viernes, 29 de noviembre de 2013

Capítulo 22 - Lazos de Amor

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 Y pasaron más horas.
Otro día.
Pau ni siquiera sabía si habían pasado tres o cuatro días. Pedro había ido a un hotel a descansar y Horacio había estado el día anterior pero ese día, no lo había visto.

No le extrañaba.
Su aspecto el día anterior había sido casi tan horrible como el de la niña.

-Nunca me perdonaré a mí mismo -había dicho lleno de dolor.
-¿Tú? Pero tú no tienes la culpa de que Male esté enferma, Horacio -contestó Pau.
 -Sí la tengo -lloró-. ¿Recuerdas a ese amigo al que fui a ver con Male en las montañas la semana pasada? Pues en el pueblo hay otros dos niños más con la misma enfermedad. Fui yo quien la expuse a ella al llevarla allí. Nunca me lo perdonaré, ha sido culpa mía.
-Ni siquiera tú puedes cambiar el destino,Horacio -sonrió Pau cansada-. No ha sido culpa tuya, ha sido el destino. No te tortures más a ti mismo con esas estúpidas ideas.

Pero no había conseguido convencerlo.
Horacio había decidido cargar con todas las culpas y no había forma de remediarlo.
Las horas siguieron pasando y entonces volvió Pedro del hotel. Su aspecto era terrible.

Era extraño porque había ido a pasar la noche, a descansar por fin en una cama, pero en lugar de hacerle bien estaba aún más pálido y más tenso.
Apenas dijo hola ni la miró al entrar. Se sentó en una silla al lado de la cama de Male y la miró. Pero no la veía.
Su aspecto era de confusión. Cómo supo Pau lo que ocurría, lo que le pasaba, nunca lo habría podido decir.

-Lo sabes, ¿verdad? -preguntó Pau en voz baja.
Él no contestó.

Volvió a mirar a la niña tenso, como petrificado, y poco a poco se fue desmoronando sin control-. ¡Pedro... no! -murmuró acudiendo a su lado y tomándolo de la mano.

Él la agarró también, muy fuerte, y luego su cabeza cayó sobre la cama y comenzó a llorar. Nunca en la vida había visto o sentido algo parecido. Sus ojos se llenaron también de lágrimas.

Corrió hacia la puerta para cerrarla y salvar el orgullo de su marido ante la mirada de la gente. Luego, se quedó en pie sin saber qué hacer.
Acercarse y abrazarlo sería lo peor, le haría perder la dignidad. Decidió sentarse en su silla, al otro lado de la cama, y ofrecerle su mano consoladora. Él la aceptó y la agarró a su vez.

Aquello pareció procurarle la calma que necesitaba para recuperar el control. Dejó de llorar y de pronto se puso en pie, volviendo la cabeza hacia otro lado para que ella no pudiera verlo.

Se acercó a la ventana y estuvo mirando hacia fuera durante un rato muy largo.

-¿Qué tal está él? -preguntó Pau al cabo del tiempo-. Me refiero a tu padre.
Él no contestó de inmediato. Su mandíbula se apretaba como si intentara aún controlar sus emociones.
-Ha vuelto a la villa, está en la cama. La confesión lo ha... destrozado.

Pau asintió. Comprendió la razón por la que Horacio no había vuelto al hospital a ver a Male, y comprendió también por qué había confesado la verdad. Intentaba redimirse a los ojos de Dios.

No ante Pedro, él sabía perfectamente que su hijo nunca lo perdonaría. Pero confesándole a Pedro otro pecado esperaba redimir el pecado de haber expuesto a su nieta a una enfermedad mortal, aunque aquella confesión le costara el amor de su hijo.

Pau lo compadeció.
-Lo siento -murmuró Pau. Pedro se volvió. La rabia había sustituido a la pena en su rostro.
-¿Y tú me dices eso... a mí? ¡No, no! -sacudió la cabeza-. Mi pequela. No puedo... -tragó con fuerza intentando decir las palabras que quería pero incapaz de articular. Estaba desesperado, no podía soportar aquella emoción-. Mi pequeña, pero tengo que marcharme. Volveré tan pronto como...
-¡No... Pedro! -exclamó Pau abalanzándose hacia él. No podía dejar que se fuera en ese estado-. ¡No te vayas! Te necesito aquí, las dos te necesitamos.
-¡Dios, es cierto! -respiró Pedro-. Por supuesto. Una vez más me estaba portando como... -no tenía palabras para decirlo.
La abrazó sin estrecharla realmente en sus brazos, sin amoldarla a su cuerpo, tenso.
-Ven a sentarte otra vez -pidió Pau-. Hoy se ha estado moviendo un poco. Había conseguido que se sentara de nuevo en la silla, pero no sabía qué más hacer.

Estaba profundamente afectado. En ocasiones como aquella él le había obligado a beber algo, recordó.
Pero no tenía nada que ofrecerle. Pedro miraba a Male. La expresión de sus ojos era de tal amor y vulnerabilidad, que Pau pensó que aquello podía servirle de tónico tanto como el brandy.

-Ahora que estás aquí voy a salir un rato a refrescarme y a tomar café -murmuró Pau.

Una vez fuera, se apoyó en la pared.
Estaba temblando.
Estaba preocupada por Male, por Pedro, por Horacio... por sí misma. E incluso por Zaira. Sintió cómo el pinchazo de los celos le helaba el corazón. No sabía qué iba a ocurrir.

Cuando por fin volvió a la habitación Pedro parecía sentirse algo mejor. No volvió a mencionar la confesión de su padre, y ella no se lo recordó. Pero tampoco mencionó a Zaira.

Sin embargo, ambos espectros los esperaban en cada silencio, listos para saltar sobre ellos a la menor ocasión, en cuanto la enfermedad de Male dejara de tener prioridad.
Más horas.

Un día entero y una noche. Pau durmió en el hospital y Pedro fue al hotel. A la mañana siguiente, volvió con ropa limpia para ella. Se cambió y al volver a la habitación Pedro estaba sentado en la cabecera de la cama abrazando a Male.

-Acaba de despertarse hace un minuto -dijo él con los ojos llenos de lágrimas-. Me reconoció.

Pau se desmayó.
Pero no fue Pedro quien la agarró evitando que se cayera, sino el doctor, al que él había llamado al despertarse la niña. Y pasaron más horas. Le hicieron pruebas a Male y finalmente los médicos vieron que no había daños.

En una semana, volvería a casa. Volvieron a la villa una brillante y soleada mañana. Male aún estaba débil, aún seguía durmiendo la mayor parte del día, pero en cuanto se dio cuenta de dónde estaban levantó la cabeza del hombro de Pedro y preguntó por su abuelo.

-¿Dónde está el abuelo?
-Está en casa, deseando verte -contestó Pedro
El abuelo, al que hacía tiempo que no veían y cuya sola mención ponía tenso su semblante-. Si te llevo con Fabia ahora mismo, ella te llevará junto a él. ¿Quieres?
 Male asintió contenta.
Pau y Pedro se quedaron solos. La tensión, el espectro de la verdad los amenazaba.
-Pedro... tu padre... -comenzó a decir Pau.
-Ahora no. No tengo tiempo -añadió mirando el reloj sin querer mantener su mirada-. Tengo que marcharme a Chile. Por negocios.

Esa no era la verdadera razón por la que se marchaba, y Pau lo sabía.
-¿Cuándo volverás?
-No lo sé. En unos cuantos días -contestó impaciente-. Depende de cuánta atención requiera un asunto que...
-¡Yo también necesito tu atención! -respondió ella enfadada.
-¡No!
-Así que nosotras dos ya no contamos nada, ¿no es eso? -preguntó Pau amargamente-. ¡Cómo ya ha pasado la crisis, ya puedes ocuparte de otras cosas!
Cosas como por ejemplo Zaira, pensó Pau.
-No es eso -negó él con fuerza-. Es sólo que necesito tiempo, necesito tomarme un tiempo para hacerme a la idea de...
-¿De qué? -lo desafió-. ¿De lo que va a significar para ti la confesión de tu padre? ¿De lo que significa para tu vida? ¿Para tus mentiras?
-¿Mentiras? ¿A qué mentiras te refieres?
-Tu padre... -comenzó a decir Pau.
-¡Deja a mi padre fuera de este asunto!
-Todos hemos sido víctimas, por si no lo recuerdas -contestó tensa-. ¡Incluyendo a tu padre! Él era un hombre muy orgulloso, estaba orgulloso de su hijo y quería lo mejor para él. Y sin embargo tú apareciste conmigo. Eso lo destrozó. Así que me hizo la guerra.

Pero al final ha sido la víctima de su propia lucha, una lucha en la que no le importaron los medios. Ganó la batalla, Pedro, pero ha perdido la guerra. Porque al final comprendió que al separarnos a nosotros dos se estaba separando de su nieta.

-Y es por esa razón por la que nunca lo perdonaré. Yo creía en él. Creía en él como nunca había creído en nadie, y él se aprovechó. ¡Utilizó deliberada y cínicamente la confianza que yo tenía puesta en él para usarla como arma contra mí!

-Contra mí, Pedro, contra mí -lo corrigió Pau-. La usó contra mí, no contra ti.
-¿Y cuál es la diferencia? Tú eras mía. ¡Mía! -gritó enfurecido y posesivo-. ¡Me arrebató la única cosa del mundo que me importaba aparte de él! No puedo hablar de esto, me ofende. Te ofende a ti. Sólo sé que lo que él me hizo a mí yo te lo hice a ti. ¡Te arrebaté tu confianza en mí y la destrocé!

No era eso, pensó Pau, lo que más daño le había hecho, lo peor de todo era Zaira.
Sin embargo calló.

-¿Y qué es lo que vas a hacer? ¿Vas a castigar a un viejo moribundo ignorando su presencia como hiciste conmigo?
-Le permito que conserve el amor de su nieta, que es más de lo que él me concedió a mí. Por supuesto tú tienes la última palabra -añadió suavizando su tono de voz-. Te apoyaré en todo lo que decidas sobre su derecho a estar con la niña.
-En otras palabras -contestó Pau enfadada tomando buena nota de que Male volvía a ser de nuevo «la niña»-: nos abandonas.
-Te concedo el derecho a decidir a ti, yo no tengo derecho alguno. Los perdí todos el día en que confié en mi padre en lugar de confiar en ti.
-Entonces vete y haz lo que tengas que hacer, Pedro -respondió Pau pensando que en realidad lo que quería era volver con Zaira-. ¡A mí ya me da igual!


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miércoles, 27 de noviembre de 2013

Capítulo 21 - Lazos de Amor

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Fueron a una fiesta.
Era el baile anual que organizaba el intendente de la ciudad. Incluso asistió Horacio. Llegaron los tres en la limusina.

Pau llevaba un vestido de seda negro hasta los pies que se deslizaba por su cuerpo como sólo la seda puede hacerlo. Por primera vez desde que habían vuelto a estar ¡untos llevaba el anillo de diamantes de compromiso y el collar a juego.

Horacio se comportaba con discreción. Ocupaba un segundo plano en los asuntos de su hijo desde que había vuelto de Suecia. No bromeaba con ella. Pau no podía dejar de preguntarse qué estaría tramando.

No comprendía su nueva actitud. La fiesta se celebraba en un hotel. Pau perdió enseguida a Pedro entre la multitud, pero veía a Horacio de vez en cuando. Pronto se cansó y decidió ir a buscar a Pedro para pedirle que volvieran a casa.

Lo encontró en una de las terrazas abiertas de uno de los salones, pero en una actitud que acabó con la paz que habían estado construyendo durante las últimas semanas de convivencia.

Estaba con una mujer, con una extraña. Una mujer hermosa con una espesa melena negra. Era alta y delgada y llevaba un exquisito vestido de seda azul. Estaba de pie con las manos sobre los hombros de Pedro mientras él la rodeaba por la cintura y se miraban el uno al otro.

Sólo se miraban, pero aquello era suficiente. Era Zaira, pensó Pau, tenía que ser Zaira. Y entonces ocurrió lo peor. Pedro se inclinó sobre ella para besarla y Pau no quiso ver nada más.

Se dio la vuelta y se marchó a través de la multitud hasta llegar al vestíbulo de entrada en el que se quedó parada sin saber qué hacer, desorientada.

-¿Pau? ¿Qué ocurre? -preguntó Horacio extrañado por su expresión.
-No me encuentro bien. Quiero volver a casa.
-Iré a buscar a Pedro -dijo haciendo un gesto con la mano para llamar a un camarero que fuera a buscarlo.
-¡No! -gritó Pau-. Pie...fiero irme so...la. ¿Quie...res llamar al co...che? -rogó con los ojos llenos de angustia.
-Por supuesto -contestó Horacio suspicaz-. ¡Camarero, que traigan mi coche! ¿Te ha insultado alguien Pau?
-Sí -susurró. -¿Quién? Pau no contestó.
-Su coche está en la puerta, señor Alfonso.
-Bien, gracias. Busque a mi hijo y dígale que su esposa no se encuentra bien y que me la llevo a casa. Pau, apóyate en mi hombro.

