sábado, 31 de agosto de 2013

Capítulo 28- Aprendiendo a Amar - FINAL

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¡VAYA día! Pedro abandonó la autopista, se aflojó la corbata y bajó las ventanillas para sentir el aire fresco del campo. Era un día maravilloso.

Las dos de la tarde y ya se había marchado de la oficina deseoso de volver a casa.
Últimamente había adquirido la costumbre de irse pronto a casa y Sofia ya le hacía bromas al respecto. Aunque a él no le importaba lo más mínimo, llevaba ya dos años aprovechando el tiempo para vivir y disfrutar de cosas en las que jamás habría pensado que encontraría tanta diversión. Claro que hacía poco más de dos años desde el día que había conocido a Pau y le había cambiado la vida.

Miró al reloj del salpicadero. Estupendo, llegaba justo a tiempo para ver a la pequeña Ainara antes de la siesta.

Las encontró en el jardín, disfrutando del sol. La pequeña correteaba a su alrededor, hasta que lo vio y fue a su encuentro. Él la levantó del suelo y besó aquellos suaves cachetes mientras ella se reía encantada, como hacía siempre al recibirlo.
—Llegas temprano —dijo Pau acercándose a besarlo.
— ¿Cómo iba a quedarme en la oficina sabiendo lo bien que lo están pasando las tres mujeres de mi vida? —preguntó apartándole el pelo de la cara a su niña, que no podía dejar de bostezar—. Es la hora de tu siesta, ¿verdad, señorita?
—Yo la llevaré a la cama —se ofreció Ale, que estaba muy delgada pero fuerte—. A mí también me vendrá bien descansar un poco.
Se llevó a su nieta mientras Pau y Pedro las observaban encantados.
—Es increíble lo bien que está tu madre. Antes jamás habría podido levantar a la niña en brazos.
—Lo sé —dijo Pau—. Los médicos están maravillados. Sé que no está curada ni mucho menos, pero dicen que gracias a su cambio de actitud, las medicinas están haciendo efecto.
— ¿Y tú qué piensas? —preguntó él abrazándola.
—Pues que es un milagro y que ese milagro tiene mucho que ver contigo y con todo lo que has hecho por mi familia.
—Ahora tu familia soy yo, y tú la mía... para siempre. Y doy gracias al cielo por hacerte entrar en mi vida. Te amo, Pau.
—Yo a ti también —respondió ella sin separar los labios de los de él y, antes de que pudieran decir nada más, el beso se fue haciendo más y más intenso.
— ¿Y qué hay de nuestro otro milagro? –dijo Pedro poniéndole la mano en el vientre—. ¿Qué tal está mi hijo?
Pau se echó a reír.
—Estás seguro de que va a ser niño, ¿verdad? No me extrañaría, a juzgar por las patadas que da, creo que va a ser jefe como su padre.
—Espero que no estés burlándote de mí —bromeó mientras le besaba el cuello—. Sabes que te haré pagar por cualquier insubordinación.
— ¿Y cuál sería mi castigo?
Se miraron con los ojos chispeantes de amor y de deseo.
—Una lenta y deliciosa tortura —susurró llevándola hacia la casa

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Y  llego a su final, muchas gracias a todas las que tomaban unos minutos de su tiempo en leer la novela y mas aun a las que dia a dia me brindaban sus comentarios :) Nos leemos el lunes con alguna nueva adaptacion, aun no decido cual subir, espero sorprenderlas. Que tengan un muy lindo finde y comenten que les parecio el final @patty_lovepyp

viernes, 30 de agosto de 2013

Capítulo 27- Aprendiendo a Amar

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Debía de haberlo seguido. ¿Cómo demonios no se le había ocurrido que lo haría? Lo había seguido y ahora estaba muerta. Y su hijo también.
¡Y era culpa suya!
Ella había querido hablar, le había pedido que se quedara y la escuchara. Le había dicho que lo amaba y él le había dado la espalda. ¿Por qué lo habría seguido? ¿Por qué se había empeñado en convencerlo? Ya tenía el bebé, la casa y todo lo que quería...
Claro que quizá todo eso no fuera suficiente. ¿Sería cierto que lo necesitaba? ¿De verdad lo había amado?
Se había estrellado con el coche que él le había regalado, un coche que no sabía manejar. Él le había infligido el mismo destino que habían seguido todos los miembros de su familia. La había empujado a la muerte porque nunca había sido lo bastante valiente de aceptar su amor y enfrentarse a lo que él también sentía.

También él la necesitaba, ella le hacía sentir especial y fuerte. Quería cuidarla...
Porque la amaba.
¡Dios! La amaba y ahora era demasiado tarde.
Nunca había querido amar porque sabía que conllevaba demasiado sufrimiento, pero no se había dado cuenta de que no podía huir del amor negando su existencia, o callando lo que sentía por aquella mujer. Quizá si no se hubiera enamorado de ella, no estaría sintiendo tanto dolor; sin embargo lo que más lo atormentaba en ese momento era no habérselo dicho, no haberle dicho que la amaba.

Al llegar al enorme edificio de hormigón, se dio cuenta de que no quería entrar, quería seguir negando la verdad porque sabía que aquél iba a ser uno de los momentos más duros de su vida. Aunque le esperaba uno aún mayor.
¿Cómo iba a decírselo a Ale?
Recorrió el largo pasillo del hospital sin dejar de repetirse lo injusto que había sido con ella, la prepotencia con que la había tratado incluso al hacerla que se casara con él.
— ¿Señor Alfonso? —le dijo el médico con una mirada llena de preocupación.
—Estaba embarazada —murmuró Pedro ausente—. Iba a ser nuestro primer hijo.
El doctor le dio una palmadita en la espalda y lo condujo hasta la sala donde se encontraba la camilla tapada con una sábana.
El corazón le dio un vuelco al ver el rostro que se escondía bajo la tela. A pesar de los arañazos y las contusiones, seguía siendo bastante bella. Tenía los ojos cerrados, la boca entreabierta. Parecía estar en paz.
Pero no era ella, no era Pau
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HACÍA frío. Dos minutos bajo la lluvia habían bastado para dejarla empapada. En aquel momento no estaba a la intemperie, pero resultaba imposible entrar en calor allí dentro. Estaba tan encogida que le dolían todos los músculos y no tenía la menor idea de la hora que sería o de cuánto tiempo llevaba allí encerrada. Pero lo que más le preocupaba era que nadie la echaría en falta en toda la noche.
¿Cuánto tiempo aguantaría allí? Tenían que encontrarla. Pedro tenía que encontrarla antes de que muriera...
Y de que muriera su bebé.
Se puso la mano en el abdomen, rezando por que el dolor que sentía fuera la presión de la vejiga y no un problema más grave. Siguió acariciándose el vientre como si tratara de calmar a su pequeño. Sólo esperaba aguantar lo suficiente.

La policía había dicho que lo llamarían en cuanto supieran algo, pero debían de estar locos si creían que iba a irse a casa sabiendo que su mujer estaba por ahí sola.
Los agentes le habían preguntado con mucho tacto cómo era posible que unos recién casados estuvieran pasando la noche separados. Pedro les había explicado que habían discutido por un malentendido y al oírselo decir a sí mismo, se había dado cuenta de lo ridículo que parecía en tales circunstancias. Ahora lo único que importaba era que estuviera viva y a salvo.
Estuvo a punto de pasar de largo, pero entre los arbustos distinguió los faros de un coche. Estaba claro que alguien había tratado de esconderlo. Salió del coche con el corazón en un puño, miró a su alrededor por si había alguien... silencio. Hasta que oyó un golpe y luego otro y se dio cuenta de que procedían del maletero del vehículo escondido.
Tenía que ser ella.

— ¿Pau? —gritó pegando la cara a la chapa—. ¿Me oyes?
Aquel grito de alivio era el sonido más bello que había oído en su vida.
Estaba viva.
Examinó el maletero, no parecía tener ningún botón exterior; sin la llave, iba a tener que romperlo. A no ser que... ¡Bingo! Bajo el volante, encontró la palanca para abrir el maletero desde el interior. Sólo unos segundos después tenía a Pau en sus brazos y no podía parar de abrazarla y de besarla. No olía precisamente a albaricoque, pero era una maravilla haberla encontrado sana y salva.
—Me has encontrado —murmuró con lágrimas en los ojos.
—Pensé que te había perdido para siempre. ¿Estás bien? ¿Te han hecho algo?
—Me duele todo el cuerpo, pero estoy bien. Una mujer me robó el coche, tenía una pistola y me obligó a meterme en el maletero.
Tenía una pistola. Pedro prefirió no pensar lo que podría haber pasado por su culpa. La llevó a su coche y, después de informar a la policía, la abrazó una y otra vez.

—Lo siento mucho —dijo ella—. Siento haber ocasionado tanto problema.
—No es culpa tuya. No debería haberme marchado así. Me estabas siguiendo, ¿verdad?
—No podía dejarte marchar pensando lo que pensabas de mí. Tenía que hablar contigo.
—Me equivoqué al pensar todo eso. Me equivoqué.
—Pedro —comenzó a decir llorando—... No estabas del todo equivocado.
—No hace falta que digas nada.
—Tengo que hacerlo. Es cierto que estaba desesperada por tener un hijo, hasta pensé en tener una aventura de una noche con algún desconocido en un bar. Pero la noche del baile ya me había hecho a la idea de que no podría quedarme embarazada y te prometo que no pensé en ello siquiera.
Pedro se puso tenso sin saber si realmente quería escuchar aquello.
—Y no pensé en ello por ti, por lo bien que me hiciste sentir. De pronto nada importaba... Y no me di cuenta de lo que habíamos hecho hasta más tarde. Me asusté mucho y no sabía qué hacer. Sin embargo en cuanto supe que me había quedado embarazada, supe que tenía que decírtelo, eso nunca lo dudé. Sólo siento haber tardado tanto en decírtelo. Por eso te resulté tan difícil de creer.
—Yo hice que fuera tan difícil —aseguró él pasándole la mano por la mejilla—. No quería sentirme cerca de nadie, pero te deseaba demasiado. Si no te creía, me resultaba más sencillo mantenerme alejado de ti. No podía confiar en ti, ni sentir nada por ti. Ahora sé que era una locura. Hasta que no pensé que te había perdido no caí en la cuenta de cuánto significas para mí.
— ¿Significo mucho? —preguntó ella con una sonrisa tierna y llena de esperanza.
Él se acercó un poco más y la besó en los labios.
—Muchísimo. ¿Te he dicho últimamente... -comenzó a decir separándose de ella sólo unos centímetros—... que te amo?
Esa vez fue ella la que se alejó y lo miró con los ojos abiertos de par en par.
—No me lo has dicho nunca.
—Pues ya va siendo hora. Te amo, Pau. Te amo y estoy orgulloso de que seas mi familia, quiero seas mi familia para siempre... si todavía me quieres después de todo lo que te he hecho.
Siguió mirándolo como si tuviera miedo de creer lo que estaba oyendo.
—Pedro... —consiguió decir por fin—. Te quiero tanto. No puedo imaginar estar sin ti. Me has salvado la vida.
—Era lo justo. Tú me has devuelto la mía.
Pau abrió la boca para protestar, pero sus labios se lo impidieron...

Despues de ir a ver al doctor y de que les confirme que solo necesitaba un dia de reposo, buena alimentacion y mimos de su marido volvieron a su casa felices.

Hola hola se asustaron no? perdon pero era necesario, si hay muchos comentarios puede que les suba el final esta noche y sino mañana :) @patty_lovepyp Gracias por leer!

jueves, 29 de agosto de 2013

Capítulo 26- Aprendiendo a Amar

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—Me siento una mujer muy dichosa. Bueno, creo que ahora debo irme a descansar. Si me disculpáis.
—Te acompaño a la habitación —se ofreció Pau deseosa de librarse de la mirada acusadora de Pedro.
—No te preocupes, la enfermera me ayudará. Después de todo, es vuestra noche de bodas.
En cuanto salió de la habitación, Pau se volvió a mirar a su marido.
—Pedro, no es como piensas. Tenemos que hablar.

Sin mirarla siquiera, él pasó a su lado y salió de la habitación, pero Pau fue tras él levantando la enorme falda del vestido. Entraron en la habitación que iba a haber sido la suya, en el centro de la cual había una enorme cama de madera con dosel que se suponía debían compartir los novios en su noche de bodas.
Pero Pedro pasó de largo y fue directo al armario, de donde sacó una bolsa de viaje y comenzó a meter ropa.
— ¿Qué haces? —le preguntó ella.
— ¿A ti qué te parece? Me marcho.
—Pedro, déjame que te explique. No es lo que piensas.
— ¿Ah, no? ¿Acaso no le hiciste una promesa a tu madre?
—Sí, pero eso no significa...
— ¿No dijiste que harías cualquier cosa?
—Pedro, no se trata de eso.
—Prometiste que harías todo lo que pudieras para darle un nieto a tu madre. Cuando se acabó lo tuyo con Facundo, te diste cuenta de que tenías que encontrar rápidamente otra manera de cumplir la promesa. Y entonces me encontraste a mí —atravesó la habitación a grandes zancadas para sacar más cosas de la cómoda—. Ya lo ha dicho tu madre: «afortunadamente, apareciste tú».
—No, Pedro. No fue así. Ya te lo expliqué.
— ¿Sí? Pues parece que te olvidaste de algunos detalles esenciales. Se te olvidó decirme lo desesperada que estabas por tener un hijo... fuera de quien fuera. Aquella noche en el baile, ibas en busca de un donante de semen.

