martes, 29 de octubre de 2013

Capítulo 4 - Lazos de Amor

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Pedro se dirigió hacia la puerta, y Pau salió aprisa de la cama sintiendo que le costaba mantenerse en pie.
-No -exclamó Pedro-. Quédate ahí.
-Pedro... por favor -suplicó elevando la vista horrorizada.
-¡No! -volvió a exclamar él bruscamente-. Oblígala, Hernan -ordenó saliendo de la habitación.
-Lo odio -susurró Pau frustrada al ver que la puerta se cerraba-. ¡Lo odio!
-Sólo lo hace por ti, Pau -contestó Hernan Paz amable-. No es muy agradable ser testigo de la discusión con los secuestradores.
-¿Te refieres a la discusión en la que va a tratar de salvarle la vida a mi hija?

Pau rió con amargura. Hernan no contestó. Al fin y al cabo tenía razón. Pau juró en voz baja y volvió a intentar salir de la cama. Pero no podía permanecer en pie, aunque no sabía si era la verdad o las pastillas lo que se lo impedía. Entonces se hizo el silencio, un silencio incómodo mientras él vigilaba la puerta y ella intentaba ponerse en pie.

-Vete, Hernan. No te preocupes, no voy a salir corriendo hacia el despacho ni a causarte problemas con tu jefe. Puedes irte tranquilo.
El suspiró triste, pero no se marchó. En lugar de ello se acercó a la ventana.
-Puede que en este momento no sea la compañía ideal. Pau, pero tú y yo éramos amigos.
«Amigos» se repitió escéptica Pau a sí misma. Conocía a Hernan Paz hacía años. Era el ayudante de Pedro, su mano derecha. Juntos formaban un equipo invencible: Hernan el encantador, el risueño y Pedro el hombre de acción frío y calculador. Cualquier cosa que Pedro no pudiera hacer por sí mismo se la encargaba a Hernan, cuya lealtad estaba fuera de toda duda.

Su relación era muy estrecha. En una ocasión, hacía ya tiempo, Pau había llegado a creer que la lealtad de Hernan hacia Pedro la incluía a ella también. Lo había considerado un amigo suyo, su único amigo en un mundo lleno de enemigos. Se había sentido sola, abandonada y alejada de la realidad, marginada e incómoda en la alta sociedad en la que Pedro la había introducido y en la que su presencia no era aceptada. Hernan era la unica persona a la que había podido acudir en tiempos de necesidad, cuando Pedro no estaba. Pero cuando todo ocurrió, incluso Hernan le volvió la espalda.

-No necesito a nadie. Sólo a mi hija.
-Pedro la rescatará -contestó asintiendo despacio pero con seguridad y consiguiendo aminorar ligeramente el dolor que sentía en su interior-. Pero tendrás que confiar en él, Pau, lo hará a su modo.

«Confiar», recapacitó. De nuevo aquella palabra.
-Han llamado antes de lo que dijeron. ¿Han dicho por qué?
-No, pero nos han estado siguiendo -explicó-. A Pedro y a mí. Nos han seguido desde Chile hasta aquí. Supongo que habían calculado mal el tiempo que íbamos a tardar en llegar a Argentina, no habrían pensado que Pedro vendría tan rapido- Pedro volaba en su avión privado a donde fuera que quisiera ir. Tomar un vuelo público debía de haber sido un shock para Pedro Alfonso, aunque fuera en primera clase y en el mejor transporte público del mundo-. Las noticias le han afectado mucho, Pau. Creo que nunca lo había visto tan destrozado, no desde que...

Hernan no terminó la frase. No podía culparlo por ello. Había estado a punto de decir «desde que descubrió que lo traicionabas con otro hombre». No era precisamente el comentario más adecuado en ese instante.

-Pedro me ha dicho que su padre ha estado enfermo -comentó ella cambiando de tema.
No quería saber cómo le había afectado el secuestro. De todos modos, nunca hubiera creído a Hernan si le hubiera dicho que Pedro se sentía destrozado por lo sucedido.
-Sí, fue terrible. Fue una suerte que estuviera en acá y no en su casa de Uruguay cuando le ocurrió. De otro modo no estaría vivo. Estuvo dos meses ingresado en el hospital antes de poder viajar de vuelta a casa. Pedro permaneció a su lado sin moverse durante dos semanas enteras.

¿Acá?, Se preguntó Pau incrédula. Horacio nunca viajaba a Argentina por placer, siempre había dicho que era una ciudad odiosa. Y Pedro había estado durante dos semanas a un paso de ella sin siquiera saberlo. Un escalofrío la recorrió la espalda.

-Por supuesto se mantuvo en secreto. Horacio tiene demasiados negocios importantes y delicados en los que la noticia de su enfermedad podría haber sido fatal. Pedro ha tenido que ocuparse de todo desde entonces, está haciendo el trabajo de dos.
-Pobre Pedro -murmuró Pau unica-. Y ahora encima esto.
-No te burles de él, Pau -contestó Hernan con un brillo en los ojos-. Tú menos que nadie tienes derecho a burlarte de él. Al fin y al cabo, ha venido en tu ayuda, ¿no es así? -continuó mientras se enfadaba-. ¡Ha venido aquí sin pensárselo dos veces cuando posiblemente cualquier otro hombre te hubiera vuelto la espalda!

-¿Igual que lo hiciste tú? -contestó ella dando rienda suelta a su ira. En otro tiempo, se habría mordido la lengua y habría callado, pero ya no. Nadie más iba a volver a intimidarla con su temperamento y su orgullo uruguayo-. Entonces no es de extrañar que Pedro sea quien es y que tú no seas más que su empleado. ¡Al menos él es capaz de ver a la gente como seres humanos, no según la importancia y el dinero que tengan!
En ese momento, la puerta se abrió. Pau se levantó olvidando a Hernan. Pedro entró y los miró, quedándose callado al palpar la tensión del ambiente.

-¿Y bien? -preguntó Pau ansiosa-, ¿Qué han...?
La expresión de su rostro consiguió que palideciera, si es que el calor de la discusión había conseguido darle algo de color a sus mejillas.
-Ten calma -contestó él con suavidad-. Aún estamos negociando. Intenta recordarlo todo el tiempo, Pau, ellos quieren algo que yo les puedo dar, algo que desean más aún que retener a tu hija.
-¿Negociando? -repitió ella comprendiendo apenas lo que él decía-. ¿Pero qué es lo que hay que negociar? ¡Págales, Pedro! -gritó-. ¡Tienes dinero de sobra! ¡Dáselo y diles que me devuelvan a mi hija! -él hizo una mueca, posiblemente ante su ingenuidad, pensó Pau, así que recapacitó y añadió-. Pero, ¿cuánto te han pedido?

-Ese asunto no es algo que vaya a discutir.
Sus ojos estudiaron primero el rostro inexpresivo de Hernan y luego volvieron al de Pedro. Entonces su pecho albergó otra amenaza más con la que no había contado
-Te piden demasiado dinero, ¿no es eso? -respiró con ansiedad-. Te piden más de lo que puedes reunir en tan poco tiempo.
-Al menos no me acusas de ser un tacaño -sonrió burlón.
-No -contestó ella. No era tonta. Sabía que los ricos ponían a trabajar su dinero, no lo guardaban en un cajón-. Entonces..., ¿qué ocurrirá ahora?
-Esperaremos -dijo haciéndole a Hernan una señal con la cabeza para que los dejara solos.
Hernan obedeció y cerró la puerta sin decir una palabra.

Esperar. Hacia ya casi siete horas desde que habían secuestrado a Male. Nunca había estado tanto tiempo sin ella. La echaba de menos, le dolía el alma por su ausencia, apenas podía soportarlo.
-¿Y luego qué?
-Roguemos para que cuando llamen de nuevo hayan empezado a mostrar un poco de sentido común -contestó él con sencillez. Era de suponer que no había otro modo de decirlo, pensó Pau-. ¿Cuándo ha sido la última vez que has comido algo?

Ella sacudió la cabeza y elevó una mano para quitarse la cinta de terciopelo deslizándola por el cabello.
-No puedo comer nada -respondió al fin.
-¿Cuándo? -repitió él.
-En el desayuno -contestó al fin dejando la cinta sobre la cama y recordando el feliz momento que había compartido con Male-. ¡OH, Dios mío! -exclamó sentándose al borde de la cama con los ojos llenos de lágrimas.

-¿Qué ocurre? -preguntó Chris tenso.
-Ellos no van a saber... No saben qué le gusta comer. Se sentirá confusa, tendrá miedo. Se preguntará por qué no estoy con ella, por qué...
-Déjalo ya -replicó Pedro agachándose frente a ella-. Escúchame, Pau. No puedes dejar que tu mente siga trabajando de esa forma. Los niños son por naturaleza muy resistentes. Lo soportará, seguramente incluso mejor que tú. Tienes que intentar ayudarte a ti misma, controlarte, no atormentarte de ese modo. Si no, no lo soportarás.

Tenía razón. Lo sabía. Hizo un esfuerzo sobrehumano por calmarse y asintió, dejando que las lágrimas se escaparan de sus ojos.
-¿Te...? ¿Te dejaron que la escucharas otra vez?
Sus ojos, por lo general fríos, estaban más oscuros de lo normal. Pedro elevó una mano para apartar un mechón del largo cabello de su rostro.
-Ella está bien -murmuró-. La escuché charlando contenta mientras hablaba con uno de ellos.
-¿Lo habéis grabado? Quiero oírlo.
-No -dijo poniéndose de pronto en pie con expresión indiferente.
-¿Pero por qué no? Necesito oírla, ¿es que no lo comprendes?
-Lo comprendo, pero no puedo concedértelo. No creo que pudieras soportarlo, así que no te molestes en volver a pedírmelo.

Obviamente, la discusión había terminado. Pedro se dirigió hacia la puerta y de pronto se detuvo. Algo había llamado su atención. Pau buscó el motivo a su alrededor y luego se quedó inmóvil. Su corazón y su respiración se pararon al verlo tomar un retrato de encima de una cómoda.

-Se parece mucho a ti -observó por fin después de una larga pausa.
-Sí.
No pudo contestar nada más. El parecido se apreciaba a simple vista. El cabello dorado, los ojos, la piel pálida y delicada. Male era casi un doble de Pau. Y no se parecía a su padre.

-Es muy guapa -añadió-. Debes quererla mucho.
-¡OH, Pedro! -exclamó sintiendo un profundo dolor en su pecho a causa de la desesperación de ver que ni padre ni hija podían disfrutar del amor del otro-. ¡Tanto como deberías amarla tú! ¡Ella es...!
«Ella es tu hija», eso fue lo que Pau estuvo a punto de decir. Pero él la interrumpió para evitar escuchar esa afirmación.

-¡No! -gritó él dejando la foto de golpe en su sitio y negándose a aceptarlo-, ¡No empieces otra vez con eso! ¡Esas pretensiones me resultan insultantes! -añadió dándose la vuelta con el rostro más frío de lo que ella lo había visto nunca-. No he venido aquí para escuchar tus mentiras. He venido a recobrar a tu hija. ¡Tu hija! -enfatizó-. Sea quien sea su padre, desde luego no es mía.

-Es tuya -repitió ella desafiante a pesar de la frialdad de él-. Tu hija, tu concepción, tu traición a la confianza que yo había puesto en ti, a lo que yo esperaba de ti con legítimo derecho. ¿Es que no te das cuenta de que para mí es igualmente insultante que tú sospeches de mi infidelidad? ¿Cuándo? ¿Cuándo te he dado yo motivo alguno para creer que pudiera ser capaz de semejante atrocidad? ¿Yo? ¿Irme con otro hombre? ¡Pero si yo era incapaz ni de mirar a nadie de pura vergüenza! ¡Me ponía colorada y no dejaba de tartamudear como una tonta en cuanto alguien me hablaba!

-Hasta que aprendiste a manejar tus propios poderes sobre los hombres, claro. Los poderes que yo mismo te enseñé a reconocer. Entonces dejaste de sonrojarte y de tartamudear y comenzaste a sonreír y a coquetear.
-Nunca lo hice -negó con pasión-. Mi timidez te molestaba y fue por eso por lo que intenté sobreponerme a ella. Intenté comportarme como las demás mujeres, intenté ser un miembro más del círculo social al que no dejabas de decirme que pertenecía. Lo intenté sólo por ti.

-Lo intentaste demasiado en serio, entonces. No recuerdo haberte pedido que tuvieras un amante.
-No tuve ningún amante -suspiró.
-Entonces el hombre al que estabas abrazada fue sólo el producto de mi imaginación, ¿no es eso?
-No -concedió ella cruzando los brazos sobre su pecho y sintiendo un escalofrío al recordar la escena-. Él fue real.
-No te toqué en cinco semanas, y sin embargo tú te las ingeniaste para quedarte embarazada. Fue un milagro -añadió.
-No estás muy bien en matemáticas. Fueron cuatro semanas, e hicimos el amor muchas veces aquella noche.
-Pero a la mañana siguiente tuviste la menstruación, así que es imposible que te quedaras embarazada aquella noche.

Pau suspiró de nuevo sintiéndose derrotada. Aquella mañana le había mentido, no había tenido la menstruación. Él le había anunciado que debía volver a marcharse de viaje y ella había mentido para castigarlo por abandonarla tan pronto. Quería privarle del placer de poseer su cuerpo por marcharse, pero había tenido que lamentar esa mentira desde entonces. Después, lo había confesado todo, pero él no había cambiado en absoluto de opinión, no la creía, así que no sentía deseos de repetirle la verdad una vez más.

