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—Tengo una sorpresa para ti —dijo Pedro mientras empujaba la silla de ruedas hasta la salida del hospital—. Tardará un poco, de modo que quiero que te relajes e intentes descansar.
Un cosquilleo de emoción burbujeó en el estómago de Pau. Se sentía como una niña en Navidad. Para ser alguien que no estaba acostumbrada a las sorpresas, le empezaban gustar mucho. Al menos la anticipación de recibir una.
El equipo de seguridad de Pedro esperaba fuera de la limusina. Abrieron la puerta trasera y Pau fue levantada en vilo por su marido y depositada cuidadosamente en el asiento trasero. Después, él se sentó a su lado mientras los agentes de seguridad entraban en otro coche.
—¿Dónde vamos? —preguntó ella con curiosidad al ver que el coche se dirigía en dirección contraria a su casa.
—Al aeropuerto.
—¿Adónde vamos? —ella enarcó las cejas.
Una familiar excitación le inundó las venas. Lo que más le gustaba en el mundo era viajar y experimentar la emoción de conocer nuevos lugares, gentes y costumbres. Pero en aquella ocasión no viajaría sola y eso le gustaba más de lo que habría creído posible.
—Si te lo hubiera contado, habría estropeado la sorpresa —él sonrió y le tomó una mano.
—Pero mi ropa, mis cosas… No he hecho el equipaje.
—Todo resuelto —dijo él con dulzura—. ¿Para qué te crees que tengo empleados?
—¿También has empaquetado al cocinero? —preguntó ella—. Hacía una comida deliciosa.
—Te aseguro que no vas a morir de hambre —Pedro rió.
Minutos después pararon junto a un pequeño jet aparcado en una pista privada de despegue.
Pedro aguardó mientras el servicio de seguridad se subía primero al avión. Después ayudó a su esposa a bajarse del coche.
—Si quiere, yo la acompañaré, señor Alfonso —se ofreció Agustin, el único al que ella conocía por su nombre. Los demás eran unos desconocidos, pero Agustin parecía el guardaespaldas privado de Pedro.
—Gracias Agustin, pero yo llevaré a la señora Alfonso hasta el avión —contestó Pedro.
Con mucho cuidado la llevó en brazos hasta el avión y, tras subir la escalerilla, se agachó para entrar.
Pau jamás había estado en un jet privado y se equivocó al esperar una versión reducida de un avión comercial. En la parte delantera había unos asientos cubiertos de suave cuero, de aspecto increíblemente lujoso y cómodo. Detrás había una zona de descanso con un sillón reclinable y un sofá, junto con una mesa de café, un televisor y un minibar.
—En cuanto despeguemos te enseñaré el resto —Pedro siguió la dirección de su mirada—. Al fondo hay un dormitorio en el que podrás acostarte. También hay una pequeña cocina, de modo que, si deseas algo, no tienes más que pedírselo a la azafata.
—¿Azafata? —ella abrió los ojos de par en par—. ¿Hay una azafata en este avión?
—Por supuesto. Viaja junto al piloto. Son marido y mujer. Y ahora, ¿prefieres asiento de pasillo o ventanilla?
—Ventanilla —contestó ella.
Él la ayudó a sentarse antes de hacer lo propio a su lado. Después ajustó los cinturones de ambos.
—Me alegra conocerla, señora Alfonso —la azafata apareció y saludó sonriente a Pedro antes de volverse hacia Pau—. Cualquier cosa que necesite durante el vuelo no tiene más que decírmelo. En breve tendremos la autorización para despegar. ¿Le gustaría beber algo mientras espera?
—No, gracias —contestó Pau—. De momento estoy bien.
Minutos después avanzaron a toda prisa por la pista y despegaron. Pau apoyó la cabeza sobre el hombro de Pedro y se acurrucó contra él. A pesar de la curiosidad que sentía por ver el resto del avión, levantarse y moverse dolía demasiado y prefería quedarse donde estaba durante el resto del vuelo.
—¿Todavía no vas a decirme adónde vamos? —preguntó Pau varias horas después mientras avanzaban en coche por una autopista llena de curvas.
—Paciencia, princesa —Pedro sonrió—. Creo que la espera merecerá la pena.
Ella suspiró y se relajó en el asiento. Dondequiera que estuvieran, era un lugar precioso y salvaje. Estaba casi segura de que se trataba del Caribe o algún otro lugar tropical. ¿Se dirigían a uno de sus hoteles?