Sus palabras se le clavaron en el alma como un puñal.
—Dios mío —continuó diciendo él—. Cuando pienso que estuve a punto de creerte. Pensé que sólo querías guardar el embarazo en secreto... pero claro, luego te diste cuenta de que podías tenerlo todo. El bebé y una vida de lujo... todo por el trabajo de una sola noche.
Levantó la mirada de la bolsa y se dirigió a ella.
—Puede que seas una hija maravillosa, pero eres una esposa deplorable.
—Pedro, por favor, tienes que escucharme.
— ¿Por qué iba a hacerlo? Llevas mintiéndome desde que te conocí, fingiendo ser algo que no eres, la virgen inocente y tímida, la hija responsable. Pero no es cierto, la realidad es que no eres ni tímida ni responsable. Eres manipuladora y retorcida.
—Yo jamás he fingido ser ninguna de esas cosas, especialmente virgen e inocente. Yo nunca he dicho nada parecido.
—No hacía falta que dijeras nada. Con esos trajes enormes y esas gafas... parecías un ratoncillo asustado, pero lo tenías todo planeado.
— ¿Qué? Escucha lo que estás diciendo, Pedro. No tiene ningún sentido.
—Pues a mí me parece que estoy descubriendo cosas que debería haber visto hace
Se colgó la bolsa al hombro y se dirigió hacia la puerta de la habitación.
— ¿Dónde vas?
—A cualquier sitio donde no estés tú.
—Pero no puedes irte.
— ¿Por qué no? Ya tienes lo que querías... el niño, un marido, un lugar donde tu madre estará cómoda y bien cuidada. Has cumplido tu promesa, ya no me necesitas.
—Eso no es cierto. Claro que te necesito.
— ¿Por qué? ¿Has hecho alguna otra promesa que no me hayas contado? —siguió acusándola mientras salía de la casa y ella lo seguía hasta el garaje.
— ¡No! Pero te necesito, Pedro. Yo... te amo.
Se quedó inmóvil en la puerta del garaje mientras ella esperaba algún tipo de reacción. Sin embargo él esperó a que se abriera del todo la puerta automática y después se metió en el coche.
—Me decepcionas, Paula. Para una mujer que ha llegado tan lejos para quedarse embarazada, esa frase no es nada original. Parece que te estás quedando sin ideas.
Encendió el motor haciendo que ella tuviera que gritar por encima del ruido de tan potente máquina:
—Pedro, es la verdad. No me importa que no quieras mi amor o que no lo necesites, te amo. Ni siquiera sé por qué, pero es cierto. Te amo.
Bajó la ventanilla con una mano en el volante y la otra en la palanca de cambios, listo para partir.
—No te molestes, Paula. No creo que eso vaya a cambiar las cosas; no lo haría aunque te creyera.

Se marchó dejándola allí, gritando su nombre hasta que el coche desapareció de su vista. ¡No podía marcharse de esa manera! Tenía que creerla, tenía que convencerlo. ¿Pero cómo? Al mirar a su alrededor vio el deportivo dorado todavía aparcado en el garaje con el enorme lazo. Tocó la llave que llevaba al cuello, la llave que le había dado Pedro.
Seguramente había ido al apartamento con la intención de estar solo. Necesitaba hablar con él, tener la oportunidad de explicárselo todo.
Retiró el lazo y se metió dentro tratando de no pensar que no estaba familiarizada con el funcionamiento de aquel vehículo que en nada se parecía a su pequeño utilitario, y que además estaba empezando a llover. No podía pararse a pensar en eso, tenía que llegar a Pedro.
Condujo contando cada kilómetro que la separaba de él; sólo tenía que ir hasta la autopista y después directa al centro de la ciudad. Justo en el momento que más llovía, vio un coche oscuro parado en el arcén de la carretera y pensó que era Pedro; enseguida se dio cuenta de que se trataba de un vehículo mucho más viejo, tenía el capó abierto y había una mujer mirando el motor.
Al principio Pau pensó continuar, pero llovía mucho y le dio lástima aquella pobre mujer sola en mitad de la noche. Además, con las prisas, no llevaba el móvil para llamar a la policía y pedir que acudieran en su ayuda.
— ¿Puedo llevarla a algún sitio? —le preguntó al detenerse junto a ella.

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EL GUARDIA de seguridad lo llamó a las tres de la mañana. No lo había despertado porque no había conseguido quedarse dormido, pero sí le sobresaltó, sobre todo cuando oyó para qué lo llamaba:
Dos policías querían verlo.
No sabía mucho de métodos policiales, pero algo le hacía sospechar que los agentes no solían hacer visitas de cortesía a esas horas. Así que se puso los pantalones y acudió a abrirles la puerta.
— ¿Qué ocurre?
—Señor Alfonso, ¿es suyo un Mercedes deportivo? —le preguntó antes de darle el número de matrícula.
—Es el coche de mi esposa, sí. ¿Hay algún problema?
— ¿Puede describir a su esposa?
—Claro. Es de estatura alta, delgada y tiene el pelo rubio. ¿Pueden decirme qué ocurre?
Los policías se miraron mutuamente antes de responder:
—Quizá quiera sentarse. El coche ha sufrido un accidente hace unas horas. Me temo que tenemos malas noticias.
Se le heló la sangre en las venas.
—El coche cayó por un terraplén, dando varias vueltas de campana. La conductora no llevaba cinturón y salió disparada del vehículo.
Pedro miró hacia otro lado, intentando asimilar lo que acababa de escuchar, pero resultaba imposible. Aquellas palabras le recordaban demasiado a otra tragedia, a otra época... Pero era el mismo dolor inaguantable.
— ¿Reconoce esto?
El agente le dio un lazo rojo con una llave, la misma que le había colgado al cuello a Pau hacía unas horas. Agarró la tela con las manos temblorosas.
—Mi esposa... ¿está herida? ¿o...?
—Señor Alfonso —dijo el otro oficial con compasión—, me temo que es más grave que todo eso. La conductora ha muerto y nos tememos que se trate de su esposa. Nos gustaría que nos acompañara a identificar el cadáver.
¡Pau!
La posibilidad de que fuera ella era tan dolorosa que no podía afrontarla. Mientras se ponía los zapatos como un zombi, sacó el teléfono móvil y llamó a la casa para pedirle al ama de llaves que comprobara si Pau estaba allí. Con un escalofrío de terror, escuchó las palabras que le confirmaban que su esposa no había dormido en casa y que no había ni rastro del coche.
Levantó la mirada hacia los policías, tenía la mente en blanco y se sentía vacío por dentro.
—Vamos.

Hola yo se que me estan odiando, sera que esta novela es de las que tiene un triste final? o es de las que tiene uno hermoso? solo quedan dos capitulos, comenten mucho y mañana les subo otro. Disfrutenlo @patty_lovepyp

miércoles, 28 de agosto de 2013

Capítulo 25- Aprendiendo a Amar

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ESTABA casada. Ya no era la señorita Chaves, ahora era la señora Alfonso, esposa de Pedro. Llevaba su anillo en el dedo, con sus nombres escritos dentro.
La casa que tenía en el campo, había sido el escenario perfecto para los votos matrimoniales. Se había imaginado otra casa lujosa de ejecutivo, pero se había equivocado; se trataba de una construcción de la época colonial, una muestra del éxito y la riqueza del propietario original. Igual que la boda había sido una muestra del éxito y la riqueza del propietario actual.
Habían colocado una enorme carpa blanca en medio de la explanada de césped y habían adornado todo el jardín con globos dorados y ramos de rosas. Había sido una ceremonia breve, pero con muchos invitados teniendo en cuenta el reducido número de familiares que tenían entre los dos. Para compensar, había asistido la flor y nata de la sociedad de Buenos Aires, además de algunos periodistas y todos ellos habían querido conocer personalmente a la mujer que había conseguido casar al soltero más solicitado de la ciudad.

Al final del día, Pau estaba agotada, física y psíquicamente. Miró al hombre al que había unido su vida y de pronto cayó sobre sus hombros la magnitud de lo que acababa de hacer. Tenía el marido perfecto: rico, inteligente, increíblemente guapo. Era la envidia de cualquier mujer, sin duda lo era de todas las asistentes, a juzgar por el modo en que la miraban. Tenía todo lo que podría desear, o eso pensaban ellas. Y sin embargo se sentía vacía. Era curioso cómo todas aquellas cosas que habrían bastado para hacer feliz a cualquiera, no eran suficientes para llenar el hueco que sentía.
El lado bueno era su madre, que seguía sentada a la sombra sin poder borrar la sonrisa de la cara. Parecía serena, incluso guapa, con el traje color aguamarina que Pedro había elegido personalmente para ella con mucho acierto. El maquillaje la favorecía enormemente y parecía más fuerte y sana que nunca.

Pedro tenía razón. Aunque Pau sabía que la noticia del embarazo habría supuesto una enorme alegría, el hecho de saber que su hija estaba casada y que aquel niño se criaría en un entorno familiar adecuado, la haría aún más especial. Desde luego la felicidad que se reflejaba en su rostro ya era bastante para que hubiera merecido la pena casarse de aquel modo. Y no era sólo el aspecto, hasta los médicos estaban sorprendidos por su repentina mejoría. En resumen, su madre parecía una mujer completamente nueva.
Pau se dejó llenar por la alegría de tal pensamiento y a la vez pensaba cuánto más iba a mejorar cuando se enterara de que iba a tener un nieto. Y dada la evolución de las últimas semanas, seguro que podría llegar a conocer a ese nieto.

Aquello la hizo pensar en lo sorprendente que era el comportamiento de Pedro para alguien que no había tenido la menor intención de casarse. Incluso había conseguido localizar a la enfermera que se habia quedado con ella cuando fueron a Uruguay y contratarla como enfermera de su madre a tiempo completo. Volvió a mirarlo y se dio cuenta de que aquel hombre seguía confundiéndola enormemente. La confundía y la sorprendía con cosas como la sincera y tierna amistad que había trabado con su madre desde el principio.
¿Acaso había cambiado? ¿Habría alguna posibilidad de que esa ternura llegara también a su relación con Pau? Las últimas semanas había estado muy distante, concentrado en el trabajo... como si ahora que había aceptado ser su esposa, hubiera dejado de necesitarla. ¿Sería posible que algún día el amor que sentía por él fuera correspondido? ¿Podría algún día llegar a ver aquel matrimonio como algo más que el medio de controlar la educación de su hijo?

Justo entonces sintió la mano de Pedro apretándole la suya e interrumpiendo sus pensamientos.
— ¿Te he dicho lo guapa que estás hoy?
Notó el rubor que le inundaba las mejillas bajo su atenta mirada. Lo cierto era que el diseño color marfil había sido todo un acierto pues le marcaba el torso y la cintura y luego se abría en una falda con vuelo que la favorecía mucho. Sólo con llevarlo se sentía bella, pero si además se lo decía Pedro, el placer era aún mayor.
—Tengo algo para ti —le dijo sonriendo después de que se marchara el último grupo de invitados—. Ven conmigo.
La luz del ocaso estaba retirándose rápidamente a medida que la noche se apoderaba del cielo. La enfermera había acompañado a su madre al interior de la casa. Pau siguió a su flamante esposo hasta el garaje, donde había un coche deportivo color champagne. Parecía que alguien había dejado el coche allí aparcado, pero... Un momento. Estaba atado con un enorme lazo rojo.
Miró a Pedro confundida.
— ¿Te gusta?
— ¿Que si me gusta? —debía de ser una broma—. ¿Quieres decir que...? —miró al coche y después otra vez a Pedro—. ¿Quieres decir que es mío?
—Es un regalo de bodas.
Pensó en el viejo automóvil de su madre que utilizaba para ir de compras y para algún viaje ocasional, parecía imposible que ambas máquinas pertenecieran a la misma especie.
—No sé si sabré llevarlo.
—Yo te enseñaré. Mañana empezaremos las clases —añadió colgándole al cuello la llave, que también tenía un lazo rojo.
—Pero yo no tengo nada para ti —se disculpó con culpabilidad.
Pedro tiró de ella hasta que el latido de sus corazones sólo quedó separado por la tela de sus trajes.
—Puedes hacerme un regalo… esta noche —susurró justo antes de besarla suavemente en los labios, una suavidad que escondía todo el deseo y la pasión que podía ver en sus ojos—. Pero ahora deberíamos ir a ver a tu madre antes de que se acueste... y a darle la noticia.

—Ha sido un día perfecto —dijo su madre con una sonrisa resplandeciente en cuanto los vio entrar en el salón—. Gracias por hacerme tan feliz.
Aquello bastaba para que Pau sintiera que, al menos por ella, había hecho lo correcto al casarse con Pedro.
—Tenemos más noticias que darte —anunció Pedro agachándose a darle un beso en la mejilla, como había hecho Pedro—. Si no estás muy cansada.
—Estoy cansada, pero no quiero que el día acabe todavía. Aunque no sé qué podéis decirme después de tantas emociones y alegrías.
Pedro miró a Pau y asintió en un gesto que significaba que le dejaba a ella el honor de darle la buena nueva.
—Mamá —comenzó a decir observando a su madre—. Puede que esto te sorprenda... vamos a tener un bebé. Estoy embarazada.
Ale le soltó las manos a su hija para llevárselas a la boca. Un segundo después, tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Qué maravilla. Es maravilloso.
Pedro se agachó a su lado.
— ¿No estás decepcionada? Nos hemos adelantado un poco, teniendo en cuenta que nos hemos casado hoy mismo —le preguntó él.
— ¿Cómo iba a estar decepcionada? –dijo enjugándose las lágrimas—. No creas que no sé lo que es estar tan enamorado que resulte imposible esperar hasta después de la boda. Yo también fui joven y amé con todo mi corazón.

