jueves, 15 de agosto de 2013

Capítulo 10- Aprendiendo a Amar

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LAS PALABRAS quedaron en el aire como dos nubes de humo que no terminaban de dispersarse en el silencio ensordecedor del despacho.
—Lo siento —dijo ella sin saber si quedarse o marcharse.
—No es culpa suya —respondió él sin mirarla.
—No, me refiero a que... —movió las manos con torpeza—. Quiero decir que...
—Olvídelo —ordenó acompañando aquella palabra con un gesto—. Tenemos mucho que hacer, así que le sugiero que vaya a organizar sus cosas y vuelva en media hora para ponemos a trabajar.
«Muy bien», pensó ella, «lo que tú digas». Su tremenda frialdad había conseguido borrar la compasión que había sentido por él. Asintió aunque sabía que él no se estaba enterando pues se había puesto a mirar los papeles que tenía delante. Así que se dispuso a salir.
—Ah, señorita Alfonso..
— ¿Sí?
— ¿Tiene algo que ponerse que no sea marrón?
Pau se miró la ropa. Estupendo, ahora no le gustaba su ropa. Quizá el traje no fuera obra de un diseñador famoso, pero era de buena calidad y le había costado muy barato, aunque era cierto que la chaqueta le estaba un poco grande.
— ¿Tiene algo en contra del marrón? —también podría haberle dicho que tenía un traje egipcio de color blanco que quizá fuera más de su agrado, pero seguramente no era buena idea.
—Esta es una operación crucial para la empresa, vamos a tratar con empresarios muy importantes y deberíamos cuidar la apariencia. ¿Tiene algo adecuado?


En realidad quería decir que ella tenía que cuidar de su apariencia. Repasó mentalmente el contenido de su armario y se dio cuenta de que era más bien espartano después de la crisis económica provocada por los preparativos de boda. Facundo y ella siempre habían tenido economías separadas, por lo que ella no le había pedido ayuda cuando había tenido que apretarse el cinturón para hacer frente a los gastos. Claro que entonces no había sospechado que su prometido estaba por ahí gastándose con otra el dinero que no había disfrutado con ella.

Tanto recorte presupuestario no le había dado oportunidad de comprarse más ropa que la estrictamente esencial; tres trajes, unos pantalones negros, varias blusas y un abrigo..., sin contar con el traje de boda blanco inmaculado que seguía en el armario envuelto en su bolsa original.
Desde entonces había ahorrado algún dinero que podría haber gastado en ropa, pero habría sido una locura sabiendo que cabía la posibilidad de necesitar eso y más cuando su madre estuviera demasiado enferma para estar en casa. No era tonta y sabía que, por mucho que desease cuidar personalmente de ella, llegaría el momento en que le resultaría imposible. Ella no podría estar a su lado las veinticuatro horas del día y necesitaría unos cuidados que no podría proporcionarle en casa.

—No sé —respondió con total sinceridad—. ¿Qué necesito?
—Habla con Sofia —dijo él sin molestarse en mirarla—. Ella te dará el programa de reuniones y podrás ver qué tienes que comprarte. La empresa correrá con los gastos.
—Muy bien —murmuró increíblemente herida—. Espero que sea suficiente.

Era más que suficiente. De hecho, al ver la cifra, Paula pensó que se habían equivocado.
—Creo que aquí hay un cero de más —admitió ante Sofia.
La secretaria levantó la mirada para comprobar la cantidad escrita en el ticket.
—No, está bien. Hay tres boutiques donde puedes utilizar ese vale directamente; allí encontrarás todo lo que necesites. Pero si tienes que ir a otro sitio, guarda los recibos y te reembolsaremos el dinero.
—Pero esto es una fortuna.
Sofia sonrió con la sabiduría que le daba los muchos años trabajando para Alfonso.
—Para él es importante que tengas buen aspecto.
—Es importante para el negocio —corrigió Pau con la seguridad de que Pedro no podía pensar en ella si no era en relación a la empresa.
La mujer la miró unos segundos antes de decir:
—Estoy segura de que enseguida te darás cuenta de que tiene razón. Este negocio es muy importante para la empresa y tenemos que hacer todo lo que esté en nuestra mano para que salga adelante. Además, verás como te sientes más segura de ti misma cuando lleves la ropa nueva.
Sé que a veces Pedro parece un poco brusco, pero no debes tomarlo en serio. Es que no ha tenido muchas de las cosas que tenemos los demás.


