martes, 12 de noviembre de 2013

Capítulo 12 - Lazos de Amor

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Pedro frunció el ceño. Ella contuvo el aliento a sabiendas de que estaba tratando con un animal fiero en lo que se refería al tema del sexo, pero, por extraño que fuera, se sentía incapaz de parar, casi hasta le divertía el juego. Entonces él le soltó la muñeca y se relajó.

-Has cambiado mucho. Hace tres años no te habrías atrevido a hablarme así.
-Desde luego que he cambiado. He crecido, he madurado. ¿Qué esperabas? -preguntó mirándolo con amargura-, ¿qué siguiera siendo la estúpida inocente que era cuando nos casamos? ¿Que siguiera creyendo que tú me amarías y estarías de mi lado por encima de todo, pasara lo que pasara?
-¡Fuiste tú quien se llevó un amante a la cama, no yo!
-¡Y tú fuiste el que me arrojó a los lobos hambrientos y luego se mostró disgustado conmigo porque suplicara ayuda!
-Tomo buena nota de que no niegas tu pecado de adulterio -respondió él mirándola con desprecio.
-¿Y para qué si de todos modos no vas a creerme?
-¿A creer qué? ¿Tus mentiras?
-Nunca te he mentido.
-Negar la presencia de aquel hombre en tu habitación no era una mentira, ¿no?
-Nunca he negado que estuviera allí, sólo que yo lo invitara.
-No veo la diferencia.
-Pues me niego a discutirlo contigo. Además esta conversación tendría que haber tenido lugar hace tres años. En este momento ya no me importa lo que piensas. Ahora sólo me importa mi hija.
-No ha sido mi padre quien ha raptado a tu hija, Pau, él ha sido quien la ha recuperado. O al menos ha sido quien lo ha coordinado todo para que sus hombres lo hicieran. En este momento, ella duerme bajo su protección. Y pronto, muy pronto te voy a hacer retirar cada una de esas odiosas palabras que has dicho sobre él. ¿Está claro?

Estaba claro. Otra venganza. Otra razón para castigarla por haber sido lo suficientemente estúpida como para mezclarse con un clan de uruguayos tan unido.

Pedro podía creer lo que quisiera sobre Horacio, pero el simple hecho de que su hija estuviera en Uruguay mostraba a las claras quién había sido el culpable de todo el asunto. Lo que realmente la preocupaba era la razón por la que Horacio lo había hecho.

El avión privado de los Alfonso aterrizó en el aeropuerto de Uruguay a mediodía y los dejó en un extremo de la pista de aterrizaje, lejos de la terminal pública. Era el poder del apellido Alfonso. Salió a recibirlos el oficial de aduanas, y Pedro estuvo hablando con él. El cansancio era evidente en todas las líneas de su rostro a pesar de que se había dormido durante todo el trayecto.

No obstante la hostilidad que seguía existiendo entre ellos Pau sintió pena por él. Cuarenta y ocho horas antes él estaba en Chile, y desde entonces había viajado, se había enfrentado a una crisis y había volado otros cuantos cientos de kilómetros hasta allí.

-Vamos -dijo Pedro poniendo una mano sobre su espalda.

Su contacto le produjo una sensación de cosquilleo en toda la piel. Se había quitado la chaqueta al entrar en el avión y sabía por experiencia que en Uruguay no le haría falta ponérsela, pero habría deseado llevarla en ese momento. Habría preferido asfixiarse que sentir el contacto de su mano tan cerca de la piel.

No era una sensación repulsiva lo que sentía, ni mucho menos. En las pocas horas en que había vuelto a estar en su compañía sus sentidos se habían acostumbrado de nuevo al maestro y señor de su cuerpo. Y lo reclamaban excitados, de eso no cabía duda.

Ésa era la humillante verdad, y no le resultaba fácil vivir con ella. ¿Acaso tenía razón Pedro cuando dijo que estaba sedienta de un hombre?, Se preguntó.
Esperaba que no fuera así. Esperaba que aquella fuera simplemente una breve reacción a la presión bajo la cual había estado viviendo en los últimos días. Porque era una cuestión de orgullo, no quería sentirse atraída por el hombre que la había herido profundamente.

Hacía un día típicamente uruguayo. El aire era caliente y seco y el sol quemaba en un cielo azul. Un coche los esperaba, una limusina blanca brillando al sol. Pedro la hizo entrar y luego se sentó a su lado.
Pero ninguno de los dos habló. Ambos estaban tensos. Pau se preparaba para el momento en que volviera a encontrarse con su hija, impaciente y nerviosa al mismo tiempo. Se quedó mirando la costa soleada por la que pasaban y frunció el ceño. No sabía cómo iba a reaccionar él ante el primer encuentro con la niña, con la prueba más palpable de la traición de su mujer.

Vio la casa nada más girar en una curva. Se levantaba a medio camino en la pendiente escarpada del valle. El corazón le dio un vuelco al reconocer el edificio de paredes blancas llenas de flores y plantas que se articulaba en distintos niveles con terrazas siguiendo la inclinación de la falda de la montaña hasta la playa.

De pronto dejó de verla al entrar en una especie de túnel hecho de árboles que cubrían el camino, no lejos de la casa. Era el único acceso a ella, exceptuando por mar. Era un lugar hermoso, privado e idílico. Una muralla alta y blanca se elevaba tras los árboles, con dos sólidas puertas de madera pintadas de azul como unica nota de color. El coche paró y las puertas se abrieron. Luego comenzó a moverse de nuevo hasta llegar a un patio de vivos colores con olivos que daban sombra y una pequeña fuente.

Pau suspiró tensa. Sintió que Pedro miraba en su dirección, pero no le prestó atención. Aquel precioso lugar era el centro de todas sus pesadillas. Necesitaría concentrarse si quería mantener el control. Male, se dijo a sí misma. Sólo debía pensar en Male
El coche paró y el conductor le abrió la puerta. Sus sentidos estaban inundados por la fragancia de las flores y la paz del lugar, pero no eran más que otras emociones a las que debía combatir.

El aspecto de la casa por la parte de atrás era humilde comparado con la impresionante fachada principal. Era una pared blanca con pequeñas ventanas y contraventanas azules bajo un tejado de tejas color terracota. Las puertas azules, gemelas, permanecían abiertas en señal de bienvenida. Pau apretó los dientes e intentó caminar. Una cigarra cantó entonces, desde algún escondite en un árbol.

No había ningún otro ruido. Nada. Tendió la mano en un gesto inconsciente y encontró otra mano más cálida, más fuerte, que se cerró presionando sus dedos. Entró en un vestíbulo cuadrado y fue ajustando los ojos a la escasa luz interior.

Le resultaba todo muy familiar. Los cuadros de las paredes, la mezcla de exquisito gusto de muebles en colores oscuros, los adornos, las flores. Y el ama de llaves esperándolos, en pie, con una expresión dura.
Pero su hija no estaba allí para darle la bienvenida. Miró a Pedro con los ojos inquisitivos y ansiosos. Él dio un paso atrás y habló en voz baja con el ama de llaves. Luego se dio la vuelta y la agarró de la mano.

-¿Dónde...?
-Por aquí.

Tenso, la llevó calzando el vestíbulo y pasando bajo un arco hasta una de las muchas escaleras de piedra de la casa, de varios pisos. En el piso de arriba estaban las cocinas, garajes y las habitaciones de la servidumbre.

 Luego estaba el piso en el que la familia Alfonso hacía las recepciones formales, los salones. Debajo, la planta dedicada al imperio Alfonso, con oficinas y todos los equipos necesarios. La siguiente planta estaba dedicada a los aposentos de la familia, le seguía la dedicada a las habitaciones de invitados y por último los salones de recreo donde estaban las unicas televisiones de toda la casa y las terrazas ajardinadas que daban a la playa, unos doscientos escalones más abajo. Pau había contado esos escalones en una ocasión, en uno de esos largos períodos en que Pedro no estaba y ella huía de la compañía de su padre.

Mientras Pedro la guiaba sus piernas temblaron. Los recuerdos, avivados por el lugar, comenzaban a invadirla. Recuerdos de una preciosa habitación con una cama con dosel y un hombre desnudo en ella, moreno sobre sábanas blancas. Un hombre al que le encantaba simplemente estar ahí tumbado mientras la observaba moverse por la habitación, cepillarse el cabello, cuidar su cutis...

-¿Pau?

Se había detenido sin darse cuenta, sólo fue consciente de ello al oírle decir su nombre. Entonces volvió a la realidad con una expresión de dolor. El mismo hombre que había estado recordando desnudo la observaba, Era el mismo pero no era el mismo. Aquél tenía una expresión de perezoso placer, éste un gesto duro y frío.

-Por aquí -dijo invitándola a seguir bajando la escalera.
-Pero... -objetó ella.

Entonces comprendió. Había supuesto que Male estaría en uno de los dormitorios de la familia. Qué estúpida e ingenua había sido, pensó. Seguramente, habrían acomodado a Male en una de las habitaciones de los invitados, en la siguiente planta. No pertenecía a la familia, igual que ella, no lo era en el verdadero sentido de la palabra.

Bajó la cabeza para que Pedro no viera la expresión de ironía de su rostro y lo siguió. Bajaron a la siguiente planta en silencio y allí, tal y como había esperado, la llevó hasta uno de los dormitorios. Al llegar a la puerta Pedro hizo una pausa como si tuviera que prepararse para entrar. Pau hizo lo mismo.

La puerta se abrió. Pau se quedó inmóvil al lado de Pedro. Su corazón, sus pulmones, todo en su interior se paró al ver lo que se presentaba a sus ojos. Al otro lado de la habitación, junto a uno de los balcones abiertos a la terraza, había un hombre. Su pelo, negro, estaba más cano de lo que recordaba y su figura, en otra época imponente, se veía disminuida por su estado en una silla de ruedas. Pero no sólo el hombre llamaba su atención: también le extrañó lo que tenía en los brazos.

Recostada contra su pecho tenía a una niña sin nada más que un pañal y una camiseta de algodón. Apoyaba la cabeza contra su hombro y lo abrazaba por el cuello.

Por un momento se le empañaron los ojos. Su hija, su única hija, se abrazaba a su peor enemigo como a una roca de la que dependiera. Entonces aquella cabeza cana se volvió y los ojos dorados de viejo cazador buscaron los de ella. Su expresión le heló la sangre en las venas.