Podría haberle dicho que era él el que no sabía nada del amor, y que el amor no tenía nada que ver con aquel bebé, pero no habría sido adecuado. Además, tampoco significaba que no sintiera nada por Pau; la deseaba con todas sus fuerzas, dentro y fuera de la cama y, por algún motivo, saber que ahora sus vidas estaban unidas resultaba mucho más satisfactorio de lo que habría imaginado.
Pero eso no era amor...

Ale se fundió en un abrazo con su hija, un abrazo lleno de llanto y risas al mismo tiempo. Al ver a aquellas dos mujeres compartir tanta alegría después de haber compartido tanto sufrimiento, hizo que se le cortara la respiración, de pronto tuvo la sensación de que algo dentro de sí había quedado libre. Pau la miró y en su rostro apareció una sonrisa que lo llenó de luz y ternura. Se sentía satisfecho y orgulloso de ser parte de un momento tan familiar y emotivo.
—Es increíble —dijo Ale soltando a su hija lo bastante para mirarla a los ojos—. ¿Te acuerdas de esa promesa que me hiciste? En su momento me pareció maravilloso que te preocuparas tanto por mí como para prometerme algo así, pero jamás creí que ocurriría de verdad.
— ¿Qué promesa? —intervino Pedro consciente de que algo había hecho que Pau se pusiera en tensión—. ¿A qué te refieres?
—Ahora parece una tontería —respondió Pau tratando de quitarle importancia.
— ¿Una tontería? —repitió su madre—. ¿Cómo puede ser una tontería que tu hija te prometa algo que crees que no podría pasar a no ser que ocurriera un milagro y acabe sucediendo? Es un verdadero milagro.
— ¿Qué te prometió, Ale?
—Pedro —dijo Pau agarrándolo de la mano—. Mamá parece muy cansada. Yo te lo contaré más tarde.
—Cuéntame, Ale —siguió él desoyendo la petición de Pau—. Dime qué te prometió mi esposa.
Ale puso una mano sobre la de él al tiempo que los ojos volvían a llenársele de lágrimas.
—Fue después de la muerte de mi hijo.  mi nuera y mi nieto. Yo estaba destrozada por haber perdido a casi toda la familia y a mi nieto. Me parecía tan injusto, eran tan jóvenes. Y me sentía engañada, me habían hecho abuela y ni siquiera había tenido oportunidad de conocer a mi nieto, de tenerlo en brazos y besarle la mejilla.

Pedro le apretó la mano, aunque un oscuro pálpito se había apoderado de él borrando el sentimiento de alegría y esperanza que había sentido sólo unos minutos antes.
—No hay un solo día que no piense cómo habría sido aquel niño al crecer. Ni pasa un día sin que sienta el dolor de la pérdida.
Suspiró profundamente y miró a Pedro.
—Cuando descubrieron que la enfermedad estaba en fase terminal, pensé que jamás tendría oportunidad de tener un nieto. Pero Pau sabía cuánto lo deseaba y me hizo una promesa. Ahora parece una locura, pero en aquel momento significó mucho para mí. Recuerdo que era mi cumpleaños y yo estaba especialmente triste; ella me prometió que haría cualquier cosa para hacerme feliz y que no me iba a ir de este mundo sin conocer a su hijo.
— ¿Dijo que haría cualquier cosa? —le preguntó él a Ale aunque tenía los ojos clavados en Pau, esperando que ella lo negara, pero sabiendo por la expresión de sus ojos que no podía hacerlo.
—Sí —respondió su madre encantada y completamente ajena a la tensión de los novios—. No sé qué tendría en la cabeza. Cuando se fue al traste la boda con Facundo, pensé que ya no había ninguna esperanza; pero afortunadamente apareciste tú.
—Afortunadamente.
La voz de Pedro sonó fría como el hielo y Pau sintió que se alejaba de ella irremediablemente

Hola aca paso a dejarles el capitulo de hoy, sera que se separan? comenten mucho y mañana les subo otro @patty_lovepyp que tengan un lindo dia :) 

martes, 27 de agosto de 2013

Capítulo 24- Aprendiendo a Amar

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—Te recuerdo que no soy el único que tiene estrategias infalibles en la sala de juntas. ¿Acaso lo has olvidado?
—No —murmuró sin poder apartar la mirada de sus ojos ni dejar de sentir el brutal magnetismo de su cuerpo—. Pero no puedes pretender que la gente haga lo que tú quieras, no puedes decidir el futuro de nadie sin tener en cuenta las necesidades o los deseos de los demás. No puede...
No pudo seguir hablando porque sus labios se lo impidieron. Los mismos labios que luego fueron recorriéndole el cuello despertando a su paso la piel dormida. Y le resultó imposible no responder.
—Lo ves... —levantó la cabeza para mirarla sólo un momento antes de continuar con aquella deliciosa tortura—. Ves cuánto me deseas. Podría hacerte el amor aquí mismo y no podrías detenerme.
Pau intentó respirar con normalidad, pensar con claridad. Sí, lo deseaba; por mucho que quisiera rebatir sus argumentos, su cuerpo se negaba a obedecerla... y su corazón también. Lo quería en cuerpo y alma. Pero eso no significaba que lo que estaba haciendo estuviera bien. Una cosa era que ella se entregara libremente, y otra cosa muy diferente que él tomara todo lo que deseaba a su antojo.
—Así es como funcionas siempre, Pedro. Haces siempre lo que quieres.
—No trates de despistarme. Tú también lo deseas.
— ¿Por qué no lo haces entonces? Adelante, hazme el amor aquí mismo, mientras mi madre duerme dentro. ¿Pero qué demostrarás con ello? ¿De verdad crees que me vuelves tan loca haciendo el amor que me casaré contigo sólo para seguir haciéndolo?

El modo en el que se le alteró la respiración le dio a entender a Pau que había dado en el blanco. Bajó los brazos y la mirada y se alejó unos pasos de ella sin decir ni una palabra.
Aquella mujer estaba volviéndolo loco. Debía de haberse vuelto loco para querer hacerle el amor en el patio mientras su madre dormía dentro. Pero la deseaba... tanto. ¿Por qué se empeñaba en hacerle sentir tanta frustración una y otra vez? Había escapado de él aquella primera noche y había ocultado su identidad... Y sin embargo seguía fingiendo ser un alma inocente cuando en realidad era ella la que llevaba la batuta todo el tiempo.

—Parece que disfrutaras señalando mis defectos, ¿acaso crees que tu comportamiento está libre de reproche? —Pau lo miró sorprendida.
— ¿Qué quieres decir?
—Eres tú la que huyó la noche del baile y la que mantuvo en secreto su identidad. Si hoy no me hubieras dicho que estás embarazada... —se detuvo a pensar en el momento en el que había ocurrido tal cosa.
Ella no se lo había dicho.
Él había intervenido en la disputa con ese cretino, Facundo, y en el estado en el que se encontraba, Pau había creído que decía la verdad. Había creído que realmente sabía que el hijo era suyo.

La miró con los ojos muy abiertos, de hecho por fin los tenía abiertos ahora que había descubierto su engaño.
—No pensabas decírmelo.
No era una pregunta, sino una acusación.
—No ibas a decírmelo nunca.
—Pedro, eso no es cierto.
—Pensabas mantener el secreto, querías ocultarme que iba a tener un hijo. Si yo no hubiera acudido en tu ayuda y no hubieras pensado que lo decía en serio, jamás me habría enterado.
— ¡No! Iba a decírtelo hoy mismo.
—Pero no lo hiciste.
—No tuve oportunidad. Estaba a punto de contártelo, en tu despacho, cuando Facundo...
—No te creo. Me has ocultado la verdad desde el principio. ¿Por qué iba a ser diferente?
—Porque es la verdad.
—No. Está claro que iba a ser otro de tus secretos, como el de haberte acostado conmigo aquella noche... No querías que supiera quién eras, por eso no me dejaste que te quitara la máscara. No querías que me enterara.
—Pedro, escúchame...
— ¿Por qué debería hacerlo? Me has ocultado demasiadas cosas, ¿por qué iba a creer que fueras a contarme que el hijo era mío?
—Porque eres el padre y tienes derecho a saberlo.
— ¿De verdad te importan mis derechos? —espetó clavándole la mirada—. Lo dudo mucho. Creo que nunca tuviste intención de decirme que estuviste en la sala de juntas aquella noche, y menos comunicarme que era el padre de tu bebé. De no ser por el error que cometiste cuando eché a Facundo, jamás me lo habrías dicho.
—Eso no es cierto.
— ¿Puedes asegurar con total sinceridad que nunca consideraste la idea de ocultarme la existencia de ese niño? ¿Nunca pensaste criarlo tú sola?
Pau apartó la mirada. ¿Qué era eso sino una confirmación de sus sospechas? Pensaba ocultarle que iba a tener un hijo. La sangre comenzó a latirle en las venas con furia. No iba a permitir que esa mujer volviera a salirse con la suya.
—Yo... —titubeó ella torpemente—. Verás...
—No veo nada, Paula. Tuviste muchas oportunidades para decirme que eras la del baile y preferiste no decir nada. Después, cuando estábamos en Uruguay y te besé, reaccionaste como si te estuviera acosando... sin embargo ya habíamos hecho el amor. ¿A qué venía todo eso si no era porque querías que nuestra primera noche siguiera siendo un secreto?

Pau se quedó boquiabierta intentando buscar fuerzas para defenderse:
—Tú no me deseabas esa noche. Una cosa era acostarte con la fantasía del baile y otra muy diferente acostarte conmigo, cosa que no tenías intención de hacer. El problema es que tampoco querías que lo hiciera nadie; no soportabas la idea de que alguien pudiera sentir interés por mí.
¿Que no tenía intención de acostarse con ella? No sabía lo que decía, aquella noche había ardido de deseo y después se había pasado horas en su habitación intentando deshacerse de la tensión que ella le había provocado.
—Eso no tiene ningún sentido. Me echaste de tu habitación porque no querías arriesgarte a que te identificase con la misteriosa amante del baile.
—Todo era muy complicado —protestó ella negando con la cabeza—. No me habrías creído.
— ¿Y no es complicado ahora? —se hizo un tenso silencio en el aire. Pedro dio unos pasos por el patio pasándose la mano por la cabeza—. Entonces explícame por qué no me dejaste que te quitara la máscara. ¿Por qué huiste de mí si no fue para que no me enterara de quién eras?
Ella no contestó. Pasó un tren y después volvió a alejarse dejándolos de nuevo en silencio.
— ¿Es que no te acuerdas de cómo eran las cosas entonces? —le preguntó ella por fin y al ver que él no respondía, sonrío suavemente y continuó hablando—:
Acuérdate del primer día que fui a tu despacho, después de que Hernan se hubiera ido a casa enfermo. ¿Te acuerdas de cómo eras?
— ¿Qué quieres decir?
—Sé lo que pensaste de mí. Me descartaste con una sola mirada, estaba en el último lugar en la lista de posibles conquistas; ni siquiera merecía la pena mirarme.
—Te equivocas.
—Claro que lo es. Jamás me habrías mirado dos veces. Y sin embargo en el baile... —se encogió de hombros y soltó una triste carcajada—. En ningún momento sospechaste que era yo porque nunca habrías imaginado hacer el amor con la insignificante Paula Chaves. No quería que te enteraras porque no te habría gustado. No te habrías acostado conmigo de saber que era yo.
—No es cierto.
Pero sabía que sí lo era. Nunca se habría fijado en ella con el aspecto de antes. No sospechaba lo que se escondía bajo el horrible traje marrón y las gafas de carey.
—Aquella noche fue como una fantasía —prosiguió Pau—. Y después me asusté tanto...
— ¿De qué?
—No podía creer lo que había hecho. Me entró el pánico. Sabía que te arrepentirías de lo que habías hecho y, aunque conservara el empleo, no creía que pudiera volver a mirarte a la cara. Tenía que salir de allí. Por eso huí.
— ¿Pensaste que te despediría?
—No sabía qué harías, no tenía manera de saberlo. Sólo sabía que no te gustaría descubrir que la mujer que habías seducido en el baile era sólo yo.

«Sólo yo». Quizá entonces no hubiera sido el tipo de mujer que atraía a los hombres, pero no tenía la menor idea de la cantidad de noches que había pasado en vela desde entonces, pensando en su misteriosa amante. Después, en el viaje a Uruguay, había comenzado a cambiar, se había convertido en la mujer más sexy del mundo. Pedro había demostrado que se sentía atraído por ella y ella lo había rechazado.
Había deseado a dos mujeres diferentes hasta que había descubierto que en realidad se trataba de la misma persona. Estaba claro que eso quería decir algo. Deseaba tomarle la mano, calmar sus temores y asegurarle que la deseaba... pero no estaba preparado para hacerlo. Aquella discusión le había afectado demasiado.
— ¿Cuándo vas a decirle a tu madre que estás embarazada?
—Supongo que —comenzó a hablar intentando adaptase al cambio de tema—... esperaré un mes más. Para asegurarme —explicó con los ojos hundidos y el rostro increíblemente pálido.
—Si te parece, organizaremos la boda para dentro de un mes. Se lo diremos entonces.
Lo miró fijamente.
— ¿Todavía tienes la intención de continuar con todo esto? ¿Sigues queriendo casarte conmigo?
—No tienes otra opción. Tu madre ya lo sabe y no pienso decepcionarla. ¿Y tú?
Bajó la vista al suelo, intentando aplacar los latidos de su corazón. Por nada del mundo haría algo que pudiera disgustar a su madre, y Pedro lo sabía. Él la había atado a sus planes en el momento que se lo había contado a su madre.
Pero si creía que iba a atraparla, todavía le quedaba descubrir la verdad. Pedro se había empeñado en casarse para controlar la educación de su hijo, pero no sospechaba que también controlaba ya el corazón de Pau.