Sin casi darse cuenta de lo que hacía Pau se apoyó en Horacio y ambos salieron.
Un camarero empujaba la silla de Horacio.
-Ocúpese primero de que entre la señora Alfonso -ordenó Horacio.
Pau entró en el coche sin decir palabra, temblando. Luego entró Horacio y la tomó de la mano volviendo a preguntarle:
-¿Y ahora querrías explicarme qué ha ocurrido ahí dentro? Dijiste que alguien te había insultado. ¿Quién ha sido?
-Pedro.
-¿Pedro? ¿Mi hijo Pedro te ha insultado? -repi¬tió incrédulo.
-Estaba con Zaira -explicó ella y comenzó a reír-. Supongo que la situación te divierte. Los pillé casi besandose en una terraza. ¿Es que no vas a reírte?
-No, no tiene ninguna gracia.
-No, no la tiene.
-¿Estás segura? ¿Seguro que era Pedro?
-¿Pretendes acusarme de estar ciega además de ser idiota? -preguntó con una expresión de frialdad como nunca la había visto él.
-No, pero creo que quizá hayas sacado conclusiones erróneas de...
-¿Lo defiendes, Horacio? Pensé que te alegrarías.
-No, ninguna de las dos cosas. Es que no puedo creerlo. Sabes, Zaira es...
-No quiero escucharlo -lo interrumpió Pau-. No quiero escuchar nada de lo que tengas que decir al respecto. Deja que sea Pedro quien se explique. Por primera vez esto no tiene nada que ver contigo.

Horacio suspiró y se reclinó sobre el asiento.
Pau miraba por la ventana sin ver nada y con el corazón roto.
Al llegar a casa Horacio preguntó:
-¿Qué vas a hacer?
-Matarlo. Una reacción muy uruguaya, ¿no crees? -sonrió.
-Yo esperaría hasta que Pedro te diera una explicación -sonrió él también-. No creo que te sientas muy bien si lo matas y luego descubres que todo ha sido un error.
-¿Y eso me lo dices tú, que fuiste el primero que me avisó de la existencia de esa mujer?
-Ya sabes que yo soy un hombre malévolo. Digo cosas que hacen daño a las personas.
-Pues duele, es cierto. Felicidades, Horacio, lo has conseguido otra vez -dijo saliendo del coche.
-¿Quieres esperar un momento? Tengo que decirte algo...

Pero Pau ya había salido. Y el segundo desastre estaba a punto de cernirse sobre sus cabezas.
María, el ama de llaves, apareció en la puerta con una expresión de ansiedad.

-La pequeña, señora. Está muy enferma. Venga enseguida. Fabia está asustada, por favor, venga.
Después de aquello ya nada tenía importancia.
Ni Pedro, ni la otra mujer, ni Horacio.
Pau se apresuró hacia el dormitorio de su hija en el que encontró a Fabia y a la enfermera de Horacio cuidando a la niña.
-¿Qué ocurre? ¿Qué tiene?
-Pídale a su marido que llame a un helicóptero, señora Alfonso -dijo la enfermera-. Su hija necesita ir a un hospital con urgencia.

Urgencia.
Aquella palabra estuvo dando vueltas por su cabeza durante las agonizantes horas siguientes. Había que avisar al hospital de capital y a un helicóptero. Tenía que cambiarse de ropa si quería acompañar a su hija.

Se quitó el precioso vestido de seda y se puso unos pantalones y un jersey para volver a toda prisa al lado de su hija.
Horacio estaba con ella.
Daba órdenes a todos los presentes hasta que apareció por fin el helicóptero. Aterrizó en la playa y la enfermera llevó en brazos a la niña mientras Pau corría detrás.
-¿Qué diablos? -preguntó Pedro que llegó justo cuando el helicóptero despegaba-. ¿Quiere alguien decirme qué está ocurriendo aquí?
-Meningitis -dijo Horacio-. La enfermera sospecha que Male tiene meningitis.

Male ingresó en cuidados intensivos y Pau permaneció todo el tiempo a su lado. Pasaron las horas y por fin apareció Pedro, aunque ella apenas se dio cuenta Pedro estaba muy pálido.

La tomó de la mano, que se le había quedado helada, pero no dijo nada. No podía decir nada.
Y permanecieron así durante mucho tiempo.

Por fin, Pedro se sentó.
 Llegaron los médicos, la examinaron, y volvieron a irse. Luego llegaron enfermeras, le hicieron pruebas, le pusieron inyecciones.
De pronto les ordenaron que salieran de la habitación.
No dijeron por qué, pero fue la primera vez que Pau pareció reaccionar.

-¿Qué? -respiró asustada-. ¿Por qué?
-Sólo será un momento, señor y señora Alfonso -contestó la enfermera que los condujo fuera y les ofreció café.

Pedro obligó a Pau a beber el café, pero ella apenas supo lo que hacía. Luego la estrechó en sus brazos, pero ella no lo abrazó a él.
Estaba como inconsciente.
No se movía.

Los minutos pasaron.
Pedro intentó que ella reaccionara besándola en el cuello, las mejillas, las manos. Pero era inútil.

-Señor y señora Alfonso. Ya pueden volver a entrar.
Pau se soltó de su abrazo para entrar.
-¡Pau...! -murmuró Pedro.
Ella sacudió la cabeza.
Estaba pálida.
-Ahora no, Pedro -contestó dándole un golpecito en el pecho para que no se ofendiera y entrando de nuevo en la habitación.

Las horas siguieron pasando y entonces apareció Horacio. Nadie supo cómo había conseguido llegar, pero ahí estaba.

Miró a la niña y rompió a llorar. Pedro sabía que estaba mal, pero no sentía deseos de ocuparse de él, sólo quería cuidar de Pau. Sin embargo, Horacio se acercó a él.
-Tengo que hablar contigo, hijo.
-Más tarde, ahora no -contestó Pedro buscando a la enfermera de su padre para que se lo llevara-. Que vuelva a casa, este no es lugar para él.
-¡Pero necesito hablar contigo, hijo!
-Más tarde -repitió Pedro volviendo al lado de Pau.

Pasaron más horas.
La enfermedad de Male tuvo su crisis y por fin pasó.
Sólo había que esperar.

 Esperar a que Male se despertara para que los médicos pudieran comprobar la extensión de los daños que la enfermedad había causado en ella, si es que había habido daños.

Al menos era seguro que no iba a morir.
La trasladaron desde cuidados intensivos hasta una habitación para ella sola en la que Pedro consiguió que instalaran otra cama para Pau.

-Túmbate. Yo me quedaré al lado de su cama. Si se despierta o se mueve, te despertaré. Ahora debes descansar. Dormir, pensó Pau.
Cerró los ojos.

Hola, hola empieza la cuenta regresiva y todavia se vienen muchas cosas, solo 3 capitulos mas, disfrutenlos. Dedicado a @fdepauypeter Camilu aca esta, cumpli jajaja :)

martes, 26 de noviembre de 2013

Capítulo 20 - Lazos de Amor

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-¿Pa...pá?
-Bien -contestó poniéndose en pie-. Como empiece a tartamudear igual que todo lo demás que hace como tú cuando sea mayor va a ser un castigo para los hombres.
-¿Eso es un cumplido o un reproche?
-Las dos cosas, desde luego que las dos. Vamos -añadió ofreciéndole una mano a Pau.
-Yo iré de la mano de mamá -intervino Male.
-¡Ah! Otra lección, los derechos de posesión. Pero tu mamá tiene dos manos. Podemos tener una cada uno.
-¡No! -protestó Male-. Male quiere saltar.

Pau rió.

Pedro no se daba cuenta aún, pero se estaba enfrentando a una persona tan cabezota como él.

-Eso quiere decir que necesita dos manos, la mía y la tuya, para poder saltar. Lo cual significa también que no nos podemos dar la mano tú y yo.
Y Male saltó.
Saltó por las escaleras hasta llegar a la primera terraza. Nadie habló. El momento era tan importante que las meras palabras no eran suficientes. Pau miró a Pedro y sonrió.

Estaba relajado. La situación era novedosa para él, que no era un hombre acostumbrado a estar con niños.

No era precisamente la persona a la que uno esperaba encontrar agarrado de la mano de una niña o ayudándola a saltar.

-Hombre me lleva en brazos. Pau frunció el ceño.
Había vuelto a llamarlo hombre, pero al menos le pedía que la llevara.
-Papá -la corrigió Pedro-. Papá te llevará.
-Bueno. Papá me llevará -contestó ella elevando los brazos.
-¿Y puedo agarrar a mamá de la mano entonces? -preguntó inclinándose y tomándola en brazos.

Pedro intentaba relajar la situación, pero ella notaba la tensión en sus gestos. No era para él tan fácil como podía parecer.

Male asintió y Pedro la tomó de la mano.
Continuaron subiendo y entonces Male, muy despacio, casi como probando, fue deslizando los brazos alrededor del cuello de Pedro hasta que finalmente apoyó la cabeza en su pecho.

-No digas ni una palabra -dijo él-. Me doy perfecta cuenta del honor que me hace.
-Lo sé -contestó Pau-, y te lo agradezco.

Le apretó la mano otro poco más, pero no dijo nada.

Cuando llegaron, Fabia los estaba esperando para llevarse a la niña a marendar y darse un baño. Pedro pareció aliviado y Male no protestó.
Pau también pensó que por el momento era suficiente.

-¿Entonces estás a mi disposición ahora o tiene preferencia la merienda y el baño?

 Por lo general el baño hubiera sido una cuestión preferente, pero no en aquella ocasión. Aquel día Pedro era más importante, la nueva y delicada relación que se habían propuesto era más importante.

-Soy toda tuya -sonrió.
Con eso le bastaba.

El nuevo aprendiz de padre desapareció para dar paso al macho depredador sexualmente hambriento.

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El periodo de tiempo que siguió fue lo que podría llamarse un periodo de reajuste en el que ambos intentaron por todos los medios que aquella nueva relación saliera bien. Y lo cierto fue que tuvieron éxito, aunque les ayudó el hecho de que Horacio tuviera que marcharse a los pocos días.

Tenía reserva en un hospital de Suecia para hacerse una operación de cirugía.
-¿Es peligroso? -le había preguntado Pau a Pedro cuando se lo contó.
-Le puede ayudar a vivir mejor los próximos meses -fue todo lo que él quiso contestarle.
-¿Y vas a quedarte con él?
-No -sonrió-. Tiene demasiado orgullo para permitírmelo.

Horacio fue a despedirse de Male y Pau se inclinó para besarlo y decirle adiós ella también.

-Pienso volver así que no esperes que sea ésta la última vez que me ves. Ya sé que mientras tanto vas a volver a hechizar a mi hijo por segunda vez.
-¡Puede que seas un viejo malévolo, pero no te deseo ningún mal, Horacio.
-¡Bah! Al marcharse

Horacio pareció como si se llevara consigo parte de la tensión. Ella se sentía más relajada pero también observó que Pedro se mostraba más sereno.

Quizá Horacio había estado hablándole a sus espaldas. Además Pedro no salía de casa, lo cual también ayudó.

Dividía su tiempo entre el despacho de la villa y el de Chile. Quizá aquella fuera otra señal de la importancia que le concedía a su nueva relación.

Al menos Pau así lo esperaba. Lo que desde luego era cierto era que Pedro lo estaba intentando de verdad. Ambos lo intentaban, pero era él quien más tenía que esforzarse porque tenía que aprender a aceptar a Male.

La niña ayudaba, era tan encantadora que era fácil quererla, y con su abuelo fuera de casa necesitaba otro hombre al que adorar.
Y por supuesto el elegido fue Pedro.

Él al principio se mostró cauto, quizá simplemente para defenderse a sí mismo, supuso Pau. Tenía que tantear una situación con una hija que, al final, podía resultar no ser hija suya.

Lo extraño del caso era que, a pesar de estar esperando a que él dijera que debían hacerle la prueba sanguínea, Pedro no dijo nada al respecto.

Pau tardó mucho tiempo en saber por qué no lo mencionó, y cuando lo supo era demasiado tarde. Pau comenzó a hacer un proyecto para reformar la planta de invitados de la casa.

Obligó a Pedro a escuchar sus planes, le pidió su opinión y le preguntó qué deseaba. Le hizo participar en todo el proceso y luego hicieron el amor en el rincón en el que iba a estar su dormitorio porque, según dijo él, había que probarlo primero.

-¿Qué opinas tú?-le preguntó Pau mientras yacían desnudos en aquel rincón.
-Puede que sirva -contestó él-, pero creo que sería mejor que probáramos alguna de las otras habitaciones antes de decidirnos.
-Eres un maníaco sexual.

Así iban pasando los días. Todo era sencillo y alegre, excepto cuando hacían el amor, por supuesto. Entonces todo era muy serio. Hacían el amor siempre con pasión y urgencia.

Tanta que, aunque no sabía bien por qué, Pau a veces se preocupaba. Quizá fuera que ninguno de los dos podía creer que aquella situación fuera a durar para siempre. La operación de Horacio fue un éxito.

Pedro fue a verlo antes de que lo ingresen en un hospital para la convalecencia. Pau sintió el impulso de mandarle a través de él una caracola.

 -Dile que es de parte de Male, que es para alejar a los malos.

De ese modo la aceptará con más facilidad.

-Necesito que arregles tus diferencias con él -respondió Pedro-. Al menos que lo intentes.
-Está bien, lo intentaré -contestó pensando que hubiera sido mejor que le hiciera ese ruego a su padre y no a ella.

Las obras en la casa continuaron y estuvieron terminadas antes de que Horacio volviera. Pau preparó una cena especial para darle la bienvenida e insistió en mostrarle ella misma las reformas.