Expresaban posesión, una posesión fiera. Por fin Pau comenzó a comprender. Era a su hija. En su enfermedad, Horacio había visto próxima la muerte. Se había soñado a sí mismo en su lecho de muerte sin haber tenido la oportunidad de abrazar a su nieta.

Ya no tenía importancia alguna que esa niña fuera de Pau. La quería. Y lo que Horacio Alfonso quería lo conseguía, aunque tuviera que robar para ello, aunque tuviera que soportar a la mujer que odiaba. Quería a Male. En su mente ya no cabía duda alguna de que había sido Horacio quien la había raptado.

-¡No! -gritó Pau de pronto de forma instintiva encaminándose hacia él y viendo horrorizada cómo él se abrazaba a su hija en un acto convulsivo negándose a aceptar la separación.
-¡Ella no quiere estar con nadie más que conmigo! -exclamó Horacio con expresión de triunfo-. ¡Mira cómo se abraza a mí, míralo!
-¡No! -gritó Pau de nuevo negándose a aceptarlo y negándole su derecho a sentir aquello por su hija tal y como él se lo había negado a su propio hijo.

Entonces la niña, como si hubiera notado la cercanía de su madre, suspiró temblorosa contra el hombro de Horacio llamando la atención de su madre. Y de pronto Horacio fue relegado al olvido.
Pedro, tenso aún en el umbral, fue igualmente relegado al olvido.

Pau lo olvidó todo al ver cómo su hija, con sus rizos rubios, giraba lentamente la cabeza y miraba hacia arriba, a su madre, dejando escapar otro suspiro y levantando un brazo hacia ella.

Se inclinó, agarró a la niña y la abrazó poniendo una mano sobre su espalda y la otra sobre su cabeza. La niña se acurrucó contra ella abrazándola y hundiendo el rostro en su pecho.
Y entonces nadie se movió.
Nadie habló. Pau simplemente se quedó en pie con los ojos cerrados y la mente en blanco. Lo que sentía era algo tan profundo que no se mostraba en su rostro.


Hola el reencuentro de Pau y Male por fin ♥ disfutenlo, si estoy al pedo y hay muchos comentarios puede que suba otro a la noche :)

domingo, 10 de noviembre de 2013

Capítulo 11 - Lazos de Amor

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Pedro bajó las escaleras y entró en el despacho. Estaba lleno de aparatos de alta tecnología. Dentro estaban Hernan, dos policías y otros dos hombres a los que no reconoció, pero supuso que provenían del departamento de servicios especiales. De pie o sentados, todos ellos estaban ocupados con el complicado equipo de comunicaciones.

-Es casi la hora -dijo Hernan-. Todo está preparado.

Pedro asintió y se dirigió a la mesa del despacho. Los demás lo observaban moverse por la habitación como un gato, con pasos de animal salvaje. Estaban en tres grupos: uno seguía la pista a los secuestradores, otros sólo hablaban y otro hombre estaba listo para dar la señal en cuanto se lo indicaran.

-¿Algún problema? -preguntó al sentarse.
-No -contestó Hernan-. Los hemos localizado en cierta área por el código, pero necesitamos más tiempo para poder estar seguros.
-Tiene que funcionar. Si fallamos, cundirá el pánico y si cunde el pánico correremos riesgos innecesarios. No quiero que la vida de la niña corra peligro alguno, ¿está claro?

Entonces el teléfono sonó. Todos en la habitación se quedaron helados e inmóviles. Pedro estaba sentado en su silla muy quieto con las manos tensas y los ojos fijos en los dos policías. Esperaba.
Sonó dos veces. Tres veces. Aquello parecía una eternidad. Cuatro veces. Por fin agarró el auricular y contestó
-Alfonso.
-Ah, buenas noches -contestó una voz sibilante-. Espero que haya podido usted solucionar su problema de dinero en efectivo...

Comenzaba a amanecer cuando Pedro entró en el dormitorio de Pau y la sacudió ligeramente para despertarla.
-¿Qué ocurre? -contestó ella poniéndose alerta instantáneamente con los ojos asustados y somnolientos.
-Ya ha terminado todo, bella -murmuró él suavemente-. Tu hija está a salvo.
-¿A salvo? -parpadeó sin terminar de comprender-. ¿Has dicho a salvo, Pedro? ¿De verdad está a salvo?
-Sí.
-¡OH, Dios! -exclamó cubriéndose la boca con las manos mientras las lágrimas de alivio iban inundando sus ojos-. ¿Cómo...? ¿Dónde está?
-Te llevaré junto a ella en cuanto estés vestida y lista para viajar.
-¿Es que no está aquí? ¿Acaso le han hecho daño? -preguntó alarmada.
-No, ni le han hecho daño ni está aquí -contestó él con calma-. Toma... -dijo ofreciéndole una taza de algo caliente-. Tómate esto y luego vístete. Me gustaría salir de aquí en media hora. ¿Crees que podrás estar lista para entonces?
-Sí, por supuesto...
Sufría los efectos de un nuevo shock, el shock de salir por fin de las entrañas del infierno, y eso le impedía hacer todas las preguntas que sabía hubiera sido lógico hacer en ese momento.
-Bien -contestó él dándose la vuelta deprisa para dirigirse hacia la puerta.
-¡Pedro! -él se detuvo justo delante de la puerta-: Gracias.

Después de lo que había ocurrido la noche anterior no carecía de ironía que ella le diera las gracias. Sin embargo él las aceptó en su justo valor y asintió ligeramente con la cabeza antes de salir por la puerta.

-Abajo dentro de media hora -añadió antes de dejarla.

Pau se duchó y se vistió en el tiempo acordado. Pedro la esperaba en el vestíbulo. La observó bajar las escaleras hacia él sin apartar la mirada de la simpleza de líneas de su pantalón verde y su camisa color crema bajo la chaqueta blanca. No llevaba maquillaje, casi nunca lo llevaba. Se había peinado a toda prisa y se había hecho una coleta.
Nada de lujos ni de alta costura. Iba tal y como la conoció la primera vez.

Había vuelto a ser la persona de gustos sencillos en el mismo momento en que él la había mandado a vivir a Argentina. Pau se preguntó si él se daría cuenta de ello mientras la observaba bajar con expresión indescifrable y el ceño fruncido e impenetrable.

Pero no se disculpó por su aspecto. Así era como era ella. La otra persona a la que habían vestido a la moda era sólo una escultura a la que quisieron adaptar al rol que tenía que desempeñar. Pero ese rol era una farsa. Tan farsa como la vida y el matrimonio que se la había visto obligada a llevar.

El, en cambio, tenía un aspecto dinámico, no de hombre de negocios. No llevaba uno de sus trajes de seda hechos a mano sino unos pantalones de lino de color tabaco y un jersey de cuello alto blanco bajo una chaqueta de lino negra. De Armani, supuso Pau, casi siempre que iba de sport usaba ropa de esa firma.

-¿Dónde está Hernan? -preguntó Pau mientras Pedro la conducía fuera a la radiante mañana de verano.
-Tiene que atender unos negocios míos -contestó él con frialdad abriendo la puerta del Mercedes en marcha al pie de las escaleras.

Pau sonrió para sí misma al subir al coche. El problema estaba resuelto, así que Hernan podía dedicar su atención de nuevo a los negocios. Entonces se preguntó cuánto tiempo iba a gozar ella de la compañía de Pedro antes de que él volviera su atención sobre otros asuntos.

Quizá sólo mientras durara el paseo en coche, recapacitó mientras observaba a Pedro sentarse a su lado en el asiento de atrás. Quizá sólo hasta que él viera cómo ella tomaba por fin a Male en sus brazos. ¿O se vería obligado a permanecer en la casa con ellas para asegurarse de que los mecanismos de seguridad no fallaban y no volvía a repetirse nada parecido?, Se preguntó. Pau se echó a temblar. La mera idea de que aquello volviera a ocurrir la hacía sentirse muy mal.

-¿Está muy lejos? ¿Tardaremos mucho en llegar?

Pedro tenía la cabeza apoyada sobre el reposacabezas de piel del coche y los ojos cerrados, pero cuando ella le hizo esas preguntas sus palpados se abrieron lentamente revelando unas sensuales pupilas adormecidas y unos ojos cargados de energía.

Al verlo se quedó sin aliento, reconocía en su aspecto al hombre sexualmente hambriento...
No, se dijo a sí misma mirando hacia otro lado y negándose a pensar en él de ese modo tan peligroso. No después de la noche pasada, nunca más después de la noche pasada. De todas formas, ¿cómo podía mirarla de ese modo después de lo que le había dicho?, Se preguntó.

-Mucho -murmuró él-. De hecho tenemos que tomar un avión, está en Uruguay.
-¿En Uruguay? -preguntó atónita con los ojos fijos en él-. ¿Pero cómo puede ser que esté en Uruguay?
-Con unos buenos planes, ¿cómo si no?

Ella sintió un escalofrío. Le habían robado a su hija, se la habían llevado muy lejos y ella había sido incapaz de evitarlo.

-Pero no he recogido nada de ropa para hacer un viaje tan largo. No tengo nada para cambiarme, ni para Male. Y el pasaporte, Pedro. No tengo el pasaporte...
-Yo te lo he traído, lo tenías guardado en la caja fuerte. También te he traído algo de ropa en una maleta -comentó. No estaba acostumbrado a hacer maletas, ni siquiera la suya-, para ti y para la niña. Lo recogí mientras estabas durmiendo.
¿Es que había entrado en su habitación mientras ella estaba durmiendo?, Se preguntó Pau. ¿Había entrado y rondado por su dormitorio? Sólo pensarlo la llenaba de alarma y sorpresa.
-¿Has abierto mi caja fuerte?
-Mi caja -la corrigió él-. Es mi casa.
-¿Y en qué lugar de Uruguay está? -volvió a preguntar ignorando la respuesta y alarmándose todavía más al pensar en otra cosa.
-Con mi padre -contestó Pedro por fin después de un momento de vacilación observándola con mucha atención.
Con Horacio, tal y como había sospechado, pensó Pau poniéndose tensa de inmediato.
-Después de todo lo que dijiste al final ha resultado que él estaba detrás de todo esto, ¿no es cierto? ¡Ha sido él quien me ha hecho esto!
-Bueno, al menos no has dicho que se lo ha hecho a tu hija, al menos no lo acusas de querer hacer daño a una niña.
-Como se haya atrevido a hacerle daño -advirtió ella con un brillo amargo en los ojos- lo mataré, esté en una silla de ruedas o no.
-Muy uruguayo ese sentimiento de venganza. ¿Crees que después de todo has aprendido algo de nosotros?
-Tu gente me ha enseñado muchas cosas, Pedro, una de ellas el sentido de la posesión. «¡Lo que es mío es mío!» -repitió burlándose-. Y como pille a alguien poniendo un solo dedo en alguna posesión mía, incluyendo a tu maravilloso padre, que es un...
-Ya basta -la interrumpió.

