La casa había vuelto a su rutina habitual. La señora Carmen, el ama de llaves, se apresuraba de un lado para otro mientras su marido, que trabajaba de jardinero, se ocupaba de la nueva zona de juegos que Pau y él habían proyectado al fondo del jardín. Pau sintió que su corazón se le encogía cuando, desde la ventana de su dormitorio, lo vio apisonar rítmicamente el pedazo de tierra en el que iban a colocar un columpio.
Y sin embargo, al mismo tiempo, verlo continuar con sus planes sin perder la esperanza de que Male volviera también la reconfortaba.
Cuando por fin bajó las escaleras para dirigirse hacia el comedor, encontró a Pedro de pie observando trabajar al señor por la ventana. Era junio y el sol se ponía tarde, así que podía seguir haciéndolo hasta las diez si le apetecía.
Aquel atardecer el jardín estaba bañado en una luz de color coral que lo teñía todo, incluido Pedro.
Algo se conmocionó en su interior, algo largamente reprimido. El dolor de una mujer por el hombre al que amaba. Por un momento, no pudo moverse ni hablar, no pudo ni siquiera hacerle saber que estaba delante.
De pronto era a otro hombre a quien veía, otro hombre de otro tiempo que también solía mirar así por la ventana. Un hombre al que ella se habría acercado corriendo, al que se habría agarrado y sobre el que se habría apoyado mientras le contaba los planes para el jardín, para su hija.
¿Cómo habría reaccionado Pedro si las cosas no hubieran sido tal y como eran entre ellos y ella hubiera tenido libertad para ir a contarle lo que estaba haciendo el señor Jose?, Se preguntó. ¿Le habría gustado saberlo? ¿Le habría interesado? ¿Habría querido unirse a ellos y proyectar también la primera zona de juegos del jardín para su hija?
Sus ojos se llenaron de lágrimas que hicieron borrosa la silueta de Pedro, igual que si estuviera viéndolo a través de un cristal en medio de la lluvia.
Lluvia, recordó Pau.
La primera vez que conoció a Pedro estaba lloviendo. No era una lluvia fina de verano como se podía esperar por la época del año, sino un verdadero chaparrón bajo el cual la gente corría y se apresuraba.
Ella era una simple ayudante en un centro de jardinería de Buenos Aires por aquel entonces.
Tenía veintiún años y era tan tímida que se ponía colorada sólo conque un extraño le sonriera. Por eso prefería siempre trabajar con plantas que enfrentarse a los clientes. Sin embargo la empresa de jardinería había inaugurado un
servicio para cuidar y sustituir las plantas de los grandes bloques de oficinas de la ciudad. Y a ella la habían encargado ocuparse de parte de ese trabajo.
Le había costado todo el coraje del que disponía entrar en los jardines de los edificios de la lista que le habían asignado.
Toda aquella timidez provenía de la infancia solitaria que había vivido con su padre, viudo y mayor, que se había retirado prematuramente de la enseñanza al morir su mujer y dejarle a cargo de su única hija. Entonces se trasladaron desde las tranquilas afueras de Buenos Aires.
Tenía trece años cuando él, de pronto, murió de un ataque al corazón mientras daba un paseo por su adorado páramo. Pau lo intuyó cuando vio volver solo al perro, Sammie.
Después de aquello, la mandaron a un colegio interna para terminar su educación, colegio que fue pagado con la herencia de su padre. Pero para entonces la timidez formaba parte ya de su carácter.
Le costaba mucho tratar con el resto de las chicas del colegio. A duras penas aprendió a comunicarse con otras personas de su entorno, y nunca consiguió hacer verdaderos amigos. Se pasaba la mayor parte del tiempo libre vagabundeando por el jardín, lo cual fue posiblemente la causa que le llevó a interesarse por las plantas. También ayudó, desde luego, el hecho de que el jardinero del colegio fuera un hombre callado y amable. Le recordaba mucho a su padre, se sentía a gusto con él.
Gracias a él descubrió que tenía buena mano para las plantas. Era una habilidad especial para hacer que todo creciera. Ya estaba decidida a asistir a un colegio para estudiar jardinería después de acabar la escuela cuando ocurrió otro desastre en su vida.
