domingo, 22 de septiembre de 2013

Capítulo 6 - Amor en Riesgo

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—He hecho algo terrible —dijo Pedro en cuanto su hermano, Fede, descolgó el teléfono.

—¿Por qué se está convirtiendo en una costumbre que mis hermanos pequeños llamen en medio de la noche pronunciando esas

mismas palabras? —Fede suspiró y se sentó en la cama.

—¿Se ha metido Nan en algún lío? —preguntó Fede.

—No desde que sedujo a una mujer bajo su protección —contestó secamente el hermano mayor.

—Ah, te refieres a Flor. ¿Y por qué creo que fue ella quien le sedujo a él?

—Nos estamos desviando del tema. ¿Qué es eso tan horrible que has hecho y cuánto va a costar?

—Puede que nada. Puede que todo —contestó Pedro con calma mientras oía a su hermano soltar un juramento y decirle algo a

Micaela—. No preocupes a Micaela con esto. Siento haberla despertado.

—Demasiado tarde —rugió Fede—. Dame unos minutos para bajar al despacho.

Pedro esperó martilleando con los dedos en la mesa. Al fin Fede volvió a hablar.

—Ahora cuéntame qué pasa.

—He tenido una aventura. En realidad, una aventura de una noche.

—¿Y? —preguntó su hermano con impaciencia—. Eso no es nuevo para ti.

—Era mi nueva ayudante.

Fede soltó otro juramento.

—Pero no lo supe hasta que apareció el primer día de trabajo. Hice que la despidieran.

—¿Y por cuánto nos ha demandado? —gruñó el otro hombre.

—Déjame terminar —le interrumpió Pedro con impaciencia—. No tenía intención de despedirla. Le pedí a mi director de recursos

humanos que la trasladara, o la ascendiera o que le pagara todo el contrato, pero él sólo oyó la parte de «deshazte de ella», y la

despidió.

—Muy bien, ¿y cuál es el problema?

—Está en el hospital. Está enferma, necesita una operación… y está embarazada.

—Dios —exclamó Fede—. Pedro, no puedes consentir que vuelva a suceder. La última vez…

—Lo sé —contestó él con irritación. Lo último que quería era que su hermano se lo recordara.

—¿Estás seguro de que el bebé es tuyo?

—No. He pedido una prueba de paternidad.

—Bien hecho.

—Hay algo más que deberías saber —dijo Pedro—. Me voy a casar con ella. Dentro de unos días.

—¿Qué? ¿Te has vuelto loco?

—Qué curioso, ella dijo lo mismo.

—Menos mal que uno de los dos tiene algo de sentido común —dijo Fede airadamente—. ¿Por qué demonios quieres casarte con

esa mujer si ni siquiera sabes si el niño es tuyo?

—Es increíble cómo se han vuelto las tornas.

—No empieces. Escuché lo mismo de Nan cuando se empeñó en casarse con Flor. Poco importó que acertara vaticinando el

desastre que fue. Vuestra advertencia sobre Micaela fue algo totalmente distinto. Tú no mantienes ninguna relación con esa mujer.

Te acostaste con ella una noche, y ahora asegura que eres el padre de su bebé, ¿y te vas a casar con ella? ¿Así sin más?

—Necesita mi ayuda. No soy imbécil. Haré que nuestro abogado redacte un acuerdo que contemple la posibilidad de que el bebé no

sea mío. De momento lo mejor será casarnos. Si es mi hija, ¿cómo me sentiría si no hubiera hecho nada mientras esperaba el

resultado?

—¿Hija?

—Sí. Al parecer, Pau está embarazada de una niña —a pesar de sus dudas y sospechas no pudo evitar sonreír ante la imagen de

una niña con grandes ojos y una dulce sonrisa.

—Pau. ¿Cuál es su apellido?

—No lo hagas, hermano. No hace falta investigar su pasado. Puedo ocuparme de ello yo solo.

—No quiero verte herido de nuevo —dijo el hermano mayor.

Ahí estaba. Por mucho que intentara evitar el pasado siempre estaba ahí, como un oscuro nubarrón. Sin previo aviso, la imagen de

otro niño se formó dolorosamente en su mente. Un niño dulce de cabello oscuro y sonrisa angelical. Santino.

—Esta vez me aseguraré de que mis intereses estén mejor protegidos —dijo Pedro con frialdad—. Entonces yo era un estúpido.

—Eras joven, Pedro —Fede suspiró.