-Ya veo que no tienes respuesta para esa pregunta.
-Puedes creer lo que quieras. La verdad es que ya no me importa... -contestó con sinceridad y sin ninguna vida en sus ojos-. Una vez te amé más que a mi propia vida. Ahora mi amor es todo para Male.
-Arréglate -ordenó él inexpresivo ante esa declaración volviéndose hacia la puerta-. Cuando estés lista, baja, yo me encargaré de que preparen algo para comer.


Hola hola volvi a pedido de Moi? jajaja disfutenlo y comenten :) 

domingo, 27 de octubre de 2013

Capítulo 3 - Lazos de Amor

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JUSTO en la puerta había un hombre enorme con un traje gris haciendo guardia. Un extraño. -¿Dónde está Pedro? -preguntó Pau medio temblando-. Mi marido, ¿dónde está?

-El señor Alfonso no quiere que nadie lo moleste -contestó mirando de reojo la puerta del despacho cerrado.

Era uruguayo, pensó Pau, su acento era uruguayo, como el del hombre con el que había hablado por teléfono. Se estremeció y pasó por delante de él ignorando su respuesta y apresurándose a abrir la puerta.

Pedro estaba sentado en el borde de la sólida mesa de roble del despacho y no estaba solo. Había dos policías y otro hombre con él, alguien al que de inmediato reconoció como su mano derecha, Hernan Paz. Estaban todos con las cabezas inclinadas mirando algo que había sobre la mesa. Al entrar ella de improviso todos levantaron la cabeza.

Ella los ignoró a todos. Sus ojos ansiosos se centraron en la única persona que importaba.
-Pedro... -lo llamó dando dos pasos hacia él-. He...
Él hizo un gesto con la mano, no hacia ella sino hacia el objeto que había sobre la mesa.

Fue entonces, al oír un clic, cuando se dio cuenta de qué era lo que estaba pasando allí y cuando reconoció lo que había escuchado a pesar de que su cerebro se había negado a admitirlo.

Se paró, se puso blanca, cerró los ojos. Era la voz de Male, de su hija, murmurando y llamándola hasta que alguien apretó el botón.
-¡No la toquen! -gritó.
No supo quién fue el que la alcanzó primero para sujetarla cuando se tambaleó, pero reconoció los brazos de Pedro agarrándola y evitando que se derrumbara, apretándola contra su pecho y obligándola a sentarse.

No se marchó. Fue inclinando su cuerpo al mismo ritmo que ella de modo que podía apoyarse en él. Su corazón se había acelerado y estaba fuera de control, su respiración era rápida, su mente estaba absolutamente horrorizada por un nuevo temor.

Pedro estaba maldiciendo. Maldecía en español y en inglés, maldecía elevando la cabeza por encima de ella, lo maldecía todo y la maldecía a ella. Entonces Pau elevó los dedos helados y temblorosos para posarlos sobre la pechera de su camisa, luego sobre el cuello y por último sobre la boca, apretada por la ira.

Podría haberlo abofeteado en plena cara sólo por haberle causado esa sensación. Él se quedó helado allí mismo, delante de todos aquellos rostros que los observaban. Se quedó helado como una estatua muda con los temblorosos dedos sobre sus labios.

-Pepe -susurró ella débilmente sin darse cuenta siquiera de que lo estaba llamando por un apodo que había utilizado sólo a veces en momentos de intimidad cuando se sentía absolutamente perdida en él-. Mi hija, ésa era mi hija...

Pedro Alfonso, agachado junto a ella y oliendo la maravillosa fragancia de su pelo esparcido por los anchos hombros, cerró por un momento los ojos con una expresión de dolor.

-Shsh -murmuró. Entonces elevó la mano para agarrar los dedos de Pau sobre su boca y después de besarlos ligeramente los tomó entre sus manos con delicadeza-. Pau, ella está bien. Pregunta por ti pero está bien. ¿Me entiendes? Ella está...

Pau se desmayó. Al fin la presión que soportaba la venció y se dejó caer sobre el hombre que tenía a su lado. Poco después, se despertó encontrándose en su habitación, tumbada sobre la cama y con el médico inclinado sobre ella.

-Quiero que tome esto, señora Alfonso -murmuró ofreciéndole dos pastillas blancas y un vaso de agua.

Ella sacudió la cabeza y volvió a cerrar los ojos intentando recordar lo que había ocurrido. Recordaba haber corrido por el vestíbulo y haber abierto la puerta del despacho pero no se acordaba de por qué había sentido la necesidad de ir allí. Recordaba haber visto en el despacho a Pedro, a Hernan y a dos policías, y recordaba cómo todos habían levantado la cabeza para mirarla al entrar ella de improviso y dirigirse hacia Pedro. Luego... entonces recordó.

-¿Dónde está Pedro?
-Aquí estoy.
Abrió los ojos y lo encontró inclinado sobre ella al otro lado de la cama. Su aspecto sin embargo era diferente, como si hubiera perdido en parte su arrogancia.
-Has tenido noticias de ellos, ¿verdad? -murmuró medio desfallecida-. Te llamaron antes de la hora prevista. Te dejaron hablar con mi hija -lloró.
-Tómate las pastillas, Pau.
-Quiero saber qué te han dicho -contestó ella negándose a tomarlas con un gesto de cabeza.
-Si te tomas las pastillas, te contaré lo que han dicho.
-Lo unico que quieres es que me quede dormida. Me niego a dormir -insistió Pau.
-No son pastillas para dormir, señora Alfonso. No tiene usted por qué dormir si no quiere, son sólo para relajarse. Le aseguro que le estoy diciendo la verdad. Comprendo perfectamente que quiera ser fuerte en un momento como éste, pero no lo va a conseguir si no es con cierta ayuda. No debe menospreciar su estado de shock, está usted a punto del colapso. Tómese las pastillas. Confíe en mí.

Confiar en él. Lo miró a los ojos y se preguntó si podría hacerlo. Hacía casi tres años que no confiaba en ningún hombre.
-Tómate las pastillas, Pau. Si no tendré que sujetarte para que él te ponga una inyección.
Pau se tomó las pastillas. Pedro nunca amenazaba en falso y ella no era tonta. Sabía que si le inyectaban algo no iban a ser simplemente calmantes.
Cerró los ojos por unos momentos durante los cuales nadie dijo nada. El doctor permanecía a un lado de la cama y le tomaba la tensión. El silencio era tan profundo que creía oír el tictac del reloj contando los segundos.

Antes incluso de que el doctor le soltara la muñeca sabía que su pulso se había normalizado, que no corría a la velocidad a la que lo había hecho durante las últimas horas. Sintió cómo ambos hombres intercambiaban una mirada y luego oyó pasos por la habitación. La puerta del dormitorio se abrió y volvió a cerrar. De nuevo estaba a solas con Pedro.

-Ahora ya puedes contarme lo que te han dicho -murmuró sin abrir los ojos-. No voy a ponerme histérica.
-No te has puesto histérica en ningún momento -señaló él-. Simplemente te desmayaste.
-Eso ya había ocurrido antes, ¿no es así, Pedro?
-Sí -admitió él causándole tal sorpresa que ella abrió los ojos.
-Sólo que la última vez me dejaste caer, creo recordar.

Él se dio la vuelta, en principio para arrimar una silla a la cama y sentarse a su lado, pero ella sabía que lo hacía para no recordar la escena a la que se refería, cuando él estuvo a punto de pegarle y ella respondió simplemente desmayándose.

Aquel incidente había tenido lugar en otra casa, en otro país, en otro mundo. Y en aquella ocasión, él se había marchado y la había dejado tirada en el suelo. Desde entonces no había vuelto a verlo.

-¿Cuándo llamaron?
-Justo después de dejarte.
-¿Y qué dijeron?
-En realidad no necesitas saber qué dijeron exactamente -contestó él curvando ligeramente los labios-. Digamos que sólo querían asegurarse de que yo comprendía bien que se trataba de un asunto de negocios.

-¿De qué clase de negocios? -preguntó Pau fríamente, sorprendida por el efecto de las pastillas-. ¿Te refieres a dinero?
-Pensé que era evidente que lo que quieren es dinero. Es de lo unico de lo que dispongo en abundancia.
Ella asintió, pero sin embargo luego le contradijo:
-Es mentira. Lo que quieren no es tu dinero.
-¿Y cómo has llegado a esa conclusión? -preguntó frunciendo el ceño.
-Porque son uruguayos —explicó como si esa razón lo aclarase todo-. Si me hubieras dicho que la han secuestrado en venganza por haberles estropeado tú un negocio importante, te habría creído. Pero si me dices que es sólo por dinero no te creo.

-¿Es que todavía sospechas de mí? -preguntó con frialdad.
Pau hubiera sonreído si hubiera podido ante aquella pregunta, pero la tensión se había convertido por efecto de las pastillas en debilidad, y sólo podía permanecer tumbada.

-No, de ti no, de tu padre.
La expresión de Pedro se endureció. Todo rastro de amabilidad hacia ella desapareció de pronto.
-Deja en paz a mi padre.
-Me gustaría poder hacerlo, pero no puedo. Le contrariaste cuando te casaste conmigo y nunca me perdonará. Además, aún sigues contrariándolo al no querer divorciarte para buscar otra esposa. ¿Cuánto tiempo crees que está dispuesto a aguantar una situación como ésa un hombre con su orgullo? Al final ha decidido tomar cartas en el asunto.

-¿Raptando a tu hija? ¿Y cómo crees que va a conseguir con eso que haga lo que él quiere?
-Ha conseguido traerte aquí, ¿no? -contestó con un brillo de cinismo en los ojos-. Ha conseguido que vengas aquí a enfrentarte con el error que cometiste y que te has negado a aceptar durante tres años.

-Si esas son las tácticas de mi padre -rió-, entonces ha cometido un grave error. Lo que es mío es mío, y siempre lo conservaré. Aunque nunca en la vida vaya a poner un dedo sobre ti, no estoy en absoluto dispuesto a permitir que ningún hombre obtenga ese privilegio.

-¿Es esa tu venganza particular, Pedro? -preguntó ella sintiendo un escalofrío.
-Si quieres llamarlo así.
-Entonces quizá debas informar a tu padre de lo que opinas.
-No hace ninguna falta, él ya lo sabe. Y aunque esté deseando que llegue el día en que vea a su hijo deshacerse de su mujer para tomar otra esposa no está en condiciones de hacer nada al respecto -Pedro se levantó y volvió a poner la silla en su sitio.

Luego se dio la vuelta para mirarla. Su rostro era de nuevo frío e impenetrable-. Ya ves, hace seis meses sufrió un ataque al corazón. Está tan débil de salud que tiene que permanecer en una silla de ruedas. Apenas puede hacer nada por sí mismo, y menos aún planear algo como esto -de pronto se inclinó sobre ella con un gesto serio-. Así que guárdate tus odiosas insinuaciones para ti sola, Pau.

Una cosa es que te atrevas a insultarme a mí con tus opiniones sobre mi familia, y otra muy distinta que te metas con mi padre. Déjalo a él aparte. ¿Está claro?
-Sí -susurró ella atónita por las noticias. ¿Horacio enfermo en una silla de ruedas?, Se preguntó incrédula-. Lo siento.

Su lástima era sincera, pero no la sentía por aquel hombre reducido por la enfermedad, sino por Pedro, que lo adoraba.
-No necesito tu lástima. Me basta con que te muerdas la lengua antes de volver a decir nada sobre él.
Entonces alguien llamó a la puerta, que se abrió. Hernan apareció en el umbral. Miró primero a Pau y luego a su jefe, al que dijo:
-Están al teléfono otra vez.

Hola volvi, dedicado a las que me hicieron la tarde disfrutenlo y comenten @AnddreaBoo @EmiliaCh_ @VickyCivitelli 

viernes, 25 de octubre de 2013

Capítulo 2 - Lazos de Amor

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La última persona que salió cerró la puerta. Pau escuchó el clic y sintió como entre ellos se hacía el silencio. El se fue y volvió escasos segundos después para sentarse a su lado y poner en sus manos un vaso presionándolo contra sus labios y obligándola a beber.

-Bebe -ordenó.

El olor inconfundible del brandy invadió sus sentidos y casi la hizo marearse. Sacudió la cabeza y el pelo dorado, liso y largo se agitó en su espalda, entre ambos hombros. Pero él ignoró el gesto.

-Bebe -repitió-. Estás tan pálida que asustas. Bebe o te obligaré yo a beber.

No era una amenaza en vano. Eso quedó bien claro cuando su mano se elevó, larga y fuerte, agarrándola del mentón para forzarla a abrir la boca.
Bebió y luego carraspeó al notar cómo el líquido bajaba por su garganta como el fuego y sus pulmones conseguían por fin respirar frenéticos como si llevaran tiempo intentando hacerlo sin éxito.

-Eso está mejor -murmuró él creyendo que había sido el brandy lo que le había hecho dar la bocanada de aire cuando lo cierto era que había sido su contacto el causante, un contacto que parecía cargado de electricidad y que obligaba a cada milímetro de su cuerpo a reconocerlo-. Bebe un poco más.

Ella bebió aunque sólo para ocultar el horror que sentía. Por él. Por ese hombre. Por el amargo hecho de que aún respondiera tan violentamente al contacto físico de un hombre que le había causado tanto dolor, tanta desilusión y tanta infelicidad.

La obligó a beber varios tragos de brandy y por fin decidió que era suficiente. Sus dedos la soltaron y retiró el vaso. El licor había conseguido colorear ligeramente sus mejillas mientras que aquel contacto había puesto una nota de condena amarga en su mirada de ojos.

