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Durante los días que siguieron, Pau descansó y se recuperó bajo la atenta vigilancia de Pedro y del personal que había contratado.
Al principio le resultó extraño ver a otras personas en la casa, pero eran tan discretas que pronto se acostumbró a su presencia.
Pedro incluso hizo llamar a un médico para que comprobara el estado de la incisión y para que le retirara los puntos, ahorrándole el viaje a la ciudad.
En poco tiempo se convirtió en una joven mimada y malcriada, y se sentía mortalmente aburrida. Se moría de ganas de dar un paseo por los alrededores. Más que nada deseaba bajar a la playa, pero también recorrer el resto de la isla.
Según Pedro, la isla era pequeña y no muy conocida por los turistas que viajaban al Caribe. La principal fuente de ingresos de los lugareños era la pesca. Había muchos planes para construir un exclusivo centro de vacaciones para gente adinerada.
El objetivo era mantener la isla tan privada y virgen como fuera posible sin dejar de asegurar un flujo de ingresos para la población local.
El día siguiente de la visita del médico, quien le había retirado los puntos y declarado en buena forma, Pau abordó el tema de un paseo por la playa tras el desayuno.
—No estoy seguro de que debieras bajar escalones tan pronto, princesa —Pedro frunció el ceño.
—Pero puedo sujetarme a ti —insistió ella con voz mimosa—. Por favor, Pedro, me voy a volver loca. Llevo tanto tiempo mirando a lo lejos que empiezo a tener la sensación de estar contemplando una postal.
—No sé decirte que no —él sonrió—. De acuerdo, después del desayuno bajaremos a la playa. Haré que el cocinero nos prepare una cesta de comida para llevar.
—¡Gracias! —ella saltó en la silla como una niña—. ¡Qué ganas tengo de ir!
—Asegúrate de llevar calzado cómodo. No quiero que resbales en las escaleras.
Ella sonrió. La situación que vivía en esos momentos era perfecta. Atrás había quedado la sensación de que el mundo se desmoronaría a su alrededor en cualquier momento. Sólo faltaba que él consiguiera abrirse.
Durante días había discutido consigo misma, vacilado ante la falta de valor para preguntar. El otro problema era que, si conseguía hacerle hablar de su pasado, ella se vería obligada a hablarle del suyo.
Pronto, se prometió. Pero no aquella mañana. Nada iba a arruinar el paseo por la playa.
Con la cesta de picnic en una mano y la otra sujetando con firmeza a su esposa, Pedro inició el descenso por las escaleras esculpidas en el acantilado. Con cada peldaño que bajaban, el sonido del mar se hacía más fuerte y Pau se sentía más excitada.
Cuando al fin posaron los pies sobre la arena, la joven miró hacia arriba, hacia el impresionante acantilado que aislaba del resto del mundo esa franja de playa.
—Es como si estuviésemos en nuestro pequeño mundo particular —dijo ella impresionada.
—Nadie puede vernos, salvo desde un barco —Pedro sonrió—, y sé de buena tinta que los lugareños no pescan en este lado de la isla.
—Eso abre la puerta a toda una serie de inconfesables posibilidades, ¿verdad?
—Puedes estar segura de que, una vez recuperada, pienso ceder a unas cuantas de esas posibilidades —dijo él con la mirada brillante.
Ella se echó a reír y se quitó los zapatos, hundiendo los dedos de los pies en la cálida arena. Incapaz de resistirse a la llamada de las espumosas olas, se apresuró hacia la orilla, deseosa de sentir el agua alrededor de los tobillos.
El agua le cubrió los pies y ella extendió los brazos para recibir la suave brisa, sonriendo encantada mientras sus cabellos flotaban al viento. Cerró los ojos y respiró hondo mientras deseaba poder parar el tiempo en ese preciso instante.
—Pareces una ninfa del mar —dijo Pedro—. Más hermosa de lo que debería estarle permitido a ninguna mujer —estaba a su lado, con los pantalones remangados hasta las rodillas y los pies desnudos.
