miércoles, 25 de septiembre de 2013

Capítulo 8 - Amor en Riesgo

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Pau estudió el severo rostro de su abogado y se preguntó si existiría algo parecido a un abogado con sentido del humor. Todos parecían unos fríos y calculadores tiburones.

Claro que, tratándose de su futuro y del de su hija, lo que quería era precisamente al tiburón más grande y malo de todo el océano.

—El acuerdo está bastante claro, señorita Chaves. En síntesis, establece que, en caso de divorcio, tanto el señor Alfonso como usted conservarán los bienes de su propiedad.

Pau sonrió. ¿Qué bienes? Ella no tenía nada, y Pedro lo sabía.

—¿Y qué más? —preguntó ella con impaciencia. Tenía que haber algo, una cláusula oculta. Necesitaba averiguarlo—. Quiero una detallada explicación. Línea por línea.

—Muy bien —el abogado se puso las gafas y se volvió a sentar con los papeles en la mano—. El señor Alfonso se ocupará de su manutención, independientemente de la paternidad del bebé. Si el ADN demuestra que la niña es suya, él conservará la custodia en caso de divorcio.

—¿Qué? —ella se quedó boquiabierta y agarró la hoja que leía el hombre—. Se ha vuelto malditamente loco. De ninguna manera firmaré algo que me prive de la custodia de mi hija.

—Puedo modificar esta cláusula, pero es probable que él no se muestre de acuerdo.

—Me importa un bledo que esté de acuerdo o no —murmuró ella entre dientes—. No lo firmaré hasta que la dichosa cláusula sea retirada por completo —furiosa, volvió a arrancar la hoja de las manos del abogado que intentaba recuperarla—. Da igual. Lo haré yo misma.

Salió del despacho hecha una furia. Pedro aguardaba en la sala de espera, sentado en un extremo con el portátil conectado mientras hablaba por el móvil.

—¿Ocurre algo? —levantó la vista y, lentamente, cerró el portátil.

—Ya te digo —rugió ella mientras le arrojaba la hoja de papel y le señalaba la cláusula sobre la custodia—. Si pretendes que firme cualquier cosa que me pueda privar de la custodia de mi hija, eres idiota. Sólo muerta me separarán de mi bebé. Por lo que a mí respecta, puedes tomar este… este acuerdo prenupcial y metértelo por donde nunca te dará el sol.

—Supongo que no pensarías que iba a renunciar a la custodia de mi hija —él enarcó una ceja y la miró en silencio—. En caso de que resulte ser el padre.

—No pierdes una oportunidad para criticarme —ella alzó las manos desesperada—. Sé que no crees que este bebé sea tuyo. Pero el que me lo recuerdes constantemente sólo servirá para fastidiarme cada vez más. ¿No has oído hablar de la custodia compartida? Ya sabes, cuando los padres piensan en el bien del hijo y acuerdan que pase la misma cantidad de tiempo con ambos.

—Si la niña es mía, no tengo intención de verla a temporadas, ni a plegarme a tu agenda. Desde luego yo le puedo dar mucho más que tú. Estoy seguro de que estará mejor conmigo.

—Eres un bastardo santurrón —ella apretó los puños, presa de la ira que ardía en sus venas como el ácido—. ¿De dónde sacas la idea de que mi hija estaría mejor contigo? ¿Porque tienes más dinero? Pues entérate, el dinero no puede comprar el amor, ni la seguridad. No puede comprar sonrisas ni felicidad. Todo aquello que más necesita un niño. Francamente, el hecho de que pienses que estaría mejor contigo me indica que no sabes nada sobre los niños o el amor. ¿Cómo ibas a saberlo? Dudo mucho que hayas amado a alguien en tu vida.

El pecho de Pau se agitaba nerviosamente y el papel no era más que una bola arrugada en su mano. Hizo ademán de arrojárselo a los pies, pero él fue más rápido y le agarró la muñeca. Sus ojos reflejaban ira, la primera señal de una emoción sincera que ella le hubiera visto nunca.

—Das por hecho demasiadas cosas —contestó él con frialdad.

—No lo firmaré, Pedro—ella se soltó y dio un paso atrás—. Por muy desesperada que estuviese, jamás firmaría la renuncia de mis derechos sobre mi hija.

—De acuerdo —dijo él al fin tras estudiarla impertérrito largo rato—. Haré que mi abogado modifique la cláusula. Le llamaré para que nos envíe un nuevo acuerdo.

—Yo esperaría un poco —dijo ella secamente—. Aún no he terminado.

Pau se dio media vuelta y se encaminó hacia el despacho del abogado al que encontró en la puerta con una expresión divertida reflejada en el rostro.

—¿Qué está mirando? —rugió ella.

—¿Nos ponemos con sus alegaciones al acuerdo? —dijo él con voz seria, aunque sus ojos reflejaban un sospechoso brillo.

Tres horas más tarde el contrato definitivo salió del despacho del abogado de Pedro y, tras leerlo detenidamente, ambos interesados lo firmaron juntos.

Pau había insistido en un acuerdo inflexible según el cual compartirían la custodia de la niña, pero siendo ella la principal custodia. Era consciente de que Pedro no se mostraba feliz con los términos, pero se había negado en redondo a firmar otra cosa que no fuera ésa.

—Está claro que no sabes nada sobre el arte de la negociación —dijo Pedro secamente mientras abandonaban el despacho del abogado.

—Hay cosas que no son negociables. Que no deberían serlo. Mi hija no es una moneda de cambio. Y jamás lo será —dijo ella con firmeza.

—Lo único que pido —él alzó las manos en un gesto de rendición—, es que entiendas mi punto de vista. Tan decidida como estás tú a conservar la custodia, lo estoy yo a no ceder la mía.

Algo en la expresión del hombre hizo que ella se ablandara y parte de su ira desapareciera. Durante un instante habría jurado que parecía asustado y un poco vulnerable.

—Entiendo tu postura —dijo ella con calma—. Pero no pediré disculpas por reaccionar como lo hice. Fue algo sucio y vil.

—Entonces te pido disculpas. No era mi intención alterarte de ese modo. Simplemente pretendía que mi hija se quedara donde debía estar.

—A lo mejor lo que deberíamos estar haciendo era concentrarnos en que el divorcio nunca llegue a producirse —contestó ella—. Si conseguimos que funcione, no habrá que preocuparse por ninguna batalla por la custodia.

—Tienes razón —él asintió y abrió la puerta del coche ayudándole a entrar—. La solución está en asegurarnos de que nunca llegaremos al divorcio.

Cerró la puerta, rodeó el coche y se sentó al volante antes de poner el motor en marcha.

—Y ahora que nos hemos quitado de encima lo peor, pasemos a los aspectos más alegres de preparar una boda.

Y de ese modo se inició una tarde de compras. La primera parada fue en una joyería. Al serles mostrada una bandeja de anillos de compromiso de diamantes, ella cometió el error de preguntar el precio. A Pedro no le gustó que lo hiciera, pero el joyero contestó con naturalidad. A la joven le faltó poco para tener que recoger la mandíbula del suelo.

Sacudió la cabeza y se separó del mostrador. Pedro la agarró por la cintura y, divertido, la obligó a acercarse.

—No me defraudes. Como mujer, se supone que deberías estar genéticamente predispuesta a elegir el anillo más grande y caro de la tienda.

—Es cierto —dijo el joyero con solemnidad.

—De todos modos, no es de buena educación preguntar el precio —continuó Pedro—. Elige el que quieras y finge que no lleva etiqueta.

—Su novio es un hombre muy sabio —dijo el hombre tras el mostrador con ojos burlones.

Mientras intentaba ignorar el hecho de que con uno de esos anillos se podría alimentar a todo un país del tercer mundo, estudió cada pieza. Al fin encontró el anillo perfecto.

Era un sencillo diamante con forma de pera, perfecto hasta donde su profano ojo podía asegurar. A cada lado había un pequeño racimo de diminutos diamantes.

—Su dama posee un gusto exquisito.

—Sí. ¿Este es el que quieres? —preguntó Pedro.

—Pero no quiero saber cuánto cuesta —ella asintió intentando ignorar una náusea.

—Si te hace sentir mejor —Pedro rió—. Haré un donativo por el valor del importe del anillo a la obra de caridad que prefieras.

—Te estás burlando de mí.

—De ninguna manera. Es bueno saber que mi esposa no me arruinará en un año.

Ella lo miró airada mientras él hacía un visible esfuerzo por no echarse a reír. Maravillada, contempló la soltura con que le entregaba la tarjeta de crédito al dependiente, como si estuviera pagando una copa y no un anillo que debía de valer miles de dólares.

—Déjatelo puesto —él le puso el anillo—. Es tuyo.

Ella contempló la mano, incapaz de disimular su admiración. Era un anillo fabuloso.

—Y ahora que hemos solucionado el tema del anillo, deberíamos pasar a otra cosa, como el vestido o cualquier otra ropa que puedas necesitar.

—¡Vaya! Un hombre al que le gusta ir de compras. ¿Cómo has conseguido permanecer soltero hasta ahora? —bromeó ella.

Toda expresión abandonó el rostro de Pedro y ella se recriminó mentalmente por haber dicho algo incorrecto en el momento menos correcto.

Decidida a salvar el resto del día, le tomó del brazo mientras salían de la joyería.

—Me muero de hambre. ¿Podemos comer antes de seguir con las compras?

—Por supuesto. ¿Qué te apetece comer?

—Me encantaría un enorme y poco recomendable filete —contestó ella con añoranza.

—Entonces que así sea —él rió—. Vamos a matar a una o dos vacas.


Hola hola, un dia volvi, perdonen que estuve tantos dias sin subir para compensar hoy les dejo capitulos dobles y si puedo mañana tambien :) Comenten y gracias por leer !