Le mostró la habitación de Male donde dormiría sola, con el dormitorio de Fabia a un lado y el de ellos al otro, todos comunicados por puertas. Le enseñó también otra habitación para él muy cerca de la de Male y de las escaleras.

-Es para ti, por si alguna vez quieres estar cerca de Male.
-Aún no tengo un pie en la tumba, ¿sabes? No tienes por qué hacer ese tipo de concesiones.
-Muy bien, entonces olvida la habitación que te he enseñado. Pero luego no digas que soy yo la que no lo intenta.
-¡Bah!

Sin embargo Horacio se mostraba distinto desde que había vuelto de Suecia. Estaba más callado y más pensativo, aunque su aspecto era mucho más saludable.

Tanto que Pau se preocupó de que estuviera tramando algo, algo que acabara de una vez por todas con los esfuerzos suyos y de Pedro. Pero el tiempo pasó y no ocurrió nada.

Comenzó a hacer mal tiempo y Pedro estuvo muy ocupado. A veces, salía de casa pero nunca durante semanas. Dulce comenzó a proyectar un cuarto de juegos para Male, ya que no iban a poder salir mucho más a la playa.

Y también comenzaron a salir con gente. Poco a poco. Pedro parecía empeñado en que volvieran a intentarlo en ese aspecto, aunque desde luego no estaba dispuesto a cometer los mismos errores de la primera vez.

Y eso la ayudó.
Pau quería demostrarle que ella también estaba dispuesta a intentarlo, y las cosas comenzaron a salir bien. Quizá había cambiado y la gente sofisticada ya no la intimidaba, pero lo cierto fue que ya no necesitaba apoyarse en él cuando estaban en sociedad, ni se quedaba callada.
La gente se mostraba más amable con ella.

Y curiosa. Había desaparecido de escena y había habido rumores en su ausencia, aunque su matrimonio con Pedro parecía fuerte después de todo. Debían de suponer que se había marchado de Uruguay por su propia voluntad, quizá incluso a causa del trato recibido.

Si había vuelto, era porque Pedro la quería, y nadie quería ofenderlo a él. Así que los demás también parecieron hacer un esfuerzo, y Pau se sintió cada vez más relajada.

-Estás comenzando a manejar a todos nuestros amigos tan bien como me manejas a mí. Pronto estarán todos comiendo de tu mano -comentó Pedro.
-Preferiría que fueras tú quien comiera de mi mano.

Nunca hablaban del pasado. Sólo a veces asomaba en el silencio de algunas conversaciones amenazando con arruinar lo que estaban construyendo.

Y mientras ellos iban fundamentando sus relaciones Horacio iba estrechando más las suyas con Male.

Procuraba estar siempre en su compañía e incluso algunos días se la llevaba a visitar a amigos que tenían nietas. Pau al principio se sintió inquieta, pero luego se fue relajando.

Si era cierto que Horacio había estado detrás del secuestro, seguro que ahora la protegería con su propia vida. Estaban muy unidos.

Mucho más que padre e hija, desde luego, aunque lo cierto era que sus relaciones iban mejorando.

Pedro miraba a la niña a los ojos muy serio y tierno cuando ella le contaba una historia, pero Pau no sabía descifrar muy bien aquella expresión.

Al menos, pensaba, era un sentimiento profundo, algo más que mera indiferencia y mucho mejor que el resentimiento. Cabía la esperanza.
Pero fue entonces cuando ocurrió el desastre.

En realidad fueron dos desastres, y tan fuertes que sus efectos fueron devastadores.
Nadie salió ileso.

Hola se viene la tormenta no? Solo faltan 4 capitulos para el final, comenten mucho y nos leemos pronto :)

lunes, 25 de noviembre de 2013

Capítulo 19 - Lazos de Amor

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La sorpresa que supuso esa proposición para Pau fue inmensa.
Por un momento, se quedó confundida y no pudo evitar que su asombro resultara evidente.

-Escúchame antes de decidir nada -añadió Pedro deprisa creyendo que ese gesto significaba un no-. He estado toda la semana intentando encontrar una solución para esta situación a la que hemos llegado tú y yo y no veo ninguna.

Al menos ninguna que nos permita conservar el poco orgullo que nos queda a ninguno de los dos. Todavía te deseo, me he dado cuenta que no puedo dejar que te vayas por segunda vez.

Por eso estoy dispuesto a olvidarlo todo y comenzar de nuevo, y me gustaría que tú hicieras lo mismo.

Pau no podía respirar, no podía tragar, no podía ni siquiera pensar de lo sorprendida y atónita que estaba.
Nunca, desde que lo conocía, había visto a Pedro pedir algo en ese tono, rogar nada a nadie. Y sin embargo en ese momento lo estabahaciendo. Le estaba rogando que le diera otra oportunidad.

 Las lágrimas la invadían. Lágrimas por él porque esa petición dañaba gravemente su orgullo. Al fin y al cabo, él no había hecho nada malo, excepto creer en un rumor que sus ojos en parte vieron confirmado.
 Y a pesar de todo, la seguía amando, a pesar de todo quería intentarlo de nuevo.

 -¿Y Male? -susurró-. ¿Qué pasa con Male? Ella es parte de mí, Pedro. Si me quieres a mí, la tienes que querer a ella.

Pedro levantó la vista hacia la niña, que seguía jugando.
Pau sabía lo que él veía en ella cuando la miraba.

 -Yo no soy un mal hombre, Pau. No tengo ningún interés en hacer daño a ninguna niña.

 Eso quizá fuera cierto, nunca le haría daño a sabiendas, pensó Pau, pero, ¿se lo haría inconscientemente?

 -¡Pero Pedro, si ni siquiera eres capaz de decir su nombre!
 -El nombre de mi madre. Me cuesta... -se interrum¬pió haciendo un gesto de dolor que le hizo a ella llorar-. ¿Por qué hiciste eso, Pau? ¿Por qué le pusiste el nombre de mi madre cuando...?

 La razón era bien sencilla, pensó Pau. Porque era su hija. Habría deseado gritarlo, pero no podía. Horacio le había arrebatado ese derecho.

Sin embargo, su silencio la condenaba aún más a los ojos de él. Pedro se levantó tenso.

 La adoptaré. Entonces será legalmente mía. Eso nunca sería suficiente, pensó Pau cerrando los ojos de pura desesperación.

 Male se merecía algo mejor.  Nunca podría probar su propia inocencia, pero sí la de su hija.

 -Estoy dispuesta a que le hagas un test de sangre si crees que eso te va a ayudar a aceptarla como hija tuya. Al menos nos queda esa opción.
 -¿Es ésa tu respuesta a mi proposición?
 ¿Lo era? Se preguntó Pau. ¿Serían capaces de reemprender un matrimonio en el que él constantemente estaría sospechando de su fidelidad o reprochándole lo sucedido cada vez que discutieran? ¿Podría ella soportarlo?
 -El pasado es el pasado, Pedro. Si volvemos a intentarlo, tienes que prometerme que lo enterrarás para poder darnos otra oportunidad.
 -Eso ya lo he asumido antes de venir aquí -asintió Pedro. Otra aceptación más, recapacitó Pau. Respiró profundamente y preguntó:
 -¿Y Zaira?
 -En el olvido.

 ¿Significaba eso que ya la había olvidado o sólo que estaba dispuesto a olvidarla si volvían a empezar?

 Quiso hacerle esa pregunta, pero luego pensó que no sería justo. Tenía que confiar en su palabra. Si no lo hacía, no podía exigirle a él que confiara en la suya.

 -Y tu padre... -preguntó esperando que él explicara qué harían con respecto a él.
 -No puedo mentirte. No creo que a él le alegre mucho la nueva situación, pero lo cierto es que ahora quiere mucho a la ni... -se interrumpió un momento.
 Pau contuvo la respiración- a Male. Quizá ve algo en ella que yo no he sido capaz de ver.

-¿Es que te ha dicho él algo?
 -Sí -así que Horacio ya tenía en marcha su plan, pensó Pau-. Creo que a él le basta con saber que ella vivirá aquí.
 Male pareció notar que Pedro la observaba porque levantó la vista y lo observó ella a su vez.
 Se sopesaban el uno al otro, cosa que tuvo un fuerte impacto sobre Pau.

-Pedro...

Hubiera querido proteger a su hija, pero no parecía que hiciera falta. Male se encaminó despacio hacia ellos con seguridad sosteniendo la mirada de su padre.

Se paró delante de él, miró por un momento a su madre como para pedirle permiso y luego levantó una mano hacia su padre ofreciéndole una caracola.

Era una insignificancia, y sin embargo aquel gesto tenía una enorme importancia. Era un gesto de amistad.
Más aún: era la prueba que demostraría que él estaba realmente dispuesto a cumplir su palabra. Y él lo sabía, por supuesto.
Pau lo veía claramente en la expresión tensa de su rostro.

-¿Es para mí? -preguntó Pedro.
Male asintió-. Entonces gracias. Lo guardaré como un tesoro, siempre.
-El abuelo tiene una como ésta. La guarda debajo de la almohada por las noches.
-¿En serio? ¿Y para qué?
-Para que no se acerquen los malos. Si el abuelo guarda la caracola debajo de la almohada entonces los malos no vendrán a llevarse a Male.
-¡Dios! -exclamó Pedro.

Pau también estaba atónita. Quizá aquella fuera la causa de que Male no hubiera vuelto a tener pesadillas, pero era difícil creer que Horacio hubiese sido tan sensible con la niña.

-¿Guardarás ésta debajo de tu almohada para que no vengan los malos?
-Si tú crees que eso ayudará, lo haré -contestó con dificultad después de un momento de silencio.

Luego, como si no pudiera evitarlo levantó una mano y acarició las mejillas de la niña-. Nadie te va a hacer daño mientras estés aquí, te lo prometo.

La niña lo miró aceptando su promesa y luego se marchó de nuevo a jugar con el castillo de arena.

-¿Sabías tú eso? -preguntó Pedro.
-¿Lo de tu padre y la caracola? No. Tendré que darle las gracias...
-No llores más -la interrumpió Pedro al ver sus lágrimas-. Aquí está a salvo, y tú lo sabes. Aquello ya pasó y lo olvidará con el tiempo.

Pero Pau no estaba llorando por Male. Lloraba por Pedro.
Sin saberlo quizá, él había dado el paso más importante de su vida: tender un puente que iba a unirlo con su hija.

-¿Qué vas a hacer con la caracola?
-Lo que me ha dicho que haga, por supuesto. Puede que se empeñe en comprobarlo, así que la pondré bajo la almohada.
-Gracias
-¿Por qué? -preguntó fijando los ojos en ella y manteniendo ambos la mirada por primera vez desde que habían comenzado a hablar.
-Por ser tan... sensible a sus sentimientos.
-Lo que dije de volver a empezar lo dije en serio. Aunque lo cierto es que aún no he oído tu respuesta.

¿Qué respuesta iba a darle?, Se preguntó Pau.
¿Podría vivir con él? ¿Podría vivir sin él?
Abandonarlo una segunda vez iba a costarle mucho más que la primera y no quería más dolor. Pero quedarse podía dolerle tanto o más si las cosas no iban bien entre los dos.

¿Y qué haría entonces?, Se preguntó. ¿Sufrirlo otra vez todo de nuevo con la agonía añadida de saber que estaba atrapada en esa ocasión?

Para cuando decidieran separarse, él se habría acostumbrado a su hija y Horacio tendría en sus manos todas las armas que necesitara para ganar.

-Tengo condiciones.
-Sólo tienes que nombrarlas.

Así de simple, pensó Pau.

-Necesito saber que vas a estar aquí conmigo, apoyándome, tenga razón o no. Me refiero a tu padre, a los criados, a las decisiones que tome en cuanto a Male. Quiero que me prometas que siempre estarás a mi lado.
-¿Es que no te apoyé la otra vez?
-No.
-¿Tan mal esposo fui?
-No fuiste un mal esposo exactamente, sólo que estabas muy ocupado -explicó-. He cambiado mucho desde entonces. Al menos he crecido, puedo luchar yo misma por las cosas que quiero, pero sólo hasta cierto punto. Necesito tu apoyo. Tú eres el jefe en esta casa, lo sepas o no.

Lo que sucede aquí ocurre porque tú lo quieres.
-Quiero que seas mi mujer -murmuró-. Mi mujer.
-Yo también...

Habría querido decirle que eso era lo que ella había querido siempre, pero no quería en modo alguno revivir el pasado.
Estaban hablando del futuro.

-¿Pero?
-Esta casa... -dijo ruborizándose- aunque es bonita está diseñada de un modo que resulta poco acogedora como hogar. Acepto que tengamos que vivir aquí con tu padre pero...
-¿Pero?
-Pero necesito mi propio espacio. Quiero una cocina para mí por si me apetece cocinar algo, quiero un salón y un comedor y dormitorios en los que no me sienta como en un hotel...

Pedro había levantado una mano y le acariciaba la mejilla. Sus ojos estaban oscurecidos.
-Lo tendrás. Distribuye toda la planta de invitados a tu antojo. Altéralo todo si quieres. Nos mudaremos a esa planta cuando esté lista. ¿Algomás?

Sí, pensó Pau. Quería que la amara. Quería que la levantara en brazos y la llevara hasta la cama más próxima y que la amara.
Su deseo era tan fuerte que tuvo que cerrar los ojos para esconder su anhelo. Pero no pudo evitar ruborizarse.