Hola volvi perdonen que no subi ayer pero se me complico, falta muuuy poco para el final creo que 4 o 5 capitulos como mucho, disfruten y comenten @Patty_lovepyp.
Gracias a todos por leer

domingo, 25 de agosto de 2013

Capítulo 23- Aprendiendo a Amar

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El corazón le dio un vuelco al oír aquella palabra. Había pensado que le había contado lo del embarazo, pero aquello... No podía estar ocurriendo de verdad. No tenía ningún sentido. Abrió la boca con la intención de negarlo todo, de decirle a su madre que era un error; pero entonces miró a Pedro y no encontró en su rostro la expresión de desesperación y agobio que esperaba. En realidad los ojos le brillaban con una extraña expresión triunfal.
—La boda —repitió tratando de parecer normal—. Bueno, Pedro y yo tenemos que hablar de ello, pero antes tenemos que resolver otras cosas.
¿Verdad, Pedro?
Recibió una sonrisa como toda respuesta y el gesto de incomodidad seguía sin aparecer por ningún lado. ¿Qué estaba tramando?
—Bueno, es una noticia maravillosa —dijo su madre rompiendo el silencio—. Pero creo que ahora tengo que echarme un rato antes de la cena.
Todas estas emociones me han dejado muy cansada, pero estoy segura de que los dos tenéis mucho de qué hablar. Así que si me perdonáis...
—Claro —contestó Pau dándole un beso en la mejilla—. Te acompaño hasta la cama. Podemos cenar un poco más tarde hoy.
Ale se volvió a mirar a Pedro, que se acercó y le dio otro beso en la mejilla.
—Vaya, si tuviera veinte años menos, te propondría hacer alguna locura.
—Si tuvieras veinte años menos, aceptaría encantado.

Su madre se rió como no la había oído hacer en años y Pau sintió la tentación de disfrutar del inusual sonido; desgraciadamente, era demasiado consciente de lo frágil que estaba y del tremendo golpe que sería para ella si descubría que aquello no era más que una especie de juego de Pedro.
¿Por qué estaría haciendo algo así? ¿Qué trataba de demostrar? No iba a permitir que nada ni nadie hiciera daño a su madre. Y desde luego aquella locura de la boda no iba a ayudar a nadie. Ya había tenido oportunidad aquella mañana y había dejado bien claro que no le interesaba en absoluto. Por eso no comprendía qué estaba haciendo allí, hablando con su madre de bodas y de quién sabía qué más.
Dejó a su madre rendida en la cama y regresó al cuarto de estar, donde Pedro la esperaba de pie, con la expresión de un gato que acabara de cazar a un ratón. No sabía que el ratón iba a pelear con todas sus fuerzas.

—Bienvenida a casa —le dijo con una malévola sonrisa en los labios—. ¿Has tenido un día duro en la oficina?
—Tenemos que hablar —respondió Pau obviando la broma.
—Claro —se encogió de hombros como si no tuviera la menor idea del posible tema de la conversación—. Dispara.
—Aquí no. Vamos fuera —no quería que hubiera la menor posibilidad de que su madre escuchara lo que iban a hablar.
Lo llevó hasta el pequeño patio trasero sin mirar atrás ni una vez, pero sintiendo su presencia, que lo invadía todo. También podía sentir la expresión de arrogancia y deseó arrancársela fuera como fuera. Una vez en el patio, se dio media vuelta y cruzó los brazos sobre el pecho, pero lo único que consiguió fue notar aún con más fuerza los latidos de su corazón.
¿Cómo se atrevía a estar tan relajado y tan en paz con el mundo? ¿Cómo se atrevía a poner su vida patas arriba con sólo mover un dedo? ¿Y cómo se atrevía a jugar con las emociones de una mujer enferma y débil?

La furia creció y creció dentro de ella hasta que tuvo que explotar.
— ¿Qué estás haciendo aquí?
—No es así como esperaba que me saludara la mujer con la que acabo de comprometerme en matrimonio.
—Yo no he dicho que fuera a casarme contigo. ¿Qué demonios es todo esto, una especie de venganza por haberte rechazado antes?
—Vas a tener un hijo mío, ¿no es así?
— ¿Y qué tiene eso que ver con todo esto?
—Tiene mucho que ver.
—Creí que habías dicho que no tenías intención de formar una familia.
—Y no las tenía. Pero no puedes criar aquí a mi hijo y no quieres ser mi amante. No tengo otra opción, no me dejas otra opción.

Dejó a un lado su ofensivo comentario sobre las condiciones de vida que podía ella ofrecerle al niño y decidió discutir las cosas una por una.
— ¿Le has dicho algo del niño a mi madre?
Pedro la miró fijamente.
—No, pero no comprendo por qué no lo has hecho tú. Ahora ya no tienes por qué preocuparte por que vayas a tener un hijo ilegítimo porque va a tener un padre y un apellido. Al menos podrías darme las gracias por solucionarte el problema.
— ¿Las gracias? Dime, ¿cómo puedes ser tan arrogante?
Pau comprobó con satisfacción que había conseguido irritarlo.
— ¿De verdad crees que no le he dicho a mi madre que estoy embarazada porque me preocupa que piense que voy a ser madre soltera?
— ¿Por qué otra cosa si no? Parece que no te dieras cuenta de cuánto significaría un bebé para tu madre. ¿Cómo puedes no darle la noticia?
— ¿No crees que yo sé mejor que nadie lo que necesita mi madre? Eras la última persona en el mundo que debería decirme cuánto le gustaría a mi madre conocer a su nieto.
—Pues ya puedes decírselo. Ya no tienes nada de lo que avergonzarte.
—Nunca he tenido nada de lo que avergonzarme. Para tu información, no se lo he dicho porque sólo estoy de seis semanas. ¿Comprendes?
— ¿Quieres decir que podrías haberte equivocado?
—No. Ya me han confirmado que estoy embarazada, pero eso no quiere decir que no pueda ocurrir algo.
— ¿Es probable?
—Probable no, pero tampoco imposible. Es demasiado pronto. Lo último que querría sería que mi madre se hiciera ilusiones y luego las perdiera una vez más. Por eso no se lo he contado todavía, nada que ver con esa estupidez de que no vaya a alegrarse si no llevo el anillo de alguien en el dedo.

El silencio duró apenas un segundo.
—No importa —dijo Pedro encogiéndose de hombros—. Nos casaremos de todos modos, ya está decidido. Ahora no podemos decepcionar a tu madre.
— ¿Y si hubiera algún problema y perdiera el bebé?
—Tendremos otro.
Pau meneó la cabeza con frustración.
—Pedro, no me estás escuchando. No he dicho que vaya a casarme contigo.
— ¿No quieres casarte? Me sorprende porque parecía que eso era precisamente lo que querías esta mañana. No te bastaba con mi casa, mi dinero y mis sirvientes. Estaba claro que querías más.
—No puedes aparecer aquí de repente y pretender organizar mi vida y la de mi familia como si se tratara de uno de tus negocios. Quizá esa estrategia te funcione en la sala de juntas, pero no aquí.

En cuanto lo dijo deseó poder retirarlo porque no podía mencionar una sala de juntas sin acordarse de aquella noche en la que había comenzado todo, y con el recuerdo llegaba también el calor del deseo, que no había hecho más que aumentar después de haber hecho el amor con él esa misma mañana. No podía recordar esas cosas en ese momento, precisamente cuando estaba intentando poner distancia entre ellos y hacerle ver las cosas con un poco de sentido común.

Al mirarlo a los ojos, se dio cuenta. «Maldita sea». Él también había establecido la misma conexión. Con sólo dos pasos se quedó frente a ella y la rodeó entre sus brazos. Estaba atrapada.
—Te recuerdo que no soy el único que tiene estrategias infalibles en la sala de juntas. ¿Acaso lo has olvidado?


Buenas noches aca pasando a dejarles su capitulo, espero que lo disfruten, comenten mucho y gracias por leer @patty_lovepyp


sábado, 24 de agosto de 2013

Capítulo 22- Aprendiendo a Amar

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Entonces no era más una niña delgaducha, pero ya se podían reconocer sus ojos y su barbilla desafiante como lo era en la actualidad. Ahora era una mujer, una mujer apasionada, como había quedado más que claro esa misma mañana. ¿Qué la había hecho rechazarlo de ese modo? Era la tercera vez que se le había escapado entre las manos pues ya lo había hecho la noche del baile y en el hotel de Uruguay.

Pero la conseguiría fuera como fuera. No había fracasado en nada en la vida y Pau no iba a ser una excepción.
Echó un vistazo a las fotografías de graduación de los dos hijos y después a la imagen de otra boda más reciente; sin duda era Felipe con su esposa, mirándose a los ojos como si la cámara no estuviera allí. Y la última, otra familia joven con un pequeño bebé al que los papás sostenían orgullosos.

Aquellas fotografías trasmitían tantas emociones. Se trataba de los momentos más preciados de una familia y todos juntos formaban la historia de un grupo de personas que se querían. Por alguna razón, le llamó la atención especialmente la imagen de aquel bebé, con su cara regordeta y las manitas asomando por encima de la mantita.
Él no sabía nada sobre niños, jamás había sentido el menor interés; pero de pronto ahora se había despertado en él una enorme fascinación.

Ante sí se había abierto una puerta tras la que se encontraba un mundo completamente nuevo que quería explorar. Y había sido Pau la que había abierto esa puerta.
—Ese es mi nieto —informó Ale con la voz empapada de tristeza—. La semana pasada habría cumplido dos años. No puedo evitar imaginar qué estaría haciendo si siguiera vivo, seguramente juguetear por ahí, haciendo travesuras.
—Debe echarlos mucho de menos —dijo mirando aquella pequeña mujer cuya tristeza era ya parte de ella.
—Sí —admitió con la mirada fija en el suelo—. Es que un bebé es algo muy especial. Creo que eso es casi lo que más añoro... la maravilla de una nueva vida, la esperanza del futuro. Yo ya no podré sentirlo nunca más.
Suspiró muy hondo y se limpió los ojos con un pañuelo.
—Vaya, parezco una vieja loca.

Pero Pedro seguía pensando en lo que acababa de decir. No lo sabía. Pau no le había dicho que estaba embarazada. ¿Por qué no lo habría hecho? Estaba claro que significaba mucho para ella.
Miró de nuevo al aparador, imaginando la fotografía del nuevo bebé en los brazos de su madre. ¿Por qué no habría querido compartir con su madre la noticia de una nueva vida llena de esperanza? Quizá le preocupaba que no hubiera otra foto antes, la de su boda. Quizá el motivo por el que no se lo había contado era que tenía miedo de disgustar a su madre porque el niño era ilegítimo.
¿Estaba intentando proteger a su madre de la verdad?

De pronto algo cambió dentro de él; fue como una revelación que lo ayudó a encontrar una solución que sólo una hora antes le habría resultado impensable y que sin embargo ahora le parecía llena de lógica. Podía ayudar a aquella familia y quería hacerlo. Y además conseguiría a Pau.
—Puede que no todo esté perdido —dijo de pronto tomándole las manos a Ale y sentándose a su lado—. Puede que todavía haya esperanza para que suceda algo bueno que nos llene de ilusión a todos.
La señora lo miró con curiosidad y ternura al mismo tiempo.
— ¿Qué quiere decir? ¿Por qué ha venido a verme, señor Alfonso?
—Tengo algo que decirle —comenzó a decir impresionado por la fragilidad de las manos que sostenía entre las suyas—. En realidad quiero pedirle algo.

Hizo una pausa para preguntarse si estaba haciendo lo correcto y, con sólo mirar a los ojos de aquella mujer, supo que por primera vez en mucho tiempo, en toda una eternidad, estaba haciendo algo importante, algo bueno. Y que además le daría lo que él deseaba.
Respiró hondo antes de continuar:
—Señora Chaves, ¿me haría el honor de concederme la mano de su hija?

Ya lo había dicho. Y ahora que lo pensaba, no le había hecho sentir mal, nada mal. De hecho al ver la sonrisa de felicidad que iluminó el rostro de Ale, Pedro se sintió muy bien consigo mismo.
Era la solución más lógica. Pau no podía hacerse cargo de todo; del trabajo, de cuidar a su madre y del niño. Además, si se casaban, el niño llevaría su apellido y Pau no tendría que enfrentarse a las dificultades de ser madre soltera. Jamás se habría imaginado a sí mismo casándose, había pasado la mayor parte de su vida solo por lo que no necesitaba a nadie; pero si casarse significaba que su hijo tendría la vida que merecía, seguramente valdría la pena sacrificar su independencia.

Además, también significaría que pasaría las noches con Pau, lo cual compensaría el esfuerzo. Se habría conformado con que fuera su amante, pero estaba dispuesto a casarse con ella si era necesario.
—Ya estoy en casa —se oyó la voz de Pau desde la puerta. Se la oía cansada y con razón, porque ya era tarde. Debería haberse ido a casa cuando Pedro se lo había dicho. Claro que si lo hubiera hecho, él no estaría allí en ese momento.
Se puso en pie, pero se quedó al lado de Ale.
— ¿Qué haces aquí? —preguntó Pau con todo el vello del cuerpo erizado. Su madre y Pedro juntos, tazas de té vacías… demasiado acogedor.