Capítulo 7 - Amor en Riesgo

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Pau ladeó la cabeza para mirar por la ventana mientras Pedro cruzaba la entrada de una extensa propiedad rodeada de un verde y bien cuidado césped. La casa, modesta en comparación con la extensión de la propiedad, apareció al coronar una colina.

Era espléndida. Dos plantas con buhardillas y hiedra colgando de la fachada.

Pedro aparcó frente al garaje. Les seguía el coche que llevaba al servicio de seguridad. Uno de los guardas apareció y abrió la puerta. La cubrió protectoramente, protegiéndola de… ¿qué? Sólo se hizo a un lado cuando Pedro le tomó la mano.

—No soy una inútil, ¿sabes? —dijo ella secamente cuando él la atrajo hacia sí. Sin embargo, habría mentido de haber negado que toda esa ayuda le encantaba. El masculino cuerpo era cálido y fuerte. La idea de que ya no estaba sola casi le hizo llorar.

—Lo sé —contestó él con su rudo acento—. Pero acabas de salir del hospital, y estás embarazada. Si hay un momento en que necesites ayuda, ése es ahora.

Ella se relajó, negándose a estropear los primeros momentos en su nuevo hogar.

Hogar. La palabra le golpeó en el pecho, pero sacudió la cabeza. Ella no tenía ningún hogar.

—¿Sucede algo? —preguntó él cuando se pararon frente a la puerta.

Avergonzada por el despliegue de emociones, ella negó con la cabeza.

Pedro abrió la puerta y entraron en un amplio recibidor del cual surgía una elegante escalera que se curvaba en la parte superior donde un pasillo conectaba ambos lados de la casa.

—Ven al salón. Yo me ocuparé de tus cosas.

Ella se dejó conducir hasta un cómodo sillón de cuero que ofrecía una bonita vista del patio.

¿Cómo sería vivir en una casa así? Llena de risas y de niños. De repente, se le ocurrió que era totalmente posible que parte de ese sueño se hiciera realidad.

Pau contempló la hinchada barriga y la acarició. El bebé dio una patada y su madre sonrió.

Quería darle a su hija todo lo que ella jamás había tenido. Amor, aceptación. Un hogar estable.

¿Le proporcionaría Pedro todo eso? Todo, menos el amor. ¿Podría ella amar a su bebé lo bastante para compensar la existencia de un padre que no la quería a ella ni a su madre?

Había hecho justo lo que se había jurado a sí misma que nunca haría.

Pedro entró en el salón con las dos maletas de la joven.

—Subiré esto arriba y bajaré a preparar algo de comer. ¿Necesitas algo mientras tanto?

—Estoy bien —contestó ella, nerviosa ante tanta consideración.

—Bien. Entonces, volveré enseguida.

Le oyó subir las escaleras y se acercó hasta la puerta de la terraza. Con las manos apoyadas en el cristal contempló el magnífico jardín.

Era precioso, pero tenía un aire casi estéril, como si nadie lo tocara jamás. Parecía… artificial. Sin un ser vivo. No como el mar, siempre vivo, rugiente y, a veces, pacífico y sereno.

Una mano se apoyó en su hombro y dio un brinco. Al girarse, vio a Pedro con expresión dulce.

—Siento haberte asustado. Te llamé, pero al parecer no me oíste.

Ella sonrió tímidamente, repentinamente nerviosa en su presencia.

—Es precioso, ¿verdad?

—Sí, lo es —admitió Pau—. Aunque yo prefiero el mar. Es más… indómito.

—¿Te parecen mansos estos jardines?

—Sí.

—Creo que sé lo que quieres decir. ¿Te apetece comer? Ya tengo algo preparado.

—¿Podríamos comer fuera? —ella lo miró de soslayo—. Hace un día precioso.

—Como gustes. ¿Por qué no vas saliendo? Llevaré la comida enseguida.

Cuando Pedro desapareció por la puerta, ella salió al patio empedrado.

El frescor le provocó un escalofrío, pero el día era hermoso, uno de los escasos días en que ni una nube cubría el cielo azul, y no quería desperdiciarlo permaneciendo en el interior.

Se sentó en una silla y esperó a Pedro. Le resultaba extraño que ese arrogante hombre la sirviera. Pedro apareció con dos bandejas que dispuso sobre la mesa. Pau agarró el tenedor, pero cometió el error de levantar la vista antes de empezar a comer. Él la miraba fijamente.

—Tenemos mucho de qué hablar, Pau. Después de comer, me gustaría mantener la conversación que deberíamos haber tenido hace mucho tiempo.

Sonaba siniestro, y una punzada de inquietud la atravesó. ¿Qué les quedaba por discutir? Le había exigido que se casara con él y ella había accedido.

Comieron en silencio, aunque el calor de su negra mirada le quemaba la piel.

Terminada la comida, ella dejó el tenedor en el plato, pero volvió la vista hacia el jardín.

—No te servirá de nada ignorarme.

Convencida de tener una expresión de culpabilidad en el rostro, se volvió. Se sentía como una niña, pero ese hombre le ponía nerviosa.

—Debemos aclarar unas cuantas cosas. Sobre todo lo de tu despido.

—Preferiría no discutir sobre eso —ella se puso tensa y apretó los puños—. No puede surgir nada bueno de ello, y se supone que debo controlar mi nivel de estrés.

—Jamás tuve intención de despedirte. Pau. Fue totalmente indigno y acepto toda la culpa.

—¿Y de quién si no sería la culpa? —preguntó ella.

—No era lo que yo pretendía —insistió él.

—Lo pretendieras o no, fue lo que sucedió. Curiosa coincidencia que me echaras en cuanto averiguaste quién era, ¿no te parece?

—No me lo vas a poner fácil, ¿verdad? —Pedro resopló con fuerza y entornó los ojos.

—¿Por qué debería facilitarte las cosas? —ella lo miró fijamente—. Para mí no fue fácil. No me quedaba dinero. No tenía trabajo. Vine aquí porque era el único lugar al que podía ir, y el de camarera fue el único trabajo que encontré. Poco después empecé a enfermar…

—Tienes razón. Lo siento.

Él parecía y sonaba sincero. Lo bastante como para que la siguiente pregunta se escapara de labios de Pau antes de que pudiera reflexionar sobre ella.

—Si se supone que no debía ser despedida, ¿exactamente por qué terminé así?

—Como te he dicho —Pedro hizo una mueca y se pasó la mano por los cabellos—. Fue culpa mía. Le dije a mi director de recursos humanos que te trasladara, o te ascendiera o te pagará la totalidad del contrato, pero me temo que las primeras palabras que salieron de mi boca fueron que se deshiciera de ti. El resto, desgraciadamente, no lo oyó porque se cortó la comunicación. Cuando volví al hotel y descubrí que te habías marchado intenté, sin éxito, encontrarte. De hecho, ya había perdido toda esperanza de saber de ti hasta que llamaste.

Ella lo miró estupefacta. En primer lugar, no podía creerse que hubiera admitido su equivocación. En segundo lugar, no le cabía en la cabeza que la hubiera estado buscando.

—No lo entiendo —ella se sentía confusa—. ¿Por qué no nos comportamos como adultos? ¿Por qué era tan importante para ti deshacerte de mí? Comprendo que la situación no era la ideal, pero fue un error inocente. Ninguno de los dos sabíamos quién era el otro, o Dios sabe que jamás me habría acostado contigo aquella noche.

—Entonces me alegro de que no supieras quién era yo —susurró él.

—Sí —ella contempló su barriga—. Ya no lo lamento en absoluto.

—¿Lo hiciste al principio?

Él no parecía ofendido, sólo sinceramente curioso. Hasta ese momento se había mostrado franco con ella y se sentía obligada a mostrarse igualmente sincera con él.

—No. No lamento la noche que pasamos juntos.

—Contestando a tu pregunta —él pareció satisfecho con la respuesta—, no fue nada personal. Mantengo una estricta política sobre no permitir que nadie que trabaje cerca de mí tenga alguna clase de relación personal conmigo. Desgraciadamente, es una norma necesaria.

—Lo dices como si te hubiera sucedido algo —ella enarcó una ceja.

—En cierto modo. La ayudante personal de mi hermano se enamoró de él, pero también vendió secretos de la empresa y chantajeó a mi cuñada.

—Parece un culebrón —murmuró Pau.

—Sí que lo pareció en su momento —él rió.

—Podrías simplemente habérmelo dicho. Me lo debías —ella lo miró fijamente—. De haber sido franco conmigo, nada de todo esto habría sucedido. No habría habido ningún malentendido.

—Tienes razón. Me temo que la sorpresa de descubrir quién eras me nubló la razón. Lo siento.

La disculpa consiguió mitigar parte del enfado de la joven. Para ser sincera, aún le guardaba rencor. No es que hubiera esperado amor eterno, pero ¿acaso esa noche no había significado nada? ¿Ni siquiera lo bastante como para despedirla en persona?

Sin embargo, era consciente de que debía librarse de parte de ese resentimiento si quería que el matrimonio no fuera complicado y plagado de animosidad.

—Acepto tus disculpas.

—¿De verdad? —él la miró sorprendido.

—No te he dicho que te hayas convertido en mi mejor amigo —dijo ella secamente—. Simplemente que acepto tus disculpas. Parece lo más correcto ante nuestras inminentes nupcias.

—Tengo la sensación de que vamos a llevarnos bien —él la miró divertido antes de bajar la vista a la prominente barriga—. Suponiendo que me estés diciendo la verdad.

Durante unos segundos, el dolor se reflejó en la mirada de Pedro y ella se preguntó qué demonios le habría ocurrido en el pasado para hacer que se mostrara tan desconfiado. No deseaba ser el padre de su hija. Quería que ella fuera mentirosa y estafadora.