Pau respiró con fuerza. Su corazón latía a toda prisa.
Sus protestas no servían de nada. El hecho de que él hubiera logrado ya convencerla de que Horacio no tenía nada que ver con el secuestro de Male sólo hacía que le resultara aún más difícil aceptar la verdad.

-Sigues protegiéndolo, ¿verdad? -preguntó con amargura-. No importa cuántos trucos sucios ensaye contigo. Tú a pesar de todo te niegas a ver lo malévolo y taimado que es... aunque tengas la prueba delante de tus narices...

Pedro deslizó una mano amenazadora alrededor de su cuello y la arrastró hacia sí para hacerla callar.

-¡Contén tu lengua, arpía, o tendré que arrancártela de un mordisco!
-Te odio y te desprecio -le gritó ella a la cara.
-Estás avisada -murmuró besándola bruscamente. A pesar de que aquel beso era un castigo, asaltó sus sentidos haciendo que le costara no sucumbir al él. Gimió protestando, fingiendo que le había hecho daño, y entonces él contestó en un murmullo mientras se apartaba-: Te lo estabas buscando.
-Y he recibido mi merecido, ¿no es eso? -murmuró ella a su vez apartándose de sus brazos.
-Lo que me sorprende -añadió él con crueldad agarrándola de la muñeca- es cómo te afecta. ¿No será que tienes cierta necesidad de estar con un hombre, Pau? ¿No será que la princesa ha estado demasiado tiempo encerrada en su torre? ¿Te has acordado de lo que tanto deseabas gracias a lo de anoche?
-¿Y cómo puedes estar tan seguro de que la torre ha estado cerrada? -respondió ella negándose a rendirse con la facilidad de antaño.
-Puedes estar segura de que lo estoy. Ya te lo he dicho: «lo que es mío, es mío», y sé guardarlo. A ti te he guardado bajo vigilancia, sé que ningún hombre ha estado cerca de ti.
-Excepto mi carcelero. Incluso tú, por mucho que te hayas despreciado por ello, has sido incapaz de apartar tus manos de mí.
-Yo tengo derecho legal a hacerlo -declaró él-, si es que no tengo derecho moral.
-Y la princesa encerrada en la torre tiene la suficiente malicia como para dejar que su trenza caiga y ayude a su amante a subir -lo desafió recordando el viejo cuento.

Hola aparecio Male al fin y ahora es cuando se viene lo interesante, dejen muchos comentarios y disfruten lo que esta por venir. Besos :)

jueves, 7 de noviembre de 2013

Capítulo 10 - Lazos de Amor

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Él no contestó, ni siquiera se movió, sólo permaneció tumbado mirando al techo. Pau lo estuvo observando hasta que sus ojos se cerraron y cayó en un profundo sueño.
Una hora más tarde, él seguía aún ahí tumbado, medio dormido, cuando ella de pronto gimió y apartó las sábanas acurrucándose a su lado.

-Pedro -murmuró poniendo después sus labios sobre los de él.
Aquella fue su ruina. Pedro lo sabía y se despreció por ello en el mismo momento en que se rendía. Pero ella tenía un sabor tan dulce que no pudo resistirse. No había nada en el mundo tan exquisitamente dulce como ella...

Era maravilloso. Era como flotar en la rica, suave, caliente y densa nube de la euforia. Su cuerpo se hizo ligero mientras sentía que aún le pesaban los párpados, somnolientos, sumidos en la más dulce de las delicias. Y su carne sonreía. ¿Era posible que la carne sonriera?, Se preguntó Pau. Porque desde luego la suya lo estaba haciendo.

Aquel era su sueño y por lo tanto podía hacer y sentir lo que quisiera. Así que, decidió, sí era posible, su carne estaba sonriendo. Algo caliente y húmedo la acariciaba procurándole un placer infinito.

Intentó respirar despacio, saborear el placer sensual de sentir el oxígeno entrando en sus pulmones. Aquellas bocanadas de aire parecían producir una reacción en cadena en su cuerpo: sus sentidos despertaron, su carne seguía sonriendo, flotaba en una nube.

-Pedro -susurró de nuevo.

Eso era, pensó. Sus sensaciones le recordaban a cuando Pedro, perezosa y lentamente, la besaba y acariciaba desde las puntas de los pies hasta el pelo repartiendo un millón de besos en una ola de sensaciones placenteras que la dejaban perdida e impotente. Le recordaba a cuando era suya y él hacía con ella lo que quería.

-Amor mío -susurró entonces una voz ronca.

Sí, recapacitó Pau para sí misma en silencio. Aquella era la sensación más dulce y agradable del mundo, la del amor. No estaba en la realidad en ese momento, estaba flotando en algún lugar, no sabía dónde, desnuda sintiendo la caricia del sol.

Sentía que sus pechos estaban llenos y le pesaban, que sus pezones se tensaban impacientes porque él aún no los había acariciado. Estaba impaciente por sentir esa sensación en sus pechos, quería sentir una boca alrededor de ellos, succionándolos y besándolos, haciéndolos suyos.

-Pedro -volvió a susurrar sin aliento y llena de necesidad.
-Shsh.

Entonces ella suspiró perezosa, sumisa, permaneciendo en silencio. Y de pronto se despertó y comprendió lo que estaba ocurriendo. Él deslizaba la lengua por la delicada hendidura que quedaba entre sus muslos.

-Oh, Dios-gimió-. Pedro... ¡no!
-Sí -contestó él apareciendo de pronto por encima de ella con el rostro encendido por la pasión y la boca húmeda tras los estragos que le había producido con la lengua. Los dos estaban desnudos. La ropa había desaparecido. El vello de su torso le acariciaba los pechos y uno de sus musculosos muslos se cruzaba entre los suyos-. Tú me deseas, Pau. Tu cuerpo me desea, tu subconsciente me desea. No me digas que no, puedo sentir cómo tiemblas literalmente de necesidad de mí.

-Dijiste que sólo ibas a reconfortarme -le recordó ella.
-Te estoy reconfortando. De la manera más exquisita posible.
-Pero..
-No -la interrumpió él-. Yo también lo necesito. Ambos lo necesitamos.

Luego, sin añadir una palabra más, acalló todas sus protestas con su boca hambrienta. Ella suspiró impotente. Él gimió y luego su lengua se puso a jugar con la de ella de la forma más sensual y sugestiva que Pau pudiera recordar. Sus dedos le acariciaron los hombros, los brazos, los pechos.

-¿Sabes lo dulce que eres? -susurró levantando la cabeza para mirarla en la oscuridad con los ojos de cazador-. El sabor de tu piel me produce una reacción química que me vuelve loco -suspiró como si se despreciara a sí mismo por decirlo-. Soy adicto a ti. Tienes algo que no puedo conseguir de ningún otro modo más que haciéndote el amor.

-¿Es que acaso lo has intentado?
-Por supuesto que lo he intentado -admitió-. ¿Crees que me gusta sentirme así con respecto a ti?
-No -suspiró ella en una ola de oscura tristeza por ese hombre que, con su inmenso orgullo, debía de estar sufriendo lo indecible al descubrir que no podía tumbarse a su lado sin desearla, sin desear a la mujer que lo había traicionado-. Lo siento.
-No hables -ordenó-. Si hablas, me obligas a recordar lo que eres. Y necesito esto... lo necesito -repitió desesperado.

Él volvió a gemir y la besó con desesperación. Sus ojos se llenaron de lágrimas y sus manos comenzaron a acariciarle el pecho en un gesto por consolarlo y aliviarlo de su agonía.

Fue entonces cuando Pau se dio cuenta de cuánto lo amaba aún, de cuánto amaba a ese hombre que la creía a ella vil y sin embargo no podía evitar desearla con desesperación.
Siguieron acariciándose en un silencio cargado de tensión. Él la hizo desearlo, colapso todos sus sentidos antes de lograr la satisfacción él mismo y tomarla.

Cuando finalmente la poseyó, lo hizo con precisión, arrancando gritos de su garganta y de su propio pecho. Luego paró, con los codos apoyados a los lados de ella y los ojos cerrados mostrando por su expresión lo cerca que había estado de llegar al límite.

La llenó. En aquel momento de completa calma Pau se quedó tumbada sintiendo cómo la llenaba, maravillándose con aquella sensación.

-Respira -gritó él-. ¡Maldita sea Pau, respira!

Sólo entonces inspiró aire y se dio cuenta de que había dejado de respirar en el espasmo del éxtasis sexual. Sacó las manos buscando algo sólido en que apoyarse y encontró sus hombros. Él murmuró algo y comenzó a moverse con sacudidas cortas, tensas, con el rostro encendido en una expresión de compulsión sexual que la llevó a ella perderse en el más completo de los olvidos.

Cuando por fin se recobró, Pedro se había marchado. Estaba de pie, poniéndose los pantalones con movimientos coléricos. Cada célula de su cuerpo expresaba el amargo arrepentimiento por lo que había hecho.

-¿Te odias a ti mismo, Pedro?
Él se calmó y torció ligeramente la cabeza para mirarla y responder:
-Sí.
-Fuiste tú el que me sedujo, no al revés -le recordó Pau dolida porque ni siquiera se molestara en negar lo que sentía.
-Lo sé. No te culpo por mi propia...

No terminó la frase. Tenso, siguió abrochándose los botones de la camisa. Pau lo observaba. Luego se sentó para ponerse los zapatos y los calcetines. Por último se puso en pie y la miró sólo un momento, como si no pudiera soportar el verla yacer desnuda con los ojos entornados exhibiendo un cuerpo que acababa de ser poseído.

-¿Estarás bien... si me marcho ahora?
¿Es que estaba desesperado por apartarse de ella una vez que se había destrozado a sí mismo?, Se preguntó Pau.
-¿Te refieres a sí estaré bien sin ti? -se burló sarcástica-. Sí, me las apañaré. Al fin y al cabo estoy acostumbrada a estar siempre sola, desde que tenía trece años.
-No siempre. Una vez me tuviste a mí, pero lo estropeaste.
-¿En serio?

