jueves, 3 de octubre de 2013

Capítulo 11 - Amor en Riesgo

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Pedro se quedó en el salón, y miró taciturno hacia la terraza donde Pau entretenía a su invitado.

¿Exactamente qué significaba ese Alex para ella? ¿Era el padre de su bebé? ¿La había dejado tirada y luego se había arrepentido?

También era posible que los dos le estuvieran estafando.

Al ver sonreír a Pau, y luego reírse abiertamente ante algún comentario de ese hombre, Pedro entornó los ojos. Y mucho más cuando la atrajo hacia sí para abrazarla.

Los puños de Pedro se cerraron con fuerza. Decidió darse media vuelta y marcharse. No iba a darle la satisfacción de morder el anzuelo.

A medio camino se paró en seco, repentinamente consciente de lo que hacía: huir. Su ira aumentó aún más ante la idea de hacer el ridículo. Ninguna mujer iba a obligarlo a huir.

Se dio media vuelta y abrió la puerta de la terraza, enfrentándose a los dos. Pau le recibió con el ceño fruncido y un reflejo de reproche en la mirada.

—¿Ya lo habéis aclarado todo? —preguntó él con suavidad.

—No del todo —contestó Alex secamente—. Le he ofrecido a Pau mi apoyo para que el matrimonio no sea su única alternativa.

—Qué amable, pero llegas tarde. Ya es mi esposa.

—El divorcio no es complicado de obtener.

—No lo sería, suponiendo que yo estuviera dispuesto a ello. Cosa que no estoy.

—Ya basta, vosotros dos —exigió Pau—. Alex, por favor. Aprecio muchísimo tu ayuda, pero Pedro tiene razón, es demasiado tarde.

Estamos casados y me gustaría que esto saliera bien.

—Si necesitas algo, lo que sea, ponte en contacto conmigo —la expresión de Alex se suavizó al mirar a Pau—. Puede que tarde unos días en llegar, pero vendré, ¿de acuerdo?

—Gracias, Alex —ella sonrió y lo abrazó con fuerza—. Agradezco todo lo que has hecho por mí, y por permitirme alojarme en tu apartamento.

De modo que el apartamento era de Alex, no de Pau. No había exagerado al afirmar que no tenía dinero ni un lugar adónde ir.

Una sensación de culpa se agolpó en su mente ante la idea de la joven, sola y desesperadamente necesitada de ayuda.

—Si estás segura de que no puedo hacer nada —Alex la besó en la frente—, me vuelvo al aeropuerto para ver si puedo tomar un avión hoy mismo. Con suerte, estaré allí de vuelta en un día o dos.

—Siento mucho que hayas hecho este viaje en balde. Si hubiera recibido tu mensaje, te habría dicho que no te molestaras en venir.

A Pedro le costó mantener una expresión neutra. El hecho de borrar el mensaje se había vuelto en su contra. Suponiendo que ella dijera la verdad.

Pau acompañó a Alex hasta la puerta. Minutos después, Pedro oyó el sonido del coche al marcharse y enseguida apareció ella con expresión furiosa.

—¿De qué demonios iba todo eso? —preguntó.

—Qué curioso —él enarcó una ceja—. Soy yo quien debería preguntarlo.

—¿De qué estás hablando? Alex es un buen amigo. El único que tengo. Si eso te supone algún problema, ya sabes dónde está la puerta.

—Cuánta lealtad —murmuró él—. Me pregunto si esa lealtad también se extiende a mí.

—Déjalo ya, Pedro. Si quieres discutir, discutiremos, pero no tengo tiempo de juegos mentales.

—¿Eso hacíamos? ¿Discutir? Es un poco pronto para una riña matrimonial, ¿no?

—Vete al infierno.

Sin decir nada más, ella se dio media vuelta y subió las escaleras. Segundos después, la puerta del dormitorio se cerró con un fuerte estruendo.

De modo que tenía carácter. Él la había provocado a propósito sólo porque estaba furioso a causa de los celos. Esa mujer le había sorbido el seso, y no le gustaba ni un poquito.

Si ese Alex estaba tan dispuesto a acudir en ayuda de Pau, ¿dónde había estado cuando ella le había necesitado de verdad? Si era el padre del bebé y la había abandonado, ¿había regresado al descubrir que tenía competencia? ¿O acaso obedecía todo a un plan  urdido por ambos para despojarle de parte de su fortuna? Se lo había puesto en bandeja a Pau al ofrecerle un acomodado futuro si el bebé resultaba no ser suyo y se divorciaban. Seguramente ése era su plan desde el principio.

Sin embargo, todo dependía de que él le concediera el divorcio. Sonrió con frialdad. Se moría de ganas de informarle de que jamás habría tal divorcio

La cena transcurrió tensa y en silencio. Pau seguía furiosa por el modo en que Pedro se había comportado con Alex, y el rostro de Pedro parecía esculpido en piedra. Comió como si nada hubiera sucedido, lo que le puso aún más furiosa. ¿Cómo iban a discutir si él no estaba dispuesto a colaborar?

Llegó el postre, pero, por mucho que intentara disfrutar de la tarta, le sabía a corcho.

—He estado pensando —dijo Pedro con frialdad.

Ella no contestó y continuó concentrada en diseccionar el postre.

—El divorcio ya no me parece una opción.