-¿Has sido tú? -exigió saber ella pronunciando la frase sin apenas vocalizar.

Sin embargo él la oyó y la entendió. La forma en que se endurecieron sus ojos lo dejaba bien claro. Siguió observándola y escrutándola con frialdad y calma. Lo estaba negando con los ojos. Su expresión de dureza y ofensa exigía saber cómo se atrevía a pensar una cosa así.

-Te odio -añadió ella-. Desprecio la tierra que pisas. Si le ocurre algo a mi hija, ten cuidado, Pedro. Porque estoy dispuesta a atravesar con un cuchillo ese trozo de piedra que tienes en el pecho al que llamas corazón.

El siguió sin responder. Ni siquiera reaccionó, lo cual era toda una novedad porque con su exagerado sentido de la ofensa personal no se tomaba nunca a broma las amenazas. Y ella había hablado en serio.

-Cuéntame lo que ha ocurrido -dijo al fin con calma.

Pau recordó de pronto el momento en que la niñera había entrado gritando: «Han secuestrado a Male. Estábamos jugando en el parque cuando de repente han venido unos hombres corriendo y se la han llevado». Aquel recuerdo la hacía estremecerse de angustia.

-¡Sabes muy bien lo que ha pasado, eres un monstruo! -respondió con los ojos encendidos de furia, odio y amargura-. Ella es el recuerdo vivo de tu humillación así que decidiste quitarla de en medio, ¿no es eso?, ¿eh?

Por el contrario los ojos de él permanecieron en calma, sin reaccionar. Se echó hacia atrás en el asiento, cruzó una pierna sobre la rodilla enseñando el tobillo y estiró el brazo por el respaldo del sofá estudiándola cuidadosamente.

-Yo no he secuestrado a tu hija -afirmó.

De inmediato Pau se dio cuenta de que no había dicho mi hija, ni siquiera nuestra hija.

-Sí, la has secuestrado tú -respondió con plena seguridad-. Según todos los indicios, ha sido una persona de tu calaña. Tu segundo nombre es venganza. O debería serlo. Lo unico que no comprendo es por qué no me han raptado a mí también.

-Piénsalo -sugirió él-. Quizá con un poco de suerte puede que llegues a una conclusión inteligente.

Pau se dio la vuelta. Odiaba mirarlo. Odiaba el cruel aspecto de indiferencia de su rostro arrogante. Estaban hablando nada menos que de la vida de su hija, y él estaba ahí, como si no ocurriera nada.

-¡Dios, me pones enferma! -respiró apartándose de él y dirigiéndose hacia la ventana con los brazos cruzados sobre el tenso cuerpo. Fuera, había instalado todo un muro de seguridad acordonando la propiedad: hombres con teléfonos móviles, perros. De pronto Pau rió al verlo. Así que has decidido montar todo un circo. ¿De verdad crees que vas a engañar a alguien con eso?

-A ti no, evidentemente -se burló él entendiendo perfectamente sus palabras-. Sólo los he puesto ahí para contener a la prensa. Esa estúpida niñera estaba entrenada para actuar con diplomacia, pero en lugar de eso se puso a gritar para que todo el mundo en Argentina se enterara -suspiró mostrando cierto enfado por primera vez-. Ahora ya todo el mundo sabe lo que ha ocurrido. Va a ser imposible recuperarla sin montar un escándalo.

-¡Oh, Dios! ¿Por qué, Pedro? -lloró desesperada-. ¡Sólo tiene dos años! No podía ser ninguna amenaza para ti. ¿Por qué te has llevado a mi niña?

No lo vio moverse, pero sin embargo en un instante estuvo a su lado, junto a la ventana, y sus dedos volvían a producirle esa descarga  eléctrica al tomarla de la barbilla para girar su cara.

-No voy a volver a repetir esto, así que escúchame bien. Yo no he raptado a tu niña.
-Alguien lo hizo -contestó con los ojos llenos de lágrimas-. ¿A quién conoces que pueda odiarla más que tú?.
Él suspiró sin contestar. No podía negar la verdad de su acusación.
-Ven y siéntate antes de que te caigas al suelo redonda -sugirió-. Vamos a...
-¡No quiero sentarme! ¡Y no quiero que me toques! -se soltó con violencia. Los labios de Pedro se endurecieron. Era un síntoma de que comenzaba a molestarle su falta de amabilidad-. ¿Quién, Pedro? -repitió con dureza-. ¿Quién más podría querer quitarme a mi niña?
-No a ti, sino a mí -contestó él con calma dándose la vuelta-. Han querido quitármela a mí.
-¿A ti? -preguntó incrédula-. ¿Y por qué iban a querer hacerte eso? ¡Tú no quieres a la niña!
-Pero la gente no lo sabe.

Pau se quedó helada al darse cuenta.
-¿Quieres decir...?
Tragó sin poder terminar la frase. Había confiado en que él hubiera sido el responsable. Estaba tan segura que la sola idea de que no fuera así, de que hubiera otra alternativa simplemente la desarmaba. De pronto un miedo nuevo le atenazó el pecho.
-Soy un hombre poderoso y el poder trae enemigos...
-Pero... ¡No! -sacudió la cabeza negando tal posibilidad-. ¡No! Éste es un asunto de familia, lo sé. He hablado con ellos...
-¿Que tú has hablado con ellos? -se volvió para mirarla con los ojos de depredador.
-Por teléfono -asintió sintiéndose enferma al recordar la conversación.
-¿Cuándo?

Su voz se había endurecido. No parecía gustarle el que ella pudiera darle una información de la que no tuviera noticia. Ofendía su sentido de la omnipotencia.

-Una hora después de que la raptaran, más o menos. ¡Dijeron que tú sabrías qué hacer! -añadió desesperada mirándolo-. ¡Si lo sabes, hazlo, Pedro! ¡Por el amor de Dios, hazlo!

Él murmuró algo molesto y la agarró del brazo empujándola para que volviera a sentarse en el sofá sin obtener protesta alguna en esa ocasión.

-Ahora escúchame -dijo sentándose a su lado-. Necesito saber qué dijeron exactamente, Pau. Y necesito saber cómo lo dijeron. ¿Comprendes?
¿Comprender? Por supuesto que comprendía, se dijo Pau
-¡Lo que tú quieres es saber si eran Uruguayos! Pues bien, sí lo eran -lo acusó-. Reconocí perfectamente el acento. Era el mismo tono con el que tratan a todos los que no son como ustedes.
-¿Hombre o mujer? -preguntó él sin hacer caso a sus comentarios.
-Hombre.
-¿Joven o mayor? ¿Podrías decirlo?
-La voz estaba amortiguada, creo... creo que tenía algo puesto delante del auricular -contestó poniéndose una mano delante de la temblorosa boca.
Él alcanzó su mano y la retiró con dureza para exigir su atención.
.-¿Y qué dijo? -insistió ignorando su ruego-. ¿Qué dijo exactamente, Pau?

Ella comenzó a temblar violentamente. Cerró los ojos. No quería recordar aquella conversación telefónica que había confirmado sus peores miedos.
-Tenemos a tu niña -repitió palabra por palabra. Sus dedos, helados, comenzaron a temblar de tal modo que él los estrechó en sus manos-. Por el momento está a salvo. Busca a Alfonso. Él sabrá qué hacer. Nos pondremos en contacto de nuevo contigo a las siete y media... ¿Qué hora es? -preguntó confusa mirando a su alrededor.
-Shsh. Aún no son las seis -murmuró él intentando calmarla-. Concéntrate, Pau. ¿Dijeron algo más? ¿Oíste algo? ¿Voces, algún ruido de fondo, algo...?
-No, nada -se soltó las manos para taparse la cara. Ni siquiera el llanto de su propia hija-. ¡OH, Dios! ¡Mi niña! ¡Mi pobre niña... la quiero aquí conmigo! -se dio la vuelta confusa y atormentada-. Conmigo, en mis brazos... -añadió cruzando los brazos contra su pecho como si su hija ya estuviera con ella-. ¡OH, Dios, Pedro, haz algo! ¡Haz algo!
-Está bien, está bien, lo haré. Pero quiero saber por qué diablos nadie me había informado de esa conversación telefonica. ¿La grabaste? La policía tiene intervenida esta línea telefonica. Tiene que estar grabada.
-¿Es que tienes miedo de que alguien pueda reconocer la voz? -preguntó ella alarmada al verlo ponerse en pie-. ¿Adónde vas?
-Voy a hacer algo al respecto -contestó él mirándola con expresión de indiferencia-. Tal y como tú me has pedido. Mientras tanto te sugiero que te retires a tu habitación y trates de dormir. Te mantendré informada de lo que ocurra.
-Quieres decir que lo deje todo en tus manos.
-Después de todo es para eso para lo que he venido -asintió él frío.
Sí, se dijo Pau. Ésa era la unica razón por la que había vuelto
-¿Dónde estabas?
-En Chile.
-¿En Chile? Pero si sólo hace seis horas que la...
-... ¿Todavía sospechas que he sido yo quien la ha raptado?
-Los dos sabemos que eres perfectamente capaz de hacerlo -contestó ella con el mentón bien alto y los ojos fríos como los de él.
-¿Y por qué iba a querer hacerlo? Ella no significa ninguna amenaza para mí.
-¿No? Hasta que Pedro Alfonso no consiga librarse de su esposa para casarse con otra Male es la unica heredera legítima. Haya sido él suficientemente viril o no para concebirla.

Aquella provocación había ido demasiado lejos y ella lo sabía. De pronto, él se inclinó sobre ella con los dientes apretados. El miedo no la dejó ser enteramente consciente de la fragancia de su aftershave.

-Ten cuidado, esposa, con lo que me dices.
-Y ten cuidado tú. Procura traerme a mi hija sana y de una pieza, o si no atente a las consecuencias. Voy a arrastrar el apellido Alfonso por todos los periódicos del mundo.
Sus ojos se encendieron de nuevo como alumbrados por un relámpago.
-¿Y qué les vas a contar? ¿Qué horrible crimen crees que puedes culparme? ¿Es que no te he dado a ti y a tu hija todo lo que podrian desear? Mi casa, mi dinero... ¡hasta mi nombre!
-¿Y por el bien de quién lo has hecho? -preguntó ella pensando que todo eso era legítimamente suyo-. Sólo por el tuyo, Pedro. Por orgullo. ¡Por tu maldito orgullo!
-¿Qué orgullo? -preguntó él de pronto poniéndose en pie-. Destrozaste mi orgullo cuando te llevaste a otro hombre a tu cama -por un momento Pau sintió cierta simpatía y pena por el hombre que había vivido tres años creyendo aquella mentira.

Tenía razón: aunque lo que dijera no fuera cierto el solo hecho de que lo creyera tenía que haber acabado con su orgullo-. ¡Ah! No quiero discutir ese tema. Me molesta. Me molesta incluso tener que hablar contigo -añadió dándose la vuelta y dirigiéndose a grandes pasos hacia la puerta.

-Pedro! -lo llamó Pau esforzándose por ponerse en pie y detenerlo. Él se paró con la mano en el picaporte de la puerta pero sin darse la vuelta. Las lágrimas invadían las profundidades de sus ojos, esas profundidades en las que guardaba el amor que un día había sentido por él-. Pedro, por favor... Pienses lo que pienses de mí tienes que comprender que Male no ha cometido crimen alguno.

-Lo sé -contestó él sereno.
-Entonces por favor, devuélvemela.

Aquella súplica le puso tenso. Se dio la vuelta para mirarla. Estaba de pie, con su largo pelo sujeto con una cinta, retirado del rostro. Sus ojos, antes duros, fríos y enfadados, no podían evitar observar su figura pequeña y esbelta. No era alta, y la ropa acentuaba su delgadez.

Era una criatura delicada, siempre lo había pensado. Siempre había tenido la sensación de que el más mínimo soplo de viento iba a hacerla salir volando, de que la más mínima palabra agria iba a hacerla desesperar. Y sin embargo... Sus ojos se endurecieron aún más, si es que ello era posible.

-Han secuestrado a la niña porque lleva mi apellido -afirmó con calma-. Por esa razón haré todo lo que esté en mi mano para devolvértela.

La puerta se cerró dejando a Pau mirándola enfadada. Se refería a Male llamándola «la niña», pensó con amargura, como si fuera una muñeca sin alma, un simple objeto inanimado al que hubieran robado. Y sólo aceptaba que era su obligación recuperarla porque se daba cuenta de que en parte era responsable de que la hubieran raptado.

Qué amabilidad, pensó mientras buscaba una silla donde apoyarse antes de caer, cuánta magnanimidad. ¿Cuál habría sido su reacción si hubiera creído que Male era hija suya?, Se preguntó. ¿No habría sido entonces él el que habría necesitado un brandy, no habría sido a él al que todos habrían intentado hacer tragar las pastillas para dormir, al que todos habrían intentado calmar al ver que no podía soportar el horror de ver a su hija secuestrada por un monstruo?

 Un monstruo dispuesto a lo que hiciera falta con tal de conseguir lo que se proponía.
Intentó interrumpir sus pensamientos tapándose la cara con las manos. No podía seguir soportándolo. Su hija estaba en manos de un loco. Estaría asustada, atemorizada, sin saber qué iba a ocurrirle. Querría a su mamá, no comprendería por qué su mamá no estaba allí con ella cuando siempre había acudido a su llamada. ¿Qué clase de monstruo insensible podía ser capaz de alejar a una niña pequeña de su madre? ¿Qué podía causar que alguien llegara a ser tan malvado, tan cruel, tan...?