Él ignoró su amargura, igual que ella, que salió de la cama para ir a buscar su bata sin importarle en absoluto el estar desnuda ante él. Pedro se odiaba a sí mismo por desearla, así que le dejaría contemplar su cuerpo para que pudiera seguir odiándose.

-Estaba sola, Pedro, incluso cuando estaba contigo. Tú no me apoyabas en modo alguno, no me concedías ningún derecho. No te atrevas a decirme cómo fue nuestro matrimonio. Si yo osaba objetar algo, tú me hacías cerrar la boca del modo más efectivo que sabías -dijo dando a entender que se refería a besándola-. Si yo insistía, tú me hacías callar con palabras duras.

Encontrabas muy divertido que yo prefiriera estar entre flores, pero nunca se te ocurrió pensar que quizá estuviera en mi derecho, por muy frívolo que te pareciera.

-Nunca te he considerado una frívola.
-Nunca me consideraste de ninguna manera, excepto cuando te interesaba. Entonces yo tenía que estar siempre callada y a tu disposición porque tú al fin y al cabo eras el maestro y yo no era más que la bonita y pequeña muñeca a la que tú habías concedido el honor de otorgar un puesto privilegiado en la vida. Hasta tus sirvientes estaban mejor considerados que yo. ¡Ellos... me miraban por encima del hombro!
-No sé si llorar o aplaudirte -soltó una carcajada incrédulo-. Has hilvanado más palabras juntas de las que jamás te había oído decir de una sola vez.
-¡OH, apláudeme, Pedro! Me merezco el aplauso por haber soportado esa situación durante tanto tiempo.
-Estás comenzando a aburrirme.
-Bueno, ¡vaya novedad! Te cansaste de mí a las pocas semanas de casarnos cuando descubriste que te iba a causar más problemas que satisfacciones. Pero te diré algo, Pedro. Si tú te has aburrido de la tímida mujer con la que te casaste en un momento de locura, te aseguro que yo estoy harta del bello dios al que estoy atada.

Al final ese dios ha resultado ser una de esas aburridas ovejas de la alta sociedad, muy bien cuidadas pero todas iguales. Tienen una piel magnífica y comen de la mejor carne pero lo que ganan en refinamiento lo pierden en cerebro. Siempre hacen todas las mismas cosas y piensan lo mismo. Y balan una y otra vez siempre por lo mismo. Creo que lo llaman selección genética. Yo no sabía que eso podía ocurrir con la especie humana pero...

-¿Has terminado ya? -la interrumpió.
-Sí.
Se sentía sin aliento, ruborizada e increíblemente regocijada. Nunca en sus veinticinco años de vida había hablado así a nadie. Había disfrutado casi tanto como con el sexo.
-En ese caso me llevaré mis abominables genes de tu presencia -contestó él haciendo un gesto insultante.
-No antes de que yo diga una última cosa -volvió ella a la carga aunque él se hubiera dado la vuelta-. Toma nota de qué día es hoy, Pedro, porque yo no he tomado ninguna precaución para lo que acabamos de hacer en la cama ahora mismo. Si estoy embarazada por culpa de esta noche, quiero que no quepa duda alguna esta vez de quién es el padre de mi hijo.

Él alcanzó la puerta y desde allí se dio la vuelta para mirarla con frialdad y responder a ese último comentario.

-¿Una mutación genética? ¡Qué idea tan aterradora!

Había disparado. Con una sola e inteligente frase se las había arreglado para darle la vuelta a todo su discurso. No sabía si gritar o llorar de frustración.

Hola hola volvi? Disfrutenlo que todavia quedan muchas cosas interesantes por leer. Que tengan un lindo dia :)

martes, 5 de noviembre de 2013

Capítulo 9 - Lazos de Amor

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La tarde  se hizo interminable. Pau no se molestó en acudir a la mesa a la hora de la comida. Luego continuaron pasando las horas, en las

que vagaba de una habitación a otra huyendo si alguien entraba, deseando estar sola. Necesitaba estar sola porque no había nadie con quien

pudiera compartir su tormento.

La cena aquella noche fue de nuevo silenciosa. Ninguno de los allí presentes estaba preparado para fingir que no ocurría nada, que todo era

normal. Pau se unió a Pedro y a Hernan en la mesa porque él mandó un mensaje con un sirviente ordenándole que asistiera y no tenía ganas

de discutir.

De modo que se sentó y probó ligeramente la exquisita sopa de pollo de la señora Carmen y luego jugó con la tortilla que le habían preparado

especialmente para tentar su apetito mientras Pedro y Hernan comían unos gruesos y tiernos bifes. Rechazó el postre y el café, y luego se

excusó y dejó a los dos hombres cenando sin apenas cruzar palabra más que lo que requería la buena educación.

-No podrá soportarlo durante mucho más tiempo -observó Hernan una vez que ella hubo salido cerrando la puerta.
-¿Es que crees que estoy ciego? -contestó Pedro.

Un par de horas más tarde, Pedro Alfonso abrió la puerta del dormitorio de Pau y vio que estaba vacío. Frunció el ceño y miró a su alrededor.

Volvió a bajar las escaleras a grandes pasos y comprobó si estaba en cada una de las habitaciones a su paso antes de volver al despacho,

donde Hernan veía la televisión.

-Lo están contando en las noticias -le informó-. Lo relacionan con la Mafia y Dios sabe con qué más. Creía que habías intentado por todos los

medios evitar los rumores.
-Lo hice -confirmó entrando en la habitación-, ¿Ha venido Pau a buscarme mientras estaba en la ducha?
-No. ¿Es que no está en su habitación?

Pedro acababa de ducharse y ponerse ropa limpia. No quiso contestar a esa pregunta. En lugar de ello hizo una mueca y ordenó:
-Entérate de quién está al mando de ese canal de noticias y consigue que no vuelvan a hablar del asunto nunca más.
-Eso es como cerrar la puerta cuando el animal ya se ha escapado, Pedro.
-Todo este asunto es un buen ejemplo de ese dicho. No es posible que ella haya salido de casa, ¿no crees?
-¿Te refieres a Pau? No, es imposible. La alarma habría sonado y la habrían perseguido al menos diez hombres y tres perros. De todas

maneras, ¿a dónde iba a haber ido?
-No lo sé -frunció el ceño Pedro-. Pero no está en su habitación ni en ninguna de las habitaciones de arriba.
Hernan se puso en pie con el teléfono móvil en el oído y contestó:
-Lo comprobaré con los hombres en la planta de abajo. Tú vuelve a mirar arriba.

Pedro subió las escaleras de nuevo de dos en dos y fue abriendo todas las puertas una por una. Por fin. Casi de milagro, la halló en la última

habitación. No la habría visto si no llega a ser porque la luz del pasillo se reflejaba sobre su pelo. Se quedó inmóvil. Le sorprendió el hecho

de que ella estuviera sentada en el suelo hecha un ovillo contra los barrotes de la cuna de la niña.

Se le cortó la respiración al darse cuenta de que era la habitación de Male y de que lo que tenía entre sus brazos era un osito rosa de peluche.
Pau tenía los ojos abiertos, tenía que saber que él estaba allí. Tuvo que tragar al sentir cómo una ola de emoción le inundaba en su

interior. Su aspecto era el de una persona por completo privada de su objeto más querido. Sintió rabia al ver que le preocupaba algo que no

debía de inquietarle.

-No enciendas la luz -dijo ella al fin al ver que él acercaba la mano al interruptor-. ¿Han vuelto a llamar?
-No -contestó Pedro apoyándose en el marco de la puerta-. ¿Qué estás haciendo aquí, Pau? -suspiró con fuerza-. Esto sólo puede causarte

más dolor.
-No, me reconforta. La echo de menos y ella me estará echando de menos a mí.
-Necesitas dormir -añadió él pensando que su aspecto no era en absoluto el de alguien que se sintiera reconfortado sino el de alguien

atormentado.
-Male no podrá dormir. Sin Dandy no -dijo enseñándole el osito rosa abrazado a su pecho-. Se lo lleva a la cama todas las noches. Primero

recito una poesía y luego le canto una canción de cuna. Entonces ella...
-¡Sal de aquí! -la interrumpió Pedro severo. Pau se quedó callada-, sólo vas a conseguir castigarte más estando aquí -pero ella no se movió,

no mostró siquiera el menor signo de que le hubiera oído-. ¡Pau!
-No. Vete tú si no te gusta. Aquí es donde me siento más unida a mi hija y aquí es donde voy a permanecer.
-¿Va todo bien? -preguntó Hernan que llegaba en ese momento.
-¡Desaparece, Hernan! -respondió Pedro.

Aquella respuesta revelaba a las claras la lucha que libraba Pedro en su interior. Hernan se alejó haciendo una mueca y Pedro entró en la

habitación quitándose de delante de la luz. Entonces pudo apreciar que las paredes estaban pintadas de rosa, como la alfombra y las

cortinas, y que había cuadros y estanterías con juguetes. Su rostro se tensó. Se dirigió hacia la ventana y estuvo observando la noche, serena

y oscura, con las manos en los bolsillos de los pantalones.

Pau lo miró. Contempló al hombre cuyo cuerpo, delgado y esbelto, conoció en otra época casi mejor que el suyo. Un hombre al que,

entonces, adoraba mirar, sentir su calor con aquel sexto sentido oculto que residía en lo más profundo de su interior, sabiendo que él era

suyo. Un hombre... tan especial.

Suyo, se dijo. Tan inequívocamente como ella le había pertenecido a él. Tenía ocho años más que ella y eso por lo general resultaba

patente. A él le gustaba, recordó, igual que le gustaba lo opuestos que eran. Si él era moreno ella era rubia, si él se mostraba duro ella era

blanda, si él, con su experiencia mundana, resultaba un unico en algunas ocasiones, ella era tan inocente e ingenua como un bebé.

Eran los opuestos. Él alto, moreno, sofisticado y con una madurez fría reflejada en las líneas de su rostro. Ella pequeña, rubia y delicada, con

una juventud y una timidez natural que la hacían vulnerable y por tanto despertaban su instinto masculino de protección.

A él le gustaba que ella estuviese a su lado, sentir que lo tomaba de la mano o simplemente saber que necesitaba estar cerca de él para

apoyarse en su confianza y sentirse cómoda en la élite social que él frecuentaba. En cualquier otro aspecto de su vida en el que no estuviera

ella él se sentía como un depredador, pero en su compañía su actitud se suavizaba hasta el punto de que todas las mujeres, conscientes de

ello, sentían envidia y no comprendían qué podía poseer ella que fuera distinto ni qué debían de emular de ella.

