sábado, 5 de octubre de 2013

Capítulo 12 - Amor en Riesgo

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Incapaz de dormir, Pau se puso a hacer la maleta. Aún no la había deshecho del todo por lo que no necesitó mucho tiempo. El resto de la noche la pasó sentada en la cama con las manos apoyadas en el colchón mientras reflexionaba en silencio.

¿Por qué se había casado con Pedro? Se había sentido desesperada, pero no tanto como para acudir a Alex. No, había llamado a Pedro y luego le había permitido tomar las riendas de su vida y exigirle matrimonio.

«Admítelo. Eres una soñadora incurable».

Durante los últimos cinco meses se había dejado llevar por todo aquello en lo que no creía.

A las dos de la mañana se tumbó en la cama, a oscuras, mientras observaba la luna llena por la ventana. Acababa de cerrar los ojos cuando un agudo dolor le atravesó el costado.

Automáticamente dobló las rodillas antes de que otra punzada de dolor le desgarrara el abdomen. No podía respirar, no podía pensar, ni siquiera decidir qué hacer.

Cuando la agonía se suavizó, rodó hasta el borde de la cama. Sentía un terror tan fuerte como el dolor. Terror por su hija. ¿Iba a perder a su bebé?

Las lágrimas inundaron sus ojos. A punto de apoyar los pies en el suelo, sintió una nueva punzada y cayó pesadamente al suelo de lado, sin poder respirar mientras el dolor le desgarraba por dentro.

—¡Pedro!

La voz surgió débil y la puerta estaba cerrada.

—¡Pedro! —gritó con más fuerza antes de derrumbarse ante una nueva punzada de dolor.

Cielo santo. Él no iba a acudir y ella era incapaz de ponerse en pie.

Las lágrimas empezaron a brotar con fuerza.

De repente oyó abrirse la puerta. La luz se encendió y unas pisadas atravesaron la habitación.

—¡Pau! ¿Qué sucede? ¿Es el bebé?

Pedro se arrodilló a su lado mientras con las manos repasaba el cuerpo de su mujer. Al intentar girarla, ella soltó un grito de dolor.

—Dime qué te pasa, princesa. Dime cómo puedo ayudarte —añadió desesperadamente.

—Duele —consiguió balbucear ella—. Duele mucho.

—¿Dónde?

—El costado, mi estómago. Abajo. Por la pelvis. Dios, no lo sé. Me duele por todas partes.

—Tranquila, yo las cuidaré —dijo él con voz suave—. Todo saldrá bien. Te lo prometo —la tomó en brazos y la levantó del suelo—. ¿Estarás bien si te dejo tumbada en la cama un momento? Tengo que vestirme y luego te llevaré al hospital.

Ella asintió, incapaz de decir una palabra.

Pedro entró en su dormitorio y dejó a su mujer en la misma cama sobre la que habían hecho el amor la noche anterior. El masculino aroma la envolvió y, curiosamente, la consoló.

Pareció tardar una eternidad en vestirse, pero al fin volvió y la levantó en vilo antes de bajar las escaleras y salir a la fría noche.

—Te instalaré en el asiento de atrás para que puedas tumbarte —murmuró—. Enseguida estaremos en el hospital. Intenta aguantar, princesa.

El coche arrancó y ella se acurrucó y apretó los puños. Intentaba combatir su deseo de gritar.

«El bebé no. Por favor, que no sea el bebé».

Apenas fue consciente de que el coche se paraba y de que Pedro la tomaba en brazos otra vez. A su alrededor sonaban voces, sintió un pinchazo en el brazo, las frías sábanas de una cama, luces brillantes y luego un hombre que no conocía que la miraba a los ojos.

—Señora Alfonso, ¿me oye?

Ella asintió e intentó hablar, pero Pedro le apretó el brazo, ¿cuánto tiempo llevaba sujetándola?

—El quiste de su ovario ha provocado una torsión en la trompa. He llamado a su obstetra. Quiere que la preparemos para cirugía.

Un pequeño gemido surgió de la garganta de la joven. Pedro se acercó aún más a ella y le acarició la cabeza.

—Todo saldrá bien, princesa. El médico me ha asegurado que recibirás los mejores cuidados. Nuestro bebé estará bien.

«Nuestro bebé». ¿Había dicho, «nuestro bebé», o se lo había imaginado? No conseguía pensar con coherencia. El dolor había disminuido y se sentía flotar sobre una nube.

—¿Qué me han hecho? —preguntó.

—Le hemos puesto algo para que se sienta un poco mejor —la enfermera rió suavemente—. En unos momentos la llevaremos al quirófano.