Debería haber sospechado algo al ver el descapotable negro aparcado en la puerta. Un coche como ése en aquel barrio resultaba tan sospechoso como Pedro haciendo una visita para tomar el té con su madre. Y sin embargo allí estaba...
— ¿Qué ocurre?
—Cariño —dijo su madre luchando por ponerse en pie con la ayuda de Pedro—. Felicidades, no tenía ni idea —se acercó a abrazarla y lo hizo con tal fuerza, que le notó las costillas a través de la bata que llevaba puesta.
Pau miró a Pedro por encima del hombro de su madre.
— ¿Se lo has dicho?
—Claro que me lo ha dicho —intervino su madre—. ¿Cómo si no iba a pedir mi bendición? No sabéis lo feliz que me hacéis, apenas puedo creerlo. ¿Cuándo tenéis pensado que sea la boda?
— ¿La boda?


Holaa aca cumpliendo con ustedes, ayer no pude subir asi que les dejo 3 capitulos, disfrutenlos y comenten mucho asi nos leemos mañana :) @patty_lovepyp. Muchas Gracias a todos por leer y que tengan un lindo dia !

Capítulo 21- Aprendiendo a Amar

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Se oyó el sonido de un tren acercarse, el silbido que avisaba el fin de la parada en la estación y después el ruido se desvaneció en la distancia.

Pensó en marcharse, pero no sabía adonde ir.
La puerta se abrió justo en ese momento. En el hueco que permitía la cadena todavía enganchada de uno de los cerrojos, pudo ver unos ojos claros que parecían demasiado grandes para el rostro en el que estaban.
— ¿Señora Chaves?
—Sí —dijo con voz débil y sorprendida; obviamente no acostumbraba a recibir muchas visitas.
—Soy Pedro Alfonso. Paula trabaja...
— ¡Ay Dios! —exclamó con pánico al tiempo que abría la cadena y la puerta—. ¿Está bien? ¿Le ha ocurrido algo?
—No, no, está perfectamente —se apresuró a decir Pedro impresionado por la intensidad del miedo que había visto en sus ojos en sólo una décima de segundo—. No quería asustarla —añadió odiándose por ser tan estúpido—. Sólo pasaba por aquí... y pensé en visitarla... para hablar un rato.

Se pasó una mano por el pelo mortecino mientras con la otra se apoyaba en un bastón.
Cáncer. Tenía cáncer y había perdido casi todo el pelo por culpa de la quimioterapia. Era diminuta, una versión más pequeña y más delgada de Pau. ¿Por qué no se lo habría contado? ¿Cómo demonios se las arreglaba para cuidar de su madre y tener un empleo a tiempo completo?
—Bueno, no estoy vestida para recibir visitas —dijo con voz débil, pero mucho más joven de lo que aparentaba—. Pero es un placer conocerlo.

Llámeme Ale. He oído hablar mucho de usted.
— ¿Ah, sí?
—Claro. Es usted un joven con mucho talento, por lo que cuentan. Pau dice que le gusta llevar la batuta. ¿Le apetece un té?
Pedro asintió mientras trataba de asimilar el breve e inesperado resumen de su personalidad.
—Gracias.
—Siento mucho haber tardado tanto en abrir la puerta —se disculpó llevándolo hacia la cocina—. No soy tan rápida como antes.
La observó moverse a duras penas con el bastón y hacer un esfuerzo por disimular el dolor que le provocaba cada paso.
—Por favor, es culpa mía por presentarme sin avisar. ¿Por qué no me deja que yo prepare el té? Siéntese.
Ale lo miró sorprendida, como si tal ofrecimiento fuera lo último que esperaba oír. ¿Qué le habría contado Pau de él?
—Gracias —respondió con una luminosa sonrisa—. Me vendría bien sentarme un poco, aunque es lo que hago durante todo el día —desde la silla, le fue diciendo dónde estaba todo—. Tengo que darle las gracias por enviar a la enfermera mientras Pau no estaba —dijo cuando Pedro le sirvió la taza de té y se sentó frente a ella—. Fue una estupenda compañía.

Tuvo que hacer un esfuerzo para saber de quién le estaba hablando, pero finalmente cayó en la cuenta. El viaje a Uruguay, la enfermera que había contratado Sofia.
—No se preocupe –dijo fijándose en los cacharros del desayuno que había en la pila sin fregar y la bandeja con la comida casi sin tocar. Estaba claro que a Alejandra no le vendría mal un poco de ayuda—. ¿Cómo se las arregla aquí usted sola durante el día?
—Pau me deja todo preparado por las mañanas —explicó después de tomar un sorbo de té—. Si tengo un buen día, intentó empezar a preparar la cena para ayudarla cuando viene del trabajo, pero a veces me resulta imposible.

Pedro asintió. Aquélla no era manera de vivir. Pau no podía dejar a su madre sola todo el día mientras ella trabajaba a más de veinte kilómetros de distancia. Aun así había rechazado todo lo que él le había ofrecido y lo había hecho de un modo tajante. ¿Acaso creía que aquello era mejor que lo que él podía ofrecerles? Estaba loca si eso era lo que pensaba.

¿Qué pensaría su madre de vivir en una casa atendida por un ama de llaves y quizá una enfermera y con su hija? Echando un vistazo a la casa, limpia y ordenada pero muy necesitada de ciertas reparaciones, pensó que seguramente no le habría parecido tan terrible como a su hija. Pero no se trataba únicamente de Pau y de su madre, estaba también su futuro hijo; cuando se viera obligada a criarlo allí, se pensaría mejor las cosas.
—Debe de resultarle muy difícil.
—Es peor para Pau. Ahora ella es mi única hija —añadió con los ojos llenos de dolor—. ¿Sabía...?
—Sí, lo sé —casi podía sentir el dolor de su pérdida, o quizá era que le recordaba a lo que él mismo había sufrido porque su sufrimiento estaba de pronto a flor de piel.

Y todo por Pau. Había sido ella la que había llevado aquellos sentimientos a la superficie cuando lo mejor habría sido dejarlos enterrados para siempre. Tragó saliva como si con ello pudiera también tragarse el dolor acumulado. Conocía el sentimiento de pérdida tan bien como la mujer que tenía frente a él. Era algo que se apoderaba de la vida de uno; por mucho que intentase esconderlo, siempre acababa saliendo, como le había pasado a él ese día.
—Debió de ser terrible para usted.
Las lágrimas que se agolpaban en los ojos de Ale le dieron la razón.
—Pau tiene que encargarse de todo. Ella sabe que quiero estar en casa tanto como sea posible.
— ¿Dónde iba a ir si no? —preguntó Pedro sin comprender.
—Los médicos dicen que dentro de unos meses tendrán que ingresarme... no se puede hacer nada más. Pronto Pau no podrá cuidar de mí y yo no voy a pedírselo. Así que, si le preocupa que yo pueda interponerme en su carrera... ¿Supongo que eso es lo que lo ha traído hasta aquí?
Se estaba muriendo. Debería haberlo imaginado nada más verla… su delgadez, la palidez de su rostro, las sombras bajo los ojos... Pero claro,

Pedro tenía mucha experiencia en ignorar la muerte.
Ella se moría y creía que él estaba allí para asegurarse de que Pau seguiría siendo una buena empleada.
—No —dijo poniéndose en pie—. Ése no es el motivo por el que he venido.
Dio unos pasos por la pequeña cocina, intentando deshacerse de los nervios que le agarrotaban el cuerpo. ¿Por qué estaba allí? ¿Qué pretendía lograr? Seguramente algo más que esa sensación de desesperanza y tristeza, esa desesperación por encontrar la respuesta a preguntas que ni siquiera era capaz de formular... algo que le hiciera dejar de atormentarse por una necesidad que no podía explicar.

Se detuvo frente a unas fotografías que había sobre el aparador. Tenía delante la historia de aquella familia. Una antigua foto de boda en la que se veía a una jovencísima Ale junto a su difunto marido; ambos sonreían a la cámara llenos de felicidad e ilusiones. Otra imagen de la familia al completo, un niño de menos de un año y su hermana mayor, de unos seis o siete años, con dos coletas y un vestido de volantes.
Pau.

Lean el que sigue :)



Capítulo 20- Aprendiendo a Amar

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— ¿QUÉ TAL está? —le preguntó Sofia en cuanto lo vio aparecer.
—Se ha ido a casa —respondió él—. Y si tiene un poco de sentido común, se quedará allí.
Sofia lo miró intentando entender su mal humor.
—Lo comprendo.
— ¿Ah, sí? Pues a mí me encantaría hacerlo. No me pases ninguna llamada, Sofia.
—Muy bien –dijo su secretaria justo antes de que él cerrara la puerta de su despacho.

Por una vez, Pedro pasó la mesa de largo y se dirigió a la ventana por la que podía asomarse al mundo exterior, intentado encontrar una respuesta entre los edificios de oficinas. El mar se extendía en calma a lo lejos.
Aquél estaba siendo un día terrible. Había encontrado por fin a la mujer con la que llevaba semanas obsesionado, sólo para descubrir que se trataba de Pau. Bueno, y que estaba embarazada.
Iba a ser padre.

La idea resultaba tan emocionante como aterradora. Él no deseaba tener un hijo, nunca lo había deseado. Había sobrevivido todo ese tiempo sin familia y ahora no la necesitaba.
¿Por qué entonces había algo dentro de sí que se empeñaba en hacerle sentir orgulloso? Llevaba toda la vida evitando ese tipo de responsabilidades y no entendía por qué ahora no le angustiaba la idea de ser padre. Iba a tener un hijo y, dijese lo que dijese Pau, se aseguraría de que no le faltase de nada.

¿Qué demonios le ocurría a esa mujer? Le había ofrecido una casa, dinero y todas las comodidades del mundo para ella, para su hijo y para su madre. Era una oferta inmejorable. ¿Por qué no podía aceptarla? ¿Qué quería entonces?
Lanzó un suspiro al tiempo que apoyaba la frente y las manos en el cristal de la ventana. Miró hacia abajo, estaba a una gran altura; pero había estado allí abajo, sin nada, sin dinero, sin futuro, sin el apoyo de nadie... Y había conseguido llegar hasta allí arriba. Sin la ayuda de nadie, al contrario, lo único que había tenido había sido una madre adoptiva que se había gastado todo su dinero en alcohol... y el recuerdo de una tragedia que lo había obligado a acostumbrarse a no acercarse jamás a nadie.

¿Qué le pasaba? Hacía años que no pensaba tanto en su familia y sin embargó aquélla era la segunda vez que dejaba que sus pensamientos hicieran tan doloroso viaje. Había hablado de ello después de disfrutar del mejor sexo desde el encuentro en la sala de juntas... en realidad, había sido el único sexo desde la noche del baile.
Anduvo de un lado a otro del despacho, tratando de borrar las imágenes que aparecían en su mente y que llevaba años evitando. Aquellas viejas fotografías de su padre, alto y fuerte, con el pelo siempre peinado hacia atrás. O de sus hermanos, escandalosos y de hombros anchos como su padre; siempre peleándose en lugar de hacer los deberes. Y su madre, morena y guapa, con los ojos llenos de amor y orgullo; regañando a sus hijos mayores, a los que solía dejar riendo a carcajadas cuando regresaba a la cocina.

Pedro cerró los ojos con la respiración entrecortada, pero las imágenes no desaparecían, sino que además llevaban consigo un torrente de recuerdos que no podía arrinconar como si fueran cajas viejas.
Aquellas tres personas habían sido su familia y ahora no estaban. Él había hecho todo lo posible por olvidarlo, había cambiado de ciudad, de estado... Un escalofrío le recorrió el cuerpo dejándolo paralizado.
Tenía que salir de allí. Tenía que ir a algún lugar, a cualquier lugar. Abrió la puerta justo para encontrarse con Pau, que estaba dejando unos papeles sobre la mesa de Sofia. Al principio se dio media vuelta evitando mirarlo, pero después le echó un vistazo y frunció el ceño.

— ¿Estás bien? —le preguntó dando un paso hacia él.
— ¿Qué haces aquí? Te dije que te fueras a casa.
Pau se quedó inmóvil.
—Llevo dos semanas de vacaciones. Tengo mucho trabajo.
—No estás bien para trabajar.
—Estoy embarazada —dijo poniéndose tan recta como podía—, no enferma.
— ¿Y cómo llamas a lo de esta mañana?
Alzó el rostro ruborizado.
—Yo creo que sexo sería la palabra más adecuada.
—No me refería a eso —espetó él—. Cuando te has desmayado.
—Ya estoy bien. No volverá a ocurrir.
—Ya veremos —miró a su alrededor, no había ni rastro de su secretaria—. ¿Puedes decirle a Sofia que me he ido?
— ¿Cuándo volverás?
—No lo sé —respondió entrando en el ascensor—. No lo sé.

No SABÍA adónde iba. A cualquier lugar.
No importaba. Condujo sin pensar hasta que algo le hizo dirigirse a la costa. Hacia sol y llevaba la capota del coche abierta, lo que atraía las miradas envidiosas de los hombres y el deseo de las mujeres. En cualquier otra ocasión, habría disfrutado de la sensación de éxito.
Éxito.
¿Cómo se medía el éxito? ¿En dólares y centavos, en edificios, en coches de lujo? Si era así, muy bien, era un tipo con éxito. No había ninguna duda.
Pero si se medía el éxito en términos más humanos, de acuerdo a sus relaciones sociales y sentimentales, se daba cuenta de que en lo que había tenido éxito había sido en evitar todo aquello. Sin embargo ahora iba a ser padre y lo que había eludido durante tanto tiempo iba a ocurrir.
¿Por qué el hecho de ser padre tenía que cambiar tanto las cosas? ¿Por qué de pronto le parecía que su éxito empresarial era algo vacío y sin sentido?