Él lo llamaba feminidad interior, cierta fragilidad o delicadeza mental, corporal y espiritual, algo que la mayor parte de las mujeres habían desechado de su forma de ser en la más tierna infancia.
Sin embargo aquel rasgo valioso y unico había dejado de serlo de pronto, cuando la presión en el trabajo de él se incrementó y ella no

fue capaz de soportar sus largas ausencias. Entonces su timidez, al principio tan celebrada, se convirtió en un defecto irritante con el que al

final perdió la paciencia. Y lo peor de todo era el hecho de que a ella la atemorizara su padre. Se enfadó muy en serio cuando ella sugirió

que fueran a vivir a una casa sólo de ellos dos.

-Esta es nuestra casa -le había contestado-. ¿Es que no es suficiente conque ofendas a mi padre con tu actitud? ¿Pretendes insultarlo

mudándote a otra casa que no sea la suya?
-Pero yo no le gusto. No soy lo que él quería para ti, Pedro, y no pierde ocasión de demostrármelo.
-Sólo bromea contigo por tu timidez, eso es todo. Es tu paranoia la que te hace verlo tan maliciosamente.
Aquella respuesta era una muestra más de la ceguera de Pedro en todo lo referente a su padre. Horacio no sólo había sido malicioso con la

esposa de su hijo, había sido verdaderamente destructivo.

-Está bien -contestó Pedro-. Hablemos de ello.
Aquello era una orden más que sugerencia. Pau se despertó de nuevo a la realidad. Había estado pensando en él llegando incluso a olvidar

que estaba delante mientras lo contemplaba.
-¿Hablar de qué?
-De la niña, de lo que sientes. Puedes hablar.
-En realidad no quieres escucharlo -sonrió ella.
-Si es para ayudarte, estoy dispuesto a escuchar -respiró profundamente-. Cuéntame cómo es ella.

¿En qué estaría pensando Pedro?, Se preguntó Pau con curiosidad. ¿Qué cruzaría en realidad por su mente, tras esa falsa fachada

repentinamente interesada? ¿Estaba simplemente burlándose de ella o era algo más profundo? ¿Acaso estaba buscando una excusa que le

permitiera tener derecho a ocuparse de la niña de verdad?
-Ya viste la foto. Se parece a mí. Tiene mis rasgos, mi pelo, mis ojos... -habría deseado decirle que se parecía a él, que tenía la sonrisa de

su padre, su testarudez, su habilidad para engatusar a los demás. Pero no serviría de nada-. Tardó mucho en hablar pero muy poco en

andar. Y le gusta que le sonrían. Si frunces el ceño, se pone a llorar. Lo ha adquirido de... -de pronto se calló-. OH, Dios mío, Pedro, tengo

mucho miedo.
-Lo sé -contestó él con calma dándose la vuelta y mostrando unos ojos oscuros.
-Si le hacen daño a mi niña... ¿Crees que le harán daño? -preguntó atormentada.
-Cálmate -suspiró él con la voz temblorosa por primera vez y encogiéndose de hombros impotente como si no pudiera soportar la tensión

que lo invadía-. No le harán daño, no les serviría de nada hacerlo.
-¿Y entonces por qué este largo silencio? ¿A qué están esperando?
-Están jugando con nosotros, quieren hacérnoslo pasar mal. Quieren ponerme entre la espada y la pared para que cuando llamen acceda a

todo lo que me pidan.
-¿Y accederás... a todo?
-¡OH, Dios! ¿Cuántas veces tengo que decirte que haré todo lo que esté en mi mano para recuperar a tu hija? -contestó enfadado.
-Lo siento -murmuró ella con lágrimas en los ojos-. Es que...
-Vamos, estás agotada, necesitas descansar. Ven -añadió inclinándose para ayudarla a levantarse.

Pedro tenía razón. Estaba tan cansada que apenas podía tenerse en pie, y sin embargo, no quería abandonar esa habitación.
-¡No, por favor!, No me mandes a mi habitación. ¡Me siento muy sola allí!
-No estarás sola. Yo me quedaré contigo.
-¿Tu? -frunció el ceño sorprendida-. Pero...
-Ni una protesta más, Pau. Necesitas descansar. Te ofrezco el consuelo de mi presencia. La otra alternativa son dos pastillas para dormir

que ha dejado el médico. La elección es tuya, pero hazla deprisa o si no la haré yo por ti.

Sus ojos luminosos se elevaron buscando los de él. Intentaba encontrar en ellos la explicación de su actitud repentinamente amable. Pero él

bajó la vista, ocultando lo que cruzaba por su mente. Entonces, algo ocurrió en su interior, cierto anhelo, cierta necesidad, el recuerdo de una

época en la que aquel hombre se mostraba tan tierno y preocupado por ella como en ese momento, como cualquier mujer pudiera desear.

-¿Es que quieres que tome yo la decisión? -preguntó él al fin ante su persistente silencio.
-No vocalizas bien -contestó ella.
-Es que yo también estoy cansado -suspiró y en un acto de infinita paciencia se inclinó y la tomó en sus brazos-. Se te acabó el tiempo. He

tomado la decisión por ti -murmuró sacándola de la habitación y llevándola a su dormitorio.

Caminó hasta la cama y la dejó por fin en el suelo con los pies descalzos. Luego comenzó a desatarle la bata dejando al descubierto un

camisón a juego de satén color café y abriéndole las sábanas.
-Vamos, adentro -ordenó.
Sumisa, Pau hizo lo que le mandaban mientras él sacaba el teléfono móvil del bolsillo del pantalón.
-¿Hernan? Estoy con Pau. No me molestes si no es absolutamente preciso -dijo colgando de inmediato.
-¿Qué has querido decir con eso? -preguntó Pau observando cada uno de sus movimientos con los ojos muy abiertos.
-Nada. Es sólo que estoy esperando una llamada de Chile.

Pedro comenzó a apagar todas las luces dejando encendida sólo la de la mesilla. Luego, sin mirar a Pau, se quitó los zapatos para tumbarse

a su lado en la cama
- Pedro...
-Shsh -la interrumpió él-. A dormir.
-Sólo iba a... darte las gracias -susurró.

Hola sera que se viene EL CAPITULO? comenten mucho asi subo mas rapido ah? jajaja que tengan una linda noche. Besos

domingo, 3 de noviembre de 2013

Capítulo 8 - Lazos de Amor

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Pau mantuvo la cabeza agachada sin atreverse siquiera a respirar. No quería respirar. Sabía que si lo hacía no podría evitar echarse a llorar. Se sentía tan herida en ese momento que cualquier cosa habría podido alterarla.

-Lo siento -dijo él al fin-. Siento haber reaccionado así pero debiste comprender que no es seguro salir ahí fuera tú sola. Siento mucho haberte hecho daño -dijo acariciando su muñeca-. Olvidé mi propia fuerza y tu delicadeza.
-¿Por qué no es seguro?
-Nos enfrentamos a gente sin escrúpulos, Pau -contestó por fin suspirando después de un rato en silencio-. No van a parar ante nada hasta conseguir lo que quieren. Si creen que eso les beneficia, podrían incluso secuestrarte.
-¿Pero por qué? -preguntó elevando la vista con los ojos húmedos-. ¿Es que no es suficiente con mi hija? ¿Acaso creen que merece la pena destrozar otra vida más aparte de la de ella?

Por primera vez desde que él había vuelto a entrar en su vida en aquella segunda ocasión Pau pudo ver al Pedro al que estaba acostumbrada, el que no la desgarraba con la mirada, el que la miraba incluso con ternura. Una ternura que se reflejó también en la forma en que él le soltó la muñeca para acariciar su pálida mejilla con los dedos.

-Cuando me casé contigo lo hice en contra de los deseos de mi padre. Eso, a sus ojos, te convierte en la pieza más preciada de mis posesiones -hizo una pausa para mirar en sus ojos, que expresaban confusión. Luego suspiró y añadió-. Con la niña es suficiente. Ellos saben que es suficiente pero tenerte a ti también les vendría bien, supondría una presión mayor para obligarme a hacer lo que quieren.
-Pero vas a hacer lo que quieren, ¿verdad? No irás a arriesgar la vida de Male no?
-¿Pero quién crees que soy yo? -contestó con un brillo repentino de ira en los ojos-. ¿Un monstruo sin sentimientos? ¡Por supuesto que no voy a poner su vida en peligro!
-¿Y entonces por qué me asustas diciéndome eso de que mi vida puede estar en peligro?
-¡Porque ya me han hecho amenazas al respecto, maldita sea! -gruñó tirando de ella para acercarla y presionarle la cabeza contra su pecho sin poder evitarlo-. ¡Cómo se atrevan a tocarte, los mataré! ¡Los mataré a todos, uno por uno!
-Sin embargo por la niña no sientes lo mismo -comentó ella alejándose de él con seguridad.
-¿No es suficiente el que pueda sentirlo por una esposa que me ha sido infiel? -preguntó amargamente.
-No, no es suficiente -contestó ella entrando en el cobertizo.
-No me das cuartel, ¿verdad? -preguntó él siguiéndola.
-No. ¿Por qué iba a hacerlo cuando tú no me lo das a mí?
-Pero yo las mantengo a las dos, Pau, cuando lo que tenía que haber hecho era dejarlas morir de hambre en la calle.
-¿Y por qué no lo haces? -lo desafió mirándolo a la cara-. Sólo estás protegiendo tu propio orgullo, Pedro. Eso no es generosidad, no lo haces por nosotras. Lo haces por ti, así que si esperas gratitud eterna puedes irte olvidando. No nos estás haciendo ningún favor dejándonos vivir aquí. Y en todo caso, si te hago responsable de algo es de no habernos protegido adecuadamente cuando sabías que nuestras vidas estaban en peligro.
-Eres increíble, ¿lo sabías? -rió incrédulo-. No es de extrañar que sigas conservándote tan bella cuando te escudas de toda culpa ante los demás. No dejas que tus errores se fijen en tu rostro en forma de arruga, ni la más mínima, ¿verdad? Seguro que es una receta magnífica para la eterna juventud.
-¿Y cuál es la receta de la tuya? -preguntó ella quedándose luego inmóvil al darse cuenta de lo que había dicho.

El se quedó inmóvil también, callado. No hacía ruido, ni siquiera al respirar. Estaba recapacitando sobre el error que ella había cometido. Luego, por fin, preguntó:
-¿La receta de mi belleza?
-A los hombres por lo general no se les dice que son bellos -contestó Pau nerviosa, casi con pánico, intentando desviarse de su pregunta.