—Eso no es excusa.

—Llámame si me necesitas. A Micaela y a mí nos gustará asistir a la boda.

—No hace falta.

—Sí hace falta —lo interrumpió su hermano—. Hazme saber los detalles y tomaremos un avión.

Pedro cerró la mano con fuerza en torno al auricular. Era bueno tener un apoyo incondicional. De repente fue consciente de que a

Pau no le había ofrecido su apoyo incondicional. La había amordazado y se había aprovechado de la situación.

—De acuerdo. Te llamaré cuando esté todo organizado.

—Avisa también a Nan. A Flor y a él les encantará estar allí.

—Sí, hermano mayor —Pedro suspiró.

—No te pido gran cosa —Fede rió—. Además, casi nunca me escuchas.

—Dale un beso a Mica de mi parte.

—Lo haré y… ¿Pedro? Ten cuidado. No me gusta cómo huele este asunto.

Pedro colgó el teléfono y luego llamó a su abogado al que le describió brevemente la situación. Después tomó medidas de seguridad

para Pau. Desde lo sucedido con la esposa de Fede, Micaela, él y sus hermanos no corrían riesgos. Luego llamó al hospital para

averiguar la hora de la siguiente visita del médico. Por último, encargó en un restaurante cercano una cena completa para llevar.

Pau intentó salir de la cama. Sólo se había levantado para ir al baño y acababa de decidir que estaba harta. El doctor le daría de alta

al día siguiente al saber que tenía alguien para cuidarla.

Tras ducharse se puso un pantalón suelto y una camisa premamá. Después se secó los cabellos lo mejor que pudo con la toalla y los

dejó sueltos para que terminaran de secarse.

Se acababa de instalar en el sillón junto a la cama cuando la puerta se abrió y Pedro entró con dos grandes bolsas de comida para

llevar.

Ella se inclinó nerviosamente hacia delante mientras era inspeccionada por los verdes ojos.

—No deberías haberte duchado antes de que yo viniera.

—¿Qué? —preguntó perpleja.

—Podrías haberte caído. Deberías haberme esperado o, al menos, haber llamado a la enfermera.

—¿Y cómo sabes que no llamé a ninguna de las enfermeras?

—¿Lo hiciste? —él la miró burlonamente.

—No es asunto tuyo —contestó la joven.

—Si estás embarazada de mi hija, entonces sí es asunto mío.

—Escucha, Pedro, debemos aclarar algo desde el principio. El que yo esté embarazada de tu hija no te da ningún derecho sobre mí.

No permitiré que tomes las riendas de mi vida.

Incluso mientras pronunciaba las palabras era consciente de lo estúpidas que sonaban.

Se mordió el labio y desvió la mirada mientras su mano se posaba amorosamente en la barriga.

Pedro empezó a sacar la comida de las bolsas, actuando como si ella no hubiese dicho nada. El olor llegó hasta la joven cuyo

estómago empezó a protestar.

—Gracias, me muero de hambre.

Él llenó dos platos y le sirvió uno antes de sentarse en el borde de la cama con el otro.

—Puedo volverme a la cama para que puedas sentarte en el sillón —se ofreció ella.

—Pareces estar cómoda ahí —él sacudió la cabeza—. Yo estoy bien.

Comieron en silencio aunque ella era consciente de que la observaba. Sin embargo, se obligó a ignorarlo y se concentró en la

deliciosa comida.

—Ha sido maravilloso, gracias —suspiró cuando ya no pudo comer ni un bocado más.

—¿Te apetece volver a la cama? —él le retiró el plato y lo dejó sobre la mesita.

—Ya he tenido bastante cama para toda una vida —ella sacudió la cabeza.

—¿Pero no deberías estar en la cama con los pies en alto? —insistió él.

—Estoy bien. El médico quiere que haga reposo moderado hasta la operación. Eso significa que puedo levantarme y moverme un

poco. Lo que no quiere es que permanezca de pie mucho rato.

—Y en tu trabajo estarías de pie todo el tiempo —él frunció el ceño.

—Era camarera. No me quedaba otro remedio.

—Deberías haberme llamado en cuanto supiste que estabas embarazada —dijo él airadamente.

—Me despediste —ella lo miró con expresión asesina—. Dejaste claro que no querías saber nada de mí. ¿Por qué demonios iba a

llamarte? Jamás lo habría hecho de no haberte necesitado tanto.

