domingo, 6 de octubre de 2013

Capítulo 13 - Amor en Riesgo

_________________________________

El dolor había cambiado. Ya no era agónicamente punzante. Se había estabilizado en un dolor sordo, superficial. Pau intentó cambiar de postura y se quedó sin aliento al sentir que la barriga se le desgarraba en dos.

—Cuidado, princesa. No debes intentar moverte. Dime qué necesitas y yo te ayudaré.

Pedro. Ella abrió los ojos con dificultad ante la cegadora luz y los volvió a cerrar.

Y entonces se acordó.

—El bebé —susurró. Alargó una mano hacia la barriga y una nueva punzada de dolor le asaltó.

Pedro le tomó las manos entre las suyas y se las retiró suavemente de la tripa.

—El bebé está bien, y tú también, ¿lo ves? —con delicadeza le apoyó una mano sobre la tripa.

Ella contempló con extrañeza el abultado vendaje. La tripa aún era evidente. Las lágrimas inundaron sus ojos mientras el alivio la embargaba.

—Tenía tanto miedo. No puedo perderla, Pedro. Lo es todo para mí.

—La operación fue un éxito —Pedro le tomó el rostro entre las manos y le secó las lágrimas con el pulgar—. El médico dice que el bebé está bien. Te están monitorizando las contracciones —señaló una máquina junto a la cama—. ¿Lo ves? Puedes oír y ver los latidos de su corazón.

—¿De verdad es ella? —Pau giró la cabeza y escuchó el suave eco de unos latidos.

—Sí —Pedro sonrió—. Nuestra hija se hace notar.

Pau se quedó sin aliento al recordar de repente la escena vivida instantes antes de entrar en el quirófano. Al principio había pensado que se lo había imaginado, pero lo había vuelto a decir. ¿Por qué había cambiado de opinión?

—Gracias por traerme tan deprisa —susurró ella—. Temía que no me oyeses llamarte.

—No habrías sufrido tanto de haber estado yo contigo —él la miró fijamente con sus verdes ojos—. A partir de ahora dormirás en mi cama y, si volviera a sucederte algo, yo lo sabría de inmediato. No quiero ni pensar qué habría ocurrido de no haberte oído gritar.

Ella meditó sobre ello y pestañeó para aclarar la nube de su mente. Todo estaba muy turbio, y él la confundía cada vez más. Era como si jamás hubieran discutido, como si él no le hubiera acusado de intentar endosarle el bebé de otro hombre.

—Ya hablaremos más tarde —dijo él con dulzura—. Estás agotada. Debes descansar. Estaré aquí cuando despiertes, y entonces podrás hacerme todas esas preguntas que se reflejan en tus ojos.

—No. Necesito saberlo ahora —ella sacudió la cabeza e hizo una mueca de dolor—. Dijiste, insinuaste, cosas terribles, Pedro. No me quedaré junto a un hombre que piensa así de mí, ni siquiera por mi hija. Alex está dispuesto a ayudarme. Debería haberle llamado a él el primero.

—Pero no lo hiciste —contestó Pedro con suavidad—. Me llamaste a mí, como debe ser. Creo que lo mejor será que dejemos a Alex fuera de todo esto.

Ella empezó a protestar, pero él la silenció apoyando un dedo sobre sus labios.

—No te alteres. Te debo una disculpa, princesa. Y estoy seguro de que no será la última. Te agradecería que tuvieras paciencia conmigo. No soy un hombre de fácil convivencia. Soy consciente de ello. No debí haber sugerido lo que sugerí. A partir de hoy funcionaremos como una familia. Vas a tener un hijo mío.

Ella lo miró estupefacta. La sinceridad de sus palabras estaba grabada en el rostro, y ardía en su mirada. No había rastro de arrogancia en la voz. Simplemente arrepentimiento.

Algo dentro del pecho de la joven, peligrosamente cerca del corazón, se soltó. Por un instante olvidó el dolor y el aturdimiento provocado por la meditación. Un dulce y bendito calor le inundó las venas. Esperanza. Hacía tanto que no había sentido nada parecido que le costó identificarlo. Por primera vez en su vida, sentía esperanza.

—¿Me perdonarás? —Pedro le besó el dorso de la mano—. ¿Me darás otra oportunidad?

—Sí, por supuesto —susurró ella con voz temblorosa.

—¿Y te quedarás? ¿Ya no hablarás más de marcharte?

Ella negó con la cabeza, incapaz de articular palabra.

—No lo lamentarás, princesa—dijo él muy serio—. Haremos que funcione. Podemos hacerlo.

Pau sonrió antes de hacer un gesto de dolor al sentir otra punzada. Pedro se inclinó hacia delante y concentró su atención en un pequeño dispositivo que había junto a la cama.

—Esto es para el dolor. Aprietas el botón y te inyecta una pequeña cantidad de medicamento en la sangre. Si hace falta, puedes pulsar el botón cada diez minutos.