Pero era demasiado tarde. Supo que era demasiado tarde desde el mismo momento en que cometió la equivocación. Él la miraba de frente, de cerca, inclinándose para apoyar las manos en el banco que había detrás de ella, apresándola entre sus brazos, sintiendo cómo su respiración caliente le daba color a sus mejillas y la hacía ruborizarse.

-Y sin embargo tú siempre utilizabas esa palabra para describirme -le recordó en voz baja-. Te tumbabas desnuda sobre mí con tu adorable cabello acariciándome los hombros y tus brazos sobre mi pecho, me mirabas a los ojos y me decías con solemnidad: «Eres tan bello, Pedro».

-¡Basta! -exclamó ella cerrando los ojos para no ver la imagen que él estaba evocando.

No obstante, por mucho que quisiera cerrarlos, la escena se repetía en su memoria. Bellos cabellos... Podía escucharse a sí misma decir aquellas palabras con aquel tono de voz de adoración, suave y lento, mientras lo acariciaba: bella nariz, bella boca, bella piel... Él, por lo general, se quedaba escuchando cada una de sus tímidas y serias palabras con una enorme atención para que ella se diera cuenta de que aquel momento, aquellas frases, le llegaban a lo más hondo de su ser.

«Tienes unos bellos hombros», decía mientras sus dedos los dibujaban y se deslizaban luego por las curvas de sus músculos. «Un pecho bello...»

Dejó escapar un suspiro humedeciéndose con la lengua los labios de pronto secos. Sabía qué iba a imaginar después su mente: ella inclinaría la cabeza y capturaría con los labios uno de sus hermosos, morenos y masculinos pezones... Y su respuesta sería la de un hombre fuera de sí. Sus ojos se oscurecerían y sus pulmones dejarían escapar el aliento con un gemido. Con un movimiento rápido y seguro, puramente masculino, levantaría las piernas para rodearle con ellas las caderas y arrastrarla por la cama poniéndose encima hasta que...

-¿Le susurraste esas mismas palabras dulces y evocadoras a tu amante?

Aquella pregunta desagradable la hizo abrir los ojos de repente volviendo a la cruda realidad. Él levantó las manos y las puso sobre sus hombros haciéndola darse la vuelta y enfrentarse a él.

-¿Tuvieron en él el mismo efecto que solían tener en mí?

Ella sacudió la cabeza, incapaz de contestar, pálida y atemorizada. Respiró una sola vez llenando los pulmones de aire asustada ante la cólera y los celos que veía reflejados en su rostro duro.

-¿Tienes idea de lo que he pasado imaginándote tumbada al lado de él diciéndole esas palabras? Yo te amaba, ¡maldita sea! Besaba la tierra que tú pisabas. ¡Eras mía, mía! -gritó sacudiéndola-. Fui yo quien te encontró, fui yo quien te despertó. ¡Ese cuerpo y esas palabras eran mías!
-¡Nunca se los di a nadie más! -gritó ella.
-¡Mentirosa! -respiró él inclinando los labios para posarlos sobre los de ella.

Era un castigo. No pretendía hacer otra cosa besándola más que castigarla. Sus labios se aplastaban contra los de ella, cerrados contra los dientes apretados, hasta que por fin ella cedió a la presión y abrió la boca. Desde ese momento aquel beso se convirtió en un castigo y en una revelación. Pero en una revelación terrible, porque en el instante en que sus lenguas se encontraron el tiempo dejó de existir, el presente dejó de existir y ella se sintió viviendo de nuevo tres años atrás, cuando ese hombre era el rey supremo de su mundo. Recordaba su fragancia, su sabor, su contacto, su textura...

Textura. La textura de esos labios coléricos forzándola a abrir los suyos. La textura de esa lengua húmeda deslizándose por la suya. La textura de esas mejillas tersas rozando las suyas. La sensación de ese aliento mezclándose con el de ella, el sonido sensual de esos jadeos mientras ella se rendía y enterraba los dedos en su cabello atrayéndolo hacia sí, más cerca, hambrienta, sedienta de algo de lo que no sabía que lo estuviera hasta ese increíble, espectacular y ardiente momento.

Cuando él por fin la soltó, ella no pudo hacer nada más que dejarse caer sobre el banco a sus espaldas, incapaz de reaccionar, intentando calmarse y recapacitar. El aire en el cobertizo era caliente y húmedo. El sol pegaba sobre el tejado haciendo que todo oliera a madera y a tierra. Él estaba a un solo paso de ella, respirando muy fuerte y con el cuerpo en tensión. Aún podía palparse la violencia a su alrededor, la amenaza. Pero entonces sonó un teléfono rompiendo aquella atmósfera como si fuera de cristal. Se llevó la mano al bolsillo del pantalón y sacó un teléfono móvil.

-Bien -dijo después de estar escuchando un momento-. Voy para allá.
-¿Qué ocurre? -preguntó Pau alarmada poniéndose en pie.
Él no contestó. Se dio la vuelta sin siquiera mirarla y salió del cobertizo. Entonces Pau estalló:
-¡No te atrevas a tratarme como si yo no contara para nada! ¡Es mi hija! ¡Mía! ¡Si esa llamada era para decirte que se han puesto en contacto otra vez contigo tengo derecho a saberlo!
-Se han puesto en contacto conmigo otra vez -contestó él encogiéndose de hombros y marchándose sin mirar atrás.

El sol brillaba en el jardín mientras ella lo seguía con la mirada. Quieta, temblando, deseó arrojarle algo, gritar, romper algo.

-¡Eres un canalla! -murmuró ofendida-. Un ser cruel e inhumano -continuó mientras las lágrimas comenzaban a llenar sus ojos-. ¿Por qué tienes que ser tan insensible? ¿Por qué siempre tienes que ser tan insensible?

Pau se dirigió hacia la casa y logró serenarse sentándose frente a la puerta del despacho. Él la abrió unos minutos más tarde. Ella parecía una escolar con sus enormes ojos abiertos esperando muy formal en una silla como si alguien le hubiera dicho que lo hiciera hasta que saliera el director. Pero su boca no era la de una niña. Era la boca de una mujer, llena, sensual. La boca de una mujer a la que acababan de besar violentamente. Nada más verlo se puso en pie.

-¿Y bien?
-Nada -contestó él sacudiendo la cabeza-. Ha sido una falsa alarma. Una trampa
-¿Una trampa? -repitió ella incrédula.
-Sí, ya nos han tendido trampas antes.
Pau inclinó la cabeza preguntándose cómo era posible que alguien intentara aprovecharse del sufrimiento de otros seres humanos, pero no dijo una sola palabra más. Sencillamente, se alejó y subió las escaleras con la espalda recta y la cabeza bien alta.
Sola, como sólo una mujer que estuviera en su situación podía estarlo.

-Sube las escaleras como una princesa -comentó Hernan Paz, mirándola al lado de Pedro.

Aquel comentario era la chispa que hacía falta para hacer detonar la bomba de relojería que llevaba Pedro en su propio cuerpo. Se dio la vuelta y con los ojos soltando chispas de furia contestó:
-Vete al infierno.
Luego se dirigió al despacho y cerró la puerta.

Hola aqui lo prometido, paciencia que la espera vale la pena falta poco para que aparezca Male, que tengan una linda noche. Disfrutenlo y comenten :)

Capítulo 7 - Lazos de Amor

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Aquella fue una larga noche. Durmió un sueño ligero y bajó a desayunar a la mañana siguiente con ojeras y mal aspecto. En el comedor se encontró con Pedro, solo frente a la mesa leyendo el periódico. En cuanto la vio llegar lo cerró y la observó. Ella hizo una mueca. Era consciente de su mal aspecto.
No llevaba maquillaje y el color habitual en sus mejillas había desaparecido. Se había cepillado el pelo y se lo había recogido en una coleta a la espalda. Llevaba una sencilla falda de muselina y un jersey azul claro que en otras circunstancias le hubiera sentado bien, pero que en aquella ocasión resaltaba su palidez. Pero no le importaba. Nada le importaba en ese momento excepto su hija.

Él tampoco tenía muy buen aspecto. Su rostro, por lo general terso, dejaba claro que no había dormido lo suficiente la última noche. Pero al menos no llevaba su típico traje de negocios de seda sino ropa de sport: pantalones beige y un polo de manga larga en verde claro que suavizaba los rasgos de su semblante y remarcaba sus músculos.

-¿Qué le ha ocurrido a la niñera? -preguntó Pau sentándose en una silla-. Me he acercado a su habitación esta mañana para ver cómo seguía y no estaba. La habitación estaba vacía.
-La llevaron a casa de sus padres ayer por la noche. Estaba demasiado nerviosa como para ser de utilidad aquí así que... -contestó encogiéndose de hombros.
No era ya de utilidad, se repitió Pau a sí misma, así que se la llevaron, así de sencillo.
-Yo nunca quise tener una niñera.
-Pero estabas enferma -dijo él levantándose para dirigirse al teléfono que comunicaba internamente toda la casa-. Té para mi mujer -ordenó-. Y lo que tenga por costumbre desayunar. Necesitabas ayuda con la niña -continuó volviendo a sentarse.
-¿He conseguido hacer algo durante estos tres años de lo que tú no hayas tenido noticia? -bromeó sin esperar respuesta alguna.

Sabía cómo pensaba Pedro. Su lema era «lo que es mío, es mío» Y de eso era exactamente de lo que se había ocupado en esos tres últimos años: Había procurado a su mujer y a su hija la vida lujosa que se esperaba que fuera capaz de ofrecer un hombre de su categoría. Por esa razón cuando Pau se puso enferma unos meses atrás apareció Julia, la niñera, sin que nadie en la casa la hubiera llamado. Y desde entonces, se había quedado allí, no porque ella quisiera sino simplemente porque él así lo había dispuesto.

Y luego la niñera desaparecía, ya no era de utilidad. Además se había puesto histérica en el parque en lugar de comportarse como se esperaba de ella cuando secuestraron a la niña delante de sus narices. Había vuelto corriendo a casa a informar a Lucas, el chofer, quien a su vez había informado de inmediato a Pedro, su jefe. Probablemente incluso antes de que la informaran a ella.
Porque Lucas, el chofer, no era simplemente un chofer. Era su guardián. Le pagaban para que vigilara y escoltara una de las posesiones de Pedro Alfonso, a su esposa. No a su hija, porque él no creía que fuera hija suya y por tanto no merecía vigilancia alguna. Esa, precisamente, había sido la causa por la cual la habían raptado.