-No creí que volvería a ver ese rubor tuyo otra vez -bromeó Pedro con dulzura-. Me pregunto en qué estarás pensando
-Es la hora de la merienda de Male -contestó poniéndose en pie. El se puso en pie también y la agarró de la cintura.
-No era en eso en lo que estabas pensando. Estabas pensando en mí, desnudo sobre la cama contigo encima mientras murmuras todas esas hermosas palabras que me vuelven loco -dijo mientras comenzaba a acariciarla-. ¿Y sabes qué es lo que quiero yo? Me gustaría verte sonreír otra vez como solías hacerlo, como si fuera yo el que te hace feliz.
-¡OH, Pedro! -dijo volviéndose hacia él y rodeándolo con los brazos-. ¡Lo lo eres!
-¿Entonces por qué estás tartamudeando? Sólo tartamudeas cuando tienes miedo.

Tenía miedo de haber tomado una decisión errónea, la decisión más fatal de su vida, pensó Pau con ansiedad. Sin embargo, prefirió no confesárselo.

-O también por otra cosa -contestó con un gesto provocativo.
Él murmuró algo, la agarró de la barbilla y la besó hambriento. Sobre ellos, en una de las terrazas, una cabeza plateada se asomaba observando la escena con el ceño fruncido, calculando.
-Vamos -dijo Pedro.
-Pedro, te has olvidado de algo...
-¿Sí? Sé lo que quiero y estoy seguro de saber lo que quieres tú. ¿Qué puedo haber olvidado?
-A Male

Pedro paró y suspiró. Vio la ansiedad en el rostro de Pau y por fin respondió.
-Error número uno. Está bien. Pero aprenderé.
-Male -la llamó Dulce-. Es ho...ra de vol...ver.
-No tartamudees.
-Lo si...ento.
-Si vuelves a llorar, no soy responsable de lo que pueda hacer.

Male recogió su cubo y su pala y se acercó hacia ellos. La tensión resultaba evidente.

-¿No quieres que dejemos esto aquí para mañana? -le sugirió Pau intentando controlar su tartamudeo.
La niña asintió.
Dejó las cosas en la playa y luego se volvió para mirarlos a los dos.
-¿El hombre también viene?
Pau cerró los ojos desesperada. Aún no habían ni siquiera abandonado la playa y sin embargo ya comenzaban a surgir los problemas.
-¿Qué hacemos? -preguntó Pedro.
-No puede seguir llamándote eso -suspiró Pedro-. No si es que...
-Tienes razón, no puede ser -dijo dando un paso hacia la niña con un gesto resuelto y agachándose para ponerse a la altura de ella-. Soy tu papá, ¿comprendes? Igual que tu abuelo es tu abuelo -Male frunció el ceño y asintió insegura-. Entonces dilo. Di papá.
-¿Pa...pá?


Ayy mas tierno, me enamore de este capitulo, agradezcan que estoy desvalada y ya les subi uno, comenten mucho y a la noche subo otro.

jueves, 21 de noviembre de 2013

Capítulo 18 - Lazos de Amor

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-¿Pues sabes qué, Pedro? -dijo levantando el mentón desafiante-. Me tiene sin cuidado que te importe o no. Voy a quedarme aquí, con mi hija. Si vuelve a ocurrirle lo mismo, quiero estar con ella. Soy su madre. No soy una simple sustituía a la que tú decides tener para que la niña se quede tranquila mientras obtienes lo que esperas de mí.
-Eso no es así -suspiró.
-Sí es así. Apenas puedes soportar mirarla. Y mucho menos tener en cuenta sus necesidades.
-¿Y crees de verdad que puedes culparme por eso?
-Sí, de hecho lo hago. No fue Male quien ofendió tu orgullo, Pedro, fui yo. Y sin embargo es a ella a quien castigas privándola de su madre cuando la necesita.
-¡No estaba intentando privarla de su madre! Sólo estaba...
-¿Compartiéndola con ella?
-Sí -afirmó él sorprendiéndola-. Ella te tiene durante todo el día. Yo te quería para mí por las noches.
-Compartiéndote con Zaira.
-Te estás volviendo muy respondona teniendo en cuenta que antes eras incapaz de protestar ni decir una sola palabra.

Pau no respondió. Había cambiado, y lo sabía. Pedro se acercó a ella y levantó una mano para apartarle un mechón de cabello.
-Deja a la niña en la cuna y ven conmigo a la cama. Te prometo que Fabia vendrá a buscarte si ocurre algo.
-No puedo -susurró ella-. No puedo volver a compartir la cama contigo.
- ¿Y por qué no? ¿Qué es lo que ha cambiado desde ayer y que no esté dispuesto a que sea como lo quieres tú? -todo había cambiado, recapacitó Pau. Porque al fin se había despertado y había comprendido lo que él le estaba haciendo. La estaba destrozando por segunda vez

-.¿Qué es lo que quieres que haga? -murmuró él al ver que ella no respondía-. ¿Quieres que niegue que existe otra mujer? ¿Es de eso de lo que se trata?
-¿Existe? -preguntó Pau.

En parte era de eso de lo que se trataba. Hubo un momento de silencio mientras él parecía sopesar la importancia de su respuesta.

Entonces se volvió apartándose de ella y contestó:
-Sí, existe.
-En ese caso, no tiene sentido negarlo, ¿no crees? -preguntó sintiéndose profundamente herida.
-¿Es que no me vas a pedir que deje de verla? -preguntó confuso ante su aparente serenidad.
-No tengo derecho a hacerlo. Estoy aquí porque no tengo otra opción, ¿recuerdas? -contestó levantando a Male para ponerla en la cuna.

Sabía que la miraba lleno de confusión y se alegró de que el pelo tapara su rostro y él no viera el esfuerzo que le costaba decir aquellas palabras-.

Pero sí tengo derecho a negarte el uso de mi cuerpo, y si eso te causa problemas de orgullo, estaré encantada de volver a Argentina. Nunca más volveré a dormir contigo, Pedro. Eso ya se acabó.

-Sería interesante saber si tu decisión es tan firme como tus palabras.
-¿Y por qué te preocupa? -preguntó Pau desafiante sabiendo que en realidad su actitud era mera apariencia-. A ti te basta con irte con tu amante. Después de todo, no es más que una cuestión de sexo, ¿no es así? Puedes conseguirlo en cualquier parte.

El semblante de Pedro se endureció. Él sabía de qué estaba hablando ella, sabía que le había pillado en un farol. Si se echaba atrás y admitía que la deseaba a ella y no a su amante mostraría demasiadas cosas de sí mismo, más cosas de las que su orgullo era capaz de admitir, y ella lo sabía.

-¿Sabes qué? Creo que eso es lo que voy a hacer.

Nada más decir eso se marchó. Pau no supo por qué su corazón se rompió otro poco más. Al fin y al cabo, sólo había conseguido lo que se había propuesto.

A la mañana siguiente, Fabia era un mar de lágrimas y disculpas, en cambio Male estaba tan radiante como siempre. No comprendía los trastornos que había causado la noche anterior.

Pau había tardado mucho en dormirse. Se debatió entre el desafío al que había arrojado a Pedro y los sentimientos de desesperación por su propia estupidez al mandarlo directamente en brazos de su amante.

No se atrevió a entrar en la otra suite a ducharse y vestirse hasta bien entrada la mañana, cuando sabía que él ya no estaría. A esas horas por lo general él estaba ya en su despacho. Así que cuando la puerta se abrió al ir ella a salir ya vestida se llevó un buen susto. Sin embargo, no era Pedro, sino su padre, el que entraba.

 -¿Ya has vuelto a quemar tus propias naves? No necesitas ayuda para arruinarlo todo tú sola, ¿verdad?
-Supongo que intentas decirme algo.
-Mi hijo se ha ido a Chile esta misma mañana y me ha dicho que no lo espere -Pedro se había ido. Se habría hundido de desesperación en la silla más cercana que hubiera encontrado si no hubiera sido porque Horacio era testigo-. A ido a ver a Zaira y ha sugerido que quizá tú quieras cambiarte de habitación. Creo que ya se ha cansado de ti. Pronto no serás más que un estorbo en esta casa.

-Excepto por mi hija, que me necesita. A donde vaya ella iré yo. Recuérdalo, Horacio, ten cuidado con lo que tramas.
-¿Yo? -preguntó con un gesto de inocencia-. Yo sólo te traigo un mensaje. Estoy encantado de que estés aquí con la niña todo el tiempo que quieras.
-¿El tiempo que quiera para qué exactamente?
-Hasta que Male comience a desarrollar signos visibles de su origen uruguayo, por supuesto. Por el momento es exacta a ti, eso es cierto, pero no va a ser así siempre. Los niños cambian al crecer. Yo veo ya en ella signos de su abuela: su sonrisa, la forma encantadora en que consigue hacerse con la gente.

Horacio tenía razón. Ella había notado ya esos rasgos y su semejanza con Pedro.

-Pero Pedro tendría que estar con ella para poder verlos, y eso es poco probable teniendo en cuenta que no puede soportar ni siquiera estar en la misma habitación.
-A no ser que yo se los muestre. De hecho está asombrado por el afecto que siento por la niña. Le dije que era porque ella estaba muy asustada cuando vino, y por el momento me ha creído. Pero si yo comienzo a hacerle notar ciertos parecidos y dejo caer cosas aquí y allá acabará por sentir curiosidad y observar él a la niña por sí mismo.
-¿ Y vas a hacer eso? ¿Vas a dejar caer cosas aquí y allá?
-Estoy dispuesto. Pero si, según parece, se ha cansado ya de ti no me dejas otra alternativa más que prescindir de ti, ¿no crees? No voy a permitir que nadie me quite a mi nieta ahora que por fin la tengo. La pequeña se quedará aquí, no me importa qué medios tenga que utilizar para conseguirlo. Y si eso significa que tengo que convencer a mi hijo de que se quede con la niña y te eche a ti así será.

-También podrías contarle a Pedro la verdad. Sería una garantía de que Male se queda en esta casa.
-¿A expensas de mí mismo? Pedro nunca me perdonaría. Quiero a la pequeña pero también quiero a mi hijo. No puedo estar sin ninguno de los dos.
-Y lo que quieres lo consigues -observó Pau amargamente-. ¿Es que no te importan las vidas que destrozas con tus sucios trucos?
-Estoy enfermo -se defendió-. Necesito paz y tranquilidad en mis últimos años de vida, no problemas y enfrentamientos.
-No eres más que un viejo malévolo e intrigante.
-Lo sé -casi rió-. Pero estoy contento de que al menos mi enfermedad no haya deteriorado mi mente.

Los días fueron pasando sin Pedro. El tedio la invadía y él no estaba para llenar sus noches de pasión o para estar simplemente con ella. Lo echaba de menos.

Pau tuvo además que descubrir otra cosa más sobre sí misma. Había luchado contra Pedro y había ganado, pero no quería sacar su ropa del dormitorio. No dormía en su cama, era cierto, tenía su orgullo, pero no había cambiado sus cosas de sitio porque no podía humillarlo a él, dejando que todos supieran que no estaba dispuesta a la convivencia matrimonial, a pesar de que él la hubiera humillado públicamente marchándose con otra mujer.

Todo estaba relacionado con su vieja culpa por los supuestos amoríos con Facundo Pieres. El hecho de que en el fondo nunca hubieran tenido lugar no parecía tener importancia. Pedro sí lo creía y eso le hacía daño, por lo tanto se sentía culpable.

Era una locura, una estupidez, pero no podía hacer nada al respecto. Sentía que le debía algo, que le debía su orgullo, y de ese modo se lo devolvía. El momento de decidir qué haría después vendría cuando él regrese a casa.

Él regresó una semana después. Era tarde y ella estaba en la playa con Male. Habían construido un castillo de arena con torres moldeadas con cubos de plástico rojo. De rodillas y con arena en todo el cuerpo, de pronto sintió, con aquel sexto sentido otra vez, que alguien la observaba. Pau miró hacia arriba y lo vio caminar hacia ellas despacio.

Su corazón comenzó a latir de júbilo contenido y ansiedad. Debía de haber vuelto en ese mismo momento porque aún llevaba puesta la ropa de trabajo. Se había quitado unicamente la chaqueta y la corbata. Parecía un hombre con una misión que cumplir, un hombre que  había tomado una decisión y que estaba dispuesto a llevarla a cabo.

-El hombre viene -dijo Male.
-Ya lo veo -aún le dolía ver cómo su hija ignoraba y hasta temía a su propio padre-. Mira, éste ya está listo. Puedes darle la vuelta. Venga, Male.

Por fin la niña dejó de mirar a su padre y siguió jugando. ¿Sería aquél el principio del fin?, Se preguntó Pau. ¿Qué significaba aquello? ¿Acaso iba a mandarla de nuevo a Argentina?

-Pau, necesito hablar contigo -dijo Pedro con calma.
-Por supuesto -contestó ella echándose a temblar.

Apenas podía mirarlo. Intentó sonreír pero fue inútil. De todos modos, él no la miraba tampoco. Parecía buscar algo a su alrededor.

