sábado, 17 de agosto de 2013

Capítulo 12- Aprendiendo a Amar

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Aunque los tres eran muy atractivos y atraían la mirada de las camareras y de algunas comensales, Paula no tenía ninguna duda de quién estaba por encima de los dos. Los dos hermanos estaban en plena forma, pero Pedro, con el poder que emanaba, hacía que parecieran dos tipos corrientes.

Llevaba un rato en silencio, permitiendo que los dos hermanos acapararan la atención y actuaran de anfitriones, pero la arruga que tenía entre las cejas lo delataba. Estaba claro que estaba pensando en las reuniones que les esperaban al día siguiente, estaría ideando las mejores tácticas para cerrar el trato.

Pedro giró la cabeza y le lanzó una mirada que habría podido encender un fuego; ella retiró la vista inmediatamente y se sintió como si la hubieran descubierto haciendo algo malo, aunque no entendía la repentina agresividad de sus ojos. Prefirió centrarse en la conversación y no pensar en ello.

—Cuéntame sobre tu familia —le pidió Jorge inclinándose hacía ella sin sospechar lo incómoda que se sentía en aquel momento. Él había puesto la mano sobre el respaldo de la silla de ella—. Paula debes tener mucha gente a tu alrededor.

Pedro observó enfurecido el modo en el que Damian prácticamente le daba la espalda para poder mirarla a ella frente a frente. Bien era cierto que la cena había ido bien, el día entero había salido de acuerdo a lo esperado y, con un poco de suerte, al día siguiente cerrarían el trato con Palmcorp; pero eso no significaba que su ayudante fuera parte del trato. Había sido él el que le había pedido que se pusiese presentable, pero...
¿por qué demonios lo había hecho tan bien?

Removió el café mucho más de lo estrictamente necesario y después dejó la cucharilla sobre el platito con más fuerza de la debida. Estaba deseando que acabara aquella cena.

—Seguramente parezca una tontería...
—Estoy completamente seguro de que no será así —aseguró Jorge poniéndole la mano en el hombro—. Cuéntanos.
Pedro resistió el deseo de gritar y trató de concentrarse en la respuesta de Pau.
—Mi padre murio hace años y yo vivo con mi madre. Sólo tenia un hermano. Mi hermano pequeño, al que llamaron Felipe.
—Felipe. Qué original —comentó Damian.
—A él sin embargo no le gustaba nada, así que todos lo llamaban... —titubeó un segundo—. Solíamos llamarlo Pipe.
— ¿Qué le pasó? —preguntó Pedro en voz baja antes incluso de darse cuenta de que lo había dicho en voz alta.
Pau tenía la mirada fija en la copa de agua y se entretenía en quitar las gotas de condensación del cristal.
—Era piloto, un fin de semana estaba en el avión de camino a casa con su mujer, y con su hijo recién nacido. Le habían puesto el nombre de mi padre y mi madre estaba muy orgullosa de que lo hubieran llamado así. Estaba deseando conocer a su primer nieto —respiró hondo, como si no quisiera decir en voz alta lo que ocurrió después—. Había tormenta y tuvieron algún problema; puede que un rayo dañara el sistema eléctrico —
explicó encogiéndose de hombros—. El caso es que el avión se estrelló y los tres... murieron —su voz era apenas un susurro—. Miguel tenía sólo diez días.