—¿Qué? —espantada, ella dejó caer el tenedor ruidosamente sobre el plato—. ¿Ahora crees que el bebé es tuyo? ¿Antes de tener los resultados?

—No soy idiota, Pau —él enarcó una ceja—. Y harías bien en no olvidarlo.

—¿Entonces a qué viene esta tontería sobre el divorcio? El bebé es tuyo, pero jamás te has mostrado dispuesto a creerlo. ¿Por qué demonios sugieres ahora que no haya divorcio?

—A lo mejor simplemente pretendo informarte de que tu plan no funcionará. No te concederé el divorcio, independientemente de si el bebé es mío o no.

Él parecía estudiarla. Como si aguardara una reacción. Pero ¿qué reacción esperaba?

De repente lo comprendió todo y se quedó boquiabierta.

—Piensas que tengo un plan para extorsionarte. Crees que Alex es el padre y que yo soy una especie de fulana que se acuesta con los dos.

Había creído que nadie más tendría el poder de hacerle daño. Hacía mucho tiempo que había desarrollado una impenetrable armadura contra la clase de dolor que infligían los humanos. Pero el dolor le sobrecogió. Se sentía traicionada, aunque jamás hubiera contado con su lealtad.

Con piernas temblorosas, se levantó torpemente de la silla. Estaba decidida a no derrumbarse delante de él. Antes de salir del comedor, se volvió una última vez.

—¿Quién te hizo daño, Pedro? ¿Quién te convirtió en un bastardo que no se fía de nadie, y cuánto tiempo necesitarás para darte cuenta de que yo no soy esa persona?

Incapaz de soportar más su mirada, salió corriendo.

En lugar de subir al dormitorio, salió a la terraza. El aire frío atemperó su ira y cruzó los brazos sobre el pecho mientras caminaba por el sendero que se adentraba en el jardín.

Casi todo el camino estaba iluminado por anticuadas farolas y al fin encontró una mesa redonda de piedra con un banco circular. Era el lugar perfecto para sentarse a disfrutar de la noche.

¿Qué había hecho? Inconscientemente, se frotó la barriga mientras pensaba en su hija y en el futuro. Un futuro que ya no parecía tan brillante como unas horas antes. Pedro se vengaba por un daño que ella no le había hecho y había decidido unilateralmente que no habría divorcio.

De todos modos, sabía bien que jamás se produciría el divorcio por la sencilla razón de que el bebé era suyo, a pesar de lo que él pensara.

¿Qué clase de vida le había reservado a su hija? ¿Se suavizaría la actitud de Pedro hacia la niña cuando supiera la verdad? ¿Y ella qué? ¿Sería relegada a ser la mujer que había dado a luz al bebé o también suavizaría su postura ante ella?

—No deberías estar sola aquí fuera.

—No creo que esté sola —ella se volvió bruscamente al oír la voz de Pedro y la rabia resurgió de inmediato—. Seguro que hay un montón de agentes de seguridad a mi alrededor.

—Sí —él asintió mientras se acercaba a la mesa—, pero no deberías arriesgarte innecesariamente.

—Y dime una cosa, Pedro. ¿Me protegerá tu equipo de seguridad de ti?

—Una pregunta interesante. Porque tengo la sensación de que soy yo quien necesita protección.

—Me voy, Pedro —ella se estremeció mientras le daba la espalda—. De inmediato.

—Ya te he dicho que no te concederé el divorcio.

—Llegados a este punto, no podría importarme menos. No tengo intención de volver a casarme. Sólo quiero alejarme de ti. Quédate con tu maldito acuerdo. No quiero nada de ti. Sólo mi libertad. Me marcharé enseguida.

Ella retomó el sendero en dirección a la casa, pero Pedro fue más rápido y la agarró del brazo.

—No puedes ir a ningún lugar a estas horas, Pau. Ten un poco de sentido común.

—¿Sentido común? —ella rió—. Ahora me dices que tenga sentido común. Debería haberlo tenido cuando volviste a mi vida y tomaste el mando.

—Quédate hasta mañana. No tendrás que preocuparte de que reclame mis derechos maritales.

—¿Y dejarás que me vaya? —preguntó ella incrédula.

—Si quieres marcharte, sí.

Ella lo estudió en la oscuridad y sacudió la cabeza. ¿Alguna vez sentía algo ese hombre? ¿Tenía alma o la había entregado hacía tiempo?

—Muy bien. Me iré a primera hora de la mañana. Ahora, si me disculpas, quisiera irme a la cama.

Pedro la observó marcharse con una sensación de opresión en el pecho, muy parecida al pánico. De todas las reacciones que podía haber esperado ésa no era una de ellas. Confrontada a su traición, había esperado lágrimas, recriminaciones, incluso súplicas. No había esperado que le mandara al infierno y lo abandonara. ¿Qué beneficio obtenía con ello?

Tenía que pensar en algo para convencerla de que se quedara. Hasta que se le ocurriera, necesitaba tenerla controlada. Por primera vez, sintió un cosquilleo de excitación en la nuca. ¿Sería posible que ese bebé fuera realmente suyo? ¿Sería posible que en esa ocasión tuviera derechos con respecto a esa criatura?

De ser así, jamás permitiría que Pau saliera de su vida.

Hola hola volvi, ayer no pude subir asi que por hoy viene con bonus, disfrutenlo y comenten porfa :) 

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