Entonces, haciendo un gesto con la mano indicando unas mesas y sillas que había en la playa, dijo por fin:

-¿Podemos...?
-Claro -sonrió amable intentando ocultar sus emociones y aparentar normalidad ante Male.
-Yo voy -dijo Male agarrándose al pantalón corto de su madre.
-Muy bien -sonrió Pau. Si Pedro deseaba hablar a solas con ella, debería haber buscado otro momento más oportuno. Era de día, el tiempo que le dedicaba a su hija, según sus propias reglas. Pedro la esperaba de pie junto a la mesa

-. Pero sería mejor que siguieras haciendo el castillo -objetó por fin-. Yo voy a estar ahí sentada.

La niña pareció considerar el asunto por un momento y luego aceptó. Pau intentó calmarse y se dirigió con la cabeza bien alta hacia Pedro.

Él sacó una silla para ella, que murmuró un «gracias» mientras él se sentaba también.

-Quiero proponerte algo -la informó.
Pau se quedó con la vista fija en Male mientras sentía cómo temblaba su corazón.
-¿De qué se trata?
-Quiero que volvamos a intentarlo. Me refiero a nuestro matrimonio.

Holaaa vuelve la paz? Puede que si y puede que no, todo depende de Pau, disfruten del capitulo y si hay muchos comentarios mañana vuelvo a subir,  no se olviden de poner su nombre de tw si comentan como anonimo :)

Capítulo 17 - Lazos de Amor

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Asi fue. Pau se sintió atrapada. Atrapada por el deseo. Atrapada por su propio cuerpo, que respondería siempre al más mínimo contacto del

hombre que había hecho que volviera a despertar al placer.

Y le había hecho sentir verdadero placer. Noche tras noche, se devoraron el uno al otro hambrientos. Pero cuando despertaba él nunca

estaba a su lado, y aquello también la hacía sentirse atrapada, atrapada en el sentimiento de la decepción y de la impotencia, porque no

podía hacer nada para cambiarlo. Tenía que jugar al juego de la dulce esposa y el vengativo conquistador.

Atrapada por su decisión de aparentar ser el amo de la casa obligándola a dormir con él y a cenar con él y con su padre en el salón, atrapada

aparentando ser amable con Horacio, que se burlaba de ella con comentarios de doble sentido a los que no podía responder.

Y atrapada por su hija, quien adoraba ese lugar y, lo que era aún peor, adoraba a Horacio. Una hija a la que Pedro evitaba. Estaban juntos en

escasas ocasiones, y entonces la trataba con amabilidad pero con frialdad yprecaución. Pau sentía que se le rompía el corazón al ver la

actitud de los dos.

Y luego estaba ese odioso y extraño sentimiento que la embargaba cuando Pedro, dos veces por semana, se marchaba a Chile y no volvía

hasta la noche. Ésas eran las unicas noches en que no la tocaba. Y aquello también la hacía sentirse atrapada porque quería que la
tocara. Quería que al volver de estar con su amante aún tuviera deseos de estar con ella, aún necesitara besarla, tocar su cuerpo...

No sabía cuánto tiempo más iba a poder aguantar aquella situación. No sabía si podría seguir soportando el hecho de no poder hablar de su

amante por culpa de las mentiras de Horacio, que le habían robado su derecho a exigirle fidelidad.

Y entonces fue cuando estalló la crisis. Pau supuso que tenía relación con el hecho de que en su interior aumentaba insoportablemente la

tensión. Había pasado un mes entero y Pedro no se había ido de viaje ni una sola vez. Trabajaba en el despacho de la villa y pasaba en ella

casi todo el tiempo.

Al terminar de cenar  la acompañaba a la habitación donde tenía lugar una noche de pasión o bien se iba con su amante dejándola sola

en la cama. Entonces, Pau tuvo el periodo y él añadió otro insulto más a la situación marchándose a Chile y desapareciendo durante cinco

días.

Al menos no estaba embarazada, reflexionó. Pero aquello no la ayudaba. Su tensión seguía en aumento hasta que él volvió a aparecer una

noche e intentó volver a tocarla.

-Quita tus manos de encima -dijo mientras luchaba por apartarse-. Si estás tan desesperado por el sexo, vete con tu supuesta amante. ¡Yo

no te quiero!
-¿Mi qué? ¿Has dicho mi supuesta amante?
-Sabes perfectamente lo que he dicho. Y también sabes a qué me refiero.
-¿Lo sé? Esto es muy interesante -murmuró agarrándola para que no escapara-. ¿Y tiene un nombre mi supuesta amante? -Pau lo miró

negándose a contestar. Luego levantó el puño para pegarle pero él la detuvo-. Puedo obligarte a decírmelo. Sabes que puedo.
-Puedes quemarte en el infierno, Pedro Alfonso.
-Preferiría quemarme dentro de ti
-O de ella. Todo depende de en qué día de la semana caiga.
-Ah, ya veo -abrió los ojos sorprendido-. Has estado atando cabos y has llegado a la conclusión errónea. Es una forma muy argentina de

sacar las cosas de quicio, ¿no crees?
-Zaira. La mujer a la que todos en esta casa saben que vas a visitar dos veces por semana. ¡Y ahora apártate de mí! -exclamó intentando

empujarlo-. ¡Si la quieres a ella tómala, pero no me tendrás a mí al mismo tiempo!
-¿No? -preguntó él de pronto borrando la sonrisa de su rostro-. Tú lo hiciste. Me traicionaste. ¿Por qué no iba a hacerlo yo?
Pau cerró los ojos con un sentimiento de agonía y de impotencia.
-No voy a poder seguir así mucho tiempo -susurró.
-Sí, podrás. Y lo harás. Lo harás hasta que yo lo diga. Así que relájate y piensa en Argentina sí eso te calma. ¡Pero cuando yo te desee, te

tendré, y no te doy elección!

No había opción. La tomó. Pero la tomó con tan devastadora sensualidad, que Pau no pudo pensar en Argentina ni en nada.

Más tarde, mucho más tarde, cuando supuso que ella estaría dormida, Pedro se levantó, se puso la bata y salió a la terraza. Luego, Pau vio

una pequeña luz a través de los visillos y comprendió que él había salido a fumar. Estuvo fuera mucho tiempo, y ella no pudo evitar

preguntarse en qué estaría pensando cuando necesitaba estar solo tanto tiempo.

¿Estaba otra vez odiándose a sí mismo por hacerle el amor cuando la despreciaba?, Se preguntó. ¿Hacía aquello cada noche cuando pensaba

que ella estaba durmiendo? ¿Salía a despreciarse a sí mismo en privado? Y además, se preguntó, ¿era ese mismo odio lo que le llevaba a

estar con aquella otra mujer? ¿La quería para consolarlo quizá?

«Por supuesto que lo he intentado». Ésas habían sido sus palabras. Cerró los ojos y trató de evadirse del dolor que la invadía.
Cuando volvió a abrirlos, él se deslizaba de nuevo en el dormitorio. Lo observó entrar en el baño y oyó el correr del agua. Estaría lavándose

del contacto con su adúltera mujer, pensó. Luego volvió al dormitorio y se deslizó dentro de la cama a su lado boca arriba con un brazo bajo

la cabeza. Entre ellos quedaba un enorme espacio, un vacío insalvable.

Y el silencio. El silencio era una tortura.
El grito que sonó entonces los alarmó a ambos.
-¡Dios! ¡Es Male! -exclamó ella.

Se levantó antes de que Pedro tuviera tiempo ni de reaccionar. Alcanzó la bata y corrió. Cuando sonó el siguiente grito, ella ya no estaba en

el dormitorio. Los gritos asustados de Male invadían el pasillo. Se apresuró a su dormitorio con las piernas temblorosas. Al entrar vio a Fabia

de pie en bata con la niña en sus brazos. Sus gritos le helaban la sangre.

-¿Qué ha ocurrido?
En unos segundos estuvo a su lado. La abrazó y la estrechó fuertemente mientras murmuraba esas dulces palabras que sólo las madres

saben decir. La niña dejó de gritar, sólo lloraba.
-Vino hombre malo. Hombre malo me quería llevar.
Pau se puso pálida. Miró a Fabia, tan pálida como ella, que murmuró:
-Pesadillas. Ha tenido antes, a veces.
-¿Quieres decir que ha ocurrido esto antes y no me lo habías dicho?
-No tanto como hoy -se defendió Fabia mirando hacia la puerta, en cuyo umbral apareció Pedro.
Ver aquello fue ya demasiado. Los gestos lo decían todo.
-Fuera -gritó Pau.

Cualquiera que hubiera estado presente el día en que Pedro despejó el salón en Argentina nada más llegar habría recordado esa escena

entonces, porque el tono de voz fue muy similar. Fabia salió corriendo de la habitación, y Pau le dio la espalda a Pedro para evitar

enfurecerse más.

-Shsh, cariño, calla. Mamá está aquí contigo.
-¡Pau!
-¡Ahora no! -contestó ella alargando la mano hasta la cuna para recoger el osito de peluche y dárselo a la niña.

Entonces se hizo el silencio. Pedro luchó consigo mismo. Finalmente lo oyó marcharse.

Cuando Male volvió a quedarse dormida, Pau no la metió en la cuna sino que se sentó y dejó que la niña se tumbara sobre ella. Y estuvo así

durante horas, aunque no supo cuánto.

Cuando por fin Pedro volvió, ella lo ignoró. Él se quedó de pie al lado de la ventana y Pau comprendió que ese gesto mostraba su lucha

interior. Llevaba puesto un albornoz y tenía las manos metidas en los bolsillos.

-Fui yo quien le dijo a Fabia que no nos interrumpiera por las noches cuando ya nos habíamos retirado porque quería sentir que nuestras

noches me pertenecían. Fabia está muy preocupada, tiene miedo de que la eches si no te explico que fui yo.
-Yo no tengo poder para echar a Fabia.
-Pero ella no lo sabe. Le tiene verdadero afecto a la niña, Pau. Sería un error castigarla a ella por algo que he hecho yo.
-No tengo intención de castigar a nadie.
-Entonces pon a la niña en la cuna y déjale a Fabia que vuelva a su cama.
-¿Para que así pueda yo volver a la tuya?
-Ahora está durmiendo tranquila. No creo que vuelva a pasarle lo mismo -contestó él ignorando su pregunta.
-Pero si ocurre, yo no me voy a enterar, ¿no es así? Me quedaré aquí si no te importa. Fabia puede buscarse otra cama.
-Pero sí me importa.

lunes, 18 de noviembre de 2013

Capítulo 16 - Lazos de Amor

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Pau cerró los ojos. Recordó que Pedro le había dicho mientras yacía en sus brazos la última vez que había intentado olvidarla. Cáncer. Horacio era como un cáncer que vivía de la debilidad de los demás. Sintió que su corazón naufragaba. La venganza de Horacio estaba cerca, recapacitó mientras entraba en el dormitorio. De pronto, se paró atónita. ¿Qué estaba ocurriendo?, Se preguntó.

La puerta del dormitorio estaba abierta y un par de sirvientas estaban sacando su ropa y poniéndola sobre la cama. Se alarmó. Según parecía, Horacio ya lo había conseguido.

-Ven conmigo -dijo entonces Pedro agarrándola del brazo.

La sacó del dormitorio y la llevó por el pasillo hasta la habitación de al lado haciéndola entrar. Era una suite con un bonito salón en blanco y azul. Se quedó parada en medio mirando a su alrededor pero sin ver nada. Entonces oyó el clic de la puerta cerrándose con cautela y se volvió.

-¿Qué están haciendo con mi ropa?
-La cambian de lugar. Esa suite no era tuya. Te estaba concediendo tiempo para que te acostumbraras a la casa, pero al ver cómo tratas a un viejo enfermo he pensado que no debía de ser tan condescendiente contigo.
Pau meditaba aquellas palabras sin comprender ni darse cuenta de lo enfadado que estaba.

-¿Quieres decir que nos mudas a Male y a mí a la planta superior, a la de la familia?

Aquella conclusión de Pau lo confundió. Frunció el ceño y él preguntó a su vez:

-¿Pero qué has estado haciendo toda esta semana? Es imposible que a estas alturas aún no te hayas dado cuenta de los cambios que se han producido en la casa -Pau se quedó en blanco. No había puesto los pies en el resto de la casa, sólo en su habitación. Había comido todos los días en ella y sólo había salido a la playa usando la escalera exterior. No tenía deseos de rememorar un lugar que, por segunda vez, seguía sin darle la bienvenida.

Esta casa ha sido completamente rediseñada para acomodar a mi padre en su nueva situación desde que tú te fuiste. Ya ves lo bien que va de un lado a otro con la silla. Hay un ascensor especial para él que sube por la casa a lo largo de la escalera del este, entre otras cosas.

-¿Qué otras cosas?
-Hemos vuelto a redistribuir el espacio. Mi padre dispone ahora de toda la planta que antes era para la familia. Necesita cuidados especiales y enfermeras durante las veinticuatro horas del día, fisioterapia... Así que hemos equipado esas habitaciones para él.
-¿Te refieres a un mini hospital?
-Sí.

Horacio debía de estar muy enfermo para necesitar tanta atención y tan cara en su propio domicilio. Pau miró a Pedro llena de comprensión y lástima. Su padre lo era todo para él. Sin embargo, él ignoró esa mirada y continuó:

-Ahora las habitaciones de invitados están una planta más abajo, junto a la piscina y los salones. Ésta -añadió señalando la planta en la que estaban- es mi ala privada.
-Ah, ya empiezo a comprender -sonrió amarga¬mente-. Quieres que Male y yo nos mudemos abajo, a la planta de invitados.
-No. No comprendes nada -dijo frunciendo el ceño y poniendo buen cuidado en escoger las palabras para causarle el máximo impacto-. Tu hija se queda exactamente donde está. Eres tú la que se muda. Aquí, a esta suite. Conmigo.