Algo cambió dentro de él mientras un silencio ensordecedor se apoderaba de la mesa. Reconoció enseguida la emoción de sus palabras y el sentimiento que se escondía tras ellas. Un sentimiento enterrado en lo más hondo de su ser y que prefería no recordar, quería que siguiera ahí enterrado.
—Vaya, lo siento mucho, no debería haberles contado todo eso —se disculpó Pau mirándolos a los tres—. Perdonen.
El primero que reaccionó fue Jorge, que bajó el brazo del respaldo y lo colocó sobre sus hombros, abrazándola con fuerza.
—No te disculpes —le dijo suavemente—. No hay motivo para hacerlo.
Pau le sonrió con las pestañas húmedas y los ojos brillantes.
—Gracias, Jorge
—Llámame Jor, así es como me llaman mis amigos.
Su sonrisa se hizo más amplia.
—Gracias, Jor.
Pedro echó la silla hacia atrás y se puso en pie.
—Bueno, creo que es hora de volver al hotel. Muchas gracias, caballeros.
Paula lo miró sorprendida.
—Ah, de acuerdo.
Trató de levantarse, pero Jorge le puso la mano en el brazo y la mantuvo pegada a la silla.
—Es muy temprano todavía –dijo con los ojos clavados en los de ella, aunque sus palabras iban dirigidas a Pedro—. Quizá a Pau le apetezca que le enseñemos la vida nocturna de Uruguay. ¿Qué te parece, Pau?
—Mmm, me parece muy buena idea –dijo ella con voz vacilante.
Jorge se volvió a mirar a Pedro triunfante.
—Decidido, entonces. Es una lástima que no te apetezca acompañarnos, Pedro. Nos veremos mañana por la mañana en la oficina. Y no te preocupes, nosotros cuidaremos de Pau.

Pedro tuvo que hacer un esfuerzo para no retocarle la cara a ese petulante pues no quería estropear lo conseguido durante el día. Pero tampoco iba a permitir que se creyera más listo que él. Así que soltó una pequeña carcajada y tuvo mucho cuidado de que sus palabras sonaran tranquilas y civilizadas a pesar de que el corazón le martilleaba el pecho como si fuera un tambor en la selva.

—Me temo que tendréis que dejarlo para otro día. Lo siento mucho, pero la señorita Chaves y yo tenemos algunas cosas que ultimar esta noche.

Supongo que lo entenderéis.

Acto seguido, agarró a Pau del codo y la ayudó a ponerse en pie sin dejar a Jorge otra opción excepto soltarla, eso sí, lo hizo sin disimular un ápice la poca gracia que le hacía.
—Buenas noches, caballeros. Seguiremos hablando mañana por la mañana.
Condujo a Pau hasta la calle sin decir una palabra.

— ¿A qué ha venido eso?
Estaba harta de su silencio y de su arrogancia al meterla en el taxi como si fuera una prisionera a la que tenía que llevar hasta la puerta de su habitación para asegurarse de dejarla encerrada. A medida que pasaban los segundos y él seguía sin hablar, su rabia aumentaba.
— ¿A qué te refieres?
—No me vengas con ésas —avisé mientras abría la puerta de la habitación—. Te has comportado como un auténtico troglodita.
Varios turistas salieron de una habitación y se dirigieron hacia ellos camino del ascensor.
—Entremos —ordenó Pedro sin darle opción alguna.
— ¿Qué demonios crees que haces? —dijo Pau cruzandose de brazos.
—Intento que no se entere todo el hotel de lo que hablamos.
—Bueno, pues no te pongas muy cómodo porque lo que tengo que decirte me llevará sólo un minuto. No tenías ningún derecho a comportarte de ese modo.
—Soy tu jefe, tengo todo el derecho del mundo.
— ¿Ah, sí? ¿Y dónde están esas cosas tan importantes que tenemos que ultimar esta misma noche? Porque no me habías dicho nada de eso. Te lo has inventado.
—Mañana tenemos mucho trabajo y lo sabes.
—Sí, con la misma gente a la que has tratado como un ogro hace un rato. ¿En qué demonios estabas pensando?
—En que te he traído hasta aquí a trabajar, no a coquetear con los clientes.
Pau se quedó boquiabierta al oír aquello.
— ¡Yo no estaba coqueteando!
—Vamos, si tenías a «Jor» encima de ti como si fuera a comerte.
—Sólo estaba siendo comprensivo.
— ¿Comprensivo? ¿Es así como lo llamas cuando alguien intenta meterse bajo tu ropa?
— ¿Cómo te atreves? —el sonido de su mano contra la mejilla de Pedro fue tan alto como liberador. Pero la victoria no dudó mucho porque, antes de que pudiera darse cuenta, él le había agarrado la mano con una de las suyas mientras con la otra se tocaba la mejilla enrojecida—. Te lo tienes merecido —espetó negándose a seguir el primer impulso de disculparse.