—¿Es segura esta playa para nadar?
Él asintió.
—Pues tendremos que hacerlo alguna vez.
—Pareces feliz, princesa. ¿Es gracias a mí?
La vulnerabilidad que reflejaban los negros ojos hizo que se quedara sin aliento. Ese hombre, fuerte y arrogante, era tan humano como cualquier otro. Sin plantearse la sensatez del gesto, se arrojó en sus brazos.
—Eres muy bueno conmigo, Pedro. Me haces sentir muy feliz.
Él le devolvió el abrazo con cautela mientras sus miradas se fundían. Tenían los labios separados por milímetros y ella se los lamió, nerviosa por la sensación de anticipación.
Pero en lugar de esperarlo, fue ella la que lo atrajo hacia sí y lo besó. Él pareció conforme porque fuera ella quien tomara la iniciativa, explorando cada rincón de su boca con la delicada lengua.
Los dedos de Pedro le acariciaron la nuca como un susurro antes de hundirse en sus cabellos y sujetarla con más firmeza a medida que el beso se intensificaba. La sal del mar bailaba sobre sus lenguas y se mezclaba con la dulzura de su pasión.
—¿Y yo te hago feliz a ti? —al fin ella lo soltó y lo miró con los ojos medio entornados.
—Me haces muy feliz —él le acarició una mejilla con el pulgar.
—¡Vamos! —ella sonrió alegremente antes de tomarlo de la mano y tirar de él—. Vamos a seguir.
Él se dejó arrastrar y juntos recorrieron cada centímetro de la playa antes de volver al lugar en que se encontraba la cesta de picnic.
—Ayúdame con la manta —dijo ella mientras intentaba, en vano, extenderla sobre la arena.
—Déjame a mí —Pedro colocó un zapato en cada esquina para sujetarla—. Siéntate rápido antes de que se vuele otra vez.
Ella se sentó y colocó la cesta en el centro de la manta. Él se sentó a su lado y empezó a sacar la comida.
El sol brillaba con fuerza sobre sus cabezas y la arena brillaba como millones de diminutas gemas. Pau suspiró y se volvió hacia el sol.
—Pareces muy contenta. Como un gato tumbado al sol.
—¿Nunca has deseado que un momento dure eternamente?
—No, creo que no —dijo Pedro tras reflexionar un instante—, pero si fuera dado a esas cosas, elegiría un momento como éste.
—Es perfecto, ¿a que sí? —ella sonrió.
—Sí, lo es.
Terminaron de comer y Pau se tumbó sobre la manta, disfrutando de los sonidos y olores del mar. El calor de los rayos del sol hizo que, poco a poco, se quedara dormida.
—Es hora de volver a la casa, princesa —Pedro la sacudía suavemente—. El sol está a punto de ponerse.
Ella bostezó y pestañeó perezosamente. Después sonrió a Pedro y le tendió una mano.
Juntos, recogieron los restos de la comida y lo guardaron todo, junto con la manta, en la cesta. Al llegar a las escaleras, él le tomó una mano y ella deslizó los dedos entre los suyos.
Aquella noche. Aquella noche abordaría el tema de su pasado y, por primera vez en su vida, no evitaría el suyo propio. Deseaba conocer sus secretos, la causa del dolor asentado en las profundidades de los negros ojos.
¿Compartiría sus secretos con ella o la dejaría fuera? ¿Tenía derecho a presionarle sobre algo de lo que, claramente, no quería hablar?
* * *
Fiel a su palabra, después de que Pedro la hubiera encontrado tirada en el suelo del dormitorio, retorciéndose de dolor, ella había dormido en su cama cada noche. Por miedo a hacerle daño, él acostumbraba a acurrucarse contra la espalda de la joven y ella disfrutaba del calor y la seguridad que emanaba del atlético cuerpo.
La mayoría de las noches, Pau se preguntaba si volverían a hacer el amor una vez que estuviera recuperada del todo de la operación. Sin embargo, aquella noche, se acurrucó contra él mientras intentaba reunir el valor suficiente para abordar el tema de su pasado.