—No me hace ningún bien decirte que eres el padre de mi hija si estás empeñado en no creerme —dijo ella—. Tras la prueba de paternidad lo sabrás.

—Sí. Desde luego que lo sabremos —dijo él.

—Si me disculpas, necesito mi portátil —ella se puso en pie—. Debo enviar un mensaje.

—Y yo tengo que organizar los preparativos para la boda.

Ella asintió porque, si intentaba decir algo, se iba a atragantar. Sin mirar atrás, corrió dentro de la casa. Pedro no le había dicho cuál era su dormitorio, pero lo encontró sin problema.

Empezó por sacar su ropa y guardarla antes de sentarse sobre la cama con el portátil. Comprobó su correo electrónico, pero no había ningún mensaje de Alex. Tampoco lo esperaba. A veces pasaban meses sin comunicarse. Aun así, tenía la sensación de que le debía una explicación, y por eso le contó todo en un correo que le llevó media hora redactar.

Una vez terminado, se sentía agotada y bastante estúpida. Alec no podía darle ningún consejo, pero se sentía mejor si descargaba parte de sus preocupaciones. Él conocía mejor que nadie sus miedos hacia el matrimonio y el compromiso.

Sin apagar el portátil, se recostó sobre las almohadas y contempló el techo. Su futuro jamás le había parecido más terrorífico como en aquellos momentos.

Pedro subió las escaleras hasta el dormitorio de Pau. Llevaba dos horas ausente, tiempo más que suficiente para terminar sus asuntos personales.

Llamó a la puerta, pero no hubo respuesta. Preocupado, la abrió y entró en el dormitorio. Pau estaba tumbada con el rostro enterrado en las almohadas. Profundamente dormida. Parecía agotada.

El portátil estaba peligrosamente cerca del borde de la cama y él lo agarró antes de que cayera al suelo. Al colocarlo sobre la mesa, la pantalla se iluminó y vio un mensaje. Era de un tal Alex.

Con el ceño fruncido, echó un vistazo a la vista previa y leyó el breve mensaje.

Pau:

Voy de camino a casa. No hagas nada hasta que vuelva. ¿De acuerdo? Aguanta. Estaré allí en cuanto pueda tomar un vuelo.

Alex

Pedro se puso tenso. El infierno se congelaría antes de permitir que ese hombre interfiriera en su relación con Pau. Ella había accedido a casarse con él, y eso iba a hacer. Jamás permitiría que las decisiones las tomara otro hombre.

Sin dudar, eliminó el mensaje y vació la papelera para eliminarlo permanentemente del ordenador. A continuación dejó de nuevo el portátil sobre la cama.

Durante largo rato contempló el rostro de la joven. Incluso dormida, parecía preocupada.

¿Qué demonios había sucedido en su vida? No confiaba en él. Tampoco es que la culpara por ello, pero iba más allá de la ira o de un sentimiento de traición. En algún lugar, alguien le había hecho mucho daño. Ya tenían algo en común.

Por mucho que se jurara a sí mismo que jamás le haría daño y que la protegería de quienes sí se lo harían, sabía que, si le había mentido sobre el bebé, la aplastaría sin pensárselo dos veces.


Lean el que sigue :) 

domingo, 22 de septiembre de 2013

Capítulo 6 - Amor en Riesgo

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—He hecho algo terrible —dijo Pedro en cuanto su hermano, Fede, descolgó el teléfono.

—¿Por qué se está convirtiendo en una costumbre que mis hermanos pequeños llamen en medio de la noche pronunciando esas

mismas palabras? —Fede suspiró y se sentó en la cama.

—¿Se ha metido Nan en algún lío? —preguntó Fede.

—No desde que sedujo a una mujer bajo su protección —contestó secamente el hermano mayor.

—Ah, te refieres a Flor. ¿Y por qué creo que fue ella quien le sedujo a él?

—Nos estamos desviando del tema. ¿Qué es eso tan horrible que has hecho y cuánto va a costar?

—Puede que nada. Puede que todo —contestó Pedro con calma mientras oía a su hermano soltar un juramento y decirle algo a

Micaela—. No preocupes a Micaela con esto. Siento haberla despertado.

—Demasiado tarde —rugió Fede—. Dame unos minutos para bajar al despacho.

Pedro esperó martilleando con los dedos en la mesa. Al fin Fede volvió a hablar.

—Ahora cuéntame qué pasa.

—He tenido una aventura. En realidad, una aventura de una noche.

—¿Y? —preguntó su hermano con impaciencia—. Eso no es nuevo para ti.

—Era mi nueva ayudante.

Fede soltó otro juramento.

—Pero no lo supe hasta que apareció el primer día de trabajo. Hice que la despidieran.

—¿Y por cuánto nos ha demandado? —gruñó el otro hombre.

—Déjame terminar —le interrumpió Pedro con impaciencia—. No tenía intención de despedirla. Le pedí a mi director de recursos

humanos que la trasladara, o la ascendiera o que le pagara todo el contrato, pero él sólo oyó la parte de «deshazte de ella», y la

despidió.

—Muy bien, ¿y cuál es el problema?

—Está en el hospital. Está enferma, necesita una operación… y está embarazada.

—Dios —exclamó Fede—. Pedro, no puedes consentir que vuelva a suceder. La última vez…

—Lo sé —contestó él con irritación. Lo último que quería era que su hermano se lo recordara.

—¿Estás seguro de que el bebé es tuyo?

—No. He pedido una prueba de paternidad.

—Bien hecho.

—Hay algo más que deberías saber —dijo Pedro—. Me voy a casar con ella. Dentro de unos días.

—¿Qué? ¿Te has vuelto loco?

—Qué curioso, ella dijo lo mismo.

—Menos mal que uno de los dos tiene algo de sentido común —dijo Fede airadamente—. ¿Por qué demonios quieres casarte con

esa mujer si ni siquiera sabes si el niño es tuyo?

—Es increíble cómo se han vuelto las tornas.

—No empieces. Escuché lo mismo de Nan cuando se empeñó en casarse con Flor. Poco importó que acertara vaticinando el

desastre que fue. Vuestra advertencia sobre Micaela fue algo totalmente distinto. Tú no mantienes ninguna relación con esa mujer.

Te acostaste con ella una noche, y ahora asegura que eres el padre de su bebé, ¿y te vas a casar con ella? ¿Así sin más?

—Necesita mi ayuda. No soy imbécil. Haré que nuestro abogado redacte un acuerdo que contemple la posibilidad de que el bebé no

sea mío. De momento lo mejor será casarnos. Si es mi hija, ¿cómo me sentiría si no hubiera hecho nada mientras esperaba el

resultado?

—¿Hija?

—Sí. Al parecer, Pau está embarazada de una niña —a pesar de sus dudas y sospechas no pudo evitar sonreír ante la imagen de

una niña con grandes ojos y una dulce sonrisa.

—Pau. ¿Cuál es su apellido?

—No lo hagas, hermano. No hace falta investigar su pasado. Puedo ocuparme de ello yo solo.

—No quiero verte herido de nuevo —dijo el hermano mayor.

Ahí estaba. Por mucho que intentara evitar el pasado siempre estaba ahí, como un oscuro nubarrón. Sin previo aviso, la imagen de

otro niño se formó dolorosamente en su mente. Un niño dulce de cabello oscuro y sonrisa angelical. Santino.

—Esta vez me aseguraré de que mis intereses estén mejor protegidos —dijo Pedro con frialdad—. Entonces yo era un estúpido.

—Eras joven, Pedro —Fede suspiró.

—Eso no es excusa.

—Llámame si me necesitas. A Micaela y a mí nos gustará asistir a la boda.

—No hace falta.

—Sí hace falta —lo interrumpió su hermano—. Hazme saber los detalles y tomaremos un avión.

Pedro cerró la mano con fuerza en torno al auricular. Era bueno tener un apoyo incondicional. De repente fue consciente de que a

Pau no le había ofrecido su apoyo incondicional. La había amordazado y se había aprovechado de la situación.

—De acuerdo. Te llamaré cuando esté todo organizado.

—Avisa también a Nan. A Flor y a él les encantará estar allí.

—Sí, hermano mayor —Pedro suspiró.

—No te pido gran cosa —Fede rió—. Además, casi nunca me escuchas.

—Dale un beso a Mica de mi parte.

—Lo haré y… ¿Pedro? Ten cuidado. No me gusta cómo huele este asunto.

Pedro colgó el teléfono y luego llamó a su abogado al que le describió brevemente la situación. Después tomó medidas de seguridad

para Pau. Desde lo sucedido con la esposa de Fede, Micaela, él y sus hermanos no corrían riesgos. Luego llamó al hospital para

averiguar la hora de la siguiente visita del médico. Por último, encargó en un restaurante cercano una cena completa para llevar.

Pau intentó salir de la cama. Sólo se había levantado para ir al baño y acababa de decidir que estaba harta. El doctor le daría de alta

al día siguiente al saber que tenía alguien para cuidarla.

Tras ducharse se puso un pantalón suelto y una camisa premamá. Después se secó los cabellos lo mejor que pudo con la toalla y los

dejó sueltos para que terminaran de secarse.

Se acababa de instalar en el sillón junto a la cama cuando la puerta se abrió y Pedro entró con dos grandes bolsas de comida para

llevar.

Ella se inclinó nerviosamente hacia delante mientras era inspeccionada por los verdes ojos.

—No deberías haberte duchado antes de que yo viniera.

—¿Qué? —preguntó perpleja.

—Podrías haberte caído. Deberías haberme esperado o, al menos, haber llamado a la enfermera.

—¿Y cómo sabes que no llamé a ninguna de las enfermeras?

—¿Lo hiciste? —él la miró burlonamente.

—No es asunto tuyo —contestó la joven.

—Si estás embarazada de mi hija, entonces sí es asunto mío.

