martes, 21 de julio de 2015

Vacaciones

¿Qué debo hacer antes de irme de vacaciones?

1)            Reservar el hotel, no vaya a ser cosa que no encuentres dónde dormir al llegar.
2)            Armar el bolso con lo necesario para los hombres y lo innecesario para las mujeres.
3)            Pedirle a algún familiar o vecino que se ocupe de las plantas y/o mascotas.
4)            Cerrar llaves de gas y agua.



*Nota: Para tener unas vacaciones agradables es imprescindible que el año haya sido devastador. Así comprenderás lo valioso que es tener momentos para vos.

 En enero, Pepe se independizaba de su padre para trabajar en una empresa como auditor. Teniendo en cuenta que los privilegios de hijo ya no los tenía, ahora trabajaba ocho horas corridas y con un salario un diez porciento más bajo. Él, de igual forma, era feliz básicamente porque no iba a tocar nunca más un libro ni pasar noches despierto estudiando para exámenes.

Oli ya comenzaba a sentarse y a comer puré de papa y calabaza. Aunque era más lo que agarraba con la mano y tiraba al suelo que lo que le daba de comer en la boca. Pero como sabemos todos, ella está loca por su padre y a la noche es capaz de comerse dos platos de comida con tal de que Pepe le haga el famoso juego del avioncito. “Es obvio que me ama más a mi que a vos” canchereaba mi pareja, “alto complejo de Edipo va a tener” contestaba yo.

Luciana y Agustín ahora eran amigos con derecho a roce. Sí, ya sé, no me lo digan, esto se está poniendo cada vez más raro y es que su relación iba de mal en peor.

Mary y Gonza  seguían viviendo en la casa de los padres de Pepe, al parecer la convivencia entre dos familias completamente distintas era buena. El ex cuarto de mi novio pasó a convertirse en el del menor quien dormía con Ficho, un perro que ya tenía unos largos meses, nació de la cría de los perros de la familia y dejaron que Gonza  se quede con uno.

Claro que Ficho no era el único perro, Bronco  llegó un día al departamento sobre una canasta de madera en manos de Pepe

—¿Cuánto tiene? —Pregunté horrorizada y a la vez enamorada, Bronco era muy lindo.

—Cuarenta y cinco días.

—¡Es más grande que Olivia! —Exclamé cuando el cachorro se le puso a su lado y comenzó a olfatearla, ella dejó a un lado el conejito que chupaba y comenzó a reír de las cosquillas de ese animal, nuevo para ella.

—Y eso que todavía no creció… ¡Viste cómo son los San Bernardo!

—¿Y para qué compraste un San Bernardo? ¡Con un Beagle estaba bien! —Hace varios días habíamos planeado añadirle una mascota a la familia pero me olvidé de aclararle a Pepe que el tamaño era fundamental para un departamento. ¡No puede ser que tenga que especificar todo! ¿Los hombres no piensan?

—No. Es que yo quería uno que la proteja, un Beagle no protege. Imaginate que cuando Oli sea grande y se le acerquen todos los chicos, Bronco les ladra un poco y los saca carpiendo.

—¡Ay, Pepe! Era una mascota, tampoco para pensar en todo el futuro. Ya te aviso que el pis lo vas a limpiar vos. —Puse el dedo índice debajo de mi ojo en señal de que tenga cuidado con que haya alguna suciedad en el piso.

—Oli me entiende. —Se hacía el incomprendido y se tiraba al piso para participar en el juego de besos entre la nena y Bronco. Es que el perro le daba cada lengüetazo que la hacía caer de espalda cada vez que se volvía a sentar.

En febrero decidimos pasar unas mini vacaciones en Mar del Plata por dos razones, para descansar un poquito de la ciudad y para que nuestra hija conozca el mar. Gonza  se sumó entusiasmado cuando le pregunté si quería ser partícipe y Bronco iba a quedar a cargo de Luciana pero al notar como Oli  estiraba los brazos hacia el perro, lloraba y se rehusaba a subir al auto, también lo incluimos.

—¡Playa, playa, playa, playa! —Saltaba Gonza  sobre nuestros cuerpos que descansaban en la cama matrimonial, él tenía la suya, Oli en su catre y Bronco dormía a nuestros pies.

—Es temprano… —Hablaba Pepe con su voz ronca y me abrazaba por detrás para volver al sueño.

—¡Playa, playa, playa, playa! —Ahora se ocupaba de zamarrearnos.

—¡Gonzalo! —Él sabía que cuando gritaba su nombre completo era porque me enojaba en serio.

A eso de las nueve de la mañana ya habíamos clavado la sombrilla en la arena, hace dos días habíamos llegado pero recién el tiempo se había despejado como para ir al mar.

—¿Queres un mate, Gonza? —Porque ni desayunar nos había dejado. Mientras me ocupaba de ponerles protector solar a los menores.

—¡No, quiero ir allá! —Señalaba el mar, desesperado.

—Anda. —Le concedí. —Nosotros te miramos desde acá. Ojito, no vayas muy a lo hondo. —Pero no escuchó lo último que ya salió corriendo. —¡Qué energía que tiene este pibe!

—¿Te pongo atrás? —Le di el bronceador y me recosté para que me lo pasé por toda la espalda, a ver si volvía morocha a Buenos Aires. Sonreí cuando sus manos tocaron otras zonas y sentí un beso suyo.

—Está la nena. —Porque cuando se ponía así se olvidaba que existía el mundo.

—No, nos mira. —Pispié un poquito para ver lo que hacía. Jugaba con Bronco a quién tiene más fuerza tirando de un palito de madera. Estaba clarísimo que el perro la dejaba ganar sólo por ser ella porque ni yo había podido sacarle de la boca la remera que me rompió el día que armamos la valija.

Un tiempito después guardamos todo y nos acercamos más a la orilla, le propuse a Gonza, que estaba empapado de pies a cabeza, construir un castillo de arena con los baldes y la palita que compramos el primer día. Pepe jugaba con Oli en el agua y ella reía cada vez que las olas tocaban sus pies. Bronco se ocupaba de ladrar a modo de reto cuando la menor se llevaba arena en la boca.



Bronco se convirtió en su ángel guardián.

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