De pronto recordó algo y retiró las manos de la cara. Sólo conocía a una persona que fuera capaz de hacer algo así. Horacio Alfonso. De tal palo tal astilla. Peor aún, mucho peor el padre que el hijo. Pedro nunca llegaría a aprender a ser tan mala persona como su propio padre.

Y además la odiaba. La odiaba por haberse atrevido a pensar que podía ser una esposa lo suficientemente buena para su hijo. Había jurado vengarse de ella por haberle robado a su hijo, al que hubiera preferido ver casado con una uruguaya en un matrimonio previamente convenido. Si Pedro se creía a sí mismo omnipotente, Horacio Alfonso lo creía aún más de sí mismo.

Pero Horacio ya se había cobrado su venganza, pensó confusa. ¿Por qué iba a querer...?, Comenzó Pau a preguntarse a sí misma.
-¡No! -exclamó en voz alta de pronto poniéndose en pie.
Temblaba, pero no de debilidad sino de miedo. Sentía un inmenso miedo que le impedía casi incluso seguir en pie. No obstante atravesó el salón y salió de la habitación.

Hola hola volvi, disfruten del capitulo y que tengan una linda noche, nos leemos :)





miércoles, 23 de octubre de 2013

Capítulo 1 - Lazos de Amor

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Buenos Aires. Hora: las 17:45 p.m.


Seis horas después del suceso. La tensión en el salón de la mansión era tal que se podía casi tocar. La gente estaba de pie en pequeños grupos. Unos hablaban en voz baja, preocupados, mientras otros, callados, rompían de vez en cuando a llorar. Se oían voces reconfortantes.

Otros se mantenían aparte del resto, de pie o sentados, ejerciendo sobre sí mismos un férreo autocontrol que los obligaba a permanecer inmóviles y en silencio.
Esperando.

Pau era de estos últimos. Estaba sola, sentada en uno de los sofás, y su aspecto era sereno, tranquilo. Miraba la pálida alfombra bajo sus pies en apariencia inconsciente de todo lo que la rodeaba.

Pero no era en absoluto inconsciente de lo que la rodeaba. Ni estaba tranquila. A cada instante cada ruido reverberaba en su cabeza como un escalofrío. Estaba ahí sentada sin moverse, muy quieta y con la espalda recta porque sabía que si se movía, aunque sólo fuera un músculo, toda su entereza, ganada con tanto esfuerzo, se vendría abajo.

De hecho ya había ocurrido. Cuando le dieron la noticia, su reacción inicial había sido la de sentirse horrorizada, fuera de sí. Entonces intentaron llevarla a la cama, intentaron darle tranquilizantes para sacarla de su estado atormentado y hacer que se durmiera para que se olvidara de la situación

Pero ella se había negado. Por supuesto que se había negado. ¿Cómo podía ninguna mujer, se preguntó, ninguna madre refugiarse en el sueño en un momento como ése?
Como su reacción había sido alarmante y necesitaban algo tangible de qué ocuparse ella se había convertido en la candidata perfecta para recibir las atenciones de todos. Y como sabía que no tenía fuerzas para oponerse a ellos al tiempo que controlaba los miles de temores que surgían en su interior se había visto obligada a calmarse, había fingido que conseguía dominarse y había tomado asiento en el sofá, en el que llevaba ya horas sentada.

Horas...
Esperando.
Como todos los demás.

Esperando al hombre que debía llegar y hacerse cargo de la situación. Le habían dicho que estaba de camino. Como si esa información pudiera hacerla sentirse mejor. No se sentía mejor. Nada podía hacerla sentirse mejor. Nada
Así que se quedó sentada, inmóvil, con los ojos azules mirando para abajo para que nadie pudiera ver lo que ocurría en su interior. Se concentró en permanecer en calma mientras los demás, llenos de ansiedad, eran incapaces de ver cómo su camisa negra de manga larga y sus pantalones ajustados acentuaban la tensión de su rostro pálido. Tampoco parecían darse cuenta de que estaba sentada tan recta porque el susto mantenía agarrotada su espina dorsal como si fuera de hierro, ni de que sus manos, agarradas la una a la otra sobre el regazo, estaban tensas y frías de modo que era imposible separarlas.

Pero al menos no se acercaban a ella. Al menos no intentaban reconfortarla murmurando palabras inútiles que ninguna madre quería oír en un momento como aquél. Al menos la dejaban estar sola.
De pronto, el sonido de neumáticos en la grava del camino que daba acceso a la casa hizo que todos se sobresaltaran y prestaran atención.

Pau no se movió. Ni siquiera levantó la cabeza.
Había ruido de voces en la entrada. Una sobresalía de entre las demás, profunda, dura y autoritaria. El aire de la habitación comenzó a helarse.

Entonces se oyeron pisadas firmes y precisas caminando hacia la puerta cerrada del salón. Al abrirse por fin todos se dieron la vuelta fijando su mirada expectante en el hombre que apareció en el umbral.

Sin embargo, Pau mantuvo los ojos fijos en la alfombra. Contaba cuidadosamente las rosas diminutas de su dibujo.
Alto, delgado, piel morena, cabello negro y músculos tensos, llevaba una camisa blanca, corbata negra y un traje gris de seda caro que le sentaba como todo buen traje debe sentar. La nariz larga, fina y dura, la boca sensual y decidida. Y los ojos desafiantes y fríos como los de un cazador, dorados, como un tigre. Fríos como sus rasgos. Un hombre de piedra.

Estuvo de pie, firme en el umbral durante un momento, durante unos segundos eternos, irradiando un poder y una fuerza en la habitación que hizo que todos contuvieran el aliento. Sus ojos extraños se fijaban en un rostro ansioso y luego en otro, observando la escena por entero y sin reconocer a nadie en particular. La chica joven sentada junto a la ventana dejó escapar un suspiro cuando él fijo su vista en ella. Sus mejillas se sonrojaron y sus ojos, hinchados, se quedaron mirándolo como si estuviera suplicando por su vida. Fríamente, sin prestar atención, caminó por la habitación. Hasta que sus ojos tropezaron con Pau, sentada sola, en su inmenso esplendor, con la cabeza baja e inconsciente de todo.

Entonces le ocurrió algo a sus ojos. Nadie supo exactamente qué pero todos los que lo vieron sintieron un escalofrío. Comenzó a caminar con gracia y soltura. Sin volver a mirar por segunda vez a nadie caminó y cruzó la alfombra parando justo delante de ella.

-Pau -dijo en voz baja.

Ella no se movió. Sus ojos se fijaron en los zapatos de piel fabricados artesanalmente que tapaban en ese momento el trozo de alfombra que había estado observando, pero aparte de eso no dio muestras de ser consciente de su presencia.

-Pau -volvió a repetir de nuevo con un tono de voz más autoritario.

En esa ocasión sí obtuvo respuesta. Las pestañas de Pau vibraron y poco a poco sus párpados comenzaron a levantarse deslizándose por las largas y poderosas piernas, por el torso tenso de músculos sólidos cubiertos por la camisa blanca que no conseguía esconder la abundancia de vello negro ni la piel, tersa de satén.
Alcanzó a ver el cuello, moreno y tirante. Luego el mentón, rígido, la sombra de una línea que esculpía a la perfección la boca. La nariz, fina y recta, masculina. Las mejillas, tersas con el lustre de la seda propia de las pieles bien cuidadas. Y por último los ojos. Su mirada azul ausente se fijó en los ojos dorados de cazador de aquel hombre al que hubiera deseado no volver a ver.

¿Cuánto tiempo había pasado?, Se preguntó Pau. Hacía ya dos años que no lo veía, casi tres. Había cambiado muy poco. ¿Y por qué iba a cambiar? Se preguntó. Él era Pedro Alfonso, un hombre importante, poderoso. Un hombre rico que podía mantener casas en calles de prestigio de todas las capitales importantes del mundo. Un ser humano al que todos prestaban su zalamera atención, nacido para ostentar el poder, criado para ostentar el poder y acostumbrado al poder. Cuando él fruncía el ceño, la gente se inclinaba ante él.

Un hombre que lo tenía todo; buen aspecto, un cuerpo impresionante. ¿Por qué iban a cambiar eso tres insignificantes años?, Se preguntó. Él poseía los rasgos divinos de un hombre de fábula: el pelo tan negro que brillaba con reflejos azules a la luz, la nariz tan arrgante que era incapaz de pedir perdón, la boca firme, resuelta, perfectamente dibujada en una estructura ósea esculpida en la misma piedra privilegiada de
los héroes. Y por último los ojos. Sus ojos eran los de un león, los de un tigre, los de una pantera negra.

Eran los ojos de un depredador duro, frío y salvaje, cruel e incapaz de perdonar.
Incapaz de perdonar, recapacitó.
Si su boca hubiera estado hecha para perdonar hubiera sonreído, aunque hubiera sido amargamente.
Él era el hombre que no perdonaba. Y ella la pecadora

Era una lástima que ella viera la situación por completo del revés. Eso significaba que ninguno de los dos estaba dispuesto a conceder ni lo más mínimo al otro. Ninguno de los dos estaba dispuesto a odiar menos al otro.
Tres años, se repitió a sí misma. Tres años de silencio y amargura. Y las cosas seguían igual, ocultas bajo la superficie pero exactamente igual. Y, a pesar de todo, en ese momento tenía el coraje de presentarse delante de ella y llamarla por su nombre como si fuera lo más natural del mundo que lo hiciera.

Pero no lo era. Y ambos lo sabían. Pau no estaba en condiciones de jugar al estúpido juego de humillados y ofendidos. No con él. No con el hombre al que una vez había amado. No con el hombre al que odiaba tanto como una vez amó.
Apartó la vista de él bajando los ojos de nuevo a lo largo de toda la longitud de su cuerpo. No quería ver su hermoso rostro, su espléndido cuerpo, sus largas piernas. No quería verlo.
Entonces él habló, alto y claro, y toda la habitación tembló:

-Fuera.

No lo había dicho en un tono de voz elevado, pero no hubo ni una sola persona en la habitación que no lo entendiera. Indiferente a todos ellos, inmóvil, se quedó de pie delante de Pau mientras esperaba a que la gente llevara a cabo su orden.

Todos se pusieron en acción reaccionando como juguetes mecánicos. Las cabezas, los cuerpos, todos los miembros comenzaron a moverse de forma descordinada, en masa hacia la puerta. Había dos policías sin uniforme, un chofer uniformado, una niñera joven que lloraba con la cabeza enterrada en el pañuelo y el ama de llaves y su marido. También estaba el médico, al que habían llamado para que viera a la niñera y que al final se había quedado temiendo que Pau finalmente sufriera un shock. O quizá él le había pedido que se quedara.


¿Quién lo sabía?, Se preguntó Pau, ¿y a quién le importaba? A ella no, desde luego. Puede que otra gente agachara la cabeza al verlo, puede que otros obedecieran sus despóticas órdenes sin rechistar, pero ella no. Nunca. Era sorprendente e incluso patético que un hombre pudiera entrar así en un salón, dar un orden y conseguir que todos obedecieran sin necesidad de decir siquiera su nombre.

Pero lo cierto era que ese hombre no era cualquier hombre. Ese hombre tenía tanto poder que podía entrar en cualquier salón de cualquier parte del mundo y exigir de inmediato la atención de todos. Era el hombre que había cerrado  esa mansión y su jardín escasamente una hora después del incidente. Era una lástima que no la hubiera tenido cerrada así antes de que ocurriera. Si lo hubiera hecho no estarían viéndose en ese momento, pensó Pau.


Hola hola aca les dejo el primer capitulo, espero que sea de su agrado comenten aca o en @patty_lovepyp. Gracias por leer :)

lunes, 21 de octubre de 2013

Prólogo - Lazos del Corazón

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Pedro Alfonso no aceptaba que Male fuera hija suya.

Estaba convencido de que Paula, su esposa, lo había engañado con otro hombre y de que Male era el fruto de esa traición.

De modo que ambos vivían separados, hasta que el silencio entre ellos se rompió por necesidad: alguien había secuestrado a Male.

Pedro sabía que él era el único que podía rescatar a la niña, pero eso significaba volver a ver a Paula.

No le quedaba más remedio que hacerlo, y entonces descubrió que, después de tres largos años, Pau seguía llevando aún su anillo de bodas...

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Hola volvi les paso la nove desde otro tw para no cagarles el inicio a mis seguidores, todos los comentarios haganlos en el blog o en patty_lovepyp :), me avisan si quieren que les pase la nove :)

miércoles, 16 de octubre de 2013

Epílogo - Amor en Riesgo

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—Es la niña más hermosa del mundo —dijo Pedro con orgullo mientras mostraba a Mia, de seis semanas, a sus hermanos para que la admiraran.

—Eso lo dices porque Mica va a tener otro niño —protestó Nan.

—Escuchenlos —protestó Flor—. ¿Por qué los bebés vuelven a los hombres tan blanditos?

—Pensaba que era el sexo lo que hacía eso —apuntó Mica con malicia.

—Bueno, eso también —rió Pau

Gabriel estaba junto a los hombres Alfonso mirando, inmensamente orgulloso, a su hermanita.

La adopción de Gabriel se había formalizado dos semanas antes del nacimiento de Mia.

 Una semana después, Pedro había recibido una llamada urgente del laboratorio que había realizado la prueba de paternidad.

En efecto, le informaron, había habido un trágico error y los resultados se habían confundido con los de otra persona.