—Escucha, Pedro, debemos aclarar algo desde el principio. El que yo esté embarazada de tu hija no te da ningún derecho sobre mí.

No permitiré que tomes las riendas de mi vida.

Incluso mientras pronunciaba las palabras era consciente de lo estúpidas que sonaban.

Se mordió el labio y desvió la mirada mientras su mano se posaba amorosamente en la barriga.

Pedro empezó a sacar la comida de las bolsas, actuando como si ella no hubiese dicho nada. El olor llegó hasta la joven cuyo

estómago empezó a protestar.

—Gracias, me muero de hambre.

Él llenó dos platos y le sirvió uno antes de sentarse en el borde de la cama con el otro.

—Puedo volverme a la cama para que puedas sentarte en el sillón —se ofreció ella.

—Pareces estar cómoda ahí —él sacudió la cabeza—. Yo estoy bien.

Comieron en silencio aunque ella era consciente de que la observaba. Sin embargo, se obligó a ignorarlo y se concentró en la

deliciosa comida.

—Ha sido maravilloso, gracias —suspiró cuando ya no pudo comer ni un bocado más.

—¿Te apetece volver a la cama? —él le retiró el plato y lo dejó sobre la mesita.

—Ya he tenido bastante cama para toda una vida —ella sacudió la cabeza.

—¿Pero no deberías estar en la cama con los pies en alto? —insistió él.

—Estoy bien. El médico quiere que haga reposo moderado hasta la operación. Eso significa que puedo levantarme y moverme un

poco. Lo que no quiere es que permanezca de pie mucho rato.

—Y en tu trabajo estarías de pie todo el tiempo —él frunció el ceño.

—Era camarera. No me quedaba otro remedio.

—Deberías haberme llamado en cuanto supiste que estabas embarazada —dijo él airadamente.

—Me despediste —ella lo miró con expresión asesina—. Dejaste claro que no querías saber nada de mí. ¿Por qué demonios iba a

llamarte? Jamás lo habría hecho de no haberte necesitado tanto.

—Entonces supongo que debo sentirme agradecido porque me necesites.

—Yo no te necesito —se corrigió ella—. Te necesita nuestra hija.

—Me necesitas, Pau. Tengo que compensarte por muchas cosas, y ésa es mi intención. Podemos hablar sobre tu despido cuando ya

no estés en el hospital y te encuentres mejor.

—Sobre eso… —empezó ella.

—¿Sí? —él enarcó una ceja.

—El médico me dará el alta mañana por la mañana.

—Lo sé. Hablé con él antes de venir a la habitación.

Ella apretó los puños mientras intentaba evitar que su rostro reflejara la frustración que sentía.

—No necesito tenerte encima todo el tiempo. Puedes dejarme en mi apartamento…

—He alquilado una casa —intervino él con expresión resoluta—. Allí será donde te lleve. Y he contratado a una enfermera para que

atienda a tus necesidades…

—No —interrumpió ella—. De eso nada. No consentiré que una enfermera haga de mi niñera. No soy ninguna inválida. Tengo que

guardar reposo. Puedo hacerlo sin la ayuda de una enfermera.

—¿Por qué tienes que hacer que todo resulte tan difícil? —preguntó él con calma.

—Si quieres contratar a alguien, contrata a un cocinero —murmuró ella—. La cocina se me da fatal.

—Lo del cocinero puede solucionarse —él sonrió—. Por supuesto, deseo que mi hija y su madre estén bien alimentadas. ¿Significa

eso que no te opondrás a instalarte en la casa?

—No me opondré —ella inició una protesta, pero la ahogó de inmediato y suspiró.

—¿Lo ves? ¿A que no ha sido tan difícil?

—Deja ya de burlarte.

La sonrisa de él se hizo aún más amplia. Lo increíble era que le hacía parecer encantador. «Peligroso, Pau. Es peligroso. No caigas

en la trampa de ese encanto», se dijo.

—Voy a llevarte a casa conmigo, Pau —dijo él con paciencia—. No te servirá de nada discutir. Mañana espero ocuparme de la

organización de la boda. Tu salud era prioritaria.

Una incipiente jaqueca empezó a martillear las sienes de la joven. ¿Qué iba a ser de su vida? ¿Él daría las órdenes y ella obedecería

humildemente? No si podía evitarlo. Aunque también le hacía sentirse bien trasladar sus problemas a otro. Aunque sólo fuera

temporalmente.

—¿Te duele la cabeza? —preguntó él.

—Es el estrés —ella retiró la mano con la que, inconscientemente, había estado frotándose la frente—. Han sido dos semanas muy

largas. Estoy cansada.

Para su sorpresa, Pedro le tomó delicadamente las manos y le ayudó a ponerse en pie.

Demasiado estupefacta para hacer algo más que mirarlo atónita, cooperó sin quejarse. Él se colocó a su espalda y se sentó en el

sillón antes de acomodarla sobre su regazo.

Pau comprobó que los cinco largos meses, para su pesar, no habían reducido la química.

El calor de él la envolvió y la calmó a pesar de las efervescentes emociones. Cuando empezó a masajearle el cuero cabelludo con

las fuertes manos, ella sintió pánico.

Totalmente desarmada, se hundió contra el fuerte pecho. Durante varios minutos, ninguno habló.

—¿Mejor? —preguntó él con dulzura.

Ella asintió, incapaz de formular ninguna frase coherente. Flotaba en una nube de placer.

—Te preocupas demasiado. El estrés no te hace ningún bien, ni al bebé. Todo saldrá bien. Te doy mi palabra.

La frase estaba destinada a consolarla y ella apreció el esfuerzo. Pero, por algún motivo, el juramento sonaba amenazador. Como si

hubiera alcanzado un punto de inflexión en su vida a partir del cual nada volvería a ser igual. Como si estuviera cediendo el control.

«Pues claro que nada volverá a ser igual, idiota. Estás embarazada y vas a casarte».

Aun así, intentó consolarse con la promesa de Pedro. Él no confiaba en ella, pero la deseaba, eso era evidente. Y ella lo deseaba a

él. No bastaba. Ni de lejos. Pero era lo único que tenían.

Hola hola volvi, perdon que ayer no subi pero era el festejo del primer añito de mi sobrinito y como entenderan tenia un fin de semana familiar y muy cargado, si me da el tiempo hoy les subo otro. Comenten mucho y gracias por leer :) 

viernes, 20 de septiembre de 2013

Capítulo 5 - Amor en Riesgo

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—¡Te has vuelto loco! —exclamó Pau.

—No creo que hablar de matrimonio indique una mente trastornada —Pedro entornó los ojos.

—Loco. Decididamente.

—No estoy loco —gruñó él.

—¡Hablas en serio! —ella lo miró con una mezcla de estupefacción y horror—. Por el amor de Dios. ¿De verdad crees que me casaría contigo?

—No hay motivo para mostrarte tan espantada.

—Espantada —murmuró ella—. Eso describe mejor mi reacción. Escucha, Pedro. Necesito tu ayuda. Tu apoyo económico. Pero no necesito matrimonio. No contigo. Jamás contigo.

—Pues si quieres mi apoyo económico, puedes estar malditamente segura de que tendrás que casarte conmigo para conseguirlo —rugió él.

—Sal de aquí —espetó ella mientras con una mano temblorosa señalaba hacia la puerta.

—No debería haber dicho eso —Pedro le tomó la mano y le acarició suavemente el interior de la muñeca—. Me has puesto furioso. Si es mi bebé, por supuesto que tendrás mi apoyo, Pau.

Sorprendida por el brusco cambio, ella sólo fue capaz de mirarlo fijamente sin saber qué decir.

—¿Entonces nos olvidamos de todo eso del matrimonio?

—No te he prometido eso —él apretó los labios—. Tengo la intención de casarme contigo en cuanto pueda, y desde luego antes de la operación.

—Pero…

—Vas a sufrir una peligrosa intervención —él la hizo callar alzando una mano en el aire—. No tienes familia, nadie que esté a tu lado, que tome decisiones si sucediera lo peor.

Un escalofrío recorrió la columna de la joven. ¿Qué sabía él de su familia? ¿La había hecho investigar? Una náusea le agarrotó el estómago. No soportaba la idea de que alguien supiera algo de su pasado. Por lo que a ella respectaba, el pasado no existía. Ella no existía.

—Tiene que haber otro modo —dijo ella con la voz quebrada.

—No he venido para pelear contigo —la expresión de él se suavizó—. Tenemos mucho que hacer. Hablaré con tu médico y te trasladaré a un lugar mejor. Quiero que un especialista se ocupe de ti. Nos podrá dar una segunda opinión. Y también me ocuparé de organizar nuestra boda.

—Alto ahí —exclamó ella, furiosa—. No tienes derecho a irrumpir aquí, hacerte cargo de mi vida y tomar decisiones por mí. Ya he hablado con los médicos. Soy plenamente consciente de lo que hay que hacer, y yo decidiré qué es lo mejor para mí y mi hija. Si te supone un problema, puedes volver y dejarme en paz.

—No te alteres, Pau —él alzó las manos—. Siento haberte ofendido. Estoy acostumbrado a hacerme cargo. Me pediste ayuda y te la he ofrecido, y ahora no pareces quererla.

—Quiero tu ayuda, pero sin condiciones.

—Pues me temo que no puedo mantenerme al margen.

—Ni siquiera estás convencido de que sea tu hija —espetó ella.

—Es verdad —él asintió—. Sería un idiota si aceptara tu palabra sin más. Apenas nos conocemos. ¿Cómo sé que no te lo has inventado todo? En cualquier caso, estoy dispuesto a ayudarte. Te lo debo. De momento, estoy dispuesto a asumir que llevas dentro de ti a mi hija. Y quiero que nos casemos antes de que te sometas a cualquier tratamiento médico.