Él mismo pulsó el botón y un segundo más tarde Pau sintió una ligera quemazón en las venas. El alivio fue casi instantáneo.

—Gracias.

—Cuidaré de ti y del bebé —dijo con solemnidad—. No quiero que te preocupes por nada, salvo por ponerte bien.

—Estoy cansada —ella sonrió y lo miró con ojos somnolientos.

—Entonces será mejor que duermas. No me moveré de aquí.

Ella se volvió hacia él y se aferró con fuerza a la robusta mano, impidiéndole soltarse. Pedro se relajó y le apretó la mano con fuerza.

—¿Cuándo podré salir de aquí? —murmuró mientras caía en un profundo sueño.

—No hay prisa —él rió—. Te marcharás cuando lo diga el médico. Mientras tanto, disfruta de la atención de todos.

—Sólo de la tuya —balbuceó antes de sumirse en la oscuridad.

—¿Estás seguro de que todo está preparado? —Pedro hablaba por el móvil mientras entraba en la habitación de Pau.

Ella lo miró y sonrió mientras él le indicaba con un gesto que terminaría de hablar enseguida.

—Bien. Muy bien. Te debo una, y no me cabe duda que te la vas a cobrar.

Tras apagar el móvil corrió junto a Pau. Se inclinó y la besó suavemente en los labios.

—¿Qué tal están mis chicas hoy?

—Tu hija está muy activa, lo cual es, a la vez, una bendición y un castigo.

—¿Te duele la incisión por culpa de sus movimientos? —dijo él con preocupación.

—Creo que está haciendo prácticas de puntería —ella hizo un gesto de fastidio—. Y parece tener la molesta habilidad de acertar siempre en el lugar adecuado.

—Lo siento. Debe resultarle muy doloroso.

—La alternativa ni siquiera es una opción, de modo que me alegra que se mueva tanto.

—¿Te ha visto ya el médico?

—Vino mientras estabas fuera. Dijo que, si hoy todo iba bien, y no tengo más contracciones, me darán de alta mañana. Deberé guardar reposo absoluto en cama durante una semana y luego podré levantarme y moverme, siempre que no me exceda.

—Ya me ocuparé yo de que obedezcas sus instrucciones al pie de la letra.

—¿Por qué tengo la sensación de que vas a disfrutar con mi convalecencia? —ella sonrió divertida.

—¿Y por qué has pensado algo así? —él la miró con inocencia.

—Porque estás acostumbrado a mandar y a que todos te obedezcan —contestó ella.

—Lo dices como si fuera algo malo.

Pau no pudo reprimir una carcajada y de inmediato gruñó al sentir la protesta de su barriga.

Últimamente había disfrutado de unos días buenos, teniendo en cuenta que estaba postrada en la cama de un hospital.

Pedro se había comportado maravillosamente bien. El reservado hombre de negocios que le había dejado claro que jamás le concedería el divorcio parecía haber desaparecido, sustituido por alguien que atendía a cada una de sus necesidades.

Alguien llamó suavemente a la puerta y, para su sorpresa, aparecieron los hermanos de Pedro con sus esposas. Pedro le apretó la mano tranquilizadoramente.

—No te preocupes, princesa. Estás preciosa. Y yo me encargaré de que no se queden el tiempo suficiente para cansarte.

Era mentira, pero ella le agradeció el gesto.

La idea le asaltó de repente, y fue más dolorosa que la incisión llena de grapas de su barriga. ¿Amor? Cielo santo. Se había enamorado de él.

Intentó sonreír, pero lo único que quería era esconderse en un profundo y oscuro agujero. ¿Cómo se había permitido enamorarse de él… de cualquier hombre? Al parecer, no había sufrido lo bastante en su vida. No, era evidente que deseaba más dolor y desilusión.

Ser amada estaba muy bien, pero ¿ofrecerle su amor en bandeja de plata? Eso era pedir a gritos que la rechazaran.

—¿Pau? ¿Hemos venido en mal momento? —preguntó Micaela.

—No, no, claro que no —Pau se dio cuenta de que ambas parejas la miraban con preocupación—. Lo siento, es que sigo aturdida por la medicación contra el dolor.

A su lado, Pedro frunció el ceño. Hacía tres días que no le administraban ningún medicamento contra el dolor. Era demasiado peligroso para el bebé.

Sonrió abiertamente a Mica y a Flor, y optó por desviar la mirada de Nan y Fede. La intimidaban enormemente y no estaba acostumbrada a darle esa ventaja a nadie.

—¿Qué tal te encuentras? —preguntó Flor mientras se apoyaba en el borde de la cama—. ¿Te ha dado mucho la lata Pedro? Mica y yo podemos sacarlo de la habitación y darle un repasito.

Pau sonrió y tragó con dificultad para evitar soltar una carcajada.