Pedro se había sentido nuevamente horrorizado por haber descargado su ira sobre Pau, pero ella le recordó que mucho antes de conocer el resultado correcto ya había aceptado su palabra sobre la legitimidad de su hija. Y eso bastaba.

Flor había señalado acertadamente que lo único que tendrían que haber hecho era esperar al nacimiento de Mia, pues nadie en su sano juicio dudaría de su origen Alfonso.

En efecto, tenía la nariz y la boca. Era, en todos los sentidos, Pedro en miniatura.

Pau contempló a su familia, reunida en la casa de la colina sobre el mar. Había tanta felicidad allí. En algunos momentos le costaba creer que todo aquello fuera suyo. Que tenía una familia. Que pertenecía a alguien.

—Me gustaría proponer un brindis —dijo Nan mientras alzaba su copa—. Por las esposas Alfonso. No me cabe la menor duda de que nos mantendrán en guardia hasta una edad bien avanzada.

—Eso, eso —Fede se unió al brindis.

Pedro se volvió hacia Pau con una sonrisa y ella se puso en pie a su lado. Juntos contemplaron al bebé en brazos de su padre mientras ella abrazaba a Gabriel contra su cuerpo.

—A mí también me gustaría proponer un brindis —dijo Pau—. Por Flor. Para que llene la casa de Fede de niñas tan hermosas y descaradas como su madre.

—Cierra el pico —dijo Flor, aunque sus ojos brillaban alegres.

—Que Dios me ayude si eso llega a producirse —Fede abrazó a su esposa—. El mundo ya tiene bastante con una Flor.

—A mí me gustaría proponer un brindis por el amor y la amistad —dijo Mica.

—Por el amor y la amistad —repitieron ambas a coro.



       --------------------------------------Fin --------------------------------------


Bueno hasta aqui llego, espero que la hayan disfrutado y en el trascurso de la semana les subo la nueva. Muchisimas gracias a todas las que comentaban dia a dia y a las que no gracias por leer :) 

martes, 15 de octubre de 2013

Capítulo 19 - Amor en Riesgo

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Pedro llamó al apartamento. Pero no fue Pau quien abrió, sino Alex.

—¿Está Pau aquí? —preguntó Pedro secamente.

—¿Y por qué debería estar aquí? —Alex entornó los ojos—. ¿Por qué no está contigo?

—¿Tienes idea de adónde podría haber ido? —Pedro cerró los ojos. Le fastidiaba tener que pedirle ayuda a ese hombre, pero, para encontrar a Pau, estaba dispuesto a hacer cualquier cosa.

—Será mejor que entres y me cuentes qué está pasando —dijo Alex.

—Le dije cosas horribles —admitió Pedro—. Estaba enfadado y la tomé con ella.

—¿Sobre qué?

Consciente de que necesitaba la ayuda de ese hombre, Pedro le contó toda la historia, de principio a fin. A lo mejor si conseguía parecer lo bastante compungido, Alex no pensaría que era un bastardo y le diría lo que supiera sobre Pau.

—Eres un imbecil de primera clase, ¿a que sí? Pau jamás mentiría sobre algo así. ¿Nunca te habló de su infancia? Imagino que no, de lo contrario no hubieras reaccionado así contra ella.

—¿De qué hablas?

—Desde la muerte de sus padres, siendo ella apenas un bebé —Alex hizo una mueca de disgusto—, Pau pasó de una familia de acogida a otra. Las primeras fueron temporales, hasta encontrarle un hogar permanente.

La primera familia era una auténtica joya. El hijo mayor intentó abusar de ella. Se lo contó a la asistenta social quien, afortunadamente, la creyó.

 De modo que la llevaron a otra casa, junto con otra niña de su misma edad. Lo que no sabía era que la familia no tenía intención de quedarse con ambas.

Aceptaron dos para poder elegir. Y ella no fue la elegida. De modo que perdió una familia en la que había llegado a confiar, y una hermana a la que amaba.

—Dios —masculló Pedro entre dientes.

—Las cosas parecieron mejorar cuando una pareja que no podía tener hijos decidió adoptar a Pau.

La adopción estaba prácticamente formalizada cuando la madre descubrió que estaba embarazada.

No podían permitirse tener más de un hijo y ya podrás imaginarte a cuál eligieron. Una vez más, Pau fue rechazada.

Pedro cerró los ojos. Él también la había rechazado, junto con su bebé.

—Después de aquello, dejó de creer en los finales felices. Creció muy deprisa. Pasó por diversos estamentos del estado hasta ser lo bastante mayor para valerse por sí misma.

Desde entonces no ha parado de moverse de un lugar a otro, sin establecerse en un lugar, sin establecer lazos con nadie. Sin tener un hogar. Sencillamente no se cree merecedora de uno.

—Si se pone en contacto contigo —Pedro le devolvió la mirada con el estómago encogido—, ¿me lo harás saber? Está embarazada y sola. Debo encontrarla para arreglar las cosas.

Alex lo contempló largo rato antes de asentir y aceptar la tarjeta que Pedro le tendía.

—Llámame a cualquier hora. No importa.

—¿Adónde irás ahora? —Alex acompañó a Pedro hasta la puerta.

—Voy a Uruguay a ver a mis hermanos. Algo que debía haber hecho ya.

Pedro llamó a la puerta de la casa de su hermano. No le gustaba la idea de enfrentarse a ellos tras su grave error.

Y aún menos tener que pedirles ayuda, pero si servía para encontrar a Pau…

—¿Pedro? ¿Qué haces aquí? ¿Por qué no llamaste para decir que venías? ¿Dónde está Pau?

—¿Puedo pasar? —Pedro hizo un gesto de fastidio ante la avalancha de preguntas de Fede.

—Claro —Fede se hizo a un lado—. Estábamos a punto de cenar. Tienes un aspecto horrible.

—Gracias —contestó Pedro secamente.

Al entrar en el comedor, Nan, Mica y Flor levantaron la vista. Pero únicamente Nan pareció sorprendido.

—¿Qué ha pasado? —Nan miró a su hermano fijamente.

—Pau me ha abandonado —dijo él con desesperación.

Fede y Nan empezaron a hablar a la vez, mientras que las mujeres se limitaron a intercambiar miradas en silencio.

—Eso no tiene sentido —dijo Nan—. No después del tiempo que dedicó a…

Mica le dio un codazo para hacerle callar. Nan la miró perplejo, pero obedeció.

—¿Y por qué te ha dejado, Pedro? —Flor se puso en pie y apoyó las manos en las caderas.

La voz era exageradamente dulce y le recordó a Pedro por qué los hombres temían a las mujeres.

—Flor, a lo mejor a Pedro no le apetece contarnos esas intimidades —sugirió Fede.

—Está aquí, ¿no? —Mica enarcó una ceja—. Quiere nuestra ayuda. Tenemos derecho a saber si se la merece o no.

—Si quieres la verdad, no, no me la merezco, pero de todos modos se las pido.

—¿Por qué? —preguntó Flor.

—Porque la amo —Pedro contempló a ambas mujeres—, y cometí un terrible error.

—¿Entonces llamaste a ese estúpido laboratorio para descubrir el error? —dijo Mica furiosa.

Nan y Fede se volvieron hacia Mica y Flor. La primera se sonrojó y miró a su cuñada con un gesto de disculpa, pero Flor se limitó a encogerse de hombros.

—No he llamado al laboratorio. No me importan los malditos resultados.

La amo, y a nuestra hija. Me importa un bledo quién sea el padre biológico. Es mi hija, y no tengo intención de renunciar a ella o a Pau.

—¿Por qué tengo la impresión de que tú y yo somos los únicos que no tenemos la menor idea de qué demonios está pasando aquí? —dijo Fede a Nan.

—Pero apuesto a que nuestras encantadoras esposas podrían ilustrarnos —dijo Nan.

Las dos cuñadas se cruzaron de brazos y apretaron los labios.

Con la desesperación reflejada en el rostro, Pedro se acercó a las dos.

—Por favor, si saben dónde está, diganmelo. Tengo que solucionar las cosas. La amo.

Mica suspiró y miró con insistencia a Flor.

—Puede que la haya ayudado a conseguir una casa en Cordoba—cedió Flor al fin.

—Pero ¿no es allí donde…? —Nan enmudeció ante la nueva mirada asesina de Mica.

- ¿Dónde en Argentina? —insistió Pedro, ignorando el cruce de miradas entre la pareja.

—Si vas allí y la disgustas otra vez, me aseguraré personalmente de que todos los miembros del servicio de seguridad de Fede caigan sobre ti —lo amenazó Flor.

—Dímelo, Flor. Necesito verla. Necesito asegurarme de que tanto ella como el bebé están bien.

—Ayer, cuando hablé con ella, sonaba bien —dijo Mica como si tal cosa fuera normal.

—Parece que Flor y tú han estado muy ocupadas —dijo Nan.

—Si  dejáramos las cosas a los hombres, el mundo sería un desastre —Mica rió con ironía.

—Creo que nos acaban de insultar —dijo Fede secamente.

—Ésta es su dirección —Flor le entregó un trozo de papel—. Confió en ti, Pedro. No la fastidies.

—Gracias —Pedro la abrazó y la besó en la mejilla—. La traeré de visita en cuanto pueda.

Pau acarició la cabeza de Gabirel mientras lo contemplaba dormir plácidamente. Lo arropó y salió de puntillas del dormitorio.

De vuelta a la cocina, se preparó una taza de café descafeinado y la bebió a pequeños sorbos.

Su llegada a Cordoba no podría haberse producido en mejor momento. Gabriel acababa de ser devuelto de su última casa de acogida y esperaba, junto a varios cientos de niños, otro emplazamiento.

Le había llevado varios días completar el papeleo, el estudio psicosocial y las investigaciones sobre sus antecedentes, pero, al fin, Gabriel era suyo.

Al principio, el niño se había mostrado silencioso y retraído. Sin duda pensaría que ese nuevo hogar sería tan temporal como los anteriores.

Y ella no había intentado convencerle de nada. El muchacho necesitaba tiempo para aprender a confiar en ella.

Lo importante era que tenía un hogar. Gracias a la generosidad de Flor, ambos tenían un hogar.

Tras echarle un último vistazo a Gabriel, se fue al salón y se sentó. Las noches eran complicadas.

Demasiado silencio. Echaba de menos a Pedro y la amistad que habían desarrollado.

Casi se había quedado dormida cuando sonó el timbre de la puerta. Pau se levantó enseguida para no despertar a Gabriel y miró a través de la mirilla.

Nadie la conocía allí. Y no era propio de los servicios sociales hacer una visita a esas horas de la noche.

Lo que vio al otro lado de la puerta le dejó helada.

Pedro. Ante su puerta, con expresión preocupada y aspecto descuidado.

Con dedos temblorosos descorrió el cerrojo y abrió un poco la puerta.

—Pau, gracias a Dios —exclamó Pedro—. Por favor, ¿puedo pasar?

La joven se aferró al picaporte. Ira, dolor, tanto dolor, surgió en su interior. ¿Qué más podría decirle ese hombre que no le hubiese dicho ya?

—No te preguntaré cómo me encontraste —ella abrió la puerta lo justo para poder verlo y para que él pudiera verla a ella—. Eso no importa.

Él alzó una mano suplicante e intentó interrumpirle, pero ella se lo impidió.

—No. Ya has dicho suficiente. Te permití decirme todas esas cosas, pero ya no toleraré ni una palabra más. Esta es mi casa. Aquí no tienes ningún derecho. Quiero que te marches.

Algo sospechosamente parecido al pánico apareció en los ojos de Pedro.

—Pau, sé que no me merezco ni un segundo de tu vida. Dije e hice cosas imperdonables. No te culparía si no volvieras a dirigirme la palabra nunca más. Pero, por favor, te lo suplico. Déjame entrar. Deja que te explique. Déjame arreglar las cosas.

La desesperación en su voz la alarmó. La ira luchaba contra la indecisión y el deseo de dejarle pasar.

Él la miraba con expresión torturada y, al fin, se hizo a un lado y abrió la puerta.

Pedro entró de inmediato, la tomó en sus brazos y enterró el rostro entre los rubios cabellos.

—Lo siento. Lo siento mucho, princesa.

La besó en la sien, en la mejilla y luego, torpemente, encontró sus carnosos labios. Y la besó con tal emoción que la dejó perpleja.

—Por favor, perdóname —susurró Pedro—. Te amo. Quiero que vuelvas a casa, con nuestro bebé.

—¿Ahora crees que es tuya? —ella se apartó de él y se sujetó a sus fuertes brazos para no caer.

—No me importa quién sea el padre biológico. Ella es mía. Y tú también. Somos una familia.

Seré un buen padre. Lo juro. Por favor, dime que me darás otra oportunidad. No volveré a darte ningún motivo para abandonarme.

Pedro le sujetó las manos entre las suyas con tal fuerza que los dedos se le pusieron blancos.

—Te amo, Pau. Me equivoqué. Por completo. No me merezco otra oportunidad, pero te pido, no, te suplico, otra oportunidad porque no hay nada que desee más en el mundo que volver a casa contigo y con nuestra hija.

Ella lo escuchaba boquiabierta, intentando procesar la información. La amaba. Aún no estaba convencido de ser el padre. Pero tampoco le importaba no serlo.

En su garganta se formó un nudo. Qué difícil debía de haberle resultado aparecer ante su puerta, convencido de que la niña no era suya, pero deseándolas, aceptándolas, de todos modos.

Debería estar enfadada. Pero, los resultados habían confirmado los peores temores de Pedro y, aun así, no le importaba.

Se había humillado ante ella, se había mostrado tan vulnerable como podía mostrarse un hombre. No tenía más que contemplar la sinceridad que emanaba de la negra mirada.

