Asi fue. Pau se sintió atrapada. Atrapada por el deseo. Atrapada por su propio cuerpo, que respondería siempre al más mínimo contacto del
hombre que había hecho que volviera a despertar al placer.
Y le había hecho sentir verdadero placer. Noche tras noche, se devoraron el uno al otro hambrientos. Pero cuando despertaba él nunca
estaba a su lado, y aquello también la hacía sentirse atrapada, atrapada en el sentimiento de la decepción y de la impotencia, porque no
podía hacer nada para cambiarlo. Tenía que jugar al juego de la dulce esposa y el vengativo conquistador.
Atrapada por su decisión de aparentar ser el amo de la casa obligándola a dormir con él y a cenar con él y con su padre en el salón, atrapada
aparentando ser amable con Horacio, que se burlaba de ella con comentarios de doble sentido a los que no podía responder.
Y atrapada por su hija, quien adoraba ese lugar y, lo que era aún peor, adoraba a Horacio. Una hija a la que Pedro evitaba. Estaban juntos en
escasas ocasiones, y entonces la trataba con amabilidad pero con frialdad yprecaución. Pau sentía que se le rompía el corazón al ver la
actitud de los dos.
Y luego estaba ese odioso y extraño sentimiento que la embargaba cuando Pedro, dos veces por semana, se marchaba a Chile y no volvía
hasta la noche. Ésas eran las unicas noches en que no la tocaba. Y aquello también la hacía sentirse atrapada porque quería que la
tocara. Quería que al volver de estar con su amante aún tuviera deseos de estar con ella, aún necesitara besarla, tocar su cuerpo...
No sabía cuánto tiempo más iba a poder aguantar aquella situación. No sabía si podría seguir soportando el hecho de no poder hablar de su
amante por culpa de las mentiras de Horacio, que le habían robado su derecho a exigirle fidelidad.
Y entonces fue cuando estalló la crisis. Pau supuso que tenía relación con el hecho de que en su interior aumentaba insoportablemente la
tensión. Había pasado un mes entero y Pedro no se había ido de viaje ni una sola vez. Trabajaba en el despacho de la villa y pasaba en ella
casi todo el tiempo.
Al terminar de cenar la acompañaba a la habitación donde tenía lugar una noche de pasión o bien se iba con su amante dejándola sola
en la cama. Entonces, Pau tuvo el periodo y él añadió otro insulto más a la situación marchándose a Chile y desapareciendo durante cinco
días.
Al menos no estaba embarazada, reflexionó. Pero aquello no la ayudaba. Su tensión seguía en aumento hasta que él volvió a aparecer una
noche e intentó volver a tocarla.
-Quita tus manos de encima -dijo mientras luchaba por apartarse-. Si estás tan desesperado por el sexo, vete con tu supuesta amante. ¡Yo
no te quiero!
-¿Mi qué? ¿Has dicho mi supuesta amante?
-Sabes perfectamente lo que he dicho. Y también sabes a qué me refiero.
-¿Lo sé? Esto es muy interesante -murmuró agarrándola para que no escapara-. ¿Y tiene un nombre mi supuesta amante? -Pau lo miró
negándose a contestar. Luego levantó el puño para pegarle pero él la detuvo-. Puedo obligarte a decírmelo. Sabes que puedo.
-Puedes quemarte en el infierno, Pedro Alfonso.
-Preferiría quemarme dentro de ti
-O de ella. Todo depende de en qué día de la semana caiga.
-Ah, ya veo -abrió los ojos sorprendido-. Has estado atando cabos y has llegado a la conclusión errónea. Es una forma muy argentina de
sacar las cosas de quicio, ¿no crees?
-Zaira. La mujer a la que todos en esta casa saben que vas a visitar dos veces por semana. ¡Y ahora apártate de mí! -exclamó intentando
empujarlo-. ¡Si la quieres a ella tómala, pero no me tendrás a mí al mismo tiempo!
-¿No? -preguntó él de pronto borrando la sonrisa de su rostro-. Tú lo hiciste. Me traicionaste. ¿Por qué no iba a hacerlo yo?
Pau cerró los ojos con un sentimiento de agonía y de impotencia.
-No voy a poder seguir así mucho tiempo -susurró.
-Sí, podrás. Y lo harás. Lo harás hasta que yo lo diga. Así que relájate y piensa en Argentina sí eso te calma. ¡Pero cuando yo te desee, te
tendré, y no te doy elección!
No había opción. La tomó. Pero la tomó con tan devastadora sensualidad, que Pau no pudo pensar en Argentina ni en nada.