—¿Pedro?
—Hummm…
—¿Vas a contarme quién te hizo tanto daño? —ella se volvió lentamente y él se puso rígido—. ¿Quién te volvió tan desconfiado con las mujeres? —continuó—. ¿Y por qué no quieres que este bebé sea hija tuya?
—Ahí te equivocas, princesa —él la silenció colocando un dedo sobre sus labios—. Deseo que sea mía.
—Pero pareces convencido de que no lo es —ella se tumbó de lado.
Pedro se tumbó de espaldas y se quedó con la mirada fija en el techo. Ella apoyó la cabeza sobre su hombro y, al no notar ninguna resistencia por su parte, se relajó y le acarició el velludo torso.
—Hace diez años conocí a una mujer y me enamoré de ella. Julieta. Yo era joven y estúpido, y convencido de ser el dueño del mundo.
—Eso nos ha pasado a todos a esa edad —ella sonrió.
—Supongo que sí —él rió—. En cualquier caso, se quedó embarazada, y nos casamos de inmediato.
Pau soltó un respingo ante la semejanza, pero no dijo nada.
—Tuvo un hijo. Le llamamos Gabriel. Yo lo adoraba. Era el hombre más feliz del mundo. Tenía una hermosa mujer que parecía amarme. Tenía un hijo. ¿Qué más podía pedir?
Pau hizo un gesto de pesar. Se imaginaba lo que seguiría.
—De repente, un día llegué a casa y la encontré haciendo el equipaje. Gabriel tenía dos años. Recuerdo cómo lloraba mientras yo intentaba razonar con Julieta. No entendía porqué quería irse. No habíamos tenido ningún problema. Al menos ninguno que me pusiera sobre aviso. Cuando al fin le dije que se marchara, pero que de ninguna manera se llevaría a mi hijo, me contestó que el niño no era mío.
—¿Y la creíste? —Pau contuvo la respiración.
—No, no la creí —dijo él con sarcasmo—. Pero, resumiendo, su amante, con quien ya mantenía una relación cuando nos conocimos, había ideado el plan perfecto para extorsionarme. Varios meses, y una prueba de paternidad, después se demostró que Gabriel no era mío. Julieta se lo llevó, junto con una gran parte de mi dinero, y no he vuelto a saber nada de ninguno de los dos.
—¡Pedro! —susurró ella—. Lo siento muchísimo. Qué horrible por su parte permitirte que te enamoraras de un niño que creías tuyo y luego arrancártelo con tanta crueldad. ¿Cómo pudo hacerlo?
—A veces sufro pesadillas —él le acarició el brazo desnudo—. Oigo a Gabirel que me llama y me pregunta por qué no lo ayudo, por qué lo abandoné. Lo único que recuerdo es el día que se marcharon, y cómo lloraba y chillaba Gabriel. Cómo alargaba sus bracitos en un intento de alcanzarme, mientras que lo único que yo podía hacer era verla marchar con mi hijo. Esa escena jamás se borrará de mi mente.
—Lo echas de menos.
—Durante dos años fue toda mi vida —dijo él—. Ahora me doy cuenta de que no amaba a Julieta. Estaba encaprichado de ella, pero a Gabriel sí lo amaba.
Pau se incorporó y le acarició la mejilla mientras se inclinaba para besarlo en la boca. Después deslizó una mano hasta la barriga en la que el bebé daba patadas entre ambos cuerpos.
—Ella es tuya, Pedro. Tuya y mía.
—Lo sé, princesa. Lo sé.
Hola hola como andan? aca les traigo un capitulo, iba a subir mas temprano pero me quede dormida, perdon :( disfrutenlo y comenten. Graciias
Hermoso capítulo!! Qué lindo que Pedro se animó a contar su historia a Paula!! Cuál será el secreto del pasado de Pau?
ResponderEliminarSúper tierno este cap!!!!! Qué bueno que Pedro habló!!!
ResponderEliminarMe encantooo! Q lindo q pp se haya abierto asi..
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