—¿Pedro?

—Estoy aquí, princesa —de nuevo le acarició la cabeza.

—Dijiste «nuestro bebé» —ella luchaba por mantener los ojos abiertos—. ¿Crees que es tuya?

Hubo un momento de silencio durante el cual ella tuvo que pestañear con fuerza para mantenerlo en su línea de visión. Unas arrugas de preocupación cruzaban la frente de Pedro. ¿Estaba preocupado por el bebé?

—Sí, es mía —dijo él con voz ronca—. Ella es nuestra hija, y estoy seguro de que cuidarás bien de ella durante la operación. Ahora descansa y no intentes hablar. Deja que la medicina te cure.

Ella le sujetó la mano con fuerza, temerosa de que, si lo soltaba, se marcharía. El movimiento de la camilla le asustó y tiró con fuerza de la mano.

—No te vayas.

—No me iré a ninguna parle —dijo él tranquilizadoramente.

Pedro se inclinó para besarla suavemente en la frente y ella se relajó, cerrando los ojos.

A su alrededor las voces se hicieron más tenues. Pedro volvió a besarla y a asegurarle que la esperaría. ¿Por qué? ¿Adónde iba a ir? Ella quería preguntárselo, pero le faltaron las fuerzas para hacer algo más que no fuera seguir allí tumbada.

La camilla volvió a moverse y, de repente, se encontró en una habitación helada. Fue levantada en vilo y tumbada sobre una superficie mucho más fría y dura. Una alegre voz le dijo al oído que contara hacia atrás desde diez.

Abrió la boca para obedecer, pero ningún sonido surgió de ella. Incluso consiguió abrir los ojos, pero al llegar a ocho, todo se volvió negro.

Pedro paseaba en la sala de espera de cirugía como un león enjaulado, nervioso e impaciente. Comprobó el reloj por enésima vez para descubrir que sólo habían pasado tres minutos desde la última vez que lo había hecho. ¿Cuánto más iban a tardar? ¿Por qué no le decían nada?

—Pedro, ¿cómo está?

Pedro levantó la vista y vio entrar a Fede con los cabellos revueltos como si acabara de levantarse. Y así era. Su hermano pequeño se sintió culpable por haberle sacado de la cama en medio de la noche, pero se sintió agradecido por tenerle cerca.

Tras un breve abrazo, ambos se sentaron.

—Todavía no lo sé. Se la llevaron hace unas horas, pero no he tenido noticias desde entonces.

—¿Qué pasó? ¿El bebé está bien?

—El quiste de su ovario le ha provocado una torsión en la trompa. Sufría unos dolores atroces y la llevaron al quirófano para extirpar el quiste, y seguramente también la trompa. De todos modos iban a intervenirla dentro de una semana, de modo que sólo se ha adelantado un poco.

—¿Y el bebé?

—Existe algún… riesgo, pero me han asegurado que harán todo lo que puedan para evitar que le suceda algo.

—¿Cuánto tiempo lleva en el quirófano?

—Cuatro horas —contestó abatido Pedro—. ¿Por qué tardarán tanto?

—Pronto sabrás algo —le consoló Fede—. ¿Has hablado con Nan?

—No había ninguna necesidad —Pedro sacudió la cabeza—. Le llevaría demasiado tiempo venir desde la isla. Para cuando lo consiguiera, todo habría terminado.

—Aun así deberías llamarle. Querrá saberlo. Flor y él querrán saberlo.

Los dos hermanos se quedaron en la sala de espera. Tras un buen rato, Fede se marchó y volvió con café para ambos.

—Estás diferente.

—¿De qué hablas? —Pedro miró a su hermano mayor con expresión de sorpresa.

—Pareces más asentado… incluso más contento. Me di cuenta por la expresión en tus ojos durante la boda.

—¿Comparado con qué? —preguntó él en tono burlón.

—Comparado con tu comportamiento desde que Julieta se aprovechó de ti y se largó con Eric

Pedro hizo una mueca de disgusto. Nadie mencionaba el nombre de Eric en su presencia. Estaba seguro de que la familia lo hacía a menudo a sus espaldas, pero nunca cuando él estaba presente.

—No arruines tu oportunidad de ser feliz, Pedro. Es la ocasión de tenerlo todo.

—O perderlo todo otra vez. A lo mejor ya lo he hecho.

—¿A qué te refieres?

—Iba a abandonarme por la mañana —confesó Pedro tras tomar otro sorbo de café—. Ya tenía hecho el equipaje cuando la encontré tirada en el suelo retorciéndose de dolor.