Por fin abandonó la autopista y cruzó las vías del tren antes de meterse en una calle y detenerse frente a una estropeada casa de ladrillo. ¿Qué estaba haciendo allí? Jamás había estado en aquel barrio, sólo había leído la dirección en unos documentos que vio un día sobre la mesa de Sofia. Era curioso que la hubiera recordado desde entonces.
Era evidente que la casa había conocido mejores tiempos, a juzgar por el aspecto de la fachada e incluso el de las plantas que se balanceaban lánguidamente al ritmo de la brisa. Al salir del coche, notó el olor a mar, a sal y algas, aunque la playa se encontraba al otro lado de las vías del tren y desde allí no era más que una promesa.
Nunca le había preguntado por su casa, nunca le había preguntado qué tal estaba su madre. No se le había ocurrido. Pero de pronto le parecía importante. Quería saber más de ella, de la madre de su hijo y de su familia.
Llamó a la puerta y esperó.


Lean el que sigue :) 

jueves, 22 de agosto de 2013

Capítulo 19- Aprendiendo a Amar

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—Ya —murmuró con sequedad—. Una madre soltera que no podrá trabajar muchas horas a no ser que dejes al niño todo el día en una guardería y entonces tu sueldo quedará en una miseria. ¿Es así como pretendes arreglártelas?
Pau sabía que no iba a ser fácil... jamás había pensado que lo sería. Pero oírselo decir de ese modo... Tuvo que respirar hondo y tratar de recuperar la seguridad que había tenido al empezar a pensar en tener un hijo.
—Muchas mujeres lo hacen.
— ¡No con mi hijo!
La vehemencia de sus palabras la sorprendió. ¿Era aquél el hombre con fama de soltero empedernido que no pensaba jamás en tener familia?
— ¿Qué propones entonces? ¿Ayudarme económicamente a criarlo?
—No sólo eso —respondió al tiempo que se ajustaba la corbata—. Algo mucho más conveniente para todos. Un trato que hará que tú no tengas que preocuparte por el trabajo y que os dará al niño y a ti seguridad de por vida.

Se le hizo un nudo en la garganta. No era posible. No podía estar sugiriendo que se casaran, pero... ¿qué otra cosa podría garantizar la seguridad que un niño necesita? Quizá lo había subestimado. Desde luego nunca habría esperado que alguien tan reacio al compromiso como Pedro Alfonso pudiera sugerirle que se casara con él, y menos aún a ella. ¿Acaso la perspectiva de tener un hijo podía cambiarlo tanto, hasta el punto de considerarla candidata a convertirse en su esposa?
La esposa de Pedro
.
¿Cómo sería ser su esposa? Despertarse junto a él cada día, sentir su cuerpo fuerte protegiéndola cada noche, formar una familia con él. Tener a su hijo y tenerlo a él también... era como un sueño.
Sabía que él no la amaba, pero podrían hacer que funcionara. Ella sí lo amaba y haría que funcionase aunque para ello tuviera que hacerse pasar por Cleopatra todas las noches. Estaba dispuesta a hacer lo que fuera.
Merecería la pena.

Esperó en silencio, incapaz de hablar y preguntarle a qué trato se refería.
—Tengo una casa a unos cien kilómetros de la ciudad. Yo no voy tanto como me gustaría, pero está en buenas condiciones. Es el lugar perfecto para que críes al niño —continuó explicando como si le estuviera proponiendo un negocio—. Yo me encargaré de todos los gastos de la casa y te daré cierto dinero al mes para que no tengas que preocuparte por trabajar.

Una tremenda decepción cayó sobre ella como una losa y la dejó inmóvil durante varios segundos.
—Creo que es lo mejor para los dos. Yo te visitaré los fines de semana que pueda.
— ¿Y qué me dices de mi madre? —preguntó cuando por fin se sintió capaz de articular palabra—. ¿Quién cuidará de ella? No, Pedro. De ninguna manera.
—Ella puede vivir allí también. Hay mucho espacio, podréis estar todos juntos allí.
—Gracias por tu generosa oferta, pero me temo que no estoy en venta. Quizá en otro momento...
Añadió echándolo a un lado para poder refugiarse en el cuarto de baño a respirar tranquila, pero él la agarró del brazo.

—Escúchame. Te estoy ofreciendo un hogar para el niño. Me encargaré de que tu madre tenga los mejores médicos y el pequeño los mejores pediatras. Tendrá todo lo que necesite. ¿Qué esperas... una oferta mejor?
—Me tranquiliza saber que te preocupas tanto por el futuro de tu hijo. ¿Y cuál sería mi papel en todo ese arreglo?
—Tú criarás al niño, se supone que eso es lo que quieres hacer, ¿no? Y no tendrás que hacer nada en la casa ni trabajar fuera. Es más, te pagaré por el privilegio. Así que podrías intentar ser un poco más agradecida.
— ¡Agradecida! Déjame adivinar… supongo que también esperas que comparta tu cama cuando sientas la necesidad. ¿Es así como quieres que muestre mi agradecimiento?

Le apretó el brazo hasta que los dedos se le clavaron en la piel. Quizá fuera más fuerte que ella, pero no iba a darle la satisfacción de saber que estaba haciéndole daño.
—Hace un rato no parecías tener ningún problema en acostarte conmigo. ¿O es que has olvidado lo que sentías?
No, no lo había olvidado. Nunca podría olvidar lo que la hacía sentir.
— ¿Has olvidado cómo me has suplicado que te tomara? —le preguntó sin apartar la mirada de sus ojos mientras con la otra mano comenzaba a acariciarle un pecho, acelerándole la respiración.
Pedro cubrió el poco espacio que había entre ellos y la dejó sentir el poder de su excitación. El corazón de Paula empezó a latir como un caballo desbocado cuando él se entretuvo en acariciar la tersa piel de sus pezones.

— ¿Me estás diciendo en serio que no te gustaría volver a hacer el amor conmigo? —abandonó su pecho para acariciarle la espalda y presionarla contra la dureza de su excitación—. ¿De verdad no me deseas?
Su voz era como un embrujo para su alma, al igual que sus caricias lo eran para su cuerpo. Bajó la mano hasta alcanzar sus nalgas y masajearlas con sus sabios dedos.
—No puedes negarlo. Me deseas tanto como yo a ti.
—Peeedro —trató de implorarle mientras el cuerpo entero le decía que tenía razón. No podía negar que lo deseaba con todas sus fuerzas... Pero eso no significaba que pudiera comprarla como si fuera parte de su negocio.
—Lo ves —dijo en tono victorioso—. No puedes negarlo.
—Pedro —repitió con más fuerza esa vez, la fuerza que le daba presenciar tanta arrogancia—. No pienso ser tu amante, tu mantenida.
—No lo dices en serio —le dijo—. Déjame que te enseñe lo que realmente quieres —bajó la cabeza dispuesto a apoderarse de su boca, pero no llegó a hacerlo porque Pau se escabulló de sus brazos con una determinación que no habría sabido decir de dónde había obtenido.

Se fue hasta la otra punta de la habitación y lo miró fijamente para demostrarle que lo que iba a decirle era verdad.
—Créeme, Pedro. No voy a ser tu amante. No quiero ser la mantenida de nadie. ¿Es que no te das cuenta de lo insultante que es?
— ¿Y qué demonios esperabas entonces… que te pidiera matrimonio? ¿Eso es lo que esperabas? ¿Un cuento de hadas?
Pau controló su rostro para no revelar sus verdaderos sentimientos. Oyéndolo de su boca sonaba tan ridículo... ¿Pero por qué no iba a desear que las cosas salieran bien, por qué no iba a querer criar a su hijo rodeado de una verdadera familia? ¿Qué tenía de malo desear que el amor tuviera algo que ver en todo aquello?
Pero a él no podía decirle nada de eso.
—No seas ridículo —consiguió decir cuando estuvo segura de que no la traicionaría la voz—. Ya te lo he dicho, no quiero nada de ti.
Sin embargo, él siguió mirándola como si pudiera leer algo más en su rostro.
—Era eso lo que esperabas, ¿verdad?
Sus palabras se acercaban peligrosamente a la verdad. ¿Por qué había tenido que enamorarse de él? Todo había sido tan sencillo al principio, cuando no había descubierto todavía lo que escondía aquel hombre tras su fachada arrogante y prepotente. Hasta ese momento, había imaginado encantada lo que sería criar a su hijo sola. Pero ahora sabía que lo amaba y no podía imaginar la vida sin él.
No obstante, levantó la cara y lo miró dignamente.
—Debes de quererte mucho a ti mismo. Lo digo muy en serio, no quiero nada de ti.
Él le devolvió la mirada con la misma dignidad, pero también con frialdad añadida.
—Muy bien entonces. Porque yo no tengo la menor intención de formar una familia. Ninguna en absoluto —añadió dirigiéndose a la puerta que separaba el dormitorio del resto del departamento—. Me voy a trabajar. Sólo tienes que cerrar la puerta al salir.
—Bajaré enseguida —dijo Pau consciente de que necesitaría al menos diez minutos para recomponerse lo bastante como para ver a nadie.
—No te molestes —dijo él—. Vete a casa.
Y se marchó


Hola aca les dejo el capitulo de hoy, perdon por subir tarde pero antes no podia, disfrutenlo y comenten, puede que mañana suba doble dependiendo de los comentarios. Que tengan una linda noche @patty_lovepyp. Pdta: OLIVIA amor de mi vida nace yaaaa !!!!

miércoles, 21 de agosto de 2013

Capítulo 18- Aprendiendo a Amar

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¡La deseaba!
Su boca fue bajando mientras sus dedos jugueteaban con el encaje abultado por la erección de sus pezones, ya muy sensibles por culpa del embarazo. Arqueó la espalda y se dejó llevar por la descarga de placer. Nada importaba excepto cómo la hacía sentir.
Especial.
Bella.
¿Amada?

No. Eso era lo que ella deseaba, no lo que él le daba. Pedro no era de los que se enamoraban. Por ahora tendría que conformarse con sentirse especial y bella. Se le escapó un gemido que demostraba que le bastaba con sentir la magia que él le transmitía con su boca, con su lengua, con sus dedos...

Apretó el edredón con fuerza cuando su lengua la poseyó y desató dentro de ella un deseo y un ansia que desconocía. Le había quitado el tanga y sus manos estaban despertando terminaciones nerviosas cuya existencia desconocía.
¿Cómo era posible que con sólo tocarla la hiciera consumirse de pasión? No había explicación razonable, únicamente podía dejarse llevar y disfrutar de su lengua sumergiéndose dentro de ella.
Quería más. Deseaba más de él. Mucho más...

Nada podría parar aquella deliciosa tortura salvo sentirlo dentro de su cuerpo.
—Por favor... —le suplicó agonizando de deseo.
Él emitió una especie de gruñido y se alejó de ella aterrorizándola por un segundo, hasta que comprobó que sólo iba a quitarse la ropa. Se despojó de todo hasta que sólo el aire separaba sus cuerpos. Y después ni siquiera eso.
—Eres tan bonita —dijo retirándole un mechón de pelo de la cara—. Llevo soñando con estar así contigo desde la noche del baile.
Y antes de que su corazón tuviera tiempo de reaccionar a aquellas palabras, entró en ella con un solo movimiento. Entonces llegó el momento de dejarse llevar por el ansia, de moverse al unísono con el ritmo que les marcaba el deseo mutuo. Primero despacio y luego más y más rápido.

Después él bajó el ritmo y la llevó hasta el límite de la desesperación, haciéndola levantar las caderas para urgirle a que continuara.
Y lo hizo, se sumergió hasta lo más profundo de su cuerpo y juntos llegaron hasta lo más alto, al clímax que alcanzaron en mitad de espasmos de placer.
Por un momento se quedaron allí en silencio, sus cuerpo sudorosos, entrelazados y exhaustos; aunque ambos sabían que el deseo que sentían el uno por el otro no iba a apagarse tan fácilmente. Pedro se movió hasta apoyar la cabeza en el estómago de Pau.