—Entonces supongo que debo sentirme agradecido porque me necesites.

—Yo no te necesito —se corrigió ella—. Te necesita nuestra hija.

—Me necesitas, Pau. Tengo que compensarte por muchas cosas, y ésa es mi intención. Podemos hablar sobre tu despido cuando ya

no estés en el hospital y te encuentres mejor.

—Sobre eso… —empezó ella.

—¿Sí? —él enarcó una ceja.

—El médico me dará el alta mañana por la mañana.

—Lo sé. Hablé con él antes de venir a la habitación.

Ella apretó los puños mientras intentaba evitar que su rostro reflejara la frustración que sentía.

—No necesito tenerte encima todo el tiempo. Puedes dejarme en mi apartamento…

—He alquilado una casa —intervino él con expresión resoluta—. Allí será donde te lleve. Y he contratado a una enfermera para que

atienda a tus necesidades…

—No —interrumpió ella—. De eso nada. No consentiré que una enfermera haga de mi niñera. No soy ninguna inválida. Tengo que

guardar reposo. Puedo hacerlo sin la ayuda de una enfermera.

—¿Por qué tienes que hacer que todo resulte tan difícil? —preguntó él con calma.

—Si quieres contratar a alguien, contrata a un cocinero —murmuró ella—. La cocina se me da fatal.

—Lo del cocinero puede solucionarse —él sonrió—. Por supuesto, deseo que mi hija y su madre estén bien alimentadas. ¿Significa

eso que no te opondrás a instalarte en la casa?

—No me opondré —ella inició una protesta, pero la ahogó de inmediato y suspiró.

—¿Lo ves? ¿A que no ha sido tan difícil?

—Deja ya de burlarte.

La sonrisa de él se hizo aún más amplia. Lo increíble era que le hacía parecer encantador. «Peligroso, Pau. Es peligroso. No caigas

en la trampa de ese encanto», se dijo.

—Voy a llevarte a casa conmigo, Pau —dijo él con paciencia—. No te servirá de nada discutir. Mañana espero ocuparme de la

organización de la boda. Tu salud era prioritaria.

Una incipiente jaqueca empezó a martillear las sienes de la joven. ¿Qué iba a ser de su vida? ¿Él daría las órdenes y ella obedecería

humildemente? No si podía evitarlo. Aunque también le hacía sentirse bien trasladar sus problemas a otro. Aunque sólo fuera

temporalmente.

—¿Te duele la cabeza? —preguntó él.

—Es el estrés —ella retiró la mano con la que, inconscientemente, había estado frotándose la frente—. Han sido dos semanas muy

largas. Estoy cansada.

Para su sorpresa, Pedro le tomó delicadamente las manos y le ayudó a ponerse en pie.

Demasiado estupefacta para hacer algo más que mirarlo atónita, cooperó sin quejarse. Él se colocó a su espalda y se sentó en el

sillón antes de acomodarla sobre su regazo.

Pau comprobó que los cinco largos meses, para su pesar, no habían reducido la química.

El calor de él la envolvió y la calmó a pesar de las efervescentes emociones. Cuando empezó a masajearle el cuero cabelludo con

las fuertes manos, ella sintió pánico.

Totalmente desarmada, se hundió contra el fuerte pecho. Durante varios minutos, ninguno habló.

—¿Mejor? —preguntó él con dulzura.

Ella asintió, incapaz de formular ninguna frase coherente. Flotaba en una nube de placer.

—Te preocupas demasiado. El estrés no te hace ningún bien, ni al bebé. Todo saldrá bien. Te doy mi palabra.

La frase estaba destinada a consolarla y ella apreció el esfuerzo. Pero, por algún motivo, el juramento sonaba amenazador. Como si

hubiera alcanzado un punto de inflexión en su vida a partir del cual nada volvería a ser igual. Como si estuviera cediendo el control.

«Pues claro que nada volverá a ser igual, idiota. Estás embarazada y vas a casarte».

Aun así, intentó consolarse con la promesa de Pedro. Él no confiaba en ella, pero la deseaba, eso era evidente. Y ella lo deseaba a

él. No bastaba. Ni de lejos. Pero era lo único que tenían.

Hola hola volvi, perdon que ayer no subi pero era el festejo del primer añito de mi sobrinito y como entenderan tenia un fin de semana familiar y muy cargado, si me da el tiempo hoy les subo otro. Comenten mucho y gracias por leer :) 

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