—Pero eso es una locura —protestó ella.

—Haré redactar un acuerdo que proteja los intereses de ambos —continuó él—. Si resulta que me has mentido y el bebé no es mío, el matrimonio será anulado de inmediato. Os proporcionaré una manutención a ti y a tu hija, y cada uno seguiremos caminos separados.

A ella no se le escapó el modo en que dijo «tu hija», distanciándose a propósito de la ecuación. La opinión que parecía tener de ella no era precisamente una buena base para un matrimonio.

—¿Y qué pasa si es tuya? —preguntó con dulzura.

—Entonces permaneceremos casados.

—No —ella sacudió la cabeza—. No quiero casarme contigo. Y no es posible que tú sí lo desees.

—No pienso discutir, Pau. Te casarás conmigo, y lo harás enseguida. Piensa en qué es mejor para tu hija. Cuanto más tiempo perdamos, más tiempo estaréis tú y el bebé en peligro.

—Me estás chantajeando —exclamó ella perpleja.

—Piensa lo que quieras —él se encogió de hombros.

—Es tu hija —dijo ella furiosa—. Hazte las malditas pruebas, pero es tuya.

—No te habría ofrecido el matrimonio si no pensara en esa posibilidad —Pedro asintió.

—¿Y no quieres esperar a los resultados antes de que nos atemos el uno al otro?

—Lo dices de un modo muy raro —Pedro parecía hasta divertirse—. Nuestro acuerdo está abierto a cualquier posibilidad. Si me has mentido, estaré dispuesto a mostrarme generoso. Y si, tal y como afirmas, ella es hija mía, lo mejor será que estemos casados y le demos un hogar estable.

—¿Un hogar con dos padres que apenas se soportan?

—Yo no diría eso —él enarcó una ceja—. Aquella noche en mi hotel parecíamos llevarnos muy bien.

—La lujuria no es un buen sustituto para el amor, la confianza y el compromiso —ella se sonrojó.

—¿Y cómo sabes que todo eso no va a surgir con el tiempo?

Ella lo miró estupefacta.

—Dame una oportunidad, Pau. Quién sabe qué nos deparará el futuro. De momento, hay que ocuparse de la operación, y por supuesto del resultado de la prueba de paternidad.

—Claro. Qué idiota por mi parte pensar en el matrimonio cuando estamos hablando de casarnos.

—No hace falta ser tan sarcástica. Y ahora, si hemos terminado, sugiero que descanses un poco. Tenemos mucho que hacer, y cuanto antes lo organice todo, antes podrás quedarte tranquila.

—No he dicho que vaya a casarme contigo —contestó ella.

—No. Y espero tu respuesta.

La frustración martilleaba las sienes de Pau. Qué enervante resultaba ese hombre. Arrogante. Convencido de salirse siempre con la suya. Y aun así, el muy idiota tenía razón en todo.

Se echó hacia atrás y cerró los ojos mientras la tristeza la invadía. Sentía ganas de llorar. Aquello se alejaba mucho de sus sueños de futuro. Había aceptado el hecho de que seguramente jamás se casaría, que jamás podría llegar a confiar en alguien. Pero eso no le había impedido soñar con un hombre que no abusara de su confianza. Alguien que la amara sin condiciones.

—No será tan malo —dijo Pedro mientras le tomaba nuevamente la mano.

—De acuerdo, Pedro —ella abrió los ojos con expresión agotada—. Pero tengo mis condiciones.

—Te proporcionaré un abogado que vele por tus intereses.

Todo aquello sonaba estéril y frío. Sintió un escalofrío. No tenía ninguna duda de estar cometiendo un error. Quizás el mayor de su vida. Pero por su hija haría cualquier cosa. Desde el momento en que había descubierto que estaba embarazada, el bebé se había convertido en su prioridad. Si hiciera falta, se casaría hasta con el mismísimo demonio.

—¿Y qué tal si elijo yo al abogado y le pido que te pase la minuta? —se ofreció ella.

—¿No te fías de mí? —él soltó una carcajada—. Supongo que tienes tus motivos. De acuerdo.

Ella entornó los ojos. Pedro se mostraba magnánimo. Podía permitírselo. Había ganado.

—¿Necesitas algo? ¿Quieres que te traiga algo?

—Comida —dijo ella tras dudar un instante.

—¿Comida? ¿No te dan de comer aquí?

—Me refiero a comida que esté buena —dijo ella—. Me muero de hambre.

Él sonrió y Pau sintió una sacudida que le llegó hasta la punta de los pies. Maldito fuera por ser tan atractivo. Con la mano acarició la barriga en una silenciosa disculpa. No lamentaba ni un instante de aquella noche, pero no estaba dispuesta a pagar por ella el resto de su vida.

—Veré qué puedo hacer con la comida. Ahora descansa. Volveré en un rato.

Pedro la sorprendió con un casto beso en la frente, un gesto muy tierno.

—No quiero que te preocupes por nada. Descansa y ponte bien. Y cuida de tu… nuestra hija.

Las últimas palabras parecieron costarle un esfuerzo, como si estuviera cediendo. A lo mejor no deseaba tener hijos. Sin embargo, tenía una hija y más le valía acostumbrarse a la idea.

Tras una última mirada, él salió de la habitación del hospital y cerró la puerta.

Casada.

No se imaginaba casada con un hombre de tamaña dureza. Ya había tenido bastantes personas duras en su vida. Individuos fríos, sin emociones, sin corazón, sin amor. Y de repente se veía abocada a un matrimonio que sería una réplica de su infancia.

—Para ti nunca será así, cariño —dijo mientras acariciaba la barriga—. Te amo y no permitiré que pase un solo día sin que lo sepas. Te lo juro. Pase lo que pase, siempre me tendrás a mí.

Hola hola hoy les dejo el capitulo mas temprano espero que los disfruten, la verdad no veo muchos comentarios como habian antes, hay mucha gente que lee? porque sino subo la nove al dope. Que tengan un lindo dia 

jueves, 19 de septiembre de 2013

Capítulo 4 - Amor en Riesgo

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Cinco meses después…

Pedro bajó la escalerilla del jet privado y se dirigió al coche que aguardaba. El conductor ya conocía el destino, de modo que no tuvo más que sentarse en el asiento de atrás mientras el coche se dirigía al hospital en el que estaba ingresada Pau.

Debía de tener algo serio si había recurrido a él después de no dar señales de vida en cinco meses. La culpa era un fuerte estimulante, pero aun así había sido incapaz de localizarla.

Sin embargo lo importante era que la había encontrado. Se ocuparía de que tuviera los mejores cuidados para compensarle por la pérdida del empleo y, con suerte conseguiría sacársela de la cabeza.

Cuando llegaron al hospital, no perdió ni un segundo antes de correr hacia el ascensor.

Llamó con suavidad a la puerta, pero, al no recibir respuesta, entró en silencio.

Pau estaba tumbada sobre la cama. La respiración, suave y rítmica, indicaba que dormía.

Sin embargo, tenía una expresión de preocupación en el rostro. Y las manos se aferraban a las sábanas a la altura del pecho. Aun así seguía tan hermosa como él la recordaba.

Arrojó la chaqueta sobre una silla junto a la cama y se sentó. El movimiento alertó a la joven que abrió los ojos.

Lo primero que reflejó su rostro fue estupefacción, en un gesto parecido al pánico. De inmediato, las manos se deslizaron hasta el estómago, en un gesto protector que sólo le habría pasado desapercibido a Pedro de haber sido ciego.

Había una inconfundible hinchazón, un tenso montículo que protegía a un bebé en su interior.

—¡Estás embarazada!

—No lo digas así —ella entornó los ojos—. No lo conseguí yo sólita.

Durante unos segundos él estuvo demasiado aturdido para captar la insinuación y, cuando lo hizo, sintió una gélida sacudida en la columna. Los viejos recuerdos regresaron a su mente en una oleada de furia.

—¿Insinúas que eso es mío? —rugió. No volvería a caer en la misma trampa.

—Ella —corrigió Pau—. Al menos habla de tu hija como si la consideraras un ser humano.

—¿Una hija?

En contra de su propia voluntad, la expresión de ira se relajó. Con impaciencia apartó las manos de la joven y dio un respingo cuando la tirante piel se movió al contacto con sus dedos.

—Dios! ¿Ha sido ella?

—Esta mañana está muy activa —Pau asintió y sonrió.

Pau sacudió la cabeza en un intento de hacer desaparecer el hechizo. Una hija. De repente visualizó a una niña, idéntica a Pau.

—¿Es mía? —la expresión volvió a endurecerse.

Pau lo miró con calma a los ojos y asintió.

—Tomamos precauciones. Yo tomé precauciones.

—Es tuya —ella se encogió de hombros.

—¿Y esperas que me lo trague? ¿Así sin más?

—En dos años no me he acostado con ningún otro hombre —ella intentó incorporarse—. Es tuya.

—Entonces no te opondrás a la prueba de paternidad —él ya no era el confiado idiota de años atrás.

—No me opongo —ella cerró los ojos en un claro gesto de cansancio—. No tengo nada que ocultar.

—¿Y qué te pasa? ¿Por qué estás en el hospital? —preguntó él al fin. El descubrimiento del bebé, y la posibilidad de que fuera suyo, le habían hecho olvidar el motivo de su presencia allí.

—He estado enferma —dijo ella con voz cansada—. Tensión alta. Agotamiento. Mi médico dice que mi trabajo es en gran parte culpable y quiere que lo deje. Dice que no tengo elección.

—¿En qué demonios has estado trabajando? —preguntó él.

—De camarera. Fue lo único que encontré en tan poco tiempo. Necesitaba el dinero para poder marcharme de aquí. A algún lugar más cálido.

—¿Y por qué viniste aquí? Podrías haberte marchado a cualquier parte.