—Entonces hay un bebé creciendo aquí dentro —dijo acariciándola suavemente.
Aquellas palabras la pillaron desprevenida. Él apenas había dicho nada sobre la noticia de su embarazo, de hecho no parecía haberlo impactado mucho... hasta aquel momento. ¿Acaso no sabía lo que significaba tener un hijo? ¿Sería tan ajeno a él el concepto de familia?
— ¿Qué le pasó a tu familia?
La mano de Pedro se detuvo en seco y se apartó de ella.
—Lo siento, no pretendía entrometerme –dijo Pau acariciándole la cabeza.
Él le agarró la mano y se la llevó a los labios.
—No te preocupes. No pienso en ello muy a menudo.
—Debió de ser terrible —ella sabía lo que era perder a alguien querido; no necesitaba saber los detalles para saber que perder a su familia a una edad tan temprana había tenido que ser devastador.
—Mis padres tenían una pequeña casa cerca de la capital , allí se instalaron al llegar a Argentina. Era muy pequeña, así que cuando podían iban a otras explotaciones a ayudar. Yo era el más pequeño, por lo que normalmente me quedaba en casa mientras ellos y mis dos hermanos se iban a trabajar.
— ¿Qué edad tenían tus hermanos?
—Fede tenía trece y Agus catorce. Fede era la viva imagen de mi padre y él estaba muy orgulloso.
— ¿Y qué ocurrió?
Pedro hizo un gesto de desesperación y Pau pudo sentir cómo todos sus músculos se ponían en tensión.
—Ellos trabajan en otra ciudad. Aquel día los llevó una camioneta en la parte de atrás, donde iban ya más trabajadores de la ciudad. La carretera era muy estrecha, un coche que venía en dirección contraria tomó una curva muy abierta y el conductor de la camioneta tuvo que dar un volantazo para esquivarlo. En cuanto la rueda delantera se salió de la carretera, estuvieron todos perdidos...
Se le hizo un nudo en el estómago sólo con imaginar el impacto que debió tener un accidente así en un niño tan pequeño.
— ¿Los perdiste a los cuatro?
—Iban catorce personas en la camioneta, sólo dos sobrevivieron. Era imposible salvarse cuando cayeron por el terraplén. Yo no lo supe hasta el día siguiente; la policía tardó mucho en identificar todos los cuerpos.
— ¿Pasaste la noche solo? —preguntó con el corazón en un puño.
Él se encogió de hombros restándole importancia.
—Te acabas acostumbrando.
—Es terrible. ¿Y no tenías algún pariente que pudiera acogerte?
—No. Sólo tenía a mis abuelos paternos, pero estaban en otro pais y yo no quería marcharme; además estaban ya muy viejos. Yo no había nacido aquí pero si creci, por eso me siento Argentino y ya lo sentía así entonces. La venta de la casa apenas dio para saldar deudas, así que yo acabé en una casa de acogido... Al menos durante un tiempo. Ellos no me querían y yo no los necesitaba. Trabajé mucho para conseguir una beca y escapar en cuanto pude.
— ¿Entonces este niño será tu única familia? —preguntó ella pensando en voz alta.
Pedro se levantó de la cama de golpe y recogió su ropa del suelo mientras ella se odiaba por haber provocado tal cambio de humor. Aquel hombre se las había arreglado para salir adelante sin el apoyo de una familia; era lógico que no le entusiasmara la idea de que le impusieran una.
—Tengo que volver al trabajo. ¿Qué planes tienes?
Pau se echó a reír incómodamente.
—Yo diría que es un poco tarde para hacer planes. Voy a tener un hijo, ése es mi plan.
— ¿Entonces estás segura de tenerlo?
Algo se le heló por dentro. Acababa de hacerle el amor y llevaba dentro a su hijo; sin embargo era evidente que eso no cambiaba el hecho de que no era más que Paula, de marketing y jamás la consideraría nada más que eso.
—Me disgusta el simple hecho de que me lo preguntes.
—No te ofendas. ¿Cómo esperas que sepa lo que tienes intención de hacer? Te recuerdo que apenas nos conocemos.
Cierto, pensó Pau al tiempo que trataba de refugiarse en su ropa. Apenas se conocían, pero eso no era obstáculo para que él deseara hacerle el amor y ella deseara que lo hiciera.
Y desde luego no era obstáculo para que ella lo amara como una tonta.
— ¿Qué esperas entonces de mí?
Levantó la mirada hacia él, fijó sus ojos en los de él con la esperanza de poder transmitirle la misma frialdad que él estaba demostrando hacia ella. A pesar de que habría sido mucho más sencillo ocultarle que él era el padre de su hijo, Pau sabía que había hecho lo que debía. Sabía que iba a tener un bebé, pero su responsabilidad para con él acababa ahí. Si no estaba preparado para asumir lo que la paternidad suponía, ella estaría encantada de criarlo sola.
—No espero absolutamente nada.
Pedro la miró desconcertado. Pero claro, ¿por qué iba a creerlo? Seguramente él esperaba que tratara de aprovechar las ventajas de haberse quedado embarazada de un hombre rico.
—Es cierto —confirmó ella—. No quiero nada de ti.
— ¿Crees que puedes hacerlo tú sola?
—Claro que puedo —«si no me queda otro remedio»—. Es lo que quiero.
— ¿Y qué hay de lo que quiera yo?
—Es obvio que no quieres sentirte implicado, lo has dejado claro al pensar que podía hacer otra cosa que no fuera quedármelo. Tú no querías que esto sucediese, no querías tener un hijo.
— ¿Y tú sí?

Pau bajó la mirada. Aunque se lo contase, jamás lo comprendería, nunca entendería cuánto significaba ese niño para ella, o cuánto iba a significar para su madre. No imaginaba la cantidad de noches que había soñado con tener un hijo. Pero todos esos motivos nada tenían que ver con él, así que no tenía por qué conocerlos.
—Al principio fue un shock —comenzó a decir—, pero ahora que ya me he hecho a la idea, voy a hacer todo lo que esté en mi mano para que este niño tenga una vida estupenda. Yo me encargaré de que mi hijo jamás sienta que no fue deseado o que su vida es el resultado de un error.
—Todo eso es muy bonito, ¿pero cómo vas a hacer todo eso tú sola?
—Me las arreglaré.


Buenas Noches aqui les traigo otro capitulo, disfrutenlo y comenten :) Muchas gracias @patty_lovepyp. El de hoy va dedicado a Belen Maria del Campito @pauliterbel :) 

martes, 20 de agosto de 2013

Capítulo 17- Aprendiendo a Amar

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—Eso es ridículo. Nosotros nunca nos hemos acostado.
—Es obvio que sí lo hemos hecho —corrigió ella con cuidado.
— ¿Cuándo? La única vez que nos acercamos mínimamente fue en Uruguay y tú me echaste de la habitación cuando apenas te había dado un beso. ¿Recuerdas? Así que si te quedaste embarazada ese día, debió de ser otra persona —hizo una pausa para mirarla como si acabara de descubrir algo—. ¿Qué hiciste? ¿Fuiste a buscar a Jor en cuanto te deshiciste de mí? Claro, por eso no estaba enfadado al día siguiente, porque tú ya te habías encargado de curar su ego herido. Bueno, pues no esperes que yo haga nada por ti, sólo porque era un viaje de negocios.

Pau descruzó los brazos y cerró los puños con fuerza.
— ¿Qué demonios te ocurre? Jorge no estaba enfadado porque no le importaba lo más mínimo. Sólo me invitó a ir a bailar. Aunque es cierto que tú fuiste exagerada e innecesariamente grosero aquella noche, pero él no me pidió que me casara con él precisamente. Además —continuó antes de que él pudiera decir nada—... debes de tener muy mala opinión de mí si me crees capaz de irme a la cama con el primero que se cruce en mi camino.
—Bueno, a juzgar por tu situación —comenzó a decir mirándole el vientre—, es evidente que sí que lo has hecho alguna vez.
—No estés tan seguro —dijo ella esbozando la primera sonrisa de la conversación—. ¿Quién ha dicho que este niño fuera concebido en una cama?
— ¿Qué demonios significa eso? Y si dices que no ocurrió en Uruguay, ¿qué otra vez hemos estado juntos tú y yo el tiempo suficiente para que tuviera lugar tan increíble embarazo?

Lo miró fijamente, deseando quitar esa expresión de prepotencia de su rostro.
—En la fiesta de Navidad de la empresa.
—Si tú ni siquiera fuiste. Dijiste que...
—Nan dijo que yo no había ido. Yo dije que mi madre estaba enferma.
Pedro la miró un segundo con la confusión reflejada en el rostro.
— ¿Es que no puedes inventar nada más original? ¿Tan desesperada estás por encontrar un padre a tu bebé? Quizá debería haberte dejado con Facundo, parece que estáis hechos el uno para el otro.
Aquellas palabras la hirieron enormemente, pero ni la mitad que el hecho de comprobar que sus temores se habían hecho realidad. Pedro Alfonso no podía ni concebir la idea de haberse rebajado hasta el punto de hacer el amor con ella.
¡Pues lo sentía mucho por él, pero así era!

—No pensé que fuera a resultarte tan difícil de recordar. ¿Podrías decirme con cuántas mujeres exactamente hiciste el amor aquella noche en la sala de juntas?
La expresión de su rostro cambió de pronto y se llenó de ¿asombro? ¿pánico?
—No —murmuró después de unos segundos de silencio—. No es posible.
—Claro que es posible —corrigió ella con una sonrisa en los labios.
—Entonces dime cómo ibas vestida.
Paula se permitió ampliar aún más su sonrisa. Le resultaba divertido que siguiera luchando contra la inevitable verdad.
—Yo iba vestida de Cleopatra y tú de Marco Antonio.
—Eso no demuestra nada. Mucha gente nos vio juntos. ¿Cómo sé que no estás mintiendo?
Suspiró al recordar las palabras con las que la había dejado hechizada aquella noche.
—Me dijiste que llevabas más de dos mil años esperando volver a encontrarme —repitió en un susurró.
—Eso pudiste oírlo.
—Cierto —sus buenas intenciones estaban a punto de desaparecer por culpa de su sequedad—. Entonces te recordaré el modo en el que cerraste el cerrojo de la puerta y después me sentaste en la enorme mesa de la sala de juntas, o cómo me quitaste la parte de arriba del vestido para poder acariciar y luego besarme los pechos. O quizá debería contarte cómo entraste en mí, completamente desnudo pero sin quitarte las sandalias de cuero...

Sin dejar de observar su rostro, Paula presenció el momento exacto en el que se dio cuenta de que no podía escapar; los ojos se le oscurecieron y se le dilataron las pupilas.
— ¿Eras tú?
Parecía horrorizado. Era lo que había esperado, pero al verlo se sintió como si estuviera a punto de romperse en dos.
—Es difícil de creer, lo sé.
¿Difícil de creer? Había pasado horas y horas intentando encontrar a la misteriosa mujer cuya presencia no lo había abandonado ni de noche ni de día desde el baile, y todo el tiempo la había tenido justo enfrente de las narices. Pero había algo que no encajaba.

—Pero tu perfume... no era el mismo.
Paula se quedó boquiabierta un segundo.
—No, esa noche me puse el perfume de mi madre. Me pareció que iba más con el disfraz.
Entonces era ella de verdad. La mujer de labios rojos y un cuerpo que cortaba la respiración no era otra que Paula, su Ratoncillo Marrón. Y estaba ahora mismo frente a él.
En su dormitorio.
Qué coincidencia.
Una coincidencia muy agradable, ahora que lo pensaba y se felicitaba por haberla llevado a la intimidad de su apartamento en lugar de dejarla en el sofá de su despacho. Parecía que después de todo, quedaba algo de justicia en el mundo.
Dio un paso hacia ella.

—Necesitaré algo que lo demuestre.
Lo miró confundida.
— ¿Qué? ¿Te refieres a una prueba de paternidad?
—Sí, eso también tendremos que hacerlo en su momento —otro paso más asegurándose de interponerse entre ella y la puerta para que no volviera a escapársele. Ella se apoyó en la cristalera—. Pero estaba pensando en algo más sencillo que podemos hacer ahora mismo.
— ¿A qué te refieres?
Se detuvo a sólo unos centímetros de ella.
—Aquella noche llevabas un antifaz. Es cierto que pareces conocer todos los detalles, pero alguien podría habértelos contado.
La protesta que estuvo a punto de salir de su boca se quedó encerrada cuando él le puso un dedo sobre los labios.

—Sólo necesito estar seguro de que realmente eres quien dices. Si tengo que creer lo del niño, tengo que saber a ciencia cierta que eras tú con la que hice el amor aquella noche.
Pedro disfrutaba viendo cómo las diferentes emociones iban reflejándose en el rostro y en los ojos de Pau; de la perplejidad al miedo y después al...
¿Deseo?

Sí, no había duda, la marca de los pezones que apareció de pronto en su vestido demostraba que estaban sintiendo lo mismo.
— ¿Qué tenías en mente? —preguntó ella en un tono muy diferente.
Al ver que él levantaba la mano, Paula se sobresaltó.
—Tranquila —le susurró dulcemente—. Sólo quería verte con los ojos tapados como aquella noche... para asegurarme.
Parpadeó varias veces y se relajó un poco, aunque seguía muy rígida; pero no era sólo ella. Pedro levantó la mano ligeramente y sintió el cosquilleo de sus pestañas en la palma.
—Así —dijo con un hilo de voz—. Levanta la cara para que pueda verte mejor.
Su respiración era cada vez más agitada, su aliento cálido y seductor. No podría resistirse por mucho tiempo.
— ¿Te he convencido ya?
—Casi. Sólo una cosa más.

Inclinó la cabeza hasta que sus bocas se juntaron. Ella se sorprendió al principio, pero enseguida adoptó el ritmo y la intensidad de los labios de él... abriendo la boca para dejar paso a su lengua. Se separó de la ventana y esa vez fue ella la que tiró de él para estar más cerca.
Era ella. No había ninguna duda. Podría parar y quedar satisfecho de haberse asegurado de que decía la verdad. ¿Pero por qué parar? No merecía la pena ni tratar de contestar, pensó mientras cubría su cuello con multitud de besos. No podía parar después de haber estado buscándola desde la noche del baile, ahora no podía dejarla marchar.

Tenía la respiración acelerada y los pechos se le movían volviéndolo loco y haciéndole imposible resistirse a la tentación de acariciarlos. Tardó sólo unos segundos en deshacerse del impedimento que suponía el vestido. Ella echó la cabeza hacia atrás, como si acabara de darse cuenta de lo que estaban haciendo, pero Pedro la volvió a besar y la hizo olvidar cualquier intención de protestar. Por fin dejó que el vestido cayera al suelo, pero parecía que tenía que luchar consigo misma para dejarse llevar.