Justo antes de los exámenes finales tuvo un ataque de fiebres glandulares que le impidieron presentarse. Padeció aquel virus durante todo un año, y cuando por fin se recuperó los fondos que había dejado su padre se habían acabado. No podía presentarse a los exámenes de nuevo ni intentar asistir a escuela alguna, tenía que encontrar un trabajo.
Por esa razón aquel día en particular, cuando conoció a Pedro, estaba en una calle de Buenos Aires. Se tropezaron cuando ella se dirigía de nuevo al centro de jardinería después de visitar un jardín de un edificio de la lista. Él salía en ese momento de un coche negro.
Era la hora de comer. Acababa de comenzar a llover con bastante fuerza y la gente corría a refugiarse. Pau se apresuraba por la acera con la cabeza agachada justo cuando paró un coche negro. La puerta se abrió y un hombre salió de él chocando con ella y casi tirándola.
-Lo siento -dijo el hombre.
Eso fue todo. Él se mezcló con los peatones y entró en un edificio. Y ahí debería de haber terminado todo.
A veces, cuando volvía a rememorar aquel encuentro, se sorprendía a sí misma deseando que hubiera sido así. Su vida hubiera sido por completo distinta. Sin embargo en otros momentos pensaba que aquel encuentro no le había procurado más que bendiciones. Si no hubiera sido por él nunca habría sabido que era capaz de amar con la profundidad con que había aprendido a amarlo a él.
Había sido siempre tan tímida que no se había atrevido a vivir grandes emociones. Nunca habría conocido su capacidad para experimentar la pasión, ni cómo esa pasión podía hacerle superar la timidez en los momentos en que él compartía ese fuego con ella. Y sobre todo no habría conocido el amor más grande de todos, el amor que siente una madre por su hija.
De modo que no. A pesar de todo lo que hubiera ocurrido después no lamentaba que aquel primer encuentro con Pedro no hubiera sido el último. Sin embargo convivir con una persona como él le había hecho sentirse como una paloma devorada por un águila.
Aquel día a él se le cayó la cartera en medio de la lluvia. El había continuado su camino sin saberlo y ella, de pie en medio de la calle con el pelo chorreando, se había parado para ver qué era lo que había a sus pies. Se inclinó, lo recogió, y miró a su alrededor sin saber muy bien qué hacer. Él había desaparecido dentro del edificio, así que no tuvo más remedio que seguirlo.
El resto era historia: entró en el edificio y lo encontró enseguida, de pie en el vestíbulo rodeado de hombres. Se acercó a él tímidamente.
-Disculpe... -dijo tocando ligeramente su brazo.
Él se dio la vuelta y miró para abajo hacia ella. Aún podía recordar lo que sintió. Sus ojos dorados la hicieron temblar extrañamente en su interior.
La camisa verde clara con el logo de la empresa de jardinería para la que trabajaba estaba mojada. También lo estaba su pelo, recogido a la espalda en una coleta. Eso por no hablar de sus vaqueros, o incluso de su cara. La miró
sin apartar la vista de su rostro y contestó:
-¿Sí?
-Creo... creo que se le ha caído esto... antes, cuando se ha tropezado usted conmigo -dijo nerviosa tendién¬dole la cartera-. ¿Le importaría comprobar si es suya?
Por un acto reflejo, él dio una palmada en el bolsillo para palpar si estaba ahí su cartera, pero sin apartar ni por un momento los ojos de ella. Pau seguía con la mano tendida, mano que él ignoraba en silencio.
Él, al contrario que ella, era alto. Apenas le llegaba a la barbilla así que tenía que levantar la cara para mirarlo. También estaba mojado, pero poco. Las gotas de agua caían por su traje de seda sin penetrar en la tela y tenía el pelo tan negro que le recordaba a la oscuridad de la noche.
En ese momento, ella no supo que Pedro Alfonso estaba ahí de pie, parado y en silencio, porque se sentía de pronto completamente enamorado. Se lo confesó semanas más tarde, cuando tuvieron éxito por fin sus planes para vencer su timidez, en una noche en la que ella yacía en sus brazos en una cama con sábanas de lino y sus cuerpos desnudos se unían mientras él la acariciaba el pelo. Ella aún se mostraba tímida, a pesar de que él le acababa de llevar a hacer el viaje más íntimo que ningún hombre puede llevar jamás a hacer a ninguna mujer.
