo que constara. Y cuando la encontrara...


Alguien llamó a la puerta en ese momento.
— ¿Quería verme?
La señorita Ratoncillo Marrón se quedó en el umbral de la puerta, con un aspecto aún más tímido y retraído que el del animal al que se parecía.
—Señorita Chaves —dijo Pedro volviendo a concentrarse en el trabajo—. Estaba esperándola. Pase.

Se sentó al lado de Nan sin apenas levantar la mirada del suelo. Llevaba la misma chaqueta marrón de la otra vez, pero en lugar de la falda, había elegido unos pantalones del mismo color que al menos dejaban claro que tenía piernas, y nada feas por lo que parecía.
Por un momento la observó con cierta desconfianza. No, ella no podía ser una de las cien mujeres entre las que buscar a la mujer misteriosa. Miró su rostro rosado, sus labios en tensión y sus ojos esquivos. No, era imposible. Pero quizá sí supiera quién era Cleopatra.

— ¿Estuvo usted en el baile del sábado?
Se sobresaltó como si le hubieran disparado, pero fue Nan el que respondió.
—No, Paula no asistió a la fiesta.
— ¿Y por qué? —le preguntó Pedro a ella.
—Bueno... —comenzó a decir después de pasarse la lengua por los labios, no quería añadir la mentira a la lista de pecados cometidos—. Mi madre está enferma...
Pedro pareció quedarse pensando la excusa unos segundos y después asintió. Pau se moría de ganas de salir de allí. No estaba segura de lo que acababa de pasar, pero tenía la sensación de que había sobrevivido, su secreto seguía a salvo.
—Pues… ¿si eso es todo? —tenía las manos apoyadas en los reposabrazos de la silla para levantarse.
—No, no lo es. Siéntese.

Obedeció, pero no porque quisiese hacerlo, sino más bien porque le temblaban las piernas y no habrían podido mantenerla en pie.
—Le he pedido que viniera porque necesito alguien que trabaje mano a mano conmigo en un nuevo proyecto. Después de la presentación que hizo la semana pasada, pensé que usted era la persona indicada, así que le pedí a Nan si podría prescindir de usted durante unos días.
Paula miró desesperada al hombre que se sentaba a su lado. Seguramente no permitiría que alguien disfrutara de una oportunidad tan estupenda.
— ¿Y él qué dijo?
—Que no podía prescindir de usted.
Respiró aliviada. Muy bien, el egoísta de Nan seguía fiel a su principio de no dejar que alguien aprovechara una oportunidad que él habría deseado para sí mismo.
—Pero yo le dije que no tenía otra opción.
Aquellas palabras fueron como un puñetazo en la boca del estómago.


—Así que está decidido —anunció dirigiéndose a Nan antes de hacerle un gesto con el que le dio a entender que ya no requerían su presencia—. Sofia se encargará de que suban todas sus cosas —le dijo una vez se hubo marchado su supervisor—. Hay un despacho vacío al final del pasillo. Tenemos tres días antes de tener que viajar a Uruguay para asistir a varias reuniones, así que tendremos que damos prisa. No podemos perder esta oportunidad. Palmcorp es una empresa que ha crecido mucho últimamente y cuyas necesidades no quedan satisfechas con su sistema actual. Si conseguimos hacer negocios con esta empresa, ganaremos millones.

—Uruguay —murmuró ella. Con Pedro. No, era lo último que necesitaba en aquel momento—. No puedo...
— ¿Que no puede qué? —preguntó clavando la mirada en ella.
—Que no puedo ir con usted.
— ¿Cómo que no puede?
« ¡No quiero ir contigo!»
—Por una parte, no puedo marcharme así como así y dejar sola a mi madre. Ya le he dicho que está enferma.
— ¿Y quién cuida de ella ahora que usted está en el trabajo?
—Nadie —se había dado cuenta de que le había hecho la pregunta como si acabara de anotar el gol que le daba la final a su equipo, y deseó derrotarlo, anular ese gol—. Pero no me gusta dejarla sola por las noches.
—La necesito para esa presentación, no quiero a nadie más.
—Pues me temo que va a tener que encontrar a otra persona porque yo no puedo. No voy a ir.
—Ya veo.
Aunque el modo en el que apretaba los dientes demostraba que no lo veía en absoluto.
— ¿Y cuál es la otra razón?
Levantó la mirada confundida.
— ¿Qué otra razón?
—Antes ha dicho, «por una parte», así que debe de haber otra parte. ¿Por qué otra razón no quiere venir a Uruguay conmigo?
—Ah —se encogió de hombros sin poder hacer nada por controlar el rubor que le cubría el rostro—. Es... sólo es una manera de hablar.
Aquella penetrante mirada no se apartaba de ella, parecía estar midiendo sus palabras, parecía haber percibido el engaño. Pero no podía haberlo adivinado. No lo sabía, no podía saberlo.
— ¿Qué otra razón podría haber? —preguntó con fingida inocencia.
— ¿Le preocupa que pueda intentar seducirla? ¿Es eso?
De pronto le faltó el aire como si estuviera a punto de ahogarse.
—Si es así, déjeme que le diga que es totalmente imposible. Totalmente. Estoy hablando de negocios, necesito su ayuda profesional. Así que olvide cualquier preocupación que pudiera tener al respecto.
´

Paula trató de recuperar la estabilidad. Allí estaba él pidiéndole que no se preocupase. ¡Si él supiese! Prefería no pensar en que acababa de dar a entender que jamás desearía seducirla y así no tener que dar el verdadero motivo de no querer ir con él.
—Por supuesto eso es lo que espero, que se trate única y exclusivamente de negocios.
—Muy bien. Ahora que hemos aclarado ese punto, me encargaré de buscar una enfermera que se ocupe de su madre las veinticuatro horas, ¿supongo que así no tendrá ningún problema en acompañarme?
Pronunció aquellas palabras como una pregunta, pero realmente estaba claro que si no respondía lo que él esperaba, lo tomaría como un desafío. Pau abrió la boca, pero no consiguió emitir ni un sonido.
—Estupendo —dijo él—. Entonces queda decidido.

Descolgó el teléfono y comenzó a dar instrucciones a Sofia para que trasladara sus cosas, reservara los billetes de avión y contratara una enfermera a tiempo completo. Pau se quedó allí observando llena de ira cómo él prefería no respetar sus deseos. Todavía no había dicho que fuera a ir con él. ¿Cómo iba a reaccionar su madre ante la idea de tener una desconocida en casa, por mucho que fuera a cuidarla las veinticuatro horas? Pedro ni siquiera le había dado la oportunidad de preguntárselo.
— ¿Cómo se atreve? –dijo de pronto poniéndose en pie y dando rienda suelta a su rabia—. ¿Cómo se atreve a organizar mi vida y la de mi madre sólo para salirse con la suya? ¿Qué le parecería que yo me entrometiese de esa manera en su vida y en la de su familia para no tener que cambiar mis planes, fuesen los que fuesen?
Él levantó la mirada hacia ella, sus ojos parecían inquietantemente vacíos.
—Si quiere intentarlo, adelante. Pero le va a resultar difícil porque perdí a toda mi familia cuando tenía nueve años.


Hola aca les dejo el capitulo de hoy, disfrutenlo y comenten :) @patty_lovepyp