Se hizo el silencio. Él la miró esperando una respuesta. Recorrió con la mirada sus largas piernas desnudas, morenas en tan sólo unos pocos días. Sus pantalones cortos no escondían en absoluto la estrechez de sus caderas y su top suelto dejaba adivinar que no llevaba sujetador.

Los pezones se marcaban a través de la tela. Debería haber sido de piedra para sentirse indiferente a aquella invitación. Recordaba demasiado bien su sabor y la forma en que respondían para no sentir la tentación.

Su aspecto era provocativo. Era una mujer sensual y esbelta, una mujer con la que se alegraría de morir mientras le hacía el amor, mientras pudiera succionar sus pechos, mientras pudiera sentir sus piernas abrazándolo y mientras sus labios rosados lo recorrian como sabía que podían hacerlo.

Pero ella no era consciente de sus deseos. Era tan ajena a lo que él sentía como lo era de su aspecto y de las tijeras de jardinería y el rollo de alambre que llevaba en la mano. O del anillo de bodas. Su anillo.

Había sido él quien lo había puesto allí. Una vez fue el anillo del amor, pero ya no era más que el anillo dorado de la traición. Tenso, Pedro le dio la espalda al anillo y a la tentación. Se despreciaba a sí mismo y la despreciaba a ella. Entonces ella parpadeó y contestó:

-No. Me quedaré con Male.
Él se volvió de nuevo con una expresión de furia en el semblante.
-¿Es que vamos a volver a discutir ahora sobre elecciones? Porque no tienes elección. Harás exactamente lo que te diga mientras vivas en esta casa.
-Excepto dormir contigo -objetó ella.
-Lo harás. Y sin protestar. Me lo debes.
¿Significaba aquello que le debía el derecho a usar su cuerpo a cambio de la devolución de su hija sana y salva?
-Pero si tú me odias y me desprecias. ¡Incluso te odiaste a ti mismo por lo que pasó la última vez!
-Cierto -contestó tenso-. Pero si hubiera querido que todo el mundo supiera que Pedro Alfonso era lo suficientemente estúpido como para casarse con una zorra lo habría hecho público hace tres años. Tal y como están las cosas seguimos siendo marido y mujer para los demás. Y los esposos comparten la cama. Y eso no incluye el que una niña duerma con nosotros.
-Pero si tú no has vivido conmigo durante tres años. ¿Cómo se supone que nuestro matrimonio puede seguir funcionando después de tres años separados?
-¿Te refieres a que hasta el día de hoy tú has preferido vivir en nuestra casa de Argentina, a donde yo te he ido a visitar de forma regular?
-¡Dios mío! -exclamó Pau comprendiendo por fin-. Cuando te conviene, puedes ser tan falso como tu padre, ¿no es eso?
-Si no te importa, dejemos a mi padre fuera de este asunto.
-Ojalá pudiéramos. Pero me temo que como vive aquí y conoce perfectamente la situación esto le va a parecer un poco extraño -contestó Pau pensando que, además, iba a parecerle frustrante si sus sospechas eran ciertas.
-Él sabrá mantenerlo en secreto. No es él precisamente quien quiere ver arrastrado mi orgullo por los suelos.
-¿Te dijo él eso? ¿Te dijo que le parecía bien la sugerencia francamente... obscena que me estás proponiendo?
-Ni es una sugerencia ni es obscena. Tú sigues siendo mi mujer a los ojos del mundo y vas a mantener las apariencias cueste lo que cueste, Pau. O si no tendré que echarte de esta casa y quedarme con tu hija.
Aquella amenazaba la conducía a la misma situación que la trampa de Horacio, recapacitó Pau. No sabía si gritar de frustración o defenderse.
-No dormiré contigo, Pedro -dijo al fin dándose la vuelta.
-¿Adónde crees que vas?
-Es la hora de la merienda de Male.
-Fabia se la dará. Nosotros no hemos terminado aún de discutir.
-Pero yo prefiero estar con Male.
-Y yo te estoy diciendo que no -contestó con mal tono recapacitando después e intentando controlarse-. Esto es más importante. Déjala, con Fabia estará tan segura como con cualquier otra persona.
-¿Incluida su madre? -lo desafió mirándolo a la cara y sintiendo que las lágrimas acudían a sus ojos-. Esta es otra venganza uruguaya más, ¿no es eso? ¡Me separas cruelmente de mi hija por malévolas y sucias razones personales!

Debía de estar loca para hablarle así, recapacitó Pau. Él dio un paso hacia ella, que no se movió. Agarraba las tijeras de jardinería con fuerza, con un gesto que dejaba bien claro que estaba dispuesta a usarlas contra él. Pedro abrió mucho los ojos sorprendido.

-Aparta eso. Si me veo obligado a usar la fuerza para que tires las tijeras, no te va a gustar.

Pau sabía que tenía razón. Sin embargo, por alguna razón, no podía abandonar su posición. No volvería a rendirse, nunca más, se dijo a sí misma sorprendida. Él también se sorprendería si conociera su decisión, recapacitó.

Pero no era necesario que se la dijera en voz alta. Algo había cambiado en la expresión de los ojos de Pedro. Su ira se había transformado en algo mucho más peligroso: en la satisfacción por la lucha. No por aquella batalla mental que ella se atrevía a mantener con él, ni por el hecho de que ella sostuviera unas tijeras que a él no le costaría nada quitarle. Era algo más profundo, más complicado.

-¿Me estás desafiando?
-No voy a dejar que pases por encima de mí, Pedro, otra vez no. La última vez hiciste que mi coraje desapareciera...
-Tú nunca tuviste coraje -la interrumpió dando un paso hacia ella-. Por lo general salías corriendo en cuanto alguien se te acercaba.
-Bueno, eso ya nunca volverá a ser así –contestó Pau esforzándose por no dar un paso atrás-. Ahora soy madre y lucharé contigo hasta el fin del mundo si hace falta para que no me arrebates a mi hija.
-Esto no tiene nada que ver con la niña. Se trata de tu actitud ante mí -respondió indicando con los ojos oscurecidos la posición desafiante que ella había adoptado y dando otro paso más hacia ella. Pau tembló. Pedro lo notó y sonrió sarcástico-. Ese rollo de alambre podría ser una buena arma pero requiere mucha fuerza física si deseas tener éxito. Si yo fuera tú, me concentraría en las tijeras de jardinería, amore.
-Son tenazas.

-Sí, con ellas me podrías hacer daño. No mucho quizá, pero lo suficiente para tu ego.
-No tengo ningún deseo de hacerte daño. Sólo quiero que dejes de burlarte de mí todo el tiempo.
-Entonces baja esas armas y hablaremos de mis...burlas.

Ella sacudió la cabeza respondiendo negativamente pero lo más extraño de todo era que tuvo la extraña sensación de que él se habría sentido decepcionado si se hubiera rendido. Pedro estaba disfrutando de aquel momento, podía apreciarlo en el brillo de sus ojos.

-Entonces haz tu movimiento. Si no -añadió en voz baja- te haré mía...

Y lo hizo. Sin más avisos. En medio segundo de vacilación por su parte, él la tomó por las muñecas con fuerza separándoselas hacia arriba y dejándola impotente delante de él. Luego acortó el escaso espacio que los separaba, pecho contra pecho palpitante, caderas contra caderas, muslos contra muslos.

-Me gusta... tu coraje -murmuró-. Me gustaba la forma en que te abrazabas a mí sumisa pero creo que me va a gustar mucho más la criatura en la que te has convertido.
-Yo no quiero gustarte.
-¿No? -aquella simple palabra era un desafío. Sus ojos eran un desafío, la curva de su boca era un desafío-. Creo que quieres rendirte, quieres que te bese.
-No es cierto.

Pero era demasiado tarde. La besó, y al hacerlo todas las emociones contenidas en ella renacieron de nuevo a la vida.
Pau mantuvo las manos en alto al nivel de la cabeza. Agarraba con fuerza las tenazas. Su amplio pecho la presionaba haciendo que respirara tensa. Sus caderas la presionaban intencionadamente, con fuerza, y el terrible y maravilloso sentimiento de rendición que experimentó la hizo gemir en una negativa.

Una negativa a la que él respondió volviendo a hacer lo mismo una y otra vez. Y otra, y otra, hasta que el gemido cambió su timbre y ella dio rienda suelta a sus sensaciones, sucumbiendo impotente.

Entonces abrió despacio las manos y dejó caer las herramientas al suelo bajando los brazos y anunciando con ello su rendición total. Necesitaba liberar sus manos para deslizarlas por su cabello, arrastrar su boca contra la de ella, acercarlo más, más aún y así evitar desfallecer.

Él la dejó hacerlo a su modo. Le soltó las muñecas para que sus manos pudieran encontrarlo y al mismo tiempo abrazarla a ella fuerte aprisionándole los pechos temblorosos.

Ella suspiró sofocada y lo rodeó por el cuello acercándose a la fuente del placer, volviendo a suspirar cuando él comenzó a acariciarla hasta llegar a las caderas. Luego la levantó para presionarla contra su sexo endurecido.

Y así continuaron, y mientras tanto en su cabeza daba vueltas una palabra que se repetía una y otra vez: hermoso. Aquello era hermoso. Ese hombre, su contacto, su beso. Hermoso.

Cuando él la levantó en brazos ella no protestó. Sólo gimió y jadeó protestando por que su boca la hubiera abandonado por unos instantes hasta alcanzar a la cama

Entonces su boca volvió a ella y se sintió perdida... perdida en la belleza del profundo beso, en la belleza de sus manos que la acariciaban mientras le quitaban la ropa despacio. Se sintió perdida en el inmenso placer de ayudarle a quitarse su ropa, perdida en la negrura de sus ojos ardientes al ponerse sobre ella y penetrarla, en aquella ocasión despacio y en profundidad.

Con los labios tensos y las mejillas ardientes de deseo, él la penetró con tal pasión y anhelo que ella sintió que las lágrimas acudían a sus ojos.

-No me odies, Pedro -susurró.

El no contestó. Volvió a besarla cerrando los ojos y, en aquella tarde, mientras el sol se ponía, la hizo suya perdiéndose ambos en la lentitud del éxtasis. Cuando se despertó, él no estaba. ¿Seguiría odiándola, odiándose a sí mismo?, Se preguntó.

Hola disculpen que no haya aparecido todo el finde pero aca tienen doble capitulo para compensar mi ausencia,  disfrutenlos y comenten :) 

Capítulo 15 - Lazos de Amor

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Pau estaba agachada sobre las buganvillas de una de las terrazas de la casa escuchando las voces de Male y Fabia en la playa cuando de pronto oyó por detrás un sonido mecánico. Era Horacio. No se dio la vuelta ni reveló que había notado su presencia, pero se sentía mal.

En los seis días que llevaba en la casa lo había estado evitando. Él acudía a ver a Male siempre a la hora de comer. Entraba en su suite y se quedaba a almorzar con la niña. Mientras tanto ella procuraba desaparecer.

Pedro había dicho que era necesario que se quedaran allí. ¿Pero para quién era necesario?, Se preguntó. ¿Para el hombre de la silla de ruedas que se acercaba? No era Pedro quien quería que se quedaran, pensó, ni siquiera había vuelto a verlo desde la noche del día en que llegaron. Él había hablado con Fabia y luego había salido del dormitorio sin desearle buenas noches siquiera, y desde entonces no había vuelto a verlo.

A la mañana siguiente, se había despertado al llegar un sirviente con varias maletas. Pedro debía de haber mandado a alguien esa misma noche a Argentina por su ropa. Y eso demostraba que la situación iba a ser permanente. Fabia le había dado un mensaje de Pedro esa mañana; se iba de nuevo a Chile.

Llevaba ya casi una semana fuera, pero se negaba a admitir, incluso ante sí misma, que lo echaba de menos. La silla de ruedas se paró a unos cuantos metros de distancia. Pau sintió que Horacio la estaba mirando. Era evidente que deseaba que se diera la vuelta. Entonces rompió el silencio.

-El jardín ha notado la falta de tu toque especial.
-No tengo nada de que hablar contigo, Horacio. Eres un viejo egoísta y malévolo y no mereces que te preste atención.
-Yo diría que eso que has dicho es mucho ya -rió ligeramente.

Pau se sorprendió ante esa respuesta. Se volvió sospechando que tramaba algo sin fiarse de su amabilidad y lo miró. Era la primera vez que lo veía después del susto de ver a su hija en sus brazos. Resultaba amedrentador, a pesar de sus limitaciones físicas.

No era tan alto como su hijo, pero siempre había compensado esa carencia con la anchura de su cuerpo. Hombros, espalda y torso anchos junto a piernas cortas pero fuertes que se veían reducidas en ese momento de un modo tan patético que comenzó a comprender por qué Pedro se mostraba tan protector con él.

Le daba el sol en la cabeza, cuyo cabello seguía siendo abundante, pero su piel, aunque bronceada, colgaba por los brazos y el cuello. Había tal carencia de fuerza en él que el mero hecho de sentarse en una silla de ruedas parecía constituir un esfuerzo en sí mismo.