—Aquí dispongo de alojamiento. Alojamiento gratuito —ella lo miró con amargura—. Tras ser despedida no tuve elección. Necesitaba un sitio para dormir hasta poder ahorrar dinero.

—Escucha, Pau, en cuanto al despido… —el remordimiento lo aguijoneó. No sólo la había despedido, sino que había empujado a una mujer embarazada a una situación desesperada.

—No quiero hablar de ello —la joven alzó una mano y lo miró con expresión airada—. Eres un cobarde y un bastardo. Jamás te habría vuelto a dirigir la palabra de no haber sido porque nuestra hija te necesitaba, de no ser porque yo necesitaba tu ayuda.

—De eso se trata. Jamás fue mi intención despedirte —dijo él con calma.

—Pues no me sirve de mucho consuelo teniendo en cuenta que sí fui despedida y escoltada hasta la puerta de la calle de tu hotel —ella lo miró furiosa.

Pedro suspiró. No era el momento de intentar razonar. Cada vez estaba más alterada. Si había optado por pensar lo peor de él, estaba claro que en cinco minutos no iba a conseguir borrar cinco meses de ira.

—¿Y qué es lo que necesitas de mí? —preguntó—. Haré lo que pueda por ti.

Ella lo miró con la desconfianza reflejada en los ojos y él decidió que sin duda sería mucho mejor que la niña tuviera los ojos de su madre. El pelo cobrizo y los ojos celestes. ¿O eran caramelo? Parecían cambiar constantemente.

—Mi médico no me dará el alta hasta que le asegure que alguien cuidará de mí —ella cerró los ojos y dejó caer los hombros—. Deberé guardar reposo en cama hasta la operación.

—¿Operación? —Pedro se echó hacia delante—. Creía que sufrías un problema de tensión alta —por el embarazo de su cuñada, sabía que el tratamiento para el estrés o la tensión alta era simplemente reposo—. No te pueden operar mientras estés embarazada. ¿Qué pasa con el bebé?

—Ese es el problema —dijo ella pacientemente—. Al realizarme una ecografía para comprobar el estado del bebé, encontraron un quiste en uno de mis ovarios. El quiste ha crecido y ahora empieza a presionar contra el útero. La única opción para que no dañe al bebé es operar.

—Esta operación… —Pedro soltó un juramento—. ¿Es peligrosa? ¿Podría lastimar al bebé?

—El médico cree que no.

Él volvió a soltar un juramento. No quería verse nuevamente involucrado en una situación en la que podría perderlo todo. Ya no era tan idiota. Las cosas se harían a su modo.

—Vas a casarte conmigo —anunció secamente.


Hola hola volvi, sali muy tarde del trabajo por eso les subo a esta hora, disfrutenlo y comenten si hay muchos comentarios hoy(viernes) subo doble ! Gracias a todos por leer !

martes, 17 de septiembre de 2013

Capítulo 3 - Amor en Riesgo

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Pau se paró ante la puerta de las oficinas del hotel Alfonso y se alisó los cabellos por tercera vez, aunque sólo consiguió deshacer un poco más el elegante moño que se había hecho.

Tenía un aspecto frío y profesional, su trabajo le había costado lograrlo. No quedaba rastro de la mujer que se había entregado con tanta pasión dos noches antes.

Había esperado encontrárselo de nuevo. Por casualidad. A lo mejor conseguiría otra noche de pasión, aunque ella se había jurado que sólo sería una.

Tanto mejor así. Seguramente se había vuelto ya a dondequiera que viviese. Ella misma seguiría su camino en unas semanas, provista del dinero suficiente para costear sus viajes.

Consultó el reloj. Pasaban dos minutos de las ocho. Estaba citada a las ocho. Al parecer, la puntualidad no era uno de los puntos fuertes del señor Alfonso.

—Señorita Chaves —a su espalda, la puerta se abrió y una mujer de mediana edad asomó la cabeza—, el señor Alfonso la recibirá ahora.

Pau sonrió y siguió a la mujer al interior del despacho. El señor Alfonso estaba de espaldas y hablaba por el móvil. Al oírles entrar, se dio la vuelta y la joven se paró en seco.

El señor Alfonso se limitó a enarcar una ceja en señal de reconocimiento antes de colgar.

—Ya puede retirarse, Maria. La señorita Chaves y yo tenemos cosas de que hablar.

Pau tragó con dificultad mientras Maria salía del despacho y el señor Alfonso la taladraba con la mirada.

—Debes saber que no tenía ni idea de quién eras —dijo ella con voz temblorosa.

—Desde luego —contestó él con calma—. Lo noté por la expresión de espanto que tenías cuando me di la vuelta. Aun así, hace que las cosas resulten un poco incómodas, ¿no crees?

—No veo por qué —dijo ella mientras se acercaba a él con una mano extendida—. Buenos días, señor Alfonso, soy Paula Chaves, su nueva ayudante. Confío en que trabajemos bien juntos.

Él sonrió con cinismo, pero antes de poder decir nada, el móvil sonó de nuevo.

—Discúlpeme, señorita Chaves —dijo con voz relajada antes de contestar al teléfono.

Aunque ella no entendía el idioma en el que hablaba, resultaba evidente que la llamada no le había agradado. Frunció el ceño y empezó a gritar antes de murmurar algo ininteligible y colgar.

—Le pido disculpas. Debo atender de inmediato un asunto. Reúnase con Maria en su despacho y ella se encargará de… instalarla.

Pau asintió mientras él salía del despacho. Con las rodillas temblorosas, acudió en busca de Maria mientras rezaba para conservar la compostura durante las siguientes cuatro semanas.

Pedro bajó del helicóptero y se dirigió al coche que había ido a recogerle. Camino del aeropuerto donde aguardaba el jet privado, hizo una llamada.

—¿En qué puedo servirle, señor Alfonso? —contestó el jefe de recursos humanos del hotel.

—Paula Chaves —rugió él.

—¿Su nueva ayudante?

—Deshazte de ella.

—¿Disculpe? ¿Hay algún problema?

—Limítate a deshacerte de ella. No quiero que siga ahí —respiró hondo—. Trasládala, asciéndela o págale el sueldo entero del contrato, pero deshazte de ella. No puede trabajar para mí. Tengo una política muy estricta sobre relaciones personales entre empleados.

 Tras unos minutos sin oír nada al otro lado del teléfono, soltó un juramento y colgó. La llamada se había cortado. De todos modos, no quería una respuesta. Sólo quería que se solucionara.

La ayudante de su hermano había vendido información muy valiosa sobre la empresa a sus competidores. Después de aquel desastre, todos habían adoptado políticas muy estrictas sobre las personas que trabajaban con ellos. No podían permitirse otra Laura.

Aun así, sentía una opresión en el pecho mientras bajaba del coche y subía al jet. No podía negar que aquello había sido algo más que una aventura casual de una noche. Razón de más para cortarlo cuanto antes. No volvería a ceder ni un ápice de poder a otra mujer.

Pau permanecía sentada ante el escritorio de Maria rellenando formularios. Había pasado la mañana en un estado de permanente nerviosismo mientras esperaba el regreso de Pedro.

A la hora de la comida, bajó a la cafetería y comió un bocadillo mientras contemplaba las zambullidas de las gaviotas ante los turistas que les llevaban pan. Si Maria le permitía usar el ordenador por la tarde, mandaría un mensaje a Alex.

Era su único amigo, aunque apenas se veían. Le divertía el hecho de que fueran dos almas errantes. Ninguno de los dos poseía un hogar, y a lo mejor por eso se entendían tan bien.

Un mensaje ocasional, una llamada de vez en cuando, y alguna reunión cuando sus caminos coincidían. Era lo más parecido a un hermano o un familiar de lo que jamás había soñado tener.

Terminó el bocadillo, arrojó el envoltorio a la papelera y se dirigió al ascensor de los empleados. ¿Habría vuelto Pedro? Sintió un cosquilleo en el estómago, pero reprimió su nerviosismo. De nada serviría que él supiera hasta qué punto le había afectado su relación.

—El señor Rodriguez quiere verla de inmediato —fue el recibimiento de Maria.

Pau frunció el ceño. Con un suspiro de resignación, se dirigió a la oficina del director de recursos humanos.

—Señorita Chaves, pase —el hombre levantó la vista al verla entrar—. Siéntese, por favor.

Ella se sentó enfrente de él y esperó ansiosa.

—Cuando fue contratada —él carraspeó y tiró del cuello de la camisa antes de mirarla a los ojos—, fue para un puesto temporal. Como ayudante del señor Alfonso mientras estuviera aquí.

—Correcto —ya habían pasado por todo aquello.

—Siento mucho comunicarle que ya no necesita una ayudante. Ha cambiado de planes.

—¿Disculpe? —ella lo miró estupefacta durante unos segundos.

—Su contrato ha terminado con carácter inmediato.

—¡Bastardo! —exclamó ella—. ¡Es un completo y absoluto bastardo!

—El servicio de seguridad la acompañará a su habitación para que recoja sus pertenencias —continuó él como si tal cosa.

—Señor Rodriguez, puede decirle de mi parte, textualmente, al señor Alfonso, que es la peor de las escorias. Es una basura sin agallas y espero que se ahogue en su propia cobardía.

Acto seguido, se levantó y salió del despacho. El portazo retumbó por todo el pasillo.

No había tenido el valor de despedirla él mismo. Menudo farsante.

Dos guardas de seguridad se unieron a ella junto al ascensor, como si fuera una delincuente.

Subieron en medio de un tenso silencio y los hombres la siguieron por el pasillo hasta la habitación, apostándose cada uno a un lado de la puerta.

La joven se dejó caer sobre la cama como un globo desinflado. Maldito fuera ese hombre. No tenía dinero para seguir viajando. Había gastado hasta el último céntimo de sus ahorros en llegar hasta allí y ese trabajo debería haberle permitido recuperarse económicamente.