La amaba.

—¿Me amas? —necesitaba oírlo otra vez. Lo deseaba desesperadamente.

—Te amo, princesa.

—Me llamaste así la primera vez que hicimos el amor.

—Ya entonces eras mía —él asintió—. Creo que me enamoré de ti esa misma noche.

—¡Pedro! —ella se lanzó en sus brazos con los ojos inundados de lágrimas—. Te amo.

Él tembló de emoción contra su cuerpo y deslizó las manos hasta la barriga. Cuando habló, lo hizo con la voz entrecortada.

—¿Cómo está nuestra hija?

—Es tuya, Alfonso —Pau cerró los ojos—. Te lo juro. No me he acostado con ningún otro hombre. Sólo contigo.

 Por favor, dime que me crees. Sé lo que dicen los resultados, pero se equivocan.

—Te creo, princesa —él la miró a los ojos y tragó saliva con dificultad.

Ella volvió a cerrar los ojos y se abrazó a él con fuerza.

—Siento haberte hecho daño, Pau. No volveré a hacerlo. Te doy mi palabra.

—Hay algo que debo contarle —dijo ella con calma.

Él se tensó y, lentamente, se apartó de su mujer mientras la miraba con incertidumbre.

—Será mejor que te sientes.

—Cuéntame lo que sea. No hay nada que no pueda solucionarse.

—Espero que no te enfades al saber lo que he hecho —ella sonrió.

—Lo solucionaremos. Lo que sea. Juntos

—Vine a Cordoba en busca de Gabriel—ella le tomó las manos entre las suyas.

—¿Por qué? —Pedro se quedó de piedra.

—Pensé que necesitabas cerrar esa puerta. Pensé que, si le veías feliz y contento, podrías conservar ese recuerdo y no el del bebé que chillaba y lloraba cuando su madre se lo llevó.

—¿Y lo encontraste? —preguntó él, su voz delatando la ansiedad que sentía.

—Sí —contestó ella con dulzura—. Lo encontré. Julieta lo abandonó hace dos años.

—¡Cómo! —la ira estalló como un volcán y Pedro se levantó del sofá de un salto—. ¿Por qué no lo envió conmigo? Sabía que yo lo amaba. Sabía que lo acogería.

—No lo sé, Pedro —Pau sacudió la cabeza con tristeza—. Fue incluido en el programa de acogida.

—Hay que solucionarlo. No permitiré que siga así. No le sucederá lo que a ti, princesa.

—¿Cómo has sabido lo mío? —ella le acarició un brazo.

—Alex me lo contó. Fui a buscarte. Dios, me arrepiento tanto de cómo te traté.

—Pedro, Gabriel está aquí —dijo ella con dulzura.

—¿Aquí? —preguntó él estupefacto.

—Duerme en su cuarto —ella asintió—. Verás, no podía permitir que permaneciera en acogida.

Busqué a Gabriel antes de abandonarte. Por eso entré en tu despacho aquel día. Iba a contarte que lo había encontrado.

Pensé que podríamos volar los dos juntos a Cordoba a buscarlo.

—Y yo te eché de mi lado —Pedro cerró los ojos—. Y tú viniste sola para hacerte cargo de él.

—Está aquí, y necesita una madre y un padre.

—¿Lo harías? ¿Acogerías a un hijo que no es tuyo? —preguntó él.

—¿No es eso lo que piensas hacer tú? ¿No es eso lo que pensabas hacer cuando creías que nuestra hija no era tuya?

—Te amo, princesa—él la abrazó con fuerza—. No me vuelvas a dejar. Aunque me lo merezca.

—No lo haré —ella rió tímidamente—. Otra vez me quedaré y lucharé, como debía haber hecho. No te desharás tan fácilmente de mí.

—Me alegro —gruñó él—. Y ahora, vamos a ver a nuestro hijo.


Holaa ayer no tenia internet :( pero lo bueno se hace esperar, disfrutenlo y comenten, mañana les subo el epilogo :) 

domingo, 13 de octubre de 2013

Capítulo 18 - Amor en Riesgo

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—Pau, ¿qué demonios haces aquí? —preguntó Flor mientras arrastraba a Pau al interior de la casa—.

¿Sabe Pedro que has venido? ¿Ha venido contigo?

Pau tenía un nudo en la garganta. Pero no iba a echarse a llorar otra vez.

—¿Qué ha pasado? —Mica apareció detrás de Flor con una expresión de simpatía en el rostro.

A pesar de su resolución, Pau estalló en llanto. Flor y Mica la condujeron al salón.

—¿Están Nan y Fede aquí? —consiguió preguntar entre sollozos.

—No, y tardarán un rato en venir —dijo Flor—. Siéntate antes de que te desmayes. Pareces agotada.

Pau se sentó en el borde del sofá mientras sus cuñadas la contemplaban inquieta.

—¿Qué ha hecho el idiota de mi cuñado? —preguntó Mica.

—Me temo que, según él, soy yo la que le he hecho algo a él —ella intentó sonreír.

—Viniendo de él no me extraña nada —exclamó Flor—. Además, salta a la vista que estás locamente enamorada de él.

—El problema —Pau enterró el rostro entre las manos— es que cree que soy de lo peor.

—Cuéntanos qué ha pasado —Mica le rodeó los hombros y la abrazó.

La joven contó toda la historia, de principio a fin, incluyendo la parte de Julieta y Gabriel.

—Menudo imbecil—gruñó Flor—. ¿Se le ocurrió siquiera llamar al laboratorio para pedir un segundo análisis? ¿Se cuestionó el resultado? Está claro que ha habido un fallo.

—Gracias por creer en mí —Pau sonrió agradecida—. Pero la cuestión es que ha conseguido lo que buscaba.


 Desde el principio ha esperado que me caiga del pedestal. Desde lo de Julieta no ha sido capaz de creer en una mujer.

—¿Y qué vas a hacer? —preguntó Mica—. Estás enamorada de él.

—Pero él no me ama. Más aún, no quiere amarme. No puedo vivir con alguien que desconfía en mí tanto como él.

—¿Y qué pasa con Gabriel? —preguntó Flor—. Supongo que no vas a permitir que siga como está.

—No —contestó Pau con firmeza—. Y por eso he venido. Necesito vuestra ayuda.

—Lo que sea —Mica apoyó una mano en la de su llorosa cuñada.

—He empeñado las joyas que Pedro me regaló. Bastará para alquilar algo pequeño en Cordoba para poder tener una residencia permanente.

Pero necesitaré dinero para que el estado me considere económicamente solvente para hacerme cargo de Gabriel. No conseguiré el legado de Pedro hasta el divorcio, y no tengo ni idea de cuánto tardará.

—Lo mejor de tener mi propio dinero —Flor sonrió— es no tener que depender de los millones de los Alfonso. Sin ánimo de ofender, Mica.

—No me ofendes —contestó su cuñada secamente.

—Tengo algo de dinero que puedo darte, y te mandaré más para que puedas alquilar algo mejor que «algo pequeño. Si pequeño está bien, grande estará mejor, ¿verdad?

—Muchísimas gracias —Pau apretó la mano de su cuñada—. Tenía miedo de que me odiaran, de que pensaran que había traicionado a Pedro.

—Tengo la sensación de que Pedro se levantará un día dándose cuenta de que ha cometido el mayor error de su vida —Mica suspiró—. Y casi me gustaría estar ahí para verlo.

—No te sientas mal, Pau —la consoló Flor—. Me temo que los Alfonso son bastante obtusos en lo que al amor respecta.

—Cierto —admitió Mica.

—Mantennos informadas sobre Gabriel. Me encantaría conocerlo —dijo Flor.

—Desde luego.

—¿Ya tienes organizado tu traslado a Cordoba? —preguntó Mica.

—Aún no —Pau sacudió la cabeza—. He venido directamente aquí desde la isla.

—Lo primero —Flor se puso en pie con expresión decidida— será celebrar una buena comida entre chicas, seguida de una tarde de mimos en el spa. Dios sabe que las dos embarazadas lo necesitan.

 Después pediremos un jet privado para que te lleve a Cordoba, y yo haré que un coche te espere allí para llevarte donde tú quieras. Pedro será un imbecil, pero tú sigues siendo familia.

Pau volvió a estallar en sollozos y Flor gruñó.

—¿Ahora entienden por qué no me apetece reproducirme? El embarazo convierte a las mujeres en un caos hormonal.

Mica se enjuagó rápidamente sus propias lágrimas y Pau soltó una carcajada, seguida de sus cuñadas.

—De acuerdo, ya basta de lagrimitas. Vamos a marcharnos antes de que vuelvan los hombres. Les dejaré una nota diciendo que me he llevado a Mica a pasar una tarde de desenfreno. No les sorprenderá lo más mínimo —Flor rió.

—Prometanme las dos que vendran de visita a Cordoba —dijo Pau—. Las echaré mucho de menos. Siempre he querido tener una familia, y no habría dos hermanas mejores que ustedes.

—Yo desde luego iré a verte —prometió Mica—. Le echaré la culpa a Flor. Es mi excusa habitual y me evita problemas con Nan. Fede la quiere tanto que la mima espantosamente.

—Las dos tienen mucha suerte —dijo Pau con tristeza.

—Lo siento, Pau—Mica la miró apenada—. Ha sido muy poco considerado por mi parte.

—Échale la culpa al embarazo —dijo Flor—. No hay duda de que tener un parásito dentro chupando tus neuronas tiene que producir un impacto negativo tarde o temprano.

—Eres deliciosamente irreverente —Pau soltó una carcajada seguida de Mica—. No me extraña que Fede te ame tanto.

—Venga, vámonos. Mi radar de hombres me dice que no están lejos. Cuanta más distancia pongamos entre esta casa y nuestro destino, menos probable será que nos encuentren.

Con los brazos entrelazados, se dirigieron hacia la puerta, donde tropezaron con Javier, el jefe de seguridad de Fede.

—¿Podemos contar con tu discreción o correrás a informar a Fede? —Flor suspiró, y miró amenazadoramente al hombre.

—Eso depende de adónde crean que van —Javier se aclaró la garganta.

—Lo que tenemos aquí, señor mío, es una damisela en apuros —Mica siguió hacia delante—. Una muy embarazada damisela en apuros. Necesita pasar un día en el spa. Ya sabes, ese lugar en el que hacemos esas cosas de chicas que tanto miedo le da.

—Bueno —Javier palideció ligeramente—. Siempre que sea eso y no un lugar inapropiado.

—Jamás me permitirás volver a ese club de striptease, ¿verdad? —Flor lo miró furiosa mientras se dirigían al coche.

—¿Club de striptease? —preguntó Pau—. Quiero conocer los detalles.

—Y te lo contaré todo en cuanto estemos envueltas en barro de pies a cabeza —dijo Flor mientras se sentaba en el coche y se inclinaba hacia Javier, acomodado en el asiento delantero—.

Y una cosa más, Javier. Todo este asunto es secreto. No has visto a Pau, no sabes quién es, no la has visto en tu vida, ¿vale?

—¿A quién? —Javier sonrió con solemnidad.

—Es un tipo bastante listo —Flor sonrió satisfecha—, siempre que no tema por su trasero.

—Lo he oído —dijo Javier.

—Muy bien, chicas —Flor rió—. Vamos a pasar el día en el spa. Después llevaremos a Pau al aeropuerto para que pueda volar a Cordoba.

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Pedro contempló pensativo las olas, con las manos hundidas en los bolsillos del pantalón. Unos pantalones que no se había cambiado en tres días.

Parecía, y se sentía, como si llevara un mes de resaca. No se había duchado ni afeitado. Los empleados lo evitaban como la peste y, cuando no podían evitar relacionarse con él, lo miraban con desaprobación.

Como si hubiera sido el culpable de su marcha.

Y en cierto modo lo era. No le había facilitado las cosas para que se quedara.

No es que le hubiera pedido que se marchara, pero ¿qué mujer se quedaría junto a un hombre que se hubiera mostrado tan cruel, tan despreciativo?

Cerró los ojos y respiró el aire del mar que Pau tanto adoraba. Ella amaba el mar tanto como él la amaba a ella. Apasionadamente.

Se suponía que el amor debía carecer de barreras ni condiciones. Pero nunca le había ofrecido tanto a Pau.

Ni siquiera le había ofrecido su apoyo incondicional. Le había exigido, y ella había concedido. Había tomado y ella había ofrecido.
Era un bastardo.

¿Cómo iba a contarle la verdad si no la dejaba? Desde el principio le había dejado prácticamente claro que la echaría de casa si descubría que le había mentido.

Aunque lo cierto era que no le importaba.

Se había dado cuenta al descubrir su marcha. No le importaba si el bebé era biológicamente suyo o no.

Estaba casado con Pau, y eso significaba que madre y bebé le pertenecían. Sería el padre del bebé porque ése era el deseo de Dulce. Porque ése era su propio deseo.

Su amor por Gabriel no había disminuido al saber que no era su hijo biológico. Amaba a su hija, y nada podría cambiarlo.

Había arruinado su oportunidad de tener una familia. Una esposa y una hija. Y todo porque había estado convencido de que Pau era otra Julieta.

Pau tenía razón. Había esperado que cayera, que le diera las armas que necesitaba para destruirla porque no soportaba ser destruido por segunda vez.

Y también tenía razón en otra cosa, algo que no le había llevado mucho tiempo descubrir. Había destruido un tesoro.

—Te amo, princesa —susurró—. No merezco tu amor, pero puedo ofrecerte el mío. Puedo intentar compensarte por el daño que te he hecho. Por favor, perdóname.