-¡Por Dios! Tienes un aspecto terrible.
-Lo odio. Odio esta silla -sonrió haciendo una mueca fatalista.

Por un momento sintió pena por aquel hombre. Lo miró compasiva. Sin embargo él seguía siendo peligroso, estuviera físicamente incapacitado o no. Aquellos dos ojos brillantes de cazador eran aún astutos, y el cerebro que los manejaba no había cambiado su modo de pensar.

-En cambio tú estás más bella que nunca, ya ves. La niña es tu viva imagen. Tiene tu pelo, tu rostro, tu carácter dulce y amable.
-Yo era una cobarde, Horacio -dijo ignorando su cumplido-, pero mi hija no lo es.
-Serán los genes de mi hijo los que le dan ese coraje. O quizá incluso los míos -comentó orgulloso
-Que Dios la ayude entonces -respondió sorprendida de que él no fingiera ignorar quién era el padre de la niña-. Si tiene algo de ti, Horacio, entonces que Dios la ayude. ¿Tienes idea de cómo la has asustado secuestrándola de ese modo?
-¿Yo? -preguntó él con una expresión de inocencia-. Yo no secuestré a la pequeña. No tengo en absoluto ningún deseo de asustarla.
-Mentiroso. Vi tu semblante cuando abrazabas a mi hija. Estabas feliz y orgulloso, te creías su dueño. Eres muy posesivo. Te vi, Horacio, te vi.
-Te has vuelto muy valiente ahora que estoy en una silla de ruedas.
-No intentes engañarme fingiendo que eres un pobre viejo enfermo. No funcionará -dijo Pau agachándose para recoger las tijeras de jardín y marcharse.
-¡No te marches cuando estamos hablando!

Por extraño que pareciera aquello la hizo parar. No fueron exactamente sus palabras, sino la forma de decirlo. Había en ellas cierta amarga frustración debida quizá a su desventaja física. Se dio la vuelta para mirarlo y vio su rostro encendido por la ira.

-Yo no rapté a la niña. Lo habría hecho, si se me hubiera ocurrido, pero no fue así -dijo respirando fuerte intentando reponer las fuerzas.

Pau lo vio palidecer y sintió compasión por su enemigo. No sabía si debía creerle ni si seguía importando una vez que el daño estaba ya hecho. Lo que sí sabía era que no podía relajar la guardia. Esa lección la había aprendido bien. Sin embargo nunca había sido cruel con los débiles, y Horacio indudablemente lo era.

-¿Te encuentras bien?
-Sí.

Entonces oyeron la risa de la niña desde la playa y ambos miraron en esa dirección. Pau se acercó a las jardineras de terracota para ver qué sucedía y Horacio se asomó a su lado. De pronto sintió, con aquel extraño sexto sentido, que había alguien detrás. Giró la cabeza y miró para arriba hacia las otras terrazas. Pedro estaba de pie varios niveles por encima de ellos observándolos con un gesto de pena.

Pena no por la niña, sino por el padre. Se le encogió el corazón. Él debía de ser tan consciente como ella del cambio en su estado de salud, y quizá incluso había escuchado la conversación. Sus ojos se volvieron entonces hacia ella con una expresión de frialdad. Aquello significaba que lo había oído todo. O al menos parte. La había avisado con respecto a su padre.

-¡Has visto eso! Se ha escapado por entre las piernas de Fabia -comentó Horacio inconsciente de la presencia de su hijo.
Pau miró hacia la playa por un momento. Cuando volvió a mirar para arriba Pedro ya no estaba.
-¡Cómo me gustaría poder bajar ahí y jugar con ellas!
-Horacio -dijo de pronto Pau obedeciendo a un impulso y arrodillándose a su lado-. Male es nieta tuya.
-Lo sé -contestó él con tal expresión de orgullo y de júbilo que Pau sintió que se le encogía el corazón.
-Tú la quieres.
-Sí. ¿Cómo lo decís los argentinos...? Unidos, nos sentimos unidos desde el mismo instante en que nos vimos, Pau. Ella se echó a mis brazos como si me conociera de toda la vida. La quiero -suspiró-. Y ella me quiere a mí. Es maravilloso.
-También es parte de mí, Horacio.
-Sería difícil negarlo cuando es tu viva imagen.
-Necesita a su madre.
-¡Por supuesto! -contestó él aprisa como si le sorprendiera que ella sintiera la necesidad de decírselo-. Todos los niños necesitan a su madre... Pedro le tenía devoción a su madre. Jugaban juntos en esa misma playa, como ellas...
-Malena.
-Sí. Le pusiste a la niña el nombre de la madre de Pedro. Te lo agradezco. Fue muy amable por tu parte teniendo en cuenta las circunstancias.
-Pedro me dijo que ella era una mujer muy especial. Creo que... los amaba mucho a los dos, padre e hijo.
-Sí. Como nosotros a ella. Pero se puso muy enferma y luego murió. Los dos lo pasamos muy mal, aún lo pasamos mal a veces aunque hace ya mucho tiempo que ocurrió.
-¿Y crees que Malena estaría orgullosa de ti al ver que le niegas a tu hijo el derecho al amor de su mujer y de su hija?
De pronto se hizo el silencio. Pau contuvo la respiración mientras esperaba a ver si la pregunta había logrado alcanzar a su conciencia moral.
-Creo que supones demasiadas cosas.
-¿De verdad lo crees? -contestó ella esperando haber plantado en él la semilla de la bondad y el arrepentimiento. Sólo él podía decidir si dejaba que aquella semilla muriera o creciera, pero si la dejaba morir avergonzaría la memoria de su esposa-. Bueno, recuerda que Male es hija mía. Si intentas quitármela con alguno de tus trucos, te perseguiré hasta el infierno.
-¿Y cómo crees que podría hacerlo? -preguntó mostrándose de nuevo astuto y amenazador.
-Sabes muy bien cómo hacerlo, pero yo voy un paso por delante de ti, Horacio. Si me fuerzas a ello, usaré el as que tengo en la manga.
-¿Y qué as es ése?
-Si aún no lo sabes, no voy a ser yo quien te lo diga -contestó Pau con astucia ocultando que no tenía ninguna baza escondida.
-Mi hijo adora a su padre -añadió él.
-Pero tu hijo también tiene derecho a amar a su hija -respondió Pau marchándose.
-Tiene una amante -dijo Horacio a su espalda-. Se llama Zaira y vive en Chile . La visita dos veces a la semana cuando está no aquí.


Lean el que sigue :)

jueves, 14 de noviembre de 2013

Capítulo 14 - Lazos de Amor

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Las tres estuvieron una hora en la playa a última hora de la tarde jugando sin miedo a quemarse por el sol. Se bañaron y construyeron un castillo de arena y Pau sintió que su corazón se contraía al ver a su hija feliz. Había estado tan cerca de no volver a verla...

Subieron las escaleras de vuelta. Male saltaba de la mano entre Pau y Fabia hasta que, por fin, se fue cansando y terminó por subirse en brazos de su madre. Fabia subía tranquilamente a su lado.

Su presencia resultaba reconfortante. Aquello había sido hacía horas, sin embargo. El sol se estaba poniendo y Male estaba dormida en su cuna, al lado de la cama de Pau. A pesar de que le había dicho a Fabia que ya no la necesitaba se había sentado junto a la cuna y no quería moverse.

Al final le había dejado que se quedara retirándose ella hacia el pequeño saloncito de la habitación y sentándose en el sofá a ver la puesta de sol. Se sentía desfallecer de cansancio. La tensión de los últimos días comenzaba a vencerla. -

Tu aspecto es horrible -dijo Pedro acercándose a ella.

-Y a mí me hace sentirme mejor oírtelo decir.

Él suspiró ante su sarcasmo acercándose hacia la ventana para ver la puesta de sol. -¿Está más tranquila la niña?
-Sí, aunque no haya sido gracias a ti -suspiró cerrando los ojos y recordando.
-Lo siento si... la he asustado, pero debes entender que para mí también era... difícil la situación.
-Bueno, en ese caso te alegrará saber que nos sentiremos muy felices de volver a Argentina en cuanto quieras mandarnos.
-¿Tanta prisa tienes por marcharte?
-Cuando antes nos vayamos, antes se acabará esta situación.
-Desearía que fuera así de sencillo.
-Lo es. Sólo tienes que llamar a la limusina y mandar preparar el avión. Te prometo que nos iremos.

Pedro no dijo nada.
Su atención parecía fija en la sorprendente vista del cielo rojo y el mar azul.
Entonces se volvió y la miró.

-La cena estará lista en una hora. ¿Crees que podrías hacer un esfuerzo para lavarte y vestirte con otra ropa y bajar a cenar? Comprendo que tu aspecto sea de cansancio, pero podrías cambiarte de ropa.
Pau aún llevaba la ropa del viaje, él en cambio se había cambiado.

-La culpa de mi aspecto la tienes tú. Has sido muy amable haciendo mi maleta, pero sólo has metido ropa de alta costura. Supongo que es lo que un hombre como tú espera que lleve una mujer. No hay nada de ropa de diario ni para el clima de Uruguay. No tuviste en cuenta que voy a estar todo el tiempo con una niña. Y encima se te ha olvidado la ropa interior y los artículos de tocador.

-Así de mal lo he hecho, ¿eh? Es que no estoy acostumbrado a hacer maletas.
-Eso está claro -sonrió a su pesar-. La maleta de Male en cambio la hiciste mejor. Aunque supongo que ha sido simplemente porque debiste de vaciar los cajones. Bueno, y te acordaste de Dandy. Eso ha sido un detalle por tu parte. La expresión de su rostro cambió por completo cuando lo vio.

-¿Y qué, me pregunto, podría cambiar la expresión del tuyo?
Pau se ruborizó y luego se puso pálida para por fin echarse a temblar. Su tono de voz suave y provocativo le retumbaba en los oídos.
-Si no te importa, cenaré aquí en mi habitación.
-Cenarás en el comedor como se acostumbra en esta casa -ordenó olvidando el tono de voz anterior.
-No dejaré a Male aquí sola. Se puede despertar y asustar.
-Pero Fabia está con ella, ¿no es así?
-Sí. Pero Fabia no es su madre. Ya ha tenido bastante como para que encima ahora se despierte en una habitación extraña y se encuentre con una mujer extraña y sin su madre.
-La casa está equipada con un sistema interior de comunicación. Fabia te puede llamar y tú estar a su lado en cuestión de segundos.
-Pero esos segundos pueden ser horas de agonía para una niña.
-¡Basta ya! ¡Esto es una estupidez! La niña está a salvo, conoce a Fabia. Sabe que su madre acepta a Fabia y que puede confiar en ella. Te has pasado la tarde construyendo esa confianza en ella. Ahora debes confiar en que Fabia va a hacer bien su trabajo mientras tú...

-¿Su trabajo?
-Sí. He contratado a Fabia sólo para que cuide de la niña.
-¿Quieres decir como niñera? -preguntó Pau sintiendo un inmenso miedo en su pecho de pronto.
-Sí. Aquella respuesta acrecentó su miedo.

Pensaba en Horacio, se preguntaba hasta qué punto aquello era obra suya. ¿Habría sido él quien la había contratado? ¿Lo habría hecho para que Fabia consolara a la niña cuando hubiera conseguido echarla?

-No necesito que ninguna niñera me ayude -contestó comenzando a tartamudear-. Ya... ya viste lo... lo que pasó cuando... cuando contrataste a una ni... niñera la última vez. Secuestraron... a Male del... delante de sus narices.
-¿Por qué estás tartamudeando? «Porque estoy asustada», pensó Pau. -Pedro, por favor... ¡No me hagas esto! ¡No reduzcas mi importancia como madre! ¡No necesito a Fabia! ¡No... estaré aquí... tanto tiempo como para... necesitarla!
-¡Dios! -respiró él con los ojos de pronto oscurecidos de asombro-. ¡Estás aterrorizada! ¿No es eso?
-¡Déjame... que me quede aquí... tranquila en esta suite hasta... que nos... mandes de vuelta a Argentina... por... favor!
-¿Pero de qué estás asustada? -preguntó ignorando su súplica-. ¿Es que crees que por el hecho de que los secuestradores sean uruguayos no voy a ser capaz de protegerte aquí? -preguntó alargando un brazo para darle confianza-. Pues te equivocas, ¿sabes? Este lugar está construido como una fortaleza. No se mueve nada ahí fuera sin que nuestras cámaras electrónicas lo capten.

-Pedro.. -susurró dando un paso hacia él y poniendo una mano sobre su pecho. No era un gesto para hacerlo claudicar, no estaba intentando utilizar sus poderes femeninos para conseguir que él hiciera lo que quería. Sencillamente estaba demasiado nerviosa como para darse cuenta de lo que hacía-. Escúchame... Ni yo quiero estar aquí ni tú quieres que ninguna de las dos estemos aquí. Si crees que te va a ser imposible protegernos en Argentina cambiaré de nombre... Me cambiaré de identidad si es necesario. Llévanos a Argentina y te juro que desapareceré de tu vida de inmediato. Nunca más volveremos a molestarte.

