jueves, 3 de octubre de 2013

Capítulo 10 - Amor en Riesgo

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Lo único que tenía que hacer era decir «no». Jamás la forzaría. Pau bajó del coche, ayudada por Pedro, que le tomó de la mano. El aire frío de la noche le provocó un escalofrío e, inconscientemente, se arrimó más a él buscando su calor.

La cuestión era si de verdad quería decirle que no. ¿De qué serviría, salvo para hacerle confiar aún menos en ella y sus motivos?

En cuanto la idea se materializó en su mente, apretó los dientes con rabia. Si el único motivo para acostarse con él era evitar que desconfiara de ella, necesitaba que le examinaran la cabeza.

«Admítelo. Lo deseas».

Eso era. El recuerdo de la única noche que habían compartido aún ardía en su mente. Estaba casada con él y deseaba que la amara.

Decidida a entregarse al matrimonio sin pasar por el martirio, apretó con más fuerzas la mano de Pedro y corrió con él al interior de la casa.

—Hoy ha sido un día duro, princesa. Espero que no haya sido demasiado para ti y el bebé.

¿Había cambiado de idea? Daba la sensación de estarle ofreciendo una salida.

—Estoy perfectamente bien —aclaró ella con dulzura.

—¿En serio? —él apoyó suavemente las manos sobre los delicados brazos.

Ella lo miró a los ojos, plenamente consciente de qué le estaba preguntando en realidad. Después, asintió lentamente mientras la excitación aumentaba por momentos.

—Debes estar segura, Pau. Debes estar completamente segura.

Ella volvió a asentir y, antes de poder decir o hacer nada más, Pedro la atrajo hacia sí y la besó en los labios con pasión.

Ella se quedó prácticamente sin aliento. ¿Cómo era posible que le hiciera sentir tal debilidad?

La lengua de Pedro invadió su boca, deslizándose sensualmente, primero sobre los labios y luego en el interior, saboreándola y ofreciéndole su sabor.

—Qué dulce —murmuró—. Qué dulce. Te deseo, te deseo tanto princesa. Dime que tú también me deseas. Déjame llevarte arriba. Quiero volver a hacerte el amor.

—Sí. Por favor, sí —al ser levantada en vilo, soltó una exclamación—. Pedro, no. Peso demasiado.

—¿Acaso dudas de mi fuerza? —preguntó él en tono burlón mientras subía las escaleras.

—Estoy tremenda —insistió ella con exasperación.

—Estás preciosa.

Él la llevó en brazos hasta el dormitorio principal y la tumbó cuidadosamente sobre la cama. Con delicadeza, le deslizó los tirantes sobre los hombros y los dejó caer. Tiró un poco más hasta que el vestido cedió sobre los sensibles pechos.

Poco a poco fue bajando el vestido por el cuerpo de Pau. Tras deslizarlo por los tobillos lo dejó caer al suelo.

Una fuerte sensación de cosquilleo le recorrió las piernas a medida que él las acariciaba con las manos hasta las caderas. Deslizó los pulgares bajo su ropa interior y se agachó para besar dulcemente la barriga antes de desnudarla por completo.

Las piernas de ella se abrieron en dulce anticipación mientras la boca de él bajaba más y más.

Pedro deslizó las manos por debajo del cuerpo de Pau y la obligó a abrirse un poco más mientras la lengua encontraba su punto más sensible. Ella arqueó la espalda salvajemente hacia atrás mientras el placer la consumía.

A ella le costaba respirar, le costaba pensar, le costaba hacer nada que no fuera sentir. Y justo cuando pensaba que ya no podría soportarlo más, él se retiró y ella gruñó a modo de protesta.

—Shhh —él le murmuró dulces palabras mientras se acomodaba sobre ella.

¿Cómo se había desnudado sin que ella lo hubiera advertido?

Piel contra piel. Suave. Reconfortante. Un bálsamo para sus enloquecidos sentidos. Con una mano apoyada sobre la barriga, los dedos acariciaron posesivamente.

Era el primer movimiento de reconocimiento hacia la presencia del bebé.

De repente, con una suave embestida, estuvo dentro de ella.

Ella gritó y hundió las uñas en los hombros de Pedro.

—Eso es. Sujétate a mí. Te tengo.

Sus labios se fundieron y sus lenguas se enredaron salvajemente mientras sus cuerpos se acercaban y separaban. La presión aumentó hasta que ella no fue capaz de soportarlo más. Su liberación explotó con la fuerza de un huracán.

Pau cerró los ojos y permitió que la dulce felicidad la inundara antes de volver a la realidad, a los fuertes brazos de Pedro que la rodeaban y la sujetaban tumbada contra su costado.

En un gesto posesivo, él posó una mano sobre la espalda de ella, que se derritió contra él y suspiró de felicidad. Se sentía segura. Más que eso: se sentía amada.

Pau despertó a la mañana siguiente al sentir la presencia de Pedro junto a la cama con la bandeja del desayuno y una rosa. Llevaba únicamente el pantalón del pijama de seda y la mirada de la joven se posó en el atlético pecho, un pecho sobre el que había dormido casi toda la noche.

