Buenos Aires. Hora: las 17:45 p.m.
Seis horas después del suceso. La tensión en el salón de la mansión era tal que se podía casi tocar. La gente estaba de pie en pequeños grupos. Unos hablaban en voz baja, preocupados, mientras otros, callados, rompían de vez en cuando a llorar. Se oían voces reconfortantes.
Otros se mantenían aparte del resto, de pie o sentados, ejerciendo sobre sí mismos un férreo autocontrol que los obligaba a permanecer inmóviles y en silencio.
Esperando.
Pau era de estos últimos. Estaba sola, sentada en uno de los sofás, y su aspecto era sereno, tranquilo. Miraba la pálida alfombra bajo sus pies en apariencia inconsciente de todo lo que la rodeaba.
Pero no era en absoluto inconsciente de lo que la rodeaba. Ni estaba tranquila. A cada instante cada ruido reverberaba en su cabeza como un escalofrío. Estaba ahí sentada sin moverse, muy quieta y con la espalda recta porque sabía que si se movía, aunque sólo fuera un músculo, toda su entereza, ganada con tanto esfuerzo, se vendría abajo.
De hecho ya había ocurrido. Cuando le dieron la noticia, su reacción inicial había sido la de sentirse horrorizada, fuera de sí. Entonces intentaron llevarla a la cama, intentaron darle tranquilizantes para sacarla de su estado atormentado y hacer que se durmiera para que se olvidara de la situación
Pero ella se había negado. Por supuesto que se había negado. ¿Cómo podía ninguna mujer, se preguntó, ninguna madre refugiarse en el sueño en un momento como ése?
Como su reacción había sido alarmante y necesitaban algo tangible de qué ocuparse ella se había convertido en la candidata perfecta para recibir las atenciones de todos. Y como sabía que no tenía fuerzas para oponerse a ellos al tiempo que controlaba los miles de temores que surgían en su interior se había visto obligada a calmarse, había fingido que conseguía dominarse y había tomado asiento en el sofá, en el que llevaba ya horas sentada.
Horas...
Esperando.
Como todos los demás.
Esperando al hombre que debía llegar y hacerse cargo de la situación. Le habían dicho que estaba de camino. Como si esa información pudiera hacerla sentirse mejor. No se sentía mejor. Nada podía hacerla sentirse mejor. Nada
Así que se quedó sentada, inmóvil, con los ojos azules mirando para abajo para que nadie pudiera ver lo que ocurría en su interior. Se concentró en permanecer en calma mientras los demás, llenos de ansiedad, eran incapaces de ver cómo su camisa negra de manga larga y sus pantalones ajustados acentuaban la tensión de su rostro pálido. Tampoco parecían darse cuenta de que estaba sentada tan recta porque el susto mantenía agarrotada su espina dorsal como si fuera de hierro, ni de que sus manos, agarradas la una a la otra sobre el regazo, estaban tensas y frías de modo que era imposible separarlas.
Pero al menos no se acercaban a ella. Al menos no intentaban reconfortarla murmurando palabras inútiles que ninguna madre quería oír en un momento como aquél. Al menos la dejaban estar sola.
De pronto, el sonido de neumáticos en la grava del camino que daba acceso a la casa hizo que todos se sobresaltaran y prestaran atención.
Pau no se movió. Ni siquiera levantó la cabeza.
Había ruido de voces en la entrada. Una sobresalía de entre las demás, profunda, dura y autoritaria. El aire de la habitación comenzó a helarse.
Entonces se oyeron pisadas firmes y precisas caminando hacia la puerta cerrada del salón. Al abrirse por fin todos se dieron la vuelta fijando su mirada expectante en el hombre que apareció en el umbral.
Sin embargo, Pau mantuvo los ojos fijos en la alfombra. Contaba cuidadosamente las rosas diminutas de su dibujo.
Alto, delgado, piel morena, cabello negro y músculos tensos, llevaba una camisa blanca, corbata negra y un traje gris de seda caro que le sentaba como todo buen traje debe sentar. La nariz larga, fina y dura, la boca sensual y decidida. Y los ojos desafiantes y fríos como los de un cazador, dorados, como un tigre. Fríos como sus rasgos. Un hombre de piedra.
Estuvo de pie, firme en el umbral durante un momento, durante unos segundos eternos, irradiando un poder y una fuerza en la habitación que hizo que todos contuvieran el aliento. Sus ojos extraños se fijaban en un rostro ansioso y luego en otro, observando la escena por entero y sin reconocer a nadie en particular. La chica joven sentada junto a la ventana dejó escapar un suspiro cuando él fijo su vista en ella. Sus mejillas se sonrojaron y sus ojos, hinchados, se quedaron mirándolo como si estuviera suplicando por su vida. Fríamente, sin prestar atención, caminó por la habitación. Hasta que sus ojos tropezaron con Pau, sentada sola, en su inmenso esplendor, con la cabeza baja e inconsciente de todo.
Entonces le ocurrió algo a sus ojos. Nadie supo exactamente qué pero todos los que lo vieron sintieron un escalofrío. Comenzó a caminar con gracia y soltura. Sin volver a mirar por segunda vez a nadie caminó y cruzó la alfombra parando justo delante de ella.
-Pau -dijo en voz baja.
Ella no se movió. Sus ojos se fijaron en los zapatos de piel fabricados artesanalmente que tapaban en ese momento el trozo de alfombra que había estado observando, pero aparte de eso no dio muestras de ser consciente de su presencia.