Ya no había nada que le impidiera acariciar su piel, excepto el finísimo sostén de encaje y el tanga a juego que le dejaba las nalgas a la vista. Las agarró para pegarla a su cuerpo tanto como pudiera. Y, antes de que ella pudiera decir nada, la levantó en brazos y la llevó hasta la cama.
Definitivamente se había vuelto loca. De qué otra forma podría explicar que estuviera permitiéndole a Pedro hacer lo que quisiera con ella. Hacía sólo cinco minutos, la había acusado de acostarse con otro; debería estar ofendida y dispuesta a no volver a dirigirle la palabra.

Y sin embargo estaba tumbada en la cama junto a él, mientras sus labios ardientes dejaban un rastro de pasión por todo su cuerpo. En aquel momento era imposible pensar de una manera lógica, sólo podía dejarse llevar por las sensaciones que él la hacía sentir, sensaciones tan intensas que borraban cualquier pensamiento.
Excepto uno. Él también la deseaba. Se había preparado para recibir su rechazo, pero jamás habría pensado que reaccionaría así.


Holaa aca el capitulo de esta noche, disfrutenlo y comenten, muchas gracias a por leer, que tengan una linda noche y que nazca Oli ,kmjhngbfhjk @patty_lovepyp. Dedicado a mi fiel lectora Luna @EpiInspirados te quiero !!  

lunes, 19 de agosto de 2013

Capítulo 16- Aprendiendo a Amar

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—Vaya, parece que está tenso por algo —comentó encogiéndose de hombros—. Pau, ¿por qué no agarras tu bolso y nos vamos de esta casa de locos? Podemos buscar ese restaurante romántico.
Ella se recostó sobre el respaldo de la silla. Ya estaba dándole órdenes y sólo hacía diez minutos que había reaparecido en su vida.

—Podemos hablar aquí. Lo que tengo que decirte no te resultará más agradable aunque vaya acompañado de comida y vino.
Facundo se acercó a ella y le tomó las manos.
—Vamos, Pau ¿Es que no podemos dejar atrás el pasado? Cometí un error, eso es todo. Pero te compensaré por ello.
—Facundo, sinceramente no creo que...
—Escucha, jamás te habría abandonado si Veronica no me hubiera dicho que estaba embarazada. Pero me mintió. ¡El niño no era mío! Me engañó para que me fuera a vivir con ella. Todo fue culpa suya.
—Me estuviste engañando con ella más de un año hasta que ocurrió todo eso. ¿Quieres que también me olvide de eso?
Facundo meneó la cabeza como si se sintiera herido.
—Pero esto era lo que tú querías. Cuando me llamaste y me dijiste que harías cualquier cosa con tal de recuperarme, no te importaba que hubiera tenido una aventura insignificante.

Eso era cierto. Los primeros días después de que la abandonara, no había deseado otra cosa excepto que regresara a su lado, aunque para ello tuviera que pasar por alto que la hubiera engañado con otra.
Lo curioso era que no recordaba oírlo decir que iba a ver qué tal le iba con Veronica y si no funcionaba, volvería con ella. Lo que recordaba era que le había dicho que lo dejara en paz.

—Eso fue hace mucho. No creo que ahora pudiera olvidarlo tan fácilmente.
—Es el pasado. ¿No podemos continuar y dejarlo atrás?
Pau se detuvo a mirarlo un segundo. Ahora que lo observaba detenidamente, veía los signos del cansancio y la tensión acumulada. Parecía que últimamente no lo había estado pasando bien y había acudido a ella en busca de comprensión. Pero no iba a encontrarla.
—Yo ya lo he dejado atrás, y no quiero volver.
— ¿Estás saliendo con alguien entonces?
Pau se echó a reír. De pronto parecía preocupado después de haber dado por hecho que seguiría disponible y dispuesta a recibirlo con los brazos abiertos.
—No exactamente...
— ¿Entonces por qué no puedes darme otra oportunidad?
— ¿Y quién me dice que no volverías a engañarme?
—He aprendido la lección, me quedaré con lo que conozco y sé que funciona.
— ¡Vaya! Gracias por el cumplido —dijo ella con ironía—. Eso me hace sentir muy especial.
—Es que eres especial, Pau. Eres dulce, inteligente y me quieres. ¿Qué más podría pedir?
—No funcionaría, ahora no.
— ¿Porque no puedes perdonarme?

Por un momento, tuvo la tentación de contarle que estaba embarazada. Después del tiempo que había estado con él, estaba acostumbrada a contarle sus secretos. Pero eso había cambiado. Ahora no era más que parte del pasado. No tenía por qué saber lo del bebé. Seguramente dejaría de interesarse por ella si lo sabía, pero quería convencerlo de que no lo quería, estuviese embarazada o no.

—No. Porque ya no te quiero y no estoy segura de haberlo hecho alguna vez. He tardado algún tiempo en darme cuenta, pero he conseguido reorganizar mi vida y no hay sitio para ti.
La miró silencioso unos segundos antes de sonreír.
—Estás bromeando, ¿verdad?
—No.
Facundo bajó la cabeza y dio algunos pasos por el despacho. De pronto se detuvo y la miró.
— ¿Y qué se supone que debo hacer? Perdí mi apartamento cuando me fui a vivir con Veronica. No tengo ningún lugar al que ir.
Pau estuvo a punto de echarse a reír, pero se dio cuenta de que estaba hablando en serio.
—No creo que eso sea problema mío.
Hizo una extraña mueca.
—Pues piénsalo bien, cariño, porque me mudo a tu casa esta misma noche.

Tenía que salir de allí inmediatamente. Con lo orgullosa que estaba de no conocer las famosas náuseas matutinas, aquel día parecía que iba a compensar por las seis semanas que llevaba sin sufrirlas.
—Perdona —se disculpó antes de salir del despacho. Al salir, se encontró cara a cara con Pedro y casi olvidó la urgencia; pero no tardó en tener que huir corriendo al cuarto de baño.
— ¿Qué demonios ocurre? —preguntó Facundo—. Paula, ¿dónde estás? —añadió saliendo del despacho.
—Iré a ver qué tal está —se ofreció Sofia.
— ¡De eso nada! Yo iré —afirmó Facundo echándola a un lado.
Regresó casi de inmediato, después de oírla vomitar y ver la palidez de su rostro.
—Parece que no se encuentra bien.
—Pues no parece que le importe mucho —le reprendió Sofia.

Pedro se unió a ellos en la puerta del servicio.
—Seguramente ya se encontraba lo bastante mal con el embarazo y has tenido que aparecer tú a molestarla.
— ¿Qué?
Pedro no se molestó en contestar, se quedó en silencio hasta que apareció Pau, que casi no podía sostenerse en pie.
—Parece que se acabó la crisis.
—Apóyate en mí —dijo Pedro tendiéndole un brazo. Pau se agarró a él y se dejó llevar hasta la sala de espera, donde se sentó en un cómodo sillón.
—Te vendría bien una buena taza de té —sugirió Sofia antes de marcharse hacia la pequeña cocina que había al lado de la sala de espera.

Facundo no podía dejar de mirar a Pau y a Pedro.
— ¿Se puede saber qué está pasando?
Pau levantó la mirada hacia él.
—Facundo, no hay sitio para ti en mi vida. No pensaba decírtelo porque no es asunto tuyo, pero estoy embarazada.
Miró hacia todos lados con el pánico reflejado en el rostro.
—Pero… no es posible. No hemos... yo siempre me puse... ¡Hace meses!
—No te preocupes —dijo ella—. No he dicho que fuera tuyo.
— ¿Y entonces con quién te has acostado?
Pedro no aguantaba más. No tenía la menor idea de quién era el padre de aquel bebé, pero desde luego se alegraba de que no fuera aquel cretino.
— ¡No esperarás que Paula te responda a esa pregunta!
—Quiero saberlo. Me doy la vuelta y al minuto siguiente se queda embarazada. ¿De quién es?
—Ya te ha dicho que no es asunto tuyo —le recordó Pedro a punto de perder la paciencia—. Puede que debas empezar a pensar en marcharte, pero esta vez para siempre.
— ¿Por qué no nos dejas en paz? —le pidió Facundo con los ojos llenos de odio antes de caer en la cuenta de algo: Espera un momento...
Miró a Pau y después de nuevo a Pedro.
—Pedro tiene razón —intervino ella—. Deberías marcharte.
— Él es el padre, ¿verdad? —dijo de pronto Facundo—. Seguro que estabas deseando que yo desapareciera de tu vida; de hecho, seguro que empezó antes de que yo te abandonara. Por eso te han ascendido tan rápido, te has ganado el ascenso a pulso. Vamos, niégalo.
Pau cerró los ojos deseando poder hacer lo mismo con los oídos. Aquello no podía estar pasándole realmente.
— ¿Por qué negarlo? —preguntó Pedro enfurecido—. Es hijo mío.
El corazón le dio un vuelco dentro del pecho al oír aquello.
—Pedro...
—Así que, hazme caso cuanto te digo —continuó Pedro empujando a Facundo hacia el ascensor sin rozarlo siquiera— que te alejes de Paula. No quiero volver a verte cerca de ella. ¿Entendido?
Las puertas del ascensor se abrieron detrás de Facundo y, con un solo movimiento, Pedro lo obligó a entrar. Un segundo después, la puerta se cerró y Facundo había desaparecido.

Pau miró a Pedro y vio la ternura en sus ojos, una ternura que le estremeció el alma. Era fantástico. ¿Tendría idea de lo que acababa de hacer? Ella jamás habría podido enfrentarse a Facundo, no habría podido negarle la entrada en su casa y su madre no habría podido soportar la tensión. Pero gracias a Pedro, eso no iba a ocurrir; a Facundo ya no se le ocurriría acercarse a su casa. Las había salvado a las dos.
Y entonces descubrió algo increíble. Lo que sentía por Pedro era algo más que agradecimiento...

Lo que sentía era amor.
Amaba al padre de su hijo.
Y él lo sabía. De algún modo, Pedro sabía la verdad y quizá eso allanara el camino de su futuro juntos. Lo miró sonriendo. Se sentía muy débil, pero no podía evitar sonreír con la emoción recién descubierta.
— ¿Desde cuándo lo sabes? —le preguntó.
Él frunció el ceño.
— ¿El qué?
—Ya sabes. Lo del b...
Entonces cayó en la cuenta de lo que había hecho realmente. Sólo había dicho que el bebé era suyo para librarse de Facundo. Y había funcionado, tan bien que ella también se lo había creído.
—Dios mío.
Pedro la agarró de los brazos, obligándola a ponerse en pie y mirarlo a los ojos.
— ¿Desde cuándo sé qué? —le preguntó buscando una respuesta.
—Me haces daño.
La soltó tan de repente, que las piernas no le respondieron y perdió el equilibrio. Afortunadamente, él estaba allí para agarrarla antes de caer. Apoyó la cabeza en su pecho. Su olor masculino y natural fue lo último que percibió antes de que todo se volviera negro.

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— ¿DÓNDE estoy? —al volver en sí, se encontró en una cama que no reconocía y en una habitación que tampoco le resultaba familiar. Sólo reconoció el paisaje que se veía al otro lado de una enorme cristalera.
—Tranquila —le dijo Pedro ahuecando los almohadones sobre los que tenía apoyada la cabeza—. Estás en mi apartamento. Pensé que estarías más cómoda que en el sillón de la sala de espera. ¿Por qué no tomas algo? —le sugirió señalándole una bandeja que había en la mesilla de noche—. Te he traído zumo de naranja y agua, tú eliges.
La mirada de Pau pasó de largo la bandeja. ¿Estaba en su apartamento? Eso quería decir que... echó un vistazo a sus cosas, a su apartamento y tragó saliva.

Aquélla era su cama.
Hizo un torpe movimiento con la intención de levantarse.
—Lo siento. Debería volver al trabajo.
—No —le dijo poniéndole la mano en el hombro—. Hasta que no me digas qué está pasando.
Lo miró y vio en sus ojos que realmente no la dejaría marchar.
—Quiero saber a qué te referías antes —explicó con suavidad—. Parecía que creyeras que tu embarazo tiene algo que ver conmigo.
Pau había creído que lo sabía. Habría resultado tan sencillo.
—Pedro —dijo cerrando los ojos— déjame que me levante. No puedo explicar nada contigo ahí de pie.
Él se apartó con un gesto de impaciencia dejándole espacio para poder levantarse. Pau se movió con lentitud, asegurándose de que sus piernas habían recuperado la fuerza y no le fallarían al ponerse en pie. Una vez levantada, fue hasta la cristalera que había a un lado de la cama.
— ¿Y bien? —preguntó él ansioso.

Ella se cruzó los brazos sobre el pecho y perdió la mirada en el paisaje, intentando dar con las palabras que hicieran la noticia más asimilable. Ya iba a ser un golpe para él descubrir que se había acostado con él y además, automáticamente, iba a darse cuenta de que iba a ser padre.
No había manera de suavizar el impacto de las palabras.
—Es cierto –dijo por fin—. El niño que llevo dentro es tuyo.


Bueno como no tengo sueño, estoy desvelada despues de la "falsa alarma" y en vista de la cantidad de comentarios les dejo otro capitulo y ultimo de la noche, comenten mucho si quieren el de mañana. Gracias a todos por leer @patty_lovepyp