—Buenos días —dijo él—. ¿Tienes hambre?

—Estoy hambrienta —admitió ella mientras se sentaba en la cama.

De repente se dio cuenta de que aún estaba desnuda y tiró de la sábana.

—No seas tímida conmigo —Pedro le tomó la mano impidiendo que la sábana completara su trayecto ascendente—. He visto y saboreado cada centímetro de tu dulce cuerpo.

Ella soltó la sábana y relajó los hombros. Él se agachó y la besó lenta y prolongadamente.

Una noche de pasión, desayuno en la cama, tiernos besos y dulces palabras.

Si fuera real…

¿Acaso jugaba con ella? ¿Con sus emociones? ¿Cómo podía comportarse con tanto cariño si pensaba de ella que era una mentirosa y manipuladora?

—Ahora mismo te daría lo que me pidieras por tus pensamientos.

Ella pestañeó y se dio cuenta de que él la miraba fijamente. Lo mejor sería que no supiera en qué pensaba.

—Pensaba en lo agradable que es despertarse así —contestó ella con una sonrisa.

Él le acarició el labio inferior con el pulgar y luego la mejilla.

—Desayuna. Tu cita es dentro de dos horas.

Se había olvidado de la cita. Tenía una ecografía programada, junto con un análisis de sangre y debía decidir una fecha para su ingreso en el hospital.

—Voy a ducharme y a afeitarme —él dejó la bandeja sobre las piernas de su mujer—. Tengo que hacer unas cuantas llamadas y luego le llevaré a tu cita.

—Gracias.

—No hay de qué. Ahora te dejaré para que desayunes.

Ella lo contempló alejarse. A pesar del delicioso desayuno que tenía delante, su mente estaba en la ducha de Pedro. De haber sido más atrevida, se habría unido a él, pero no se atrevía. Hasta ese momento había sido él quien había iniciado los movimientos. Y eso le había permitido estudiarlo y descubrir más cosas sobre ese hombre que había puesto su vida patas arriba.

Una vez más contempló el deslumbrante diamante que adornaba su dedo corazón. El peso le resultaba extraño. Aún no se había acostumbrado a él, pero se sentía fascinada por su aspecto y también por su significado. En cierto modo era una marca de posesión. Pertenecía a alguien.

Consciente de haberse pasado mucho tiempo soñando, desayunó aceleradamente. Tras ducharse y vestirse bajó a la planta baja donde encontró a Pedro, al teléfono, en su estudio.

Al verla junto a la puerta, él hizo un gesto con la mano para indicarle que tardaría un minuto. Sin querer interrumpir, ella decidió esperarlo en el salón. Pedro no tardó mucho.

—He contratado a un chef. Llegará esta tarde, a tiempo para preparar la cena de hoy.

—No hacía falta. Te lo dije de broma.

—Al contrario. Fue una idea excelente. Lo que menos necesitas es estar de pie en la cocina y, si tuviera que encargarme yo, me temo que te cansarías de mi limitado repertorio culinario.

—Me estás malcriando —protestó ella sin demasiada convicción.

—Esa es la idea —él sonrió tímidamente y sus ojos emitieron un peculiar brillo, el que siempre reflejaban cuando la miraban a ella—. ¿Estás lista? Deberíamos irnos por si hay tráfico.

Ella asintió y se levantó del sofá.

Cuando llegaron a la cita, Pedro la sorprendió permaneciendo a su lado en todo momento.

Al llegar el momento de la ecografía, se comportó como un niño en una tienda de caramelos.

—¿Es ella? —preguntó mientras señalaba un diminuto puño.

—Se está chupando el pulgar —el ecografista sonrió—. Ahí está la barbilla y ahí el puño.

—Es preciosa —las lágrimas se deslizaron por las mejillas de Pau al contemplar a su hija.

—Sí, lo es, princesa —Pedro se volvió hacia ella con la voz cargada de emoción—. Tan preciosa como su madre.

—¿Y qué pasa con el quiste? —preguntó ella con ansiedad—. ¿Se ha encogido?

—Desgraciadamente no. Tendré que compararlo con la última vez, pero creo que ha crecido.

Pau se sintió desfallecer y cerró los ojos. Había esperado un pequeño milagro. Que quizás el quiste se hubiera encogido para no tener que someterse a la operación.

—Hablaremos con el médico. Todo saldrá bien —Pedro le tomó la mano y la apretó.

Ella se aferró a esa mano y a la confianza de las palabras de Pedro, una confianza que necesitaba porque la suya se esfumaba por momentos.

El ecografista se marchó de la consulta y los futuros padres esperaron en medio de un silencio cargado de ansiedad. Él parecía demasiado tranquilo, pero ¿qué esperaba? Pedro no deseaba a ese bebé. Ni siquiera pensaba que fuera suyo.

«Pero está aquí conmigo».

Y eso quería decir algo, ¿no?