-Pau -volvió a repetir de nuevo con un tono de voz más autoritario.
En esa ocasión sí obtuvo respuesta. Las pestañas de Pau vibraron y poco a poco sus párpados comenzaron a levantarse deslizándose por las largas y poderosas piernas, por el torso tenso de músculos sólidos cubiertos por la camisa blanca que no conseguía esconder la abundancia de vello negro ni la piel, tersa de satén.
Alcanzó a ver el cuello, moreno y tirante. Luego el mentón, rígido, la sombra de una línea que esculpía a la perfección la boca. La nariz, fina y recta, masculina. Las mejillas, tersas con el lustre de la seda propia de las pieles bien cuidadas. Y por último los ojos. Su mirada azul ausente se fijó en los ojos dorados de cazador de aquel hombre al que hubiera deseado no volver a ver.
¿Cuánto tiempo había pasado?, Se preguntó Pau. Hacía ya dos años que no lo veía, casi tres. Había cambiado muy poco. ¿Y por qué iba a cambiar? Se preguntó. Él era Pedro Alfonso, un hombre importante, poderoso. Un hombre rico que podía mantener casas en calles de prestigio de todas las capitales importantes del mundo. Un ser humano al que todos prestaban su zalamera atención, nacido para ostentar el poder, criado para ostentar el poder y acostumbrado al poder. Cuando él fruncía el ceño, la gente se inclinaba ante él.
Un hombre que lo tenía todo; buen aspecto, un cuerpo impresionante. ¿Por qué iban a cambiar eso tres insignificantes años?, Se preguntó. Él poseía los rasgos divinos de un hombre de fábula: el pelo tan negro que brillaba con reflejos azules a la luz, la nariz tan arrgante que era incapaz de pedir perdón, la boca firme, resuelta, perfectamente dibujada en una estructura ósea esculpida en la misma piedra privilegiada de
los héroes. Y por último los ojos. Sus ojos eran los de un león, los de un tigre, los de una pantera negra.
Eran los ojos de un depredador duro, frío y salvaje, cruel e incapaz de perdonar.
Incapaz de perdonar, recapacitó.
Si su boca hubiera estado hecha para perdonar hubiera sonreído, aunque hubiera sido amargamente.
Él era el hombre que no perdonaba. Y ella la pecadora
Era una lástima que ella viera la situación por completo del revés. Eso significaba que ninguno de los dos estaba dispuesto a conceder ni lo más mínimo al otro. Ninguno de los dos estaba dispuesto a odiar menos al otro.
Tres años, se repitió a sí misma. Tres años de silencio y amargura. Y las cosas seguían igual, ocultas bajo la superficie pero exactamente igual. Y, a pesar de todo, en ese momento tenía el coraje de presentarse delante de ella y llamarla por su nombre como si fuera lo más natural del mundo que lo hiciera.
Pero no lo era. Y ambos lo sabían. Pau no estaba en condiciones de jugar al estúpido juego de humillados y ofendidos. No con él. No con el hombre al que una vez había amado. No con el hombre al que odiaba tanto como una vez amó.
Apartó la vista de él bajando los ojos de nuevo a lo largo de toda la longitud de su cuerpo. No quería ver su hermoso rostro, su espléndido cuerpo, sus largas piernas. No quería verlo.
Entonces él habló, alto y claro, y toda la habitación tembló:
-Fuera.
No lo había dicho en un tono de voz elevado, pero no hubo ni una sola persona en la habitación que no lo entendiera. Indiferente a todos ellos, inmóvil, se quedó de pie delante de Pau mientras esperaba a que la gente llevara a cabo su orden.
Todos se pusieron en acción reaccionando como juguetes mecánicos. Las cabezas, los cuerpos, todos los miembros comenzaron a moverse de forma descordinada, en masa hacia la puerta. Había dos policías sin uniforme, un chofer uniformado, una niñera joven que lloraba con la cabeza enterrada en el pañuelo y el ama de llaves y su marido. También estaba el médico, al que habían llamado para que viera a la niñera y que al final se había quedado temiendo que Pau finalmente sufriera un shock. O quizá él le había pedido que se quedara.
¿Quién lo sabía?, Se preguntó Pau, ¿y a quién le importaba? A ella no, desde luego. Puede que otra gente agachara la cabeza al verlo, puede que otros obedecieran sus despóticas órdenes sin rechistar, pero ella no. Nunca. Era sorprendente e incluso patético que un hombre pudiera entrar así en un salón, dar un orden y conseguir que todos obedecieran sin necesidad de decir siquiera su nombre.
Pero lo cierto era que ese hombre no era cualquier hombre. Ese hombre tenía tanto poder que podía entrar en cualquier salón de cualquier parte del mundo y exigir de inmediato la atención de todos. Era el hombre que había cerrado esa mansión y su jardín escasamente una hora después del incidente. Era una lástima que no la hubiera tenido cerrada así antes de que ocurriera. Si lo hubiera hecho no estarían viéndose en ese momento, pensó Pau.
Hola hola aca les dejo el primer capitulo, espero que sea de su agrado comenten aca o en @patty_lovepyp. Gracias por leer :)
Muy bueno!!!! Qué bien escrito está!!!!
ResponderEliminarmuy bueno el capítulo!!! seguí subiendo!!!
ResponderEliminarMe encanto!! Pero fijate que en algunas partes dice q pau tiene ojos celeste y los de ella son verdes.. :)
ResponderEliminarsubí mas
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