Una semana más tarde, se casaron. Fue entonces cuando conoció a Hernan por primera vez, cuando él se presentó para ser testigo de la boda. Aún recordaba la extraña forma en que él la miró, como si no pudiera creer que Pedro hubiera escogido a esa mujer para casarse. Y la conversación que ambos hombres mantuvieron entonces, antes de entrar a celebrar la ceremonia, lo confirmó.
-¿A qué diablos estás jugando, Pedro? -murmuró Hernan-. Esa chica no parece capaz de manejarte, así que no digamos a un suegro tan hostil como tu padre.
¿Hostil?, Se preguntó Pau. Ya entonces comenzó a ponerse nerviosa, incluso a asustarse. Pero en ese momento Pedro sonrió. Aún recordaba esa sonrisa y el calor que le procuraba.
-Sabe cómo tratarme -contestó él en un susurro-. Es exactamente lo opuesto a mí en todas las cosas importantes. Con ella me siento completo. Sabrá manejar a mi padre, ya lo verás.
Pero se equivocó. Nunca había sabido manejar a su padre. De hecho se había sentido aterrorizada ante él desde el primer momento en que lo conoció. Era un hombre escurridizo, egoísta, sediento de poder y astuto, un hombre que la veía a ella como un obstáculo para sus planes con respecto a su hijo. Pero además era muy inteligente. Lo suficiente como para ocultarle siempre a Pedro el odio que sentía por su esposa por interferir en sus proyectos.
Horacio Alfonso le había expuesto a su hijo claramente al principio su disgusto por la elección de esposa que había hecho. Había mostrado su enfado y su amargo escepticismo ante los argentinos en general y ante ella en particular.
No creía que Pau tuviera la habilidad necesaria para llevar el tipo de vida que ellos llevaban. Pero cuando chocó con la determinación de su hijo por llevar la vida que había elegido por sí mismo, él dio un paso atrás. Desde entonces observaba, planeaba y esperaba el momento oportuno de intervenir.
Adivinó enseguida la timidez de Pau y la usó en su contra, forzándola a pasar por situaciones en las cuales ella se sentía por completo perdida. Sabía que el poder y el dinero de los Alfonso la intimidaba, sabía que ella sólo se sentía
cómoda cuando Pedro estaba a su lado, así que lo arregló todo para que él tuviera que salir constantemente de viaje.
Y luego se ofreció a sí mismo como escolta de ella, escondiendo su hostilidad cuando su hijo estaba presente y mostrándose deseoso de ayudarla a comportarse como se esperaba que lo hiciera la esposa de un Alfonso. Mientras tanto Pedro se ocupaba de asuntos más importantes, del imperio Alfonso.
En consecuencia ella tuvo que pasar el primer año de casada adaptándose al mundo de la alta sociedad, rodeada de gente fria y sofisticada ansiosa por seguir los pasos de Horacio Alfonso y burlarse de ella siempre que pudiera.
Intentó contárselo todo a Pedro en un par de ocasiones, pero él se mostró ofendido, de modo que ella se sintió más sola aún y más aislada.
Y aquello comenzó a crear tensión en su matrimonio. Cuando Pedro volvía a casa, Horacio se mostraba encantador con ella, lo cual la hacía sentirse molesta, cosa que su marido no comprendía. Cuando salían juntos, la gente que
antes la había ridiculizado se mostraba amable con ella, pero ella se mostraba suspicaz. Y Pedro pensaba mal de ella.
Fue entonces cuando un hombre, Facundo, comenzó a mostrarse muy atento con ella. Cada vez que salía con Horacio aparecía él, se sentaba a su lado, bailaba con ella y trataba de monopolizar su atención. Si Pedro volvía, él desaparecía. Y sin embargo, a pesar de todo. Pedro oyó hablar de él.
-¿Quién es ese caballero del que he oído que te estás haciendo amiga? -preguntó una noche cuando ya estaban listos para irse a la cama.
Lean el que sigue :)
No hay comentarios:
Publicar un comentario