-Tú... quieres mucho a la niña, ¿verdad?
-¡Es mi vida!
-¿Y a su padre? ¿Lo amabas con la misma fuerza?
Aquello era ya demasiado, pensó Pau. Cerró los ojos intentando contener la angustia y deseando poder apoyar la cabeza contra aquel amplio pecho.
-Sí -respiró.
Él se alejó de ella un paso volviéndose hacia la ventana y dejándola a ella temblando con los brazos aún en alto.
-¿Y él te amaba a ti?
-Creo que sí.
-¿Y entonces por qué nunca hizo nada por estar con las dos?
-Porque él nunca pudo estar seguro de ser el padre de mi hija y su orgullo le impedía aceptar al bebé de otro hombre.
-¿Entonces podría ser mía?
«¡OH, no! No me hagas esa pregunta ahora. Ahora no me atrevo a contestarla con sinceridad», pensó Pau. En lugar de responder dijo casi en un murmullo:
-Pedro, necesito salir de aquí. No puedo soportar este lugar, nunca pude soportarlo. -¿Eras tan infeliz?
-Sí. ¿Cómo no iba a serlo, si él no estaba nunca con ella?
Se dejó caer sobre el sofá deseando que aquella conversación entre ellos dos nunca hubiera comenzado. Él no respondió. El silencio lo llenó todo.
-No puedes marcharte.
-¿Qué significa eso exactamente?
-Simplemente eso, que no puedes marcharte. El riesgo es demasiado grande. Puedo garantizar tu seguridad aquí, pero no en Argentina.
Tienen que quedarse aquí las dos. -No, no quiero quedarme.
-No tienes alternativa, no te estoy dando a elegir.
-¡El hecho de que no quieras divorciarte de mí no significa que seas mi dueño, Pedro! -gritó Pau poniéndose en pie-. ¡Yo decidiré qué hacer!
¡Prefiero aceptar el riesgo y marcharme a Argentina que volver a vivir otra vez bajo este techo!
-¡Hablas como si hubieras sido tú la que fuiste traicionada!
-¡No me volverás a hacer pasar por la misma situación una segunda vez!
-Quizá merezcas ser infeliz.
-Pero mi hija no. Ella es inocente. Si castigas a la madre, castigarás a la hija. ¿Es que vas a ser capaz de ser así de cruel? ¿Tan sediento de venganza estás?
-No busco la venganza. Es sólo un problema táctico, no soy yo el que decide. Esta casa es fácil de vigilar. Por eso de ahora en adelante vivirás aquí. ¿Comprendes?

Comprendía perfectamente. El amo y señor había hablado, y ése era el fin de la discusión.
-Pero no tengo por qué cenar contigo, antes prefiero morir de hambre -respondió desafiante sentándose en el sofá y dándole a entender que al menos en ese punto no se iba a rendir.
-Eso es infantil. Cierto, pensó Pau. Pero no estaba dispuesta de ningún modo a sentarse a la mesa con Horacio Alfonso.
-Estoy cansada. No tengo ganas de vestirme y fingir que soy feliz contigo y con tu padre en la mesa. ¿Es que no puedes concederme eso siquiera?
Él suspiró dejando escapar parte de su rabia. Y después, para su sorpresa, cedió.
-Necesito hablar con Fabia antes de marcharme. Luego mandaré que te traigan algo. Y diciendo eso, se alejó hacia el dormitorio.
Pau sintió una extraña y frustrante sensación de abandono, aunque no sabía por qué. Ni quería saberlo.

Hola volvi? que tengan una linda noche y comenten mucho :)

martes, 12 de noviembre de 2013

Capítulo 13 - Lazos de Amor

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Era como ser testigo de la unión más espiritual que la vida puede ofrecer. Y nadie que lo viera podía dejar de conmoverse.

Ni Horacio, que bajó la cabeza sacudiéndola como si aquello le doliera, ni la mujer de pelo oscuro que estaba callada en un rincón, cuyos ojos se llenaron de lágrimas, ni Pedro, que tuvo que cerrar los ojos para que no se le rompiera el corazón.

El tiempo fue pasando y nadie se movió. Por fin la niña levantó ligeramente la cabeza con el ceño fruncido y miró a su madre con una expresión de condena.

-No gustan aviones.

Entonces le fallaron las piernas, sin previo aviso. Era como si la voz de su hija hubiera funcionado como un resorte que rompiera el control que había estado ejercitando sobre sí misma y simplemente se desmoronara.

Alfredo lo vio y levantó un brazo instintivamente hacia ellas haciendo un gesto de aviso. Pedro abandonó su postura de estatua junto a la puerta y se abalanzó hacia ellas de modo que en lugar de caer al suelo su pequeño y delgado cuerpo se apoyó en el de él y los tres quedaron abrazados mientras la tensión llegaba a un punto culminante en su rostro.

La niña elevó la vista hacia su madre y miró por primera vez en su vida las líneas duras del rostro de su padre. El luminoso azul se encontró con el dorado. Y mientras Pau libraba una batalla interior a su lado tuvo lugar una comunicación entre padre e hija que hizo reír sofocadamente a Horacio y apretar los dientes a Pedro tras sus labios tensos.

Porque aquella niña era sin ninguna duda de Pau. Tenía su suave y dorado cabello, sus deliciosos labios, su piel delicada y pálida y sus enormes y preciosos ojos.

No había en ella ni rastro de origen uruguayo, ni siquiera una sola señal del argentino de cabello oscuro con el que Pau lo había engañado. La niña parecía un ángel, cuando lo cierto era que su aspecto hubiera debido ser el de un diablo.
Su primer impulso fue el de soltarlas a ambas.

-¡Sujeta a la niña, deprisa! -dijo Pedro en un intento por liberarse de la violenta emoción que lo dominaba.

Sus sentimientos debieron de reflejarse claramente en la expresión de su rostro, porque la niña torció la boca y abrió mucho los ojos asustada y llena de lágrimas.

-¡Más hombres malos! ¡Quédate conmigo, mamá! ¡No más hombres malos, mamá! -lloró abrazándola-. ¡Abuelo!
¿Abuelo?, Recapacitó Pau abriendo de pronto los ojos.
-¿Qué diablos...? -murmuró Pedro, poniéndose tenso tras ella.
-Necesitaba confianza -se defendió Horacio-. Se la di del unico modo que se me ocurrió.

Era un mentiroso, pensó Pau acusándolo con la expresión de sus ojos. En un brote de ira repentino se soltó de Pedro y abrazó a su hija protectoramente mientras miraba a ambos hombres reflejando en sus ojos la condena.

-Son mala gente -susurró tensa.

Luego se dio la vuelta y salió por el balcón hasta la terraza a tomar el aire. -

¡Paula! -gritó Pedro con voz autoritaria haciéndola parar en medio de la terraza y agarrándola del brazo-. ¿Adónde diablos crees que vas?
-Déjame que me marche -susurró.
-¡No seas estúpida!
-¡Pero ya lo has visto, Pedro! -dijo volviéndose para mirarlo-. ¡Fue él quien lo hizo! Él fue quien lo planeó todo por razones puramente egoístas. Y...
-¡Cállate! Te avisé que no volvieras a repetir esas acusaciones.

Él no se daba cuenta, pensó Pau desesperada. Nunca vería a su padre tal y como era. El tono fuerte de su voz hizo que Male levantara la cabeza y lo mirara volviendo de nuevo a gritar asustada.

-¡Hombre malo otra vez!
-¡Pedro! -lo regañó Horacio inesperadamente-. ¡Estás asustando a la pequeña, Male seguía llorando mientras Pau permanecía en pie temblando de rabia ante la sola idea de que su niña, de que cualquier niña, tuviera que experimentar la maldad humana.
-Mi padre tiene razón, estamos asustando a la niña -dijo apretándole el brazo-. Vuelve adentro. Todos estamos nerviosos. Ven...

Su mano la urgía a entrar. Renuente, lo hizo al fin dándose cuenta que por el momento no tenía elección. Ambos tenían razón; estaban asustando a la niña. Male ya había sufrido bastante, no necesitaba que la actitud hostil de su madre la confundiera aún más.

Pero al llegar a donde estaba Horacio, sentado tenso sobre su silla de ruedas, paró un momento y lo miró expresándole con los ojos que lo sabía todo. Aquello ojos de cazador la miraron y luego se suavizaron para mirar a la niña y sonreír. La niña respondió de inmediato a su sonrisa.

-¡Abuelo! -exclamó afectuosa haciendo que Pau casi volviera a perder el control.
El tono de voz era tan cariñoso que le afectó incluso a Pedro, quien seguía agarrándola y urgiéndola para que entrara.
-Eres un idiota, Pedro, siempre lo has sido en lo que concierne a tu padre.
-Siéntate -respondió Pedro autoritario ignorando el comentario y empujándola para que se sentara en una silla-. Ésta es Fabia -Pau la miró.

 Sonreía nerviosa. No era mucho mayor que ella, pero sus ojos y su cabello oscuro eran típicamente uruguayos-. Fabia está aquí para atenderte. Comenzará por subir tu equipaje. Te sugiero que intentes tranquilizarte y tranquilizar a la niña. ¿Padre...? -añadió volviéndose hacia Horacio-. Necesitamos hablar.

Para sorpresa de Pau un Horacio renovado, obediente y sumiso, se retiró accionando los mandos eléctricos de su silla. Entonces se hizo el silencio. Male levantó el rostro del pecho de su madre.
-¿Hombre malo ido?
Pau se recostó sobre el respaldo de la silla y la acarició.
-No es un hombre malo, Male, es sólo... Pau se interrumpió. Iba a decir «un hombre confuso». Sin embargo no terminó la frase, se quedó atónita.

Pedro nunca en su vida había estado confuso. Para él las cosas eran blancas o negras. La confusión residía en aquellas zonas grises que él simplemente no reconocía.

Y esa era la razón por la que su matrimonio había sido tan difícil. Porque Horacio, conociendo a su hijo, había nublado cuidadosamente todo lo relacionado con ella creando zonas grises en las que reinaba la confusión y la falta de entendimiento. Igual que estaba haciéndolo en ese momento, pensó.

Hubiera deseado saber qué quería el anciano en esa ocasión. Sabía por instinto que quería algo. ¿Pero qué? Se preguntó. ¿A su hija, quizá? Sin embargo nunca podría quedarse con Male sin hacerle a Pedro creer que él era su padre.

Y entonces tendría que hacerle dudar que ella fuera una adúltera y toda la verdad saldría a la luz. ¿Se atrevería Horacio a arriesgarse a que se supiera la verdad?, Se preguntó. ¿Se atrevería a arriesgarse a que su hijo descubriera lo que había hecho? ¿O tendría otro plan? ¿Intentaría convencerlo, de que Male era su hija sólo por pura casualidad y no debido a su fidelidad?, Se preguntó.

En ese caso Pedro reclamaría a la hija y rechazaría a la madre. Aquel pensamiento la hizo temblar. Temblaba de miedo, sabía lo que significaba enfrentarse a Horacio. Blanco y negro.

Para Pedro todo era blanco o negro. Y Horacio tenía un punto a su favor: ella era incapaz de demostrar que nunca había tenido un amante.
-¿Señora? -dijo Fabia, de pie a su lado-. La pequeña. Por fin duerme tranquila cuando la abraza su madre.
Estaba dormida.

Pau miró para abajo sorprendida al descubrir lo rápidamente que se había dormido Male. Al fin respiraba serena, a salvo con su madre. Las lágrimas invadieron sus ojos, lágrimas de amor y de miedo a una pérdida.

-No llore, señora... Ahora está a salvo. El señor Pedro se ha ocupado de ponerla a salvo, no tiene que preocuparse ya más.

Sí, era cierto, por fin estaba a salvo. Pero a pesar de todo sospechaba que, en lugar de acabarse, sus preocupaciones no habían hecho más que comenzar. Horacio quería a su nieta y no quería a su madre.

Había sido muy inteligente al llevárselas a ambas a Uruguay con las bendiciones de Pedro. ¿Acaso su siguiente movimiento consistiría en hacer que ella se marchara mientras Male se quedaba?, Se preguntó.

Desde el momento en que entró en el dormitorio Pau supo que aquellas pisadas eran de Pedro. Cómo, no lo hubiera podido decir. Tres años antes él era su unico aliado en una casa llena de enemigos.

Ni siquiera el servicio la había tratado con el debido respeto. Y, para ser sinceros, lo cierto era que ella no había sabido enfrentarse al problema. Se había sentido intimidada, pero eso ya había pasado. En algún momento durante ese tiempo había madurado. Como con Fabia, por ejemplo.

Fuera por su manera de comportarse decidida o porque ella era nueva al servicio de los Alfonso lo cierto era que Fabia hacía lo indecible para que ella se sintiera cómoda. No dejaba que nadie entrara en la habitación y siempre iba a abrir la puerta.

-Toda la casa entera ha estado esperando noticias sobre su hija, señora Alfonso. Ahora que está a salvo todos estan felices. Pero no se preocupe, usted quédese tranquila con la niña, yo me ocuparé de todo.

Y para su propia sorpresa, Pau había comenzado a sentirse cómoda.Cuando Male se despertó sintiéndose hambrienta fue Fabia la que la ayudó a calmarla y cuidarla y cuando, como todos los niños, Male, pletórica de energía, quiso jugar sin descanso fue también Fabia quien las acompañó a la playa.


Hola aca lo prometido, cuando comenten como anonimo pongan su nombre de tw. Gracias :) Que tengan una linda noche y nos leemos pronto!