Más tarde, mucho más tarde, cuando supuso que ella estaría dormida, Pedro se levantó, se puso la bata y salió a la terraza. Luego, Pau vio
una pequeña luz a través de los visillos y comprendió que él había salido a fumar. Estuvo fuera mucho tiempo, y ella no pudo evitar
preguntarse en qué estaría pensando cuando necesitaba estar solo tanto tiempo.
¿Estaba otra vez odiándose a sí mismo por hacerle el amor cuando la despreciaba?, Se preguntó. ¿Hacía aquello cada noche cuando pensaba
que ella estaba durmiendo? ¿Salía a despreciarse a sí mismo en privado? Y además, se preguntó, ¿era ese mismo odio lo que le llevaba a
estar con aquella otra mujer? ¿La quería para consolarlo quizá?
«Por supuesto que lo he intentado». Ésas habían sido sus palabras. Cerró los ojos y trató de evadirse del dolor que la invadía.
Cuando volvió a abrirlos, él se deslizaba de nuevo en el dormitorio. Lo observó entrar en el baño y oyó el correr del agua. Estaría lavándose
del contacto con su adúltera mujer, pensó. Luego volvió al dormitorio y se deslizó dentro de la cama a su lado boca arriba con un brazo bajo
la cabeza. Entre ellos quedaba un enorme espacio, un vacío insalvable.
Y el silencio. El silencio era una tortura.
El grito que sonó entonces los alarmó a ambos.
-¡Dios! ¡Es Male! -exclamó ella.
Se levantó antes de que Pedro tuviera tiempo ni de reaccionar. Alcanzó la bata y corrió. Cuando sonó el siguiente grito, ella ya no estaba en
el dormitorio. Los gritos asustados de Male invadían el pasillo. Se apresuró a su dormitorio con las piernas temblorosas. Al entrar vio a Fabia
de pie en bata con la niña en sus brazos. Sus gritos le helaban la sangre.
-¿Qué ha ocurrido?
En unos segundos estuvo a su lado. La abrazó y la estrechó fuertemente mientras murmuraba esas dulces palabras que sólo las madres
saben decir. La niña dejó de gritar, sólo lloraba.
-Vino hombre malo. Hombre malo me quería llevar.
Pau se puso pálida. Miró a Fabia, tan pálida como ella, que murmuró:
-Pesadillas. Ha tenido antes, a veces.
-¿Quieres decir que ha ocurrido esto antes y no me lo habías dicho?
-No tanto como hoy -se defendió Fabia mirando hacia la puerta, en cuyo umbral apareció Pedro.
Ver aquello fue ya demasiado. Los gestos lo decían todo.
-Fuera -gritó Pau.
Cualquiera que hubiera estado presente el día en que Pedro despejó el salón en Argentina nada más llegar habría recordado esa escena
entonces, porque el tono de voz fue muy similar. Fabia salió corriendo de la habitación, y Pau le dio la espalda a Pedro para evitar
enfurecerse más.
-Shsh, cariño, calla. Mamá está aquí contigo.
-¡Pau!
-¡Ahora no! -contestó ella alargando la mano hasta la cuna para recoger el osito de peluche y dárselo a la niña.
Entonces se hizo el silencio. Pedro luchó consigo mismo. Finalmente lo oyó marcharse.
Cuando Male volvió a quedarse dormida, Pau no la metió en la cuna sino que se sentó y dejó que la niña se tumbara sobre ella. Y estuvo así
durante horas, aunque no supo cuánto.
Cuando por fin Pedro volvió, ella lo ignoró. Él se quedó de pie al lado de la ventana y Pau comprendió que ese gesto mostraba su lucha
interior. Llevaba puesto un albornoz y tenía las manos metidas en los bolsillos.
-Fui yo quien le dijo a Fabia que no nos interrumpiera por las noches cuando ya nos habíamos retirado porque quería sentir que nuestras
noches me pertenecían. Fabia está muy preocupada, tiene miedo de que la eches si no te explico que fui yo.
-Yo no tengo poder para echar a Fabia.
-Pero ella no lo sabe. Le tiene verdadero afecto a la niña, Pau. Sería un error castigarla a ella por algo que he hecho yo.
-No tengo intención de castigar a nadie.
-Entonces pon a la niña en la cuna y déjale a Fabia que vuelva a su cama.
-¿Para que así pueda yo volver a la tuya?
-Ahora está durmiendo tranquila. No creo que vuelva a pasarle lo mismo -contestó él ignorando su pregunta.
-Pero si ocurre, yo no me voy a enterar, ¿no es así? Me quedaré aquí si no te importa. Fabia puede buscarse otra cama.
-Pero sí me importa.
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