Las palabras que había jurado no volver a decirle a una mujer liberaron algo enterrado en su alma.

Respiró hondo mientras el dolor del pasado desaparecía, arrastrado por el viento, mar adentro. Había permitido que la amargura y la ira lo gobernaran demasiado tiempo.

Había llegado la hora de dejarlas ir y de abrazar el futuro junto a Pau.

Se dio la vuelta y se dirigió hacia la casa. En cuanto entró empezó a lanzar órdenes a gritos.

Al principio fue recibido por una fría resistencia, hasta que los empleados fueron conscientes de lo que se proponía.

 Entonces estalló un torbellino de actividad mientras todos se afanaban en proporcionarle lo que deseaba.

—Llamé a un coche para que la llevara a la ciudad —dijo una de las doncellas.

Localizado el conductor, éste admitió haberla llevado al pequeño aeropuerto.

Frustrado, Pedro acudió al aeropuerto para interrogar al vendedor de pasajes, pero ni siquiera el apellido Alfonso fue capaz de proporcionarle los resultados deseados.

Nadie quiso decirle si Pau había tomado un vuelo, ni adónde.

Alex. Por supuesto. Cada vez que había necesitado un lugar en el que alojarse, había vuelto a casa de Alex. Ella parecía confiar en ese tipo, y entre los dos se notaba que había un sincero afecto.

Consideró su aspecto con repulsión. No iría a ningún lugar con esa pinta. Lo más seguro era que lo detuvieran por vagabundeo.

Caminó de vuelta a la casa, telefoneó a su piloto y le dio instrucciones para que preparara el jet privado para despegar en una hora.

Iba a encontrar a Pau y llevarla de vuelta, a ella y a su hija, al lugar al que pertenecían. A casa.

Hola hola se que me estan odiando pero aca esta el capitulo, mucho mejor no? falta poquito para el final, disfrutenlo y comenten :)

sábado, 12 de octubre de 2013

Capítulo 17 - Amor en Riesgo

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—Señora Alfonso, tiene una llamada.

Pau le dio las gracias y esperó a que se fuera para contestar.

—¿Diga?

—Pau, soy Nan. Tengo información sobre Gabriel. Las noticias no son buenas.

Pau frunció el ceño y entró en la casa para oír mejor, sin el eco del rugido del mar.

—¿Qué sucede?

—Lo he encontrado. Está en un hogar de acogido. En la provincia de Cordoba, una familia se hizo cargo de su custodia hace dos años. Desde entonces ha pasado por seis hogares.

—¡No! —susurró ella mientras agarraba el teléfono con fuerza. La noticia iba a destrozar a Pedro.

—¿Estás bien, Pau?

—Estoy bien —contestó ella con voz temblorosa mientras tragaba con dificultad. Los recuerdos que había reprimido tanto tiempo afloraron a su mente—. Gracias por tu ayuda, Nan.

 Me gustaría que me enviaras todo por correo electrónico. Quiero estudiar toda la información a fondo antes de contárselo a Pedro.

—Lo comprendo. Te lo enviaré en cuanto colguemos. Y, Pau, si necesitas que te ayude en algo más, dímelo.

—Gracias, Nan. ¿Qué tal está Mica?

—No ha sido fácil para ella —él suspiró—. No se encuentra bien con el embarazo, y el estrés de haber tenido que identificar a los secuestradores y de volver a declarar le está afectando.

—Lo siento —contestó Pau con dulzura—. ¿Se quedaran mucho mas tiempo en Uruguay? ¿Tendrá que quedarse hasta el juicio?

—No si puedo evitarlo —exclamó él—. El fiscal del distrito ha ofrecido un acuerdo. Si lo aceptan, se librarán del juicio y Mica habrá acabado con esta pesadilla.

—Dale muchos besos de mi parte.

—Lo haré. Si hay algo más que pueda hacer, dímelo.

—Lo haré, Nan.

Tras colgar el teléfono, Pau fue en busca del portátil. Minutos después, recibió el mensaje de Nan. Lo leyó con detalle. Y frunció el ceño.

Habría que hacer algunas llamadas, pero se moría de ganas de contarle a Pedro lo que había descubierto. Gabriel no tenía ninguna necesidad de continuar en un hogar de acogido cuando tenía una familia dispuesta a quererlo.

---

Pedro se hundió en la silla tras su escritorio y contempló con tristeza el montón de cartas.

Jamás se había relajado tanto en cuestiones de trabajo. Pau era la culpable de su falta de atención.

Los correos electrónicos se contaban por cientos, su buzón de voz estaba saturado y llevaba días sin abrir ninguna carta.

 Sus hermanos le iban a mandar al infierno, pero también se alegrarían de saber que el trabajo ya no era el único sentido de su vida.

Suspiró y encendió el ordenador para echar un vistazo a los mensajes acumulados. Después descolgó el teléfono para escuchar los mensajes del buzón de voz.

La mayoría era informes rutinarios. Unos cuantos eran mensajes de pánico de algún gerente de sus hoteles, y uno le ofrecía comprar el nuevo hotel de Río de Janeiro.

 El último mensaje le hizo sonreír: no muchas empresas podían permitirse comprar un hotel Alfonso.

 No reparaban en gastos.

En cuanto hubo terminado con el buzón de voz, telefoneó a Nan. Quería preguntar por Mica y saber qué había pasado con la identificación de los secuestradores.

Al no recibir respuesta, llamó a Fede. Tras hablar durante varios minutos sobre negocios, Fede le puso al día sobre Nan y Mica.

Mientras conversaban, repasó distraídamente las cartas amontonadas sobre el escritorio. Al descubrir una que llevaba el remite de un laboratorio, se quedó helado.

—Luego te llamo, Fede. Dale un beso a Flor de mi parte.

Tras colgar, contempló fijamente el sobre. Una sonrisa se formó en sus labios mientras jugueteaba con la carta.

Ahí estaba la prueba de su paternidad. Negro sobre blanco, la prueba irrefutable de que era el padre.

La última vez había resultado al revés y había perdido todo aquello que más le importaba en el mundo. En esa ocasión…  sería perfecto. Tenía una hija en camino. Su hija.

«Mía».

Dejó el sobre a un lado. No había necesidad de abrirlo. Ya sabía qué ponía. Su confianza en Pau le sorprendió, pero tuvo que admitirlo: confiaba en que ella no lo traicionaría.

Tras repasar algunas otras cartas, volvió a concentrarse en el sobre. Lo abriría para deleitarse con la sensación.

Luego iría en busca de Pau para hacerle el amor apasionadamente.

La idea hizo que su cuerpo se tensara de necesidad.

Tenía ganas de celebrarlo. A lo mejor llevaría a Pau de viaje a París. A ella le encantaba viajar y el médico le había dado el alta definitiva de la operación.

Para estar tranquilos, le pediría cita para una revisión y una ecografía. Después se marcharían en el jet privado.

Podrían hacer el amor en París y luego, quizás, continuar viaje hacia Venecia. Podrían disfrutar de la luna de miel que no habían tenido al casarse.

Sin dejar de sonreír, dudó un instante y abrió la carta.

Tras repasar rápidamente los saludos de rigor y los agradecimientos por elegir ese laboratorio, llegó al final, donde se reflejaban los resultados.

Y se quedó de piedra.

Lo leyó una y otra vez, seguro de no haber comprendido bien. Pero no, no había ninguna duda. No era el padre.

La furia inundó sus venas, inflamándolo hasta que estuvo a punto de explotar. Otra vez. Le había vuelto a ocurrir.

Pero aquella vez era distinto. Muy distinto.

¿Qué había pretendido Pau? ¿Quería, como Julieta, que estableciera algún lazo afectivo con el bebé antes de marcharse? ¿Utilizaría al bebé como moneda de cambio?

¿Sería Alex el padre o había algún otro hombre más en su vida?

¿Más mayor y maduro? Tenía ganas de golpearse a sí mismo ante su estupidez. Había estado convencido de que jamás volverían a engañarlo como en el pasado, pero ¿acaso había hecho algo para evitarlo?

Con manos temblorosas, volvió a leer el insultante documento. Maldita fuera esa mujer.

Ella se había abierto paso en su vida, en su familia. Sus cuñadas la adoraban, y sus hermanos la habían aceptado.

Por él. Porque él la había impuesto en sus vidas.

Jamás se había sentido tan mal en su vida. Ojalá no hubiera abierto el maldito sobre.

Qué imbecil había sido. Qué imbecil sería siempre. Había perdido un valioso tiempo construyendo una relación basada en mentiras y traiciones.

Le había comprado la casa de sus sueños, hecho todo lo posible por hacerla feliz.

Peor aún, había caído en su propia fantasía. Había empezado a pensar que podrían ser una familia.

Que le había sido dada otra oportunidad para tener una esposa y un hijo. Que al final podía albergar esperanzas.

Miró fríamente el papel entre sus manos. Lo peor era que le había seguido el juego y le había asegurado su manutención

independientemente de la paternidad del bebé. De cualquier modo ella ganaba. ¿Y él?

Lo había perdido todo.

* * *


Pau sujetó los papeles contra el pecho y corrió al despacho de Pedro. Sabía que sufriría al conocer el destino de Gabriel y el hecho de que Julieta lo hubiera abandonado hacía dos años, pero lo más importante era sacar al niño de la situación en la que estaba.

Una sensación de angustia la invadió al pensar en el pequeño yendo de una a otra casa de acogida. ¿Habría albergado las mismas esperanzas que ella de pequeña antes de sufrir una decepción tras otra?

Ni siquiera se molestó en llamar a la puerta e irrumpió, casi sin aliento. Al ver el gesto de Pedro, sentado tras el escritorio con un documento arrugado entre las manos, se paró en seco. La horrible expresión casi le hizo olvidar el motivo de su presencia allí.

—¿Pedro?

Él la miró con expresión gélida, provocándole un escalofrío.

—¿Va todo bien? —Pau dio un paso al frente.

—Dime, Pau —él se puso lentamente en pie, con calculada precisión—. ¿Cómo habías pensado salirte con la tuya? ¿O acaso ibas a prolongar la farsa hasta tenerme a tu merced?

Ella se sintió desfallecer. ¿Cómo había averiguado lo de Gabriel? ¿Por qué estaba tan enfadado?

—Venía a contártelo ahora mismo. Pensé que te gustaría saberlo.

Él soltó una carcajada que era de todo menos alegre. Pau dio un paso atrás ante el evidente enfado. Ira. Ésa era la palabra.

—Ah, sí, Pau. Me gustaría saberlo. Y hubiera preferido saberlo cuando toda esta pantomima empezó. ¿Disfrutaste cuando me quejé en voz alta de Julieta y su traición? ¿Te dio satisfacción saber que la tuya era aún más sólida?

Ella sacudió la cabeza confusa. ¿De qué demonios hablaba?

—No te comprendo. ¿Por qué estás tan enfadado conmigo? Yo no te he hecho nada, Pedro.

—¿No me has mentido? —rugió él—. ¿No has intentado endosarme el hijo de otro hombre?

Me dejas estupefacto, Paula. ¿Cómo consigues parecer la víctima? La única víctima aquí soy yo, y esa pobre criatura de la que estás embarazada.

El dolor la asaltó y le hizo encogerse en un familiar gesto defensivo perfeccionado con los años.

—Me odias —susurró ella.

—¿Acaso sugieres que podría amar a alguien como tú? —exclamó él—. Aquí tienes la verdad —añadió mientras le arrojaba el papel que tenía en la mano—.

La verdad que no estabas dispuesta a contarme. La verdad que me merecía.

Ella tomó la hoja de papel con una mano temblorosa y, entre la cortina de lágrimas de sus ojos, lo leyó. Tuvo que hacerlo tres veces para comprender antes de quedarse helada.

—Esto está equivocado —dijo en voz baja.

—¿Todavía insistes en la farsa? —él rió amargamente—. Todo ha terminado, Paula. Las pruebas no mienten. Dejan claro sin lugar a dudas de que no hay posibilidad de que yo sea el padre.

Ella lo miró con el rostro inundado de lágrimas. Él la miraba frío. Muy frío. Duro. E implacable.

—Has estado esperando este momento. Mi caída —balbuceó ella—. Desde el día que te llamé. Es el único resultado que te satisfacía.

 No ibas a quedarte a gusto hasta que no demostraras que yo no era mejor que Julieta.

—Tienes un gran don para el dramatismo.

—Los resultados están equivocados —ella se enjugó las lágrimas, furiosa por haberle dejado verla llorar—. Es tuya, Pedro. Tu hija.

Ante la seguridad en la voz de Pau, algo brilló un instante en los ojos de Pedro, pero enseguida volvió a ser la gélida mirada de siempre.

Jamás lograría convencerle. Ya la había juzgado y sentenciado. Todavía le quedaba un rastro de orgullo. No le suplicaría. No se humillaría. No le permitiría saber lo destrozada que se sentía ante su rechazo. Ni cuánto lo amaba.

Alzó la barbilla y se obligó a mirarlo a los ojos.

—Algún día lo lamentarás —dijo con calma—. Un día despertarás y te darás cuenta de que arrojaste por la borda un tesoro. Espero, por tu bien, que ese día no tarde demasiado y que consigas encontrar la felicidad que tan decidido estás a negarte a ti mismo y a quienes te rodean.

Con cierta dificultad, y el corazón destrozado por el dolor, se dio la vuelta. Aferró con fuerza los papeles que había querido enseñar a Pedro y se marchó con ellos pegados al pecho.