De pronto la puerta del comedor se abrió y entró la señora Carmen con una bandeja de té y tostadas. Sonrió nerviosa hacia Pedro y con cariño hacia Pau.
-Cómase estas tostadas, señora -dijo suave y cariñosamente mientras dejaba las cosas sobre la mesa delante de ella-. Si no, tendré que perseguirla por toda la casa con ellas.
-Está bien -murmuró Pau mientras sus ojos se llenaban de lágrimas ante la muestra de afecto.
-¡OH! -exclamó el ama de llaves al ver sus ojos-. ¡Venga, ánimo, vamos! Lo que usted necesita es llorar de una vez por todas, ¿verdad? Pero no se preocupe, la princesita estará aquí de vuelta antes de que se dé cuenta. Sana y salva. Espere y lo verá.
-Sí, por supuesto -contestó Pau haciendo un esfuerzo inmenso por calmarse-. Lo siento, es que...
-No se preocupe, la comprendo perfectamente. No tiene usted que explicarme nada, señora, nada...

La señora Carmen le dio unas palmaditas a Pau en el brazo y salió del comedor. Pedro había observado toda la escena sin decir una palabra. Pau no lo miró, no podía. Intuía que estaría extrañado ante las muestras de afecto del ama de llaves.

-Parece que todos se preocupan mucho por ti. ¿No crees? -preguntó Pedro por fin-. Esta misma mañana ha venido Lucas para saber cómo seguías, y el señor Jose me ha parado antes en el jardín para preguntarme lo mismo.
¿Es que estaba acaso comparando la forma tan distinta en que la trataban sus sirvientes uruguayos? Se preguntó Dulce. Debería hacerlo, se dijo, porque la diferencia era palpable.
-¿Te sorprende que alguien se preocupe por mí?
-No -contestó él poniéndose en pie.
Entre ellos reinó el silencio. Pau se sirvió té y comenzó a beber mientras él permanecía de espaldas mirando por la ventana ensimismado en sus pensamientos.
-¿Lo es? -preguntó él de pronto-. ¿Es como una princesita?

Pau se quedó mirándolo y sintiendo cómo la cólera hacía que la sangre hirviera en su interior. Se atrevía a preguntarle algo así cuando la noche anterior le había negado el derecho a hablar sobre su hija e incluso había apartado la foto con una expresión de desagrado. Se puso en pie, dejó la taza de té con indiferencia, y dijo: -¡Pedro, vete al diablo!

La mañana se prolongaba larga e interminablemente, era difícil soportarla sin una sola llamada telefónica. El silencio era profundo en la casa, y su sentimiento de impotencia iba creciendo conforme pasaba el tiempo. La forma en que todo el mundo parecía ocupado en sus quehaceres diarios le destrozaba los nervios, y el hecho de que Pedro se hubiera encerrado de nuevo en el despacho sin dar muestras de querer salir de él también le ponía los nervios de punta. Debería estar con ella, reconfortándola, consolándola, pensó. Tan preocupado como ella.

¿Adoptaría la misma actitud si creyera sinceramente que Male era hija suya?, Se preguntó. ¿Se quedaría sentado en el despacho trabajando mientras los secuestradores les obligaban a soportar aquel cruel silencio?
No podía soportarlo. Subió corriendo las escaleras en un acto de desesperación, se puso unos vaqueros viejos ajustados y una camiseta y corrió de nuevo escaleras abajo poniéndose un delantal verde mientras abría la puerta de entrada de la casa.
-¿Puedo ayudarla, señora Alfonso? -le preguntó un guardaespaldas apostado en la entrada.
-No. Gracias -dijo pasando por delante de él. Pero entonces notó que la agarraba por el brazo-. Quíteme las manos de encima.
-Tengo instrucciones de no dejarla salir-contestó él sin soltar su brazo.
-¡Pedro! -gritó.

Todas las puertas de la casa se abrieron, incluyendo la del despacho. Pedro salió al vestíbulo con la mirada dura e inquisitiva mientras observaba la escena.
-Dile que me quite las manos de encima -casi ordenó Pau.
-¿Qué ocurre Pau? -preguntó Pedro frunciendo el ceño en lugar de obedecer-. Deberías saber que ninguno de mis hombres quiere hacerte daño alguno...
-Díselo -repitió ella-. ¡Díselo inmediatamente!
Su semblante se oscureció mientras caminaba a grandes pasos hacia ella. Su forma de caminar lo decía todo: no estaba acostumbrado a que le hablaran en ese tono, sobre todo delante de sus sirvientes. Y no le gustaba que ella se atreviera a hacerlo. Dirigió un gesto a su guardaespaldas, que soltó a Pau, y luego preguntó:
-Está bien. ¿Y ahora quieres explicarme qué es lo que ocurre?
-No -contestó ella tensa y colérica.

Él nunca podría comprender, por mucho que ella trattara de explicarle, que ningún hombre, ninguno, volvería a tocarla sin su permiso explícito. Había aprendido esa lección con dureza, en manos de Facundo. Si entonces hubiera gritado, si entonces hubiera tenido el suficiente sentido común como para protestar una y otra vez, Pedro habría comprendido que ella necesitaba su ayuda, no su ira. Y todo hubiera sido diferente.

-¿Entonces querrías contarme a dónde ibas? -suspiró impaciente.
-Fuera. ¿O es que estoy bajo algún tipo de arresto domiciliario?
-No. Es sólo que pensaba que estar al tanto de lo que le ocurre a tu hija era más importante para ti que ninguna cita.
Sarcasmo, se dijo Pau. A tal provocación sólo podía responder con otra provocación por su parte.
-No te atrevas a decirme qué debe ser importante para mí o qué no. Eres tú quien no tiene ni idea de qué cosas puedan serlo en esta vida.
-¿Adónde crees que vas, Pau? -volvió a preguntar con calma Pedro con una ceja levantada y con expresión amenazadora.
-No es que lo crea, es que lo sé -aseguró ella-. En este país aún existe la libertad, por si no lo sabías. Tengo derecho a ir a donde quiera sin consultarle a nadie, y eso te incluye a ti y a tus guardaespaldas.

Dichas esas palabras, Pau se dio la vuelta en un movimiento airado. Pero él la tomó de la muñeca y la hizo volverse para mirarlo.

-Espera -ordenó lleno de ira al ver que ella intentaba soltarse-. Ahora prueba otra vez, y te sugiero que en esta ocasión me contestes con una respuesta más satisfactoria. ¿Adónde crees que vas?
Pau lo miró, bajó la vista luego hasta su muñeca fuertemente apretada y sintió que las lágrimas llenaban sus ojos llena de frustración y desesperación. Se sintió: atemorizada, impotente, sola...

-Voy a ayudar al señor Jose en el jardín -murmuró-. ¿Adónde querías que fuera así vestida?

Debería haber caído en la cuenta de que llevaba la ropa de trabajo para el jardín. Era posible que hubiera llegado a odiar el solo hecho de verla, era posible que hubiera lamentado miles de veces su falta de sofisticación y de buen gusto al vestir, pero nunca debería haber llegado a creer que iba a salir a la calle con ese atuendo. Debería haber reconocido el delantal. Siempre utilizaba uno de ese estilo cuando iba a trabajar en el jardín. Y le dolía que no lo hubiera hecho. Él murmuró algo, aunque no comprendió qué. Estaba ocupada intentando evitar que las lágrimas resbalaran por sus mejillas. De pronto la fuerza con la que le agarraba la muñeca se fue debilitando hasta que pudo soltarse.

-¿Dónde están tus guantes?
De modo que al menos recordaba que siempre llevaba guantes para trabajar en el jardín. Un punto a su favor, pensó Pau con sarcasmo mientras contestaba y hacía un gesto con la cabeza indicando hacia un lado de la casa.
-En el cobertizo.
-Bien, entonces vamos -dijo poniendo un brazo sobre sus hombros y sintiendo que se ponía tensa-. Ven a buscarlos.
Pau fue con él sencillamente porque no tenía alternativa. Caminaron juntos y él mantuvo el brazo sobre sus hombros dirigiéndose hacia uno de los laterales de la casa en el que, escondido tras un seto, estaba el cobertizo donde se guardaban los útiles de jardinería. Nada más llegar Pau quiso soltarse, pero él la detuvo con el brazo firme tomando su muñeca con suavidad para ver el efecto que su fuerza le había causado en la piel.


Hola hola domingo novelero ah? bueno no se pero sean felices, que tengan un lindo finde del que queda, disfruten el capitulo, si comentan mucho subo otro a la noche :)

viernes, 1 de noviembre de 2013

Capítulo 6 - Lazos de Amor

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-¿A quién te refieres, a Facundo? Es un amigo de tu padre, no mío.
-Eso no es lo que yo he oído decir. Me gustaría que no relacionaran el nombre de mí mujer con el de ningún otro hombre. Quiero que rompas esa amistad, Pau -la avisó-. De otro modo tendrás que atenerte a las consecuencias.
Sus deseos de luchar, de responder, se iban haciendo cada vez más fuertes, tanto más cuanto más atrapada se sentía por Horacio. Pau respondió a aquellas palabras, y lo hizo con dureza, pero no por defender su relación con Facundo sino intentando que él cambiara su forma de vida.
-No tienes ningún derecho a decirme con quién puedo o no pasar mi tiempo cuando ni tú mismo te molestas en estar conmigo.
-Tengo el derecho de un marido -contestó él arrogante.
-¿Es eso lo que crees que eres para mí? Yo diría más bien que eres el hombre que comparte la cama conmigo de vez en cuando. ¿Cuánto tiempo has estado fuera esta vez, Pedro? ¿Dos semanas, casi tres? ¿Y qué se supone que debo de hacer yo mientras tú estás fuera? ¿Esconderme? Si quieres saber qué es lo que hago cada minuto del día, quédate aquí y lo descubrirás.
-Tengo un negocio al que atender, y precisamente gracias a ese negocio tú puedes permitirte lujosas ropas y un estilo de vida espléndido.
-¿Acaso te he pedido yo estas ropas? ¿Es que te he pedido yo esta mansión? Cuando me enamoré, lo hice de ti, no de tu dinero. Pero la verdad es que apenas te veo.
-Ahora estoy aquí.

Eso era cierto. Podía gozar de él, gloriosamente desnudo y lleno de sensualidad. Sin embargo por primera vez en su vida lo rechazó.