Si no hubiera oído el comentario que había hecho sobre su familia, habría pensado que Sofia estaba loca por sentir compasión de un multimillonario.
La duda de si Sofia tendría razón al sentir lástima por él no dejó de atormentar a Pau durante las dos horas que pasó buscando atuendos adecuados para asistir a reuniones y quizá a algún cóctel en tiendas a las que antes no habría ni soñado en entrar. ¿Sería aquella tragedia sufrida en la infancia la razón por la que Pedro parecía tan obsesionado con triunfar? Quizá por eso pasaba por encima de los sentimientos de los demás, porque los suyos habían quedado irreparablemente dañados a una edad muy temprana.


Estupendo. Antes de que pudiera darse cuenta, estaría sintiendo compasión por él, cosa que no podía permitirse con las imágenes de lo ocurrido el sábado por la noche atormentándola día y noche. En realidad no podía permitirse sentir absolutamente nada por él. Si creía que la había dejado tranquila al asegurarle que jamás intentaría seducirla, estaba muy equivocado porque lo único que había conseguido había sido dejarla más preocupada. Ya era demasiado tarde pues ya la había seducido sin siquiera saberlo y ahora la había insultado al dejarle claro que una cosa era acostarse con Cleopatra y otra muy diferente hacerlo con Paula Chaves.

Estupendo. Le había aclarado que el hombre con el que no podía dejar de fantasear no la tenía en cuenta como mujer. Era muy halagador, y se suponía que tenía que sentirse aliviada.
Aquélla era otra razón para impulsarla a seguir guardando el secreto de la identidad de Cleopatra. Seguramente si Pedro lo descubriese, más que sorprendido se sentiría avergonzado; así que lo mejor era librarlos a ambos del trago. Tendría que olvidar lo sucedido.

¿Pero qué pasaría si se quedaba embarazada?
No quería pensar en ello. Resultaba emocionante y al mismo tiempo aterrador. Aunque sabía que las posibilidades eran ínfimas. ¿Cuántas parejas concebían la primera vez que hacían el amor sin protección? Desde luego era tan poco probable que no merecía la pena ni tenerlo en cuenta.

Estaba harta de ver ropa y de los pensamientos que se le agolpaban en la mente sin poder hacer nada por controlarlos. Pasar dos días con Pedro iba a ser una pesadilla, pero más lo era pasar las noches alejada de él. Tenía que hacer un esfuerzo por mantener la frialdad y comportarse con profesionalidad; con un poco de suerte, él seguiría tratándola con la indiferencia que lo caracterizaba. En dos semanas, tendría el periodo y no volvería a haber motivo para tener que revelarle nada.

Mientras tanto quizá consiguiera olvidar lo ocurrido en la sala de juntas; olvidaría su cuerpo iluminado por la luz de la luna, sumergiéndose en ella, dándole el mayor placer que había conocido.
¿Cómo podría olvidar aquella noche?
Jamás podría hacerlo.

Llegaba tarde. El avión salía en menos de media hora y no había ni rastro de ella. No podía haber cambiado de opinión, ya lo había arreglado todo; la última vez que había hablado con ella, había llegado a admitir que la enfermera que Sofia había contratado era estupenda y había hecho que su madre estuviera muy relajada.

No así la señorita Chaves, que tenía los labios permanentemente en tensión y apretaba los dientes cada vez que hablaban de algo relacionado con el viaje. ¿Qué la tendría tan preocupada? No creía que fuera la idea de que él intentara seducirla, ya le había asegurado que aquél era un viaje de negocios y nada más. Además, la señorita Ratoncillo Marrón no era su tipo en absoluto. Era muy buena en su trabajo, por supuesto; pero tenía la misma intención de intentar algo con ella como de pedirle a alguien que se casara con él. Ninguna.

En cualquier caso, le gustaban las mujeres exuberantes, sexys y temporales... como la misteriosa Cleopatra del baile: un cuerpo que cortaba la respiración, una actitud relajada y complaciente... pero demasiado temporal para su gusto.
¿Quién sería? Dos días de discreta investigación no lo habían llevado a ninguna parte. La mujer misteriosa seguía siendo un misterio. Lo único que tenía de ella era su recuerdo, sus dedos sumergiéndose en su cabello, sus pechos levantándose hacia él y su cuerpo recibiéndolo encantado.

Todo en él reaccionó a aquellas imágenes de manera automática. Protestó para sus adentros y se acercó a servirse un café.
Aquel breve encuentro no había sido suficiente, ni mucho menos; pero pensar en ella no iba a ayudarlo a encontrarla. Levantó la cabeza para examinar una vez más la sala de espera de la línea aérea, ni rastro de la coleta de un tono arenoso, ni de las gruesas gafas de carey.


Lean el que sigue :)

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