Él no hizo el menor gesto por impedírselo y ella supo que no lo haría. Se quedaría allí, encerrado en su refugio, hasta que se hubiera marchado.

Lentamente subió hasta el dormitorio. Sacó una maleta y empezó a guardar su ropa dentro.

—Señora Alfonso, ¿necesita algo?

Paula se dio la vuelta y vio a la ayudante junto a la puerta, con expresión perpleja.

—¿Podría pedirme un coche que me lleve a la ciudad? —preguntó—. Estaré lista en quince minutos.

—Por supuesto.

Pau volvió al equipaje, empeñada en no desmoronarse. Sobreviviría. Había sobrevivido a cosas peores.

Una vez terminado el equipaje se concentró en las hojas que contenían toda la información sobre Gabriel.

Aunque Pedro y ella ya no estuvieran juntos, no permitiría que ese niño permaneciera a cargo del estado, entrando y saliendo de familias de acogida.

Cerró los ojos y suspiró. Resultaría mucho más sencillo con el dinero y el poder del apellido Alfonso.

 Lentamente, abrió los ojos y frunció el ceño. A lo mejor no tenía el dinero, pero sí el apellido.

 En efecto, Pedro había dispuesto cubrir sus necesidades en caso de divorcio, pero nadie sabía cuánto tiempo tardaría en poder hacerse con el legado.

Necesitaba dinero de inmediato. Gabriel no podía esperar.

Se dirigió al vestidor y buscó el collar y los pendientes de diamantes que Pedro le había regalado para la boda.

Con la punta del dedo acarició las brillantes piedras mientras recordaba cómo él había abrochado el collar alrededor de su cuello.

Entre el anillo de pedida, el collar y los pendientes reuniría dinero suficiente para vivir hasta conseguir el legado dispuesto por Pedro.

—Señora Alfonso, el coche espera.

Pau cerró la maleta y sonrió a modo de agradecimiento. Contempló por última vez la habitación que había compartido con Pedro y luego bajó las escaleras.

Una vez dentro del coche, dio instrucciones al conductor para que la llevara hasta el aeropuerto. No tenía tiempo de pedir que le prepararan el jet de Pedro, aunque no sentía ningún remilgo en usarlo.

Pero no quería quedarse en aquel lugar más de lo estrictamente necesario. Tomaría el primer vuelo que saliera de la isla y se dirigiría a Uruguay, para ver a Flor y a Mica. Después rezaría para que ellas le ayudaran a salvar a Gabriel.


Hola hola volvi, a esto me referia no? era demasiado bueno para ser verdad, disfruten el capitulo y comenten, si me desvelo esta noche y hay muchos comentarios puede que suba otro. Gracias a todos y que tengan un lindo finde, bueno lo que queda de el :)

viernes, 11 de octubre de 2013

Capítulo 16 - Amor en Riesgo

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—Pedro parece más relajado de lo que le había visto nunca —dijo Micaela sentada en la terraza con vistas al mar.

—¿De verdad? —Pau se volvió hacia su cuñada y sonrió—. Espero tener algo que ver con ello.

—Por supuesto que tienes algo que ver —Flor rió y tomó otro sorbo de vino—. Juraría que ese hombre está enamorado.

Pau se mordió el labio y desvió la mirada. Deseaba que Pedro la amara, pero él jamás pronunciaría las palabras. No creía que fuera

capaz de ofrecerle su amor a otra mujer después de lo sucedido con Julieta.

—Tienes una casa preciosa, Pau —dijo Mica—. Ojalá no estuviera tan lejos de Argentina.

—O de Uruguay —dijo Flor con sequedad—. ¿Crees que Pedro lo planeó?

—Siempre nos quedan los jet privados, ¿no? —Pau rió.

—Creo que tienes razón —reflexionó Mica—. El mundo parece mucho más pequeño cuando hay aviones por medio. No hay ninguna razón por la cual no podamos reunirnos en Argentina para ir de compras. Fede es un encanto y seguro que nos alojaría sin problemas.

—Sólo porque no se comporte como un simio, saltando de rama en rama y golpeándose el pecho reclamando la posesión de su hembra, no quiere decir que sea un blandengue.

—Cuando se trata de Fede, se vuelve muy protectora y posesiva —Mica puso los ojos en blanco—. Lo que quería decir es que, de los tres hermanos, Fede sería el que se mostraría más conforme ante la idea de reunirnos todos. Nan y Pedro se pasarían un mes entero organizando al equipo de seguridad.

—En eso tienes razón —Flor asintió.

—Mica, cuando le pregunté por qué hacía falta tanta seguridad, Pedro mencionó que te había sucedido algo —Pau miró a su cuñada inquisitivamente—. ¿Aún no se ha resuelto el asunto?

—En realidad —Mica suspiró con tristeza—, creemos que los hombres que me secuestraron han sido arrestados. Nan recibió ayer la llamada, pero no queríamos estropear nuestro viaje aquí. De vuelta, pasaremos por Uruguay para que pueda identificar a los sospechosos.

—Lo siento mucho, Mica —Flor rodeó a su cuñada por la cintura—. Qué momento, ahora que lo estás pasando tan mal con el embarazo.

—A Nan le preocupa que sea demasiado para mí —Mica se acarició la barriga, aún plana—, y aún se siente muy culpable. Odia la idea de que tenga que pasar por esto.

—Aun así, debe suponer un alivio saber que han sido arrestados —Pau le acarició una mano—. No quiero ni imaginarme el miedo con el que debes haber vivido.

—Y las molestias que les habrá causado a ti y a Flor —añadió Mica—. Sé que Fede y Pedro han tomado medidas ante el potencial peligro para cualquier persona cercana a ellos. A lo mejor ahora podremos relajarnos un poco.

—Por la libertad y la tranquilidad —Flor alzó su copa de vino en un brindis.

Pau y Mica alzaron sus vasos de agua.

—Me alegro mucho de que esten aquí —dijo Pau.

—Te estamos muy agradecidas por haber hecho feliz a Pedro —Flor abrazó a Pau—. Ha sido tan… difícil.

—Le llevó mucho tiempo aceptarme —Mica asintió—. Ahora haría cualquier cosa por mí si se lo pidiera, pero al principio no fue así.

—Mica —Pau se puso seria—, ¿crees que podrías conseguirme un rato a solas con Nan? Me gustaría hablar con él de algo, y prefiero que Pedro no lo sepa por el momento.

—De acuerdo —Mica enarcó una ceja—, creo que podré. Pero debes saber que somos insaciablemente curiosas y que tendrás que darnos los detalles primero.

—Se los contaré después de haber hablado con Nan —Pau rió y le apretó una mano a Mica—. No quiero que intenten hacerme cambiar de idea.

—¡Uf! —gruñó Flor—. No me gusta cómo suena eso.

—Siento demasiada curiosidad para intentar disuadirla —dijo Mica—. Si te quedas aquí fuera, Flor y yo nos ocuparemos de Pedro mientras tú hablas con Nan.

—Gracias.

Las otras dos mujeres entraron en la casa y dejaron a Pau tan absorta contemplando el mar que no se dio cuenta de la llegada de su cuñado.

—Mica dice que quieres hablar conmigo.

Sobresaltada, se volvió bruscamente y tragó con dificultad ante la presencia del hermano mayor de Pedro que enarcó una ceja.

—¿Te asusto, Pau?

—No, claro que no… bueno, sí —admitió ella.

—Pues desde luego no es ésa mi intención —dijo él—. Y ahora, cuéntame, ¿qué puedo hacer por ti?

Ella se retorció los dedos de las manos con nerviosismo. Seguramente era una mala idea, y Nan iba a decirle que estaba loca.

Incluso podría llegar a enfadarse ante sus intenciones.

—Pedro me ha hablado de Julieta y… Gabriel.

La mirada de Nan se volvió fría.

—Sé cuánto sufrió por lo ocurrido.

—Lo destrozó, Pau —Nan suspiró y se acercó a Pau—. Sufrir es decir muy poco. Amaba a Gabriel y lo consideró hijo suyo durante dos años. ¿Imaginas lo que debe de ser sentir durante tanto tiempo que un niño es hijo tuyo, y que después te lo arrebaten?

—No, no me lo puedo imaginar —ella bajó la mirada—. A mí también me destrozaría.

—A lo mejor lo entiendes ahora que te ha hablado de ellos.

—Esa es la cuestión —ella lo miró fijamente—. Necesito tu ayuda.

—¿Mi ayuda? —Nan frunció el ceño confuso—. ¿Para qué?

—Para encontrar a Gabriel.

—No. Ni hablar. No permitiré que Pedro vuelva a pasar por lo mismo otra vez.

—Por favor, déjame explicarme —Pau agarró a Nan de una mano cuando éste se volvió para entrar de nuevo en la casa—. Parte del problema es que Pedro no pudo despedirse. No pudo echar el cerrojo.

La herida sigue abierta y sangrando. Todavía llora a ese pequeño de dos años que perdió.

Su único recuerdo de Gabriel es del día que ella se marchó con él, de cómo el niño chillaba y lloraba.

A lo mejor si pudiera verlo, lograría aliviar parte de ese dolor. Durante todos estos años debe haberse preguntado si Gabriel estaba bien, si era feliz, si necesitaba algo. Si ve que todo va bien, a lo mejor le serviría para aliviar el horrible dolor que siente.

—¿Estarías dispuesta a hacerlo? —preguntó Nan—. ¿Devolverías a su vida a un niño al que sabes que ama? ¿Te arriesgarías a que volviera a entrar en contacto con una mujer a la que una vez amó, sólo para que sea feliz de nuevo?

—Sí —contestó ella con voz ronca—. Haría lo que fuera para aliviar tanto dolor.

—Quieres mucho a mi hermano —dijo Nan tras contemplarla largo rato.

—Sí —susurró ella tras cerrar los ojos—. Es cierto.

—Muy bien, Pau. Te ayudaré.

—Gracias —ella le apretó la mano.

—Tan sólo espero que cuando esto haya acabado, mi hermano siga dirigiéndome la palabra.

—Le diré que no tuviste nada que ver —ella sacudió la cabeza con energía—. Aceptaré toda la responsabilidad.

—Creo que mi hermano tiene mucha suerte.

—Espero que él piense lo mismo —dijo ella con tristeza.

—Dale tiempo. Estoy seguro de que se dará cuenta.

—Haré algunas investigaciones —Nan besó a su cuñada en la frente—. Te informaré.

—Me temo que ya no podemos sujetarle por más tiempo —Flor apareció en la terraza—. Espero que hayan terminado. Fede y Pedro están convencidos de que estamos tramando algo maligno.

—Flor—Nan rió—, no me cabe la menor duda de que, en cuanto a ti, sería absolutamente cierto. No he olvidado que arrastraste a mi mujer a un salón de tatuajes no hace mucho.

—¿Un salón de tatuajes? —Pau soltó una carcajada—. Tienes que contármelo, Flor. ¿Le dio un infarto a Nan?

—Puede que gritara con bastante fuerza antes de arrastrarnos a la calle —dijo Flor con una sonrisa inocente.

Pau la abrazó en un gesto de solidaridad.

—Lo que faltaba. Otra mujer para causar problemas —dijo Nan con fingido fastidio.

La puerta de la terraza se abrió y apareció Mica seguida de Pedro y Fede. Los dos hermanos miraron con expresión de sospecha a Nan que reía con Flor y Pau.

—Sea lo que sea que les haya contado, es mentira —dijo Fede mientras atraía a Flor hacia sí.

—¿Por qué tengo la sensación de que mi familia está tramando algo contra mí? —murmuró Pedro mientras se colocaba junto a Pau.

—Te estás poniendo paranoico —ella lo abrazó con fuerza y lo besó en la barbilla—. Nan sólo nos estaba contando algunos secretos familiares.

—No se preocupen —aclaró Nan ante las miradas de horror de Pedro y Fede—. No les he contado nada que puedan lamentar después.

—¿Te refieres a que hay cosas de las que se lamentan? —preguntó Flor—. Cuéntalo todo, por favor. Fede siempre se comporta como si yo fuera la loca de la familia.

Pau se relajó contra el cuerpo de Pedro y disfrutó con las risas y las bromas. Le gustaban mucho Flor y Mica, y cada vez se sentía menos incómoda con Fede y Nan.

Como tantas otras veces, la mano de Pedro se deslizó hasta la barriga de Pau, que sentía aumentar el amor que sentía por su marido cada vez que lo hacía.

Empezaba a darse cuenta de que se trataba de un hombre muy apasionado. Cuando amaba, lo hacía con todas sus consecuencias.

 Tanto ella como su hija serían afortunadas por poder disfrutar de su amor y devoción. Jamás tendría que volver a preocuparse por estar sola.

—¿Lista para la cena, princesa? —murmuró él—. Me han dicho que el chef ha preparado tus platos favoritos esta noche.

—Creo que empiezo a acostumbrarme a todos estos mimos —suspiró ella.

—Te conformas con poco —bromeó él.

—Sólo te necesito a ti —dijo ella con semblante serio.

—No me provoques o me olvidaré que tenemos invitados y te llevaré en brazos a la cama.

—¿Y por qué tendría que ser algo malo? Tus hermanos están casados. Lo comprenderían.

—Me haces perder el control, princesa—él rió y le besó la punta de la nariz—. Vamos a cenar. Después te llevaré a la cama.



Hola hola aca les dejo el de hoy :) les aviso que solo quedan 3 capitulos y el epilogo, sera que tanta calma se debe a que se viene la tormenta? ... Bueno me despido, comenten mucho y nos leemos mañana