Pero en aquellos momentos sólo le quedaba una opción si quería tener un techo sobre la cabeza. Tendría que regresar a Cordoba y al apartamento de Alex.

Tenían un acuerdo. Cada vez que ella necesitara un lugar en el que alojarse, podía ir allí.

Sólo podía ponerse en contacto con él por correo electrónico. Tan sólo esperaba que no coincidiera allí con ella, en una de las escasas ocasiones en que regresaba a su casa.

Cordoba pues, decidió al fin a regañadientes. A lo mejor encontraría un trabajo y podría ahorrar algo. Era una suerte disponer de alojamiento gratis, pero no le gustaba la idea de aprovecharse de la generosidad de Alex.

—Maldito seas, Pedro Alfonso —susurró. Ese hombre había conseguido convertir la noche más bella de su vida en algo sucio y odioso.

Se sacudió mentalmente. No servía de nada sentir lástima de sí misma. Sólo le quedaba recoger sus cosas, seguir adelante y, con suerte, aprender la lección.

Hola buenas noches, perdon por el horario pero no pude subir antes, disfrutenlo y comenten mucho :) Capitulo dedicado a la mas enana de todas @fatipauliter feliz cumple enana de mi vida, te amo muchisimo

lunes, 16 de septiembre de 2013

Capítulo 2 - Amor en Riesgo

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Pedro andaba de un lado a otro de la habitación, poco acostumbrado a la inquietud que lo consumía desde que se había separado de la explosiva morena. Por tercera vez, consultó el reloj.

¿Aparecería?

La deseaba. La había deseado desde el instante en que la había visto a la puerta del hotel. Se había sentido hechizado por su imagen. Era alta y delgada, con unas bien torneadas piernas, una cintura de avispa y unos pechos altos y turgentes. Sus cabellos caían como la seda sobre los hombros y la espalda. Ardía en deseo de hundirse en esos cabellos y devorar sus carnosos labios. Nunca había reaccionado con tanta fuerza hacia una mujer.

Los suaves golpes de unos nudillos contra la puerta le pusieron en alerta. Al abrir, la encontró allí, deliciosamente tímida, mirándole con sus ojos, extraña mezcla entre chocolate y caramelo.

—Ya sé que me diste una llave —susurró ella—, pero no me pareció correcto entrar aquí sin más.

—Me alegra que hayas venido —dijo él cuando al fin recuperó la voz.

En cuanto estuvo dentro de la suite, la rodeó con sus brazos y sintió cómo la mujer se estremecía suavemente contra él.

Incapaz de resistirse, agachó la cabeza hasta que sus bocas se juntaron. Quería saborearla una vez más. Sólo una vez. Pero cuando sus labios se fundieron, olvidó su intención.

Ella reaccionó con ardor y le rodeó con sus brazos. Las femeninas manos quemaban contra la masculina piel a través de la camisa. La deseaba

desnuda. Deseaba estar desnudo contra ella.

La idea de seducirla poco a poco se esfumó mientras se impregnaba de la femenina dulzura. No estaba muy seguro de quién seducía a quién, pero en aquellos momentos tampoco importaba.

Los labios del hombre dibujaron un rastro por el cuello de ella mientras los dedos tiraban impacientes del cierre del vestido. Una piel suave y cremosa se hizo visible y la boca se dirigió impulsivamente hacia la piel desnuda.

Ella gruñó suavemente y tembló mientras la lengua de él se deslizaba por la curvatura de su hombro. El vestido cayó al suelo y ella quedó vestida sólo con una diminuta pieza de lencería.

....

—¿Te he hecho daño? —él abrió los ojos con evidentes signos de esfuerzo para controlarse.

Ella le acarició una mejilla. Los verdes ojos emitían fuego y fue consciente de lo cerca que estaba de perder el control. Durante unos instantes,

Pau se deleitó en su poder.

—No —contestó con dulzura—. No me has hecho daño. Te deseo. Tómame ahora. No te contengas.

Él hizo un último intento por controlarse, pero ella no lo permitió. Rodeando la masculina cintura con sus piernas, arqueó la espalda, acercándolo más a ella. Lo deseaba. Lo necesitaba.

Él se rindió con un gruñido y la atrajo hacia sí. La fuerza, cada vez más rápida y dura la desbordó. Sentía una deliciosa mezcla de dolor erótico y éxtasis sensual. Cielos. Jamás había experimentado nada igual. Era como montar a lomos de un huracán.

—Vámonos —le dijo él al oído—. Tú primero.

Ella obedeció sin protestar y se rindió completamente a su voluntad.

El hombre se movía cada vez más rápido, y con más fuerza, embistiéndola con salvaje intensidad. Los labios de él se fundieron con los suyos en un casi desesperado intento de amortiguar los gritos que, a pesar de todo, escaparon, duros y masculinos.

De repente se quedó quieto dentro de ella mientras sus caderas temblaban incontroladamente. Le acarició el dulce rostro y los cabellos antes de abrazarla con fuerza mientras le murmuraba al oído palabras que ella no entendía.

Después se hizo a un lado y se soltó del cálido abrazo para deshacerse del preservativo.

Ella esperó con anticipación. ¿Le iba a pedir que se marchara o que pasara la noche con él?

El hombre contestó su pregunta sin formular, tumbándose a su lado y abrazándola de nuevo. Minutos después, la relajada respiración le acarició los castaños cabellos. Se había dormido.

Con cuidado para no despertarlo, Pau apoyó una mejilla en el velludo pecho mientras lo abrazaba por la cintura y aspiraba el masculino aroma de su piel.

Durante un fugaz instante se sintió segura. Aceptada. Incluso querida. Si lo pensaba, era estúpido, pero aquella noche no pensaría. Aquella noche sólo deseaba pertenecer a alguien.

Incluso mientras dormía, él sentía la inquietud de la mujer. La abrazó con más fuerza y ella sonrió mientras cedía al placer de rendirse al sueño.

Pedro despertó sin saber qué hora era. Normalmente despertaba cada mañana antes del amanecer. Aquel día, sin embargo, el sueño le nublaba la mente y una inhabitual pereza agarrotaba sus músculos. Algo suave despertó sus sentidos. Ella aún seguía en sus brazos.

En lugar de apartarse de inmediato, se quedó inmóvil, aspirando su aroma. Debería levantarse y ducharse, dejar claro que la aventura había terminado, pero no quería echarla aún de su lado.

Ella se movió cuando le acarició la espalda y sus manos descendieron por las curvas de sus caderas. Deseaba poseerla de nuevo. Una vez más.

A pesar de las señales de alarma, le giró el cuerpo y se deslizó sobre ella mientras alargaba la mano en busca de otro preservativo.

La penetró en el instante en que los marrones ojos se abrían somnolientos. Se hundió en su interior más lentamente, con más cuidado que la noche anterior. Quería saborear ese último encuentro.

—Buenos días —murmuró ella con una voz seductora que le hizo estremecerse.

Pau bostezó y se estiró como un gato mientras le rodeaba el cuello con sus brazos. Hermosa y suave, sus movimientos imitaron los de él en un dulce balanceo.

Si la noche anterior había sido una rugiente tormenta, aquella mañana era la suave lluvia.

Él le retiró los cabellos del rostro, incapaz de resistirse a la tentación de besarla una y otra vez. No conseguía saciarse. En su mente surgió la idea de que no quería que se marchara, pero la expulsó de su cabeza, decidido a no caer en una trampa emocional.

Había vivido demasiado tiempo sin ataduras para permitir que volviera a suceder.

Ella lo envolvió en su abrazo mientras él embestía y se retiraba. El ritmo era lento, destinado a prolongar el placer.

Cuando ya no hubo manera de retrasar el exquisito placer, los llevó a ambos a la cima, quedando jadeantes y temblorosos, abrazados el uno al otro.

Se quedaron inmóviles durante largo rato, él aún dentro de ella.

De repente, la realidad se impuso. Era de día. La velada había terminado.

Bruscamente, se echó a un lado, se levantó de la cama y buscó sus pantalones.

—Voy a ducharme —dijo secamente al ver que la mujer lo miraba.

Ella asintió mientras él entraba en el cuarto de baño con más pena que alivio. Diez minutos después volvió al dormitorio. Ella había desaparecido de la cama, de la habitación. De su vida.

Parecía, en efecto, que había entendido a la perfección las reglas del juego. Quizás demasiado bien. Por un instante se había permitido soñar con que quizás, sólo quizás, ella aún estuviera en la cama. Saciada del amor que él le había hecho. Saciada y suya.


Hola aqui les dejo el capitulo de hoy :) comenten mucho y nos leemos mañana !

domingo, 15 de septiembre de 2013

Capítulo 1 - Amor en Riesgo

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Capítulo 1

Cinco meses antes…

Pau se paró frente al bar y contempló el suelo cubierto de arena bajo las llameantes antorchas que bordeaban el camino que conducía a la playa.

Había llegado a aquella paradisíaca isla por casualidad. Un asiento libre en un avión, un billete barato y cinco minutos para decidir. Y allí estaba.

Lo primero que había hecho había sido buscar un trabajo y la suerte había querido que el propietario del lujoso hotel Alfonso fuera a residir temporalmente allí y necesitara una ayudante. Cuatro semanas. El tiempo perfecto para vivir en el paraíso antes de seguir su camino.

—¿Vas a entrar o has decidido pasar esta preciosa noche aquí fuera?

La masculina voz con un ligero acento le acarició los oídos. Se volvió y tuvo que mirar hacia arriba para encontrar la fuente de las roncas palabras.

Sus miradas se fundieron y el estómago se le agarrotó y, por un momento, no pudo respirar.