El silencio fue interrumpido por el médico que, con gesto pensativo, estudiaba los resultados.

—Señorita Chaves, me alegro de verla.

—Ahora es la señora Alfonso —Pedro se aclaró la garganta—. Yo soy su marido, Pedro —añadió mientras extendía una mano hacia el médico y Pau pestañeaba perpleja al ver a su marido tomar el mando de la situación.

Los dos hombres discutieron sobre su estado y la cirugía como si ella no estuviera en la consulta. Enseguida la ira empezó a tomar forma. Se trataba de su salud, y de su bebé.

—Yo decidiré para cuándo se programará la operación —dijo ella furiosa.

—Por supuesto, princesa —Pedro le acarició una rodilla—. Simplemente intento comprender qué nos jugamos aquí.

Ella se sonrojó, segura de parecer una quisquillosa. Sin embargo, sentía literalmente cómo se le escapaban los hilos de su vida, enredándose permanentemente en la de él.

—Cuanto antes mejor, señora Alfonso —dijo el doctor—. He consultado a un colega mío que asistirá a la intervención. Se trata de una operación delicada, pero confiamos en su éxito.

—¿Y mi bebé? —susurró ella.

—Su bebé estará bien —el hombre sonrió tranquilizadoramente.

—De acuerdo.

Mientras se preparaban para marcharse, Pau recibió instrucciones de la enfermera sobre su ingreso en el hospital. Estaba muerta de miedo. Hasta ese momento había sido capaz de no pensar en ello, pero ya no podía postergarlo más.

—Ven —dijo Pedro con calma mientras la conducía hasta el coche y la ayudaba a sentarse.

Durante los primeros kilómetros, viajaron en silencio.

—Cuéntame una cosa. Si pudieras elegir cualquier lugar en el mundo para vivir, ¿dónde sería?

—Supongo que en una playa —sobresaltada por la pregunta, ella se volvió para mirarlo—. Siempre he soñado con una de esas grandes casas sobre una colina con vistas al mar —cerró los ojos mientras se imaginaba el sonido de las olas al estrellarse contra las rocas—, con una terraza para contemplar la puesta de sol. ¿Y tú?

—Nunca he pensado demasiado en ello —dijo sin desviar la mirada de la carretera, aunque su cuerpo se tensó ligeramente.

—¿Dónde vivías antes? Quiero decir antes de todo este asunto.

—No tengo una residencia fija —los labios de Pedro dibujaron una sonrisa cínica—. Viajo mucho y, cuando no estoy en viaje de negocios, elijo uno de mis hoteles para alojarme.

—Tu vida se parece mucho a la mía.

—¿Y eso? —él inclinó la cabeza hacia un lado y la miró unos instantes.

—No tengo un hogar —ella se encogió de hombros.

—Supongo que tienes razón —él frunció el ceño como si nunca lo hubiera considerado—. Por muchas residencias que posea, no tengo un hogar. Quizás tú podrás solucionar eso, princesa.

El coche avanzó por el largo camino que conducía a la casa pero, hasta que no llegaron a la puerta, Pau no reparó en el coche aparcado. ¿Esperaba Pedro compañía?

—¡Alex! —de repente, su mirada se posó en el hombre sentado en las escaleras.

En cuanto el coche se hubo parado, ella corrió hacia su amigo.

—¿Qué demonios está pasando, Pau? —Alex se puso en pie con una expresión sombría, aunque la abrazó con fuerza.

—Creo que soy yo quien debería hacer esa pregunta —intervino Pedro con frialdad.

—Pedro —Pau se volvió hacia él—, éste es mi buen amigo, Alex.  Alex, éste es Pedro… mi marido.

—Maldita sea, Pau —exclamó Alex—. Te dije que esperaras hasta que yo viniera.

—¿De qué demonios me estás hablando? —ella se volvió hacia su amigo.

—Te envié un correo como respuesta al tuyo —furioso, hizo amago de avanzar hacia Pedro.

—Yo no recibí ningún correo. Lo juro. Ni siquiera sabía si habías recibido el mío.

Pedro se colocó junto a Pau y la rodeó con un brazo con tanta fuerza que no le dejaba moverse.

—¿Y has venido hasta aquí sólo para felicitarnos? —preguntó con fingida amabilidad.

—Me gustaría hablar a solas con Pau —Alex frunció el ceño—. No me marcharé de aquí hasta que ella me convenza de que es esto lo que realmente desea.

—Cualquier cosa que tengas que decirle a mi esposa, puedes decirla delante de mí.

—Pedro, basta —dijo ella bruscamente—. Alex es un amigo muy querido, y le debo una explicación —ella se soltó y posó una mano sobre el brazo de Alex—. ¿Has comido?

—He venido directamente desde el avión —él negó con la cabeza.

—Entonces, entra. Comeremos en el patio y hablaremos.

Sin decir una palabra, Pedro se dio media vuelta y desapareció dentro de la casa.

—Un tipo simpático —murmuró Alex.

—Vamos dentro —Pau suspiró—. Comeremos algo.


Lean el que sigue :) 

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