—¿Quieres hablar de ello? —preguntó Fede—. Más de una mujer me ha acusado de ser un idiota.

—Pareces muy seguro de que soy yo el causante del problema —dijo Pedro secamente.

—Eres un hombre, y los hombres siempre son los que se equivocan. ¿No has aprendido nada?

—Fui un imbécil —los labios de Pedro esbozaron una tímida sonrisa.

—Ya, pues no será la última vez. Parece algo genético en nosotros.

—Un amigo suyo apareció ayer con la intención de rescatarla. Yo no me lo tomé muy bien.

—Nadie podría culparte por ello. Forma parte de nuestro sentido de la territorialidad.

—Y ahora vas a decirme que somos todos unos cavernícolas que vamos por ahí marcando el territorio como los perros.

—No está mal como ejemplo, hermanito. Y creo que eso es precisamente lo que hacemos, aunque no en sentido literal —Fede miró a Pedro de soslayo—. ¿De modo que iba a abandonarte porque no te gustó que apareciera su amigo?

—Puede que le acusara de ser el padre del bebé y le dijera que ambos habían urdido una estratagema para estafarme.

—Maldita sea —Fede hizo una mueca—. Cuando decides salirte del tiesto lo haces bien.

—Ya te he dicho que fui un imbécil. Estaba enfadado. Le dije que no le concedería el divorcio y ella me dijo que podía irme al infierno con mi acuerdo.

—Eso no suena mucho a una mujer que vaya tras tu dinero.

—Quiero confiar en ella, Fede —él había pensado lo mismo que su hermano.

—Y eso te asusta.

Habían llegado al meollo de la cuestión. Su hermano enseguida llegaba al origen del problema. Sí, quería confiar en ella, pero tenía miedo y eso le ponía furioso.

—No quiero que ninguna otra mujer vuelva a ejercer tanto poder sobre mí.

—Lo entiendo, de verdad que sí —Fede suspiró y apoyó una mano sobre el hombro de su hermano—. Pero no puedes aislarte del mundo el resto de tu vida porque una vez te hicieron daño.

—¿Daño? —Fede rió amargamente—. Ojalá sólo me hubiera hecho daño. Me quitó lo que más amaba en el mundo. Eso va más allá de un simple daño.

—Aun así, y aunque suene a tópico, la vida continúa. Quiero que seas feliz, Pedro. A Nan y a mí nos preocupas. No puedes vivir de hotel en hotel toda tu vida. En algún momento tendrás que asentarte y formar una familia. Pau te ha dado esa oportunidad. Deberías aprovecharla.

—Señor Alfonso.

Los dos hermanos se volvieron al ver entrar a la enfermera.

—La señora Alfonso ya ha salido del quirófano. Podrá verla en reanimación un ratito si lo desea.

—¿Está bien? ¿El bebé? —Pedro se levantó de un salto y corrió hacia la enfermera.

—La madre y el bebé están bien —la mujer sonrió—. La operación ha salido bien. El médico pasará por la sala de reanimación para informarle antes de que sea llevada a planta. Estará muy aturdida, pero podrá hablar con ella unos minutos.

—Te espero aquí —dijo Fede—. Ve tú.

—Gracias —dijo Pedro, y siguió a la enfermera en busca de Pau.

Hola volvi, disfrutenlo. Siento que esta novela no la lee nadie porque no comentan mucho, si no la leen la dejo de subir porque aunque no lo crean me hago de tiempo para ordenar los capitulos y asi y si no le gusta a nadie es medio al dope :) Buenas Noches 

9 comentarios:

  1. muy lindo el capitulo!!
    pd: no se te ocurra dejar de subir por el amor de dios!!

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  2. a mi me encanta la nove,no la dejes de subir porfa!!!
    ojala sigas subiendo porque esta buenísima!!!

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  3. Hermosa!!me encanta!!!!! Pobre Pepe , sufrió muchk! Y Paulita por aguantarl

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  4. Epaaaa, yo comento casi siempre y me encanta. Espero que todo resulte entre ellos.

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  5. ME ENCANTA LA NOVELA,POR FAVOR NO DEJES DE SUBIRLA

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  6. No xfa no dejes de subir! Me encanta la nove..

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  7. hermosa novela, no dejes de subir mas capitulos. No comento siempre porque leo desde mi celular pero eso no quiere decir que no me guste espero dia a dia un capitulo mas!!

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  8. me encanto el capitulo!! y que bueno que a pau le haya ido bien en la operacion!! ah y porfi no la dejes de subir, yo no comento mucho porque la mayoria de las veces lo leo desde el celular!! :D

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  9. me encanta esta novela no dejes de subir

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