-Llevamos casados casi un año y a pesar de todo puedo contar con los dedos de una sola mano las semanas que hemos pasado juntos. Ni siquiera vivo en mi casa, ésta es la casa de tu padre -suspiró-. Y cuando por fin encuentras tiempo para volver, siempre es antes tu padre que yo.
-Me niego a complacerte en tus absurdos celos por la relación que mantengo con mi padre.
-Pues yo odio vivir aquí y si tú no vas a poder venir más de lo que lo estás haciendo ahora me iré a Argentina, a mi casa. Quiero encontrar un trabajo y tener algo de qué ocuparme. Quiero vivir, Pedro, quiero hacer algo más que ir de tiendas o restaurantes sintiéndome extraña entre un clan de uruguayos.
-Te refieres quizá a la vida que te puede proporcionar un Argentino.
-Esto no tiene nada que ver con Facundo -suspiró ella irritada.
-¿No?
-¡No! Tiene que ver contigo y conmigo, con un matrimonio que ni siquiera puede llamarse así porque tú no estás aquí el tiempo suficiente. Tiene que ver con el hecho de que yo aquí no soy feliz -exclamó mientras las lágrimas llenaban sus ojos-. No puedo seguir así, ¿es que no lo ves? Ellos, tu padre, tus amigos, me intimidan. ¡Me siento acobardada cuando tú no estás!

Aquella súplica surgía de su corazón. Debería de haberlo ablandado, debería de haberle recordado que se había enamorado de una mujer delicada, de una mujer tan tímida que se agarraba a él con fuerza cuando le presentaba a alguien desconocido o que se quedaba callada si alguien bromeaba con ella.

Pero él era uruguayo. Y un uruguayo por naturaleza era un hombre posesivo. Si Pau no le daba importancia a Facundo Pieres, él en cambio sí lo hacía. Pau no había expuesto todas aquellas quejas nunca antes de que él mencionara el nombre de aquel argentino, ni nunca antes se había atrevido a discutir con él. Y desde luego nunca antes había rechazado su cuerpo desnudo.

-Ven a la cama -dijo él.
-No -contestó ella comenzando a tartamudear al ver la expresión de su rostro-. Quiero que hablemos de esto... -él dio la vuelta a la cama dirigiéndose hacia ella, pero Pau se alejó levantando las manos como para detenerlo-. No, por favor, me asustas. No quiero que me asustes tú también.

Pero él no la escuchó, o quizá fue sólo que en ese momento no le importó destrozar aquella única cosa de la que ella estaba segura: de que él, su testarudo marido, el cazador con el que se había casado, nunca le haría daño.
Y le hizo daño. No físicamente, desde luego, sino con una sensualidad brutal que la hizo sentirse desolada.

-Si te acercas al Argentino, los mataré a los dos. Lo que es mío es mío, y pretendo conservarlo. ¡Y tú definitivamente eres mía!

«Lo que es mío es mío» repitió Pau para sus adentros. Él nunca se retractó de aquellas palabras. Durante el mes siguiente no lo vio ni oyó hablar de él, y ella no se movió de la villa. Pau no tuvo que escuchar chanza alguna por parte de Horacio sobre el fracaso de su matrimonio ni sobre la preferencia de su esposo por estar en cualquier lugar que no fuera junto a su patética esposa, pero tampoco se le ocurrió sospechar que Horacio preparaba una trampa para ella cuando recibió un mensaje, supuestamente de Pedro, para reunirse con él una noche en un hotel de Uruguay en el que solían alojarse cuando salían a ver alguna función en la ciudad.

Llegó a la suite en la que debían verse nerviosa, algo asustada, rogando a Dios para que él le hubiera pedido que fuera allí comprendiendo que ella no era feliz y que necesitaban estar a solas y hablar sin interrupciones. Entró en la habitación con la llave que le habían procurado, metió su pequeño equipaje en el dormitorio y salió a esperarlo al salón de la suite.
Pero él no aparecía. Hacia las diez comenzó a sentirse enfadada, hacia las once estaba preparada para irse a la cama y hacia las doce estaba intentando dormir cuando de pronto oyó el ruido de llaves en la puerta. Salió de la cama feliz con su camisón de seda color crema justo cuando se abrió.

Y entonces fue cuando ocurrió. Fue un shock, algo horrible, confuso. Porque el que entraba no era Pedro sino Facundo. Se paró en el umbral de la puerta abierta, sonrió y murmuró:

-Paula, querida, estás preciosa, como siempre. La incomprensión la dejó helada e inmóvil. Él dio un paso hacia ella, la atrajo hacia sus brazos y ella se dejó en silencio, incapaz de hacer o decir nada y preguntándose cómo era posible que estuviera en esa situación.

Tenía que ser un error, pensó.Facundo había cometido un tremendo error.
Pero entonces otra mano abrió con fuerza la puerta. Pedro estaba de pie en el umbral. Su rostro parecía de piedra, sus ojos dorados de cazador la miraban atónitos. Ella permanecía inmóvil. Se sentía impotente, confusa, alarmada y horrorizada.

-Así que mi padre tenía razón. ¡Eres una zorra!

Eso fue todo lo que dijo. Toda la culpa recayó sobre ella. Su silencio la condenaba. Su rubor la condenaba. La forma en que Facundo desapareció por el balcón sin decir una palabra la condenaba. Nunca supo a dónde se dirigió ni nunca le importó. Y también el camisón de seda, comprado especialmente para esa noche, la condenaba.
Él se quedó inmóvil, igual que ella. Su mente no pensaba más que en cómo era posible que Facundo hubiera creído en ningún momento que ella lo estaba esperando. Y entonces cayó en la cuenta. Se puso pálida de ira, no de vergüenza. Horacio. Horacio lo había arreglado todo.

-¡Pedro, por favor! -exclamó con ojos fieros y suplicantes-. No es lo que tú crees -él dio un paso hacia ella. Su semblante fue tornándose de pétreo a amenazador. Levantó una mano como para pegarle y entonces ella gritó dando un paso atrás y tapándose la cara para protegerse-: ¡No! ¡Por el amor de Dios! ¡Tienes que escucharme!
-Nunca -contestó él apretando los dientes-. Tú para mí ya no existes.

Aquello lo dijo completamente en serio. Pudo comprenderlo por la expresión glacial de sus ojos dorados. Era demasiado. Se desmayó a sus pies. Cuando se despertó estaba sola, tirada en el suelo justo donde había caído. Y no había vuelto a cruzar una sola palabra con él hasta ese día. No le habían permitido volver a la casa. La suite de aquel hotel se convirtió temporalmente en su prisión hasta que Hernan, frío y poco comunicativo, fue personalmente a buscarla para escoltarla fuera de Uruguay de vuelta a Argentina.

Sintiéndose desesperada, débil y nerviosa hizo todo tal y como le ordenaron que lo hiciera. Volvió a la casa de Argentina y permaneció en ella durante semanas esperando. Esperaba que él se calmara, que recapacitara y se diera cuenta de que ella, menos que nadie en el mundo, sería capaz de hacer algo como tener un amante.

Fue entonces cuando descubrió que estaba embarazada. Todo cambió. Intentó comunicarse con él por teléfono, pero él se negaba a hablar con ella. Le escribió cartas, pero él no las leía ni daba muestras de recibirlas. Al final, desesperada, se volvió hacia Hernan en busca de ayuda, lo llamó y le rogó que persuadiera a Pedro para que accediera a verla, a escucharla. Le dijo que estaba dispuesta a tener al bebé, que eso debía hacerle recapacitar. Aún recordaba su propia angustia.

Pero Pedro no cambió de opinión. Al día siguiente, el teléfono sonó. Era Hernan.
-Pedro dice que mientes, que ese bebé no es suyo. Te permite que vivas en esa casa por el momento y dice que te dará todo lo que necesiten tu hijo y tú mientras no salgas de esa casa ni digas nada de tu traición.
-Si eso es lo que piensa ¿por qué no me echa a la calle y se divorcia de mí?
-Ya le has humillado bastante sin necesidad de añadir además el escándalo de un divorcio -contestó Hernan con frialdad-. Pero escucha atentamente: como dejes que otro hombre se acerque a ti los matará a los dos. No cometas ninguna equivocación en eso.

¿Significaba aquello que Facundo estaba muerto?, Se preguntó Pau. Lo cierto era que no le importaba lo más mínimo. Facundo estaba encompinchado con Horacio, no hacía falta ser muy lista para darse cuenta. Sólo por esa razón se merecía todo lo que Pedro quisiera hacerle. La lástima era que Horacio  no recibiera también su merecido.

Pero quizá Horacio tenía por fin lo que se merecía, recapacitó Pau. Porque al decidir deshacerse de la mujer que su hijo había escogido había tenido que arrojar de su lado también a su nieta, a la criatura más maravillosa de la tierra: Male. Pau se preguntó si sentiría curiosidad por conocerla, si se habría sentado alguna vez en un sillón a recapacitar sobre ello y se arrepentiría de lo que había hecho.

Esperaba que se arrepintiera. Lo esperaba sinceramente. Estuviera enfermo o no esperaba que sintiera remordimientos. Era un sentimiento de venganza que no podía evitar que surgiera en su alma.

De pronto oyó un movimiento detrás de ella, en el umbral de la puerta. Se dio la vuelta. Hernan la observaba con el ceño fruncido. Por un instante sintió que él sabía exactamente en qué había estado pensando. Pero de repente la comunicación establecida se cortó al darse la vuelta Pedro.

Sin embargo durante toda la cena Pau sintió que los ojos de Hernan estaban fijos en ella. Era incómodo pensar que él conocía su sed de venganza. Él era un Uruguayo, y como tal pensaba que sólo ellos tenían derecho a obtenerla. No le hubiera gustado saber que una mujer argentina podía querer también su propia venganza, sobre todo si era frente a un uruguayo.

La cena fue toda una prueba. Pau se esforzó por comer algo pero fue incapaz de tragar nada. Pedro y Hernan compartieron la mesa con ella y de vez en cuando hablaban de negocios, pero muy brevemente. Al final ella se levantó de

la mesa y, excusándose, desapareció del comedor.

-Trata de descansar -le dijo Pedro-. Te prometo que en cuanto haya noticias iré a contártelas.
Ella asintió. No iba a discutir, pero se sentía incapaz de descansar. No volvería a descansar hasta que su hija volviera con ella.


Y bueno para todas las que no entendian, aca esta la explicacion, disfruten los capitulos y nos leemos oportunamente ah? comenten y gracias por leer :)