—No le hagáis reír —rugió Pedro—. Le duele demasiado. Además, no olvides que Mica y tú comen en la palma de mi mano.

—Que no te engañe, Pau —Nan soltó un bufido—. Cualquier mujer que mire a este idiota a la cara, conseguirá que le dé todo lo que le pida, para desesperación mía y de Fede.

—Como si ustedes dos no las mimaran hasta la extenuación —protestó Pedro.

—Puede que sí, pero una mujer nunca tendrá bastantes hombres a su disposición —dijo Mica alegremente.

—Sólo hay un hombre a tu disposición, querida —gruñó Nan—. Y procura no olvidarlo.

Mientras presenciaba la discusión entre los tres hermanos y las dos mujeres, Pau, por primera vez no se sintió como una extraña, sino como si perteneciera a ese íntimo círculo familiar.

—Debes sentirte mejor —dijo Flor—. Tienes una preciosa sonrisa reflejada en el rostro. Estás radiante para haber sufrido recientemente una intervención.

—Es el embarazo —dijo Fede secamente—. No hay mujer más hermosa que la embarazada.

—Buen intento —espetó Flor—. Pero tus halagos no te llevarán a ninguna parte. Y si empiezas a perseguir a mujeres embarazadas, haré que jamás puedas engendrar hijos.

Pau no pudo evitar reírse al ver la palidez que se instaló en el semblante de Fede. Puso una mano sobre la barriga y gruñó, pero, incluso con el dolor, era muy agradable poder reír.

—¿Estás bien? —preguntó Pedro.

—Estoy bien —ella agitó una mano en el aire—. De verdad —luego se volvió hacia Flor—. ¿Por qué tengo la sensación de que hay alguna disputa entre Fede y tú?

—Si Fede se saliera con la suya —Flor sonrió—, ya tendría toda una camada de hijos, pero soy demasiado joven y tenemos muchas cosas que hacer antes de engendrar bebés. Al final cederé y llenaré una guardería, pero hasta entonces vivo para atormentarlo.

Mientras Flor hablaba, Pau estudió el rostro de Fede. Los ojos brillaban de amor por su esposa y era evidente que no había ninguna tensión entre ellos.

—Además, Mica ya se ha propuesto tener bastantes Alfonso para dar y tomar —añadió Flor

—¿Mica? —Pedro alzó las cejas.

Mica se sonrojó mientras Nan sonreía y la rodeaba con un brazo.

—¿Estás embarazada otra vez? —preguntó Pedro.

—Dentro de siete meses me dará la hija que tanto deseo —dijo el hermano mayor con arrogancia.

—¿Y si es otro niño? —le provocó Mica.

—Entonces habrá que intentarlo de nuevo hasta acertar - Nan la miró con pasión.

Mica y Flor se echaron a reír y Pau se unió a ellas sin dejar de sujetarse la barriga.

Qué familia más maravillosa. Una familia de la que ella formaba parte. Era demasiado para poder soportarlo.

—Será mejor que nos marchemos —dijo Nan tras estudiar el rostro de Pau—. Parece que sufres dolores y no queremos cansarte en exceso. Sólo queríamos verte y decirte que, si necesitas algo no tienes más que decirlo. Ahora formas parte de la familia.

—Por favor, no se vayan—contestó ella con lágrimas en los ojos—. No me molestan en absoluto. Me ha encantado que hayan venido a verme.

—Dime una cosa —Flor se inclinó hacia delante—. ¿Te dejan comer comida de verdad? Me muero por una pizza. Fede opina que es una barbaridad y necesito una excusa para comerme una grasienta pizza llena de queso.

—¿A eso lo llamas «comida de verdad»? —Fede fingió sentirse horrorizado.

—Me encantaría una pizza —dijo Pau mientras la boca se le hacía agua—. Con doble de pimiento y extra de queso.

—Te diré qué vamos a hacer —dijo Flor—. Pediremos una a nuestro gusto y los demás que se apañen solos. Tu sugerencia me parece divina.

Pau miró a Pedro, que suspiró resignado.

—¿Cómo podría un hombre negarse ante una mirada así?

Fede y Nan se echaron a reír y el segundo le dio una palmada en el hombro a Pedo.

—Ahora empiezas a entenderlo, hermanito. Empiezas a entenderlo


Buenas noches,muchas gracias a todaaaas las que comentaron, en serio necesitaba sentir que no subia la nove al dope y me alegro que les guste y la lean, disfruten del capitulo y que arranque super bien la semana lkjhgfhj 

4 comentarios:

  1. Qué hermoso cap!!! Tierno y divertido a la vez!!!!

    ResponderEliminar
  2. ayyy que linda la relación que se esta formando,seguí subiendo!!!

    ResponderEliminar
  3. Q lindo q vuelvan a estar bien!! Me encanta esta nove!

    ResponderEliminar
  4. me encanta esta novela..ellos son muy tiernos!! :)

    ResponderEliminar