miércoles, 30 de septiembre de 2015

“Día de jardín”


Cómo adaptar a tu hijo a la vida escolar:

1)            Explicarle de forma natural que es grande y debe ir al Jardín para aprender y conocer otros niños.
2)            Dejar todo listo la noche anterior para no estresarse a la mañana siguiente.
3)            Acomodar los horarios a esta nueva etapa de su vida.
4)            El periodo de adaptación es tan importante para el niño como para los padres.
5)            Despedirse de él sin mentirle. Explíquele que tiene otras cosas que hacer o ir al trabajo.
6)            Si es necesario, deje algo de su pertenencia para que el niño tenga en su estadía durante el establecimiento y se sienta seguro.

Nota: El llanto es una reacción natural ante el temor de separarse de los padres y emprender una nueva aventura.


—¡Arriba, Loquita! —La sacudí un poco para que reaccione, ella se aferró más a Bronco que desde que comenzó a usar la cama dormían juntos. No me pregunten como hacía para acostarse con semejante perro sin caerse al piso en medio de la noche.

—No…

—Si, vamos hijita. —La destapé y la senté sobre mis piernas. —Hoy empezas Jardín, hay que levantarse.

—No, Papi… —Y se acurrucó en mi pecho para volver a cerrar los ojos. A los dos años y unos cuantos meses con Pau decidimos (en realidad ella fue la de la idea y yo tuve que aceptar) que haga un año de Jardín Maternal. Mi pareja consiguió un puesto de profesora en el colegio que estaba anexado y a la tarde iba a realizar las últimas dos materias que le quedaban para recibirse. Mary tenía otras obligaciones y no podía estar tanto tiempo a cargo de la nena.

—Dale, dale… dame un beso de los buenos días. —Me puso trompita y me acerqué a darle un piquito. —A ver… ¿repetimos lo que te enseñé? “Nunca le voy a dar…

—… besito tompita a otro hombe” —Me completaba la frase.

—Perfecto.

—¿Y? —Se entrometía Pau,  a quien en nuestros primeros meses de novios también la obligaba a repetir esa frase. —¡Vamos! Ya tendrías que haber ido al baño, haber hecho pis, cepillado los dientes y vestido —Exageró bastante. —¡Y todavía estamos en veremos! ¿Y este perro? Olivia te dije mil veces que no lo dejes dormir acá. ¡Te va a llenar de pulgas!

—Ya tengo pulgas… —Le contestaba mientras caminaba hacia el baño. Yo reía de la picardía de esa nena.

Media hora después los cuatro habíamos desayunado y emprendíamos viaje hacia el Jardín situado a cinco cuadras de nuestro hogar. Pau  y yo fuimos caminando y Oli viajaba en el lomo del perro con su delantal rosa cuadrillé y la mochila de princesas de Disney colgada en la espalda.

—Papi… —Me tiró de la mano mientras esperábamos con otros padres y demás niños que abran las puertas. Me agaché para quedar a su altura. —¿Por qué tengo que ir?

—Porque Mami y yo tenemos que trabajar y esta bueno que conozcas a otros nenes. —Quitaba un mechón de peló salido de la colita que su madre se tomo el trabajo de hacer. Era la primera vez que la veía con el cabello atado.

—Pero yo no quiero… —Y no podía con su puchero, le pedí a Pau que se ocupara porque sino la agarraba a upa y volvíamos a casa en menos de dos minutos.

—Escuchame, hijita… vos ya estas grande y tenes que ir al Jardín como todos los nenes que están acá. Hoy con Papi nos vamos a quedar un ratito a jugar con vos. ¿Sí? —Asintió, no muy convencida. Sabía que cuando llegué la hora de partir iba a largar una tormenta en su cara.

—¡Mio! —Le gritó a una nena que se acercó a acariciar a Bronco. —¡Fea!

—¡OLIVIA! —Fui yo. Ella me miró asustada.

—No, Olivia no… Loquita. —Porque sabía muy bien que cuando me enojaba le decía su nombre entero y cuando estaba contento le decía por su apodo. Le hice upa y le dejé un par de besos para que calmara los ánimos.  Demás está decir que los padres de aquella nena rubiecita nos miraron con cara de pocos amigos y aún peor al pobre perro que respiraba con la lengua de dos metros afuera.

Cuando entramos hubo otro escándalo porque ella pensaba que Bronco también iba a ir al Jardín. Hubo que explicarle que él se iba a quedar afuera esperándola como todas las veces que fuimos al doctor y el perro se sentaba en la puerta hasta que la veía salir. También armó un revuelo cuando las maestras les pidieron a los chicos que se sienten en el piso y ella sólo lo quería hacer si su madre era partícipe.

—¿No dibujás vos? —Le decía a Oli que jugaba con el reloj de mi mano izquierda sentada sobre mí mientras yo hacía líneas con una tiza de color verde en una hoja número cinco blanca. —¡Mira que lindo lo que hice! —Era peor que el garabato que hacía el nene sentado a mi lado. Ella no me dio bolilla.

—Pe… ya hablé con las seños. Nos tenemos que ir.

—No… no… —Como predije, las lágrimas salieron a flote.

—¡Ey, Loquita! Tenemos que ir a trabajar, Mami después te viene a buscar.

—Quedense acá. —Y mostraba con sus manos la amplia salita pintada de celeste. Ella solucionaba todo fácil.

—No podemos gordita, pero yo ya hablé con tus seños y me dijeron que te van a cuidar mucho. ¡Es más! ¿Sabés de lo que me enteré? Que la seño Ceci tiene un perro así, como Bronco. —El puchero no se lo sacas ni con espátula.

Todos los padres se comenzaron a despedir de sus hijos y yo veía cómo ninguno de ellos lloraba. Y no es que sentía envidia sino que no podía creer como los grandes salían del establecimiento sin culpa y los chicos ni siquiera se alarmaron al saber que ellos no iban a estar presentes por un tiempo. ¡Y yo que si podía dejar mi empleo para quedarme con mi hija lo haría sin ningún problema!

Finalmente la convencimos cuando le presté mi reloj pulsera para que se lo quede en el bolsillo del guardapolvo, así no me extrañaba. Luego de unos cuantos besos entre los tres y un “no vengas tarde” dirigido a Pau por las dudas que se retrase en venir a buscarla, nos despedimos.


—¿Cómo te fue con los alzados? —Le pregunté cuando la abracé por detrás y dejé un beso en el cuello. En la cama era el único lugar donde podíamos hablar lejos de los bochinches de la nena.

—¡No le digas así!

—¿Y cómo queres que les diga? Son alzados. —Hablamos de un grupo de alumnos en su último año de clases. Ella era su profesora de matemática y muchas veces me contó algún que otro piropo que los varones del curso le decían. Se mordió el labio y se do vuelta para besarme.

—¿Y vos? ¿No estás alzado? —Sonreí porque supe interpretar la invitación a perderme en su cuerpo.

—¿Podemos dormir acá? —Salí de golpe de arriba del cuerpo de mi mujer y miramos a la puerta. Oli abrazada a la cabeza de Bronco.

—¿Los dos? —Preguntó Pau arqueando una ceja.

—Sí, Mami. —Y ella ya se entrometía en las sábanas. —Para contagiarlos de pulguitas. —¿Cómo no derretirse de amor? —Papi… —Me susurró.

—Qué Loqui… —Le dije igual.

—¿Me das mañana el deloj?

—Obvio. —Y dejé un beso en su cabecita.

—¡Bronco! ¡Pepe, sacamelo! —Y con Oli reímos de los lengüetazos que le daba el perro en la cara

Un dia volvi, perdon por tanta espera jajaja