Pedro la miró con verdadero fuego en los ojos, pero respirando increíblemente tranquilo dada la situación.
—Y esto —dijo agarrándola de la cintura y atrayéndola hacia sí hasta que sus cuerpos estuvieron pegados—... es lo que tú mereces.

Pau notó con perplejidad cómo la rodeaba entre sus brazos. El miedo, la indignación y el placer se apoderaron de ella a partes iguales al sentir sus labios en la boca; miedo de que la identificara con la mujer con la que había hecho el amor la noche del baile, indignación de que se atreviera a tratarla de ese modo y placer de que lo hiciera.

Desde aquel sábado, no había soñado con otra cosa que con volver a estar entre sus brazos una vez más. Pero todos esos sueños habían acabado con el frustrante despertar. Pero ahora estaba allí de verdad, abrazándola, besándola… y no era un sueño.
Era como si el finísimo vestido que llevaba puesto hubiera desaparecido porque podía sentir el cuerpo de Pedro con todo detalle; sentía su fuerza, su calor, su excitación. De pronto la indignación se transformó en otra cosa… era deseo lo que sentía ahora por él. Un deseo arrollador que le pedía a gritos que se dejara llevar.

¿Por qué no iba a hacerlo? Sería tan fácil.
Ya sabía el placer que recibiría al hacerlo, ya había probado una pequeña muestra de lo que él podía ofrecerle, pero estaba segura de que había mucho más. ¿Por qué estaba mal hacerlo?
Todo era demasiado complicado entre ellos sin necesidad de añadir más cosas. Aquello no la ayudaría a llevar mejor el secreto que le ocultaba.

Además, él mismo había dicho que no la deseaba; lo que estaba ocurriendo no era más que otra muestra de su competitiva naturaleza, de su afán por demostrar quién era el jefe, nada tenía que ver con ningún tipo de interés o atracción por ella.

Ese era el problema. Si en algún momento pensara que sentía algo más por ella que deseo, si adivinara en sus ojos algo que fuera más allá del hecho de ser dos personas disponibles, entonces sí, no habría nada que deseara más que entregarse en cuerpo y alma a los placeres que él pudiera ofrecerle.

Pero ahora no estaban en un baile de máscaras en el que Pedro no sabía con quién estaba, allí no podía evitar la verdad. Él no la deseaba y ella no podía permitir que continuara.
Pedro le bajó suavemente los tirantes del vestido para después llevar las manos hasta sus pechos... Casi sin aliento, Pau hizo un esfuerzo sobrehumano para retirar la cara y apartarlo con la mano, a pesar de que él seguía tirando de ella.

—No –dijo con la respiración entrecortada—. Para.
Tenía la boca en su cuello.
— ¡No! El que hayas comprado esta ropa no quiere decir que te pertenezca la mujer que va dentro.
—La ropa es tuya —murmuró sin hacer caso de su ataque.
Pau se apretó los ojos con los dedos, intentando retomar fuerzas.
— ¡Lo prometiste!
— ¿Qué es lo que prometí? —levantó la cara, pero no la dejó marchar del todo.
—Que no intentarías seducirme. Dejaste muy claro que no había la menor posibilidad de que intentaras nada conmigo durante este viaje... ¿lo recuerdas? Así que suéltame... ahora mismo.

Era cierto, lo había prometido. ¿Por qué demonios había hecho algo así? La soltó mientras se daba cuenta de que la promesa se la había hecho a otra persona, a una mujer con enormes gafas y ropa de otro siglo. Jamás se le habría ocurrido hacer tal promesa a la mujer que tenía frente a él en ese momento. Habría sido una locura prometer algo así a una mujer como ésa.
—Creo que deberías marcharte —dijo sin moverse, pero cruzando los brazos sobre el pecho a modo de escudo.
Pedro respiró hondo. Tenía que marcharse, lo había prometido. Pero desde luego, no volvería a cometer un error así.


Lean el que sigue :) 

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