Ese hombre no sólo era guapo. Había muchos hombres guapos en el mundo, y ella había conocido a unos cuantos. Ése, en concreto, era… potente. Un depredador disfrazado de cordero.

Le devolvió la mirada, incapaz de despegarse de la fuerza de los masculinos ojos verdes como las esmeraldas. Reflejaban un claro interés.

Su pelo era cobre y su piel brillaba tostada bajo la suave luz de las antorchas.

Tenía la mandíbula cuadrada y un aire de fortaleza que reflejaba arrogancia, algo que siempre le había atraído en los hombres. Durante largo rato él se la quedó mirando antes de sonreír.

—Una mujer de pocas palabras por lo que veo.

—Estaba decidiendo si salir o no —ella se sacudió mentalmente.

—Si te quedas dentro, no podré invitarte a una copa —él enarcó una ceja, en un gesto de desafío.

Pau ladeó la cabeza y sonrió tímidamente. La atracción sexual no era una sensación nueva para ella, pero no recordaba haberse sentido tan atraída, tan pronto, por ningún hombre.

¿Debería acceder a la silenciosa invitación que reflejaba la mirada de aquel hombre? Cierto que sólo le había invitado a una copa, pero era evidente que deseaba algo más.

¿Qué daño podría hacerle una sola noche? Normalmente, elegía a sus parejas con sumo cuidado. Y hacía más de dos años que no había tenido ningún amante. Sencillamente nadie le había interesado lo suficiente hasta la aparición de ese extraño de ojos verdes, sensual sonrisa y burlona arrogancia. Decididamente lo deseaba.

—¿Estás aquí de vacaciones? —preguntó ella.

—Algo así —él sonrió casi imperceptiblemente.

La joven sintió un gran alivio. No. Una noche no le haría ningún daño. Él volvería a su vida y ella, con el tiempo, se marcharía a otro lugar y sus caminos jamás volverían a cruzarse.

—Una copa estaría bien —accedió ella al fin.

Los ojos de él emitieron un destello, casi depredador, antes de sujetarla por el codo y acariciarle sutilmente el brazo con los dedos de la mano mientras la conducía desde la entrada del hotel hasta la oscuridad de la noche. A su alrededor, las llamas de las antorchas bailaban al ritmo del jazz. La brisa marina se enredó entre los cabellos de la joven que aspiró profundamente el aire.

—Antes de tomar esa copa, bailemos —le susurró él al oído y, sin esperar respuesta, la tomó en sus brazos y la acercó contra su cuerpo.

Encajaban a la perfección, hasta el punto de que ella no supo dónde acababa su cuerpo y dónde empezaba el de él.

La mejilla del hombre se apoyaba en la cabeza de ella y sus brazos la rodeaban protectores, fuertes. Ella le correspondió rodeándole el cuello con sus delicados brazos.

—Eres hermosa —susurró él en un tono dulce como la miel.

—Tú también —respondió ella.

—¿Hermoso? ¿Yo? —él rió en voz baja—. No sé si debo sentirme halagado u ofendido.

—De lo que estoy segura es de que no soy la primera mujer que te llama «hermoso».

—¿Lo sabes? —él le acarició la espalda y ella contuvo la respiración—. Tú también lo sientes.

Pau ni siquiera fingió no saber a qué se refería. La química entre ellos era explosiva.

—¿Vamos a hacer algo para solucionarlo?

—Me gustaría pensar que sí —ella echó la cabeza hacia atrás y lo miró a los ojos.

—Directa. Me gusta eso en una mujer.

—Me gusta eso en un hombre.

La intensidad de la mirada de él se suavizó, pero fue sustituida por otra cosa. Deseo.

—Podríamos tomar esa copa en mi habitación.

Ella contuvo el aliento. La invitación hizo que se sintiera paralizada. Los pechos se endurecieron bajo el vestido y la excitación empezó a latir en sus venas.

—Yo no… —por primera vez aparentó cierta inseguridad.

—Tú no, ¿qué? —le apremió él.

—No estoy protegida —dijo ella en un tono casi imperceptible mientras bajaba la mirada.

—Yo te protegeré —él le sujetó la barbilla con una mano y la obligó a mirarlo a los ojos.

La promesa susurrada la envolvió con más fuerza que los masculinos brazos y durante un instante se deleitó en la fantasía de lo que podría ser dejarse cuidar por un hombre así el resto de su vida. Pero enseguida se sacudió la idea de la cabeza. Era algo absurdo.

—¿Cuál es el número de tu habitación? —ella se puso de puntillas y le susurró al oído.

—Te llevaré a ella.

—Nos encontraremos allí —ella negó con la cabeza.

Él entornó los ojos un instante, como si no estuviera seguro de poder creer en ella. Luego, deslizó una mano sobre la nuca de la joven, la atrajo hacia sí con firmeza y la besó en los labios.

Ella se fundió en sus brazos y empezó a deslizarse hacia el suelo, pero él la sujetó con fuerza antes de acariciarle los labios con la lengua, exigente, instándole a que los abriera.

Con un imperceptible estremecimiento, ella se rindió y abrió la boca para permitirle la entrada.

Los besos fueron húmedos y ardientes. Él le privó del aire antes de devolvérselo. Negándose a ser el elemento pasivo, Pau entrelazó su lengua con la de él.

Al fin se separó de ella con la respiración entrecortada y un peligroso destello en los ojos.

—Última planta. Suite once. Date prisa —susurró mientras le entregaba una llave magnética.

Y sin más se dirigió al hotel con grandes zancadas.

Ella se le quedó mirando aturdida y con el cuerpo vibrando de excitación.

—Debo de estar loca. Me va a comer viva.

Con pasos temblorosos, se encaminó hacia el hotel.

No era la timidez la que le había impulsado a aplazar el encuentro con su hombre misterioso. Su hombre misterioso… ni siquiera sabía su nombre, pero había accedido a acostarse con él.

Una noche de fantasía. Sin nombres. Sin expectativas. Sin compromiso ni implicación emocional. Nadie saldría herido. En realidad, era perfecto.

Con más calma de la que sentía, subió a su habitación y se contempló en el espejo del cuarto de baño. Sus cabellos estaban ligeramente desordenados y sus labios hinchados. Pasión.

No reconocía a la tórrida seductora que miraba desde el espejo, pero decidió que le gustaba. Parecía hermosa y segura de sí misma, y la excitación ante lo que le esperaba en la suite número once hacía que sus ojos brillaran.

Se obligó a respirar hondo varias veces y esperó a que el rostro del espejo hubiera perdido su expresión salvaje. Por último se apartó los largos y castaños cabellos de la cara.

Satisfecha por haber recuperado el control, salió del cuarto de baño y se sentó en la cama. Esperaría quince o veinte minutos antes de subir. No quería parecer ansiosa.


Hola les dejo el primer capitulo, disfrutenlo y que tengan una linda noche :)

Prólogo - Amor en Riesgo

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Paula Chaves estaba tumbada en la cama del hospital con una mano aferrada al móvil y la otra enjugándose unas ardientes lágrimas. Tenía que

llamarle. No había otra elección.

¿Cómo reaccionaría Pedro? ¿Le importaría siquiera?

Sólo había una manera de averiguarlo. Pulsó la tecla de llamada pero, casi de inmediato, colgó.

—¿Qué tal está hoy, señorita Chaves? —sus pensamientos fueron interrumpidos por la enfermera.

—Bien —susurró débilmente Pau.

—¿Ya lo ha organizado todo?

Pau tragó saliva, pero no contestó.

—Sabe muy bien que el doctor no la dejará marchar hasta que tenga a alguien que le cuide mientras guarda reposo en cama —la enfermera la

miró con reprobación.

—Estaba a punto de hacer una llamada —un suspiro se escapó de labios de la joven.

—Bien —asintió la enfermera—. En cuanto termine, la dejaré sola.

Tras respirar hondo, Pau miró la pantalla del móvil y volvió a pulsar la tecla de llamada.

—Alfonso.

Ella sintió que se le escapaban las fuerzas.

—¿Quién es? —insistió la voz.

Pau colgó. No podía. Tenía que encontrar otro modo que no incluyera a Pau Chaves.

Antes de poder reflexionar sobre ello, el teléfono que aún tenía en la mano empezó a vibrar. Descolgó automáticamente, sin darse cuenta de

que era él que le devolvía la llamada.

—Sé que estás ahí —rugió él—. ¿Quién demonios eres y por qué tienes mi número?

—Lo siento —susurró ella—. No debería haberte molestado.

—Un momento —dijo él antes de una larga pausa—. Pau, ¿eres tú?

Habían pasado cinco meses. Jamás pensó que la reconocería. ¿Cómo era posible?

—Pues… sí —balbuceó ella al fin.

—Gracias a Dios —murmuró él—. Te he estado buscando por todas partes. Sólo una maldita mujer desaparecería así de la faz de la tierra.

—¿Qué?

—¿Dónde estás?

Ambas preguntas se produjeron simultáneamente.

—Yo primero —ordenó él—. ¿Dónde estás? ¿Estás bien?

—Estoy en el hospital —dijo ella tras recuperarse de la impresión.

—Dios —dijo él junto a unas palabras que ella no comprendió—. ¿Dónde? ¿En qué hospital? Dímelo.

Completamente aturdida ante el giro que tomaba la conversación, le dio el nombre del hospital.

—Llegaré en cuanto pueda —dijo él sin darle tiempo de contestar antes de colgar.

Con manos temblorosas. Pau dejó el teléfono a un lado antes de abrazar la barriga con las manos. De repente se dio cuenta de que no le había

dado la noticia más importante. El motivo de la llamada. No le había dicho que estaba embarazada.


Y un día volvi, yo se que me extrañaron, comenten y mañana subo el primer capitulo, me avisan si quieren que les pase la nove y desde ya gracias por leer :)