El coche se paró frente a una puerta de seguridad y Pedro marcó un código de seguridad. La enorme verja de hierro se abrió lentamente y continuaron camino.
A su alrededor abundaba el verde follaje. Era como conducir en medio de un paraíso privado. Había flores, plantas, fuentes e incluso una pequeña catarata que caía sobre unas rocas a lo lejos.
De repente vio la casa y se quedó boquiabierta ante la increíble mansión que, a pesar de su tamaño, tenía el aspecto de una acogedora cabaña de piedra.
—¿Vamos a alojarnos aquí mientras estemos en este lugar? —preguntó ella cuando el coche se paró frente a otra enorme fuente con flores que flotaban en el agua.
—Es tu casa, princesa. Nos pertenece.
Ella se quedó sin habla.
—Pero lo mejor está aún por llegar —dijo él.
Ella lo contempló bajarse del coche y se preguntó cómo demonios podría mejorarse aquello.
Pedro la ayudó a salir del coche y les hizo un gesto a los hombres de seguridad que desaparecieron de inmediato mientras él rodeaba a su esposa por la cintura y la conducía por un camino que bordeaba la casa.
De repente lo oyó. El lejano rumor de las olas. Respiró hondo, embriagándose del aire salado.
—¡Oh, Pedro! —exclamó.
Ascendieron hasta un pequeño promontorio entre una sección del jardín y la terraza de madera que volaba desde la casa por encima de un escarpado acantilado. Al asomarse vio la gran extensión de océano, de un color azul tan brillante que casi hacía daño a la vista.
El paseo continuaba y, en algunos puntos, era interrumpido por unas escaleras que conducían a la playa. La casa estaba situada sobre el acantilado, guarecida entre dos enormes rocas. Disponía de una pequeña extensión de playa, completamente privada.
Era la vista más maravillosa que jamás hubiera podido imaginarse. Y era suya.
—No sé qué decir —susurró—. Este era mi sueño, Pedro. No puedo creerme que sea nuestro.
—Es tuyo, princesa. Mi regalo de bodas. Tengo entendido que está equipada con un servicio completo, incluyendo a cierto cocinero al que, al parecer, tienes en gran estima.
—Gracias —ella le rodeó el cuello con los brazos, haciendo caso omiso de la punzada de dolor que la asaltó—. Es maravilloso, Pedro. No sé cómo podré agradecértelo.
—Cuidándote mucho, y a mi hija —dijo él con solemnidad—. No quiero que vayas por el camino que baja a la playa a no ser que yo te acompañe.
—Te lo prometo —le aseguró ella. En ese momento, le prometería hasta la luna.
—Vamos dentro. La cena nos espera. Comeremos en la terraza mientras vemos la puesta de sol.
Ella lo siguió ansiosa por ver el interior de la casa. Tras un breve recorrido por la planta baja, salieron a la terraza. La mesa estaba puesta y se sentó en una silla dispuesta a cenar.
—Es maravilloso —dijo al fin. Se sentía completamente abrumada ante la idea de vivir en aquel lugar, y de que fuera suyo. Era sencillamente demasiado bueno para ser cierto.
—Me alegra que te guste. Tenía miedo de no tenerlo todo listo antes de que te dieran de alta.
—¿No era tuya antes?
—Hice que mis agentes buscaran el lugar ideal el día que me describiste dónde te gustaría vivir. Cuando encontraron esta propiedad, supe que era perfecta. La venta aún no está cerrada, pero he convencido al dueño de que nos permita tomar posesión de ella antes de terminar el papeleo.
—Es la cosa más maravillosa que nadie haya hecho por mí —ella no podía dejar de sonreír.
—Dime una cosa, princesa —él colocó su mano sobre la palma de la de ella—. ¿Alguna vez alguien ha hecho algo maravilloso por ti? Tengo la impresión de que tu vida no ha sido fácil.
Ella se puso tensa e intentó retirar la mano, pero él no lo permitió.
—¿Qué es eso que no quieres contarme? —preguntó con calma—. Entre marido y mujer no debería haber secretos.
Ella se volvió hacia el mar. La brisa del océano le secó las invisibles lágrimas que derramaba.
—Tampoco es tan trágico —dijo con naturalidad—. Mis padres murieron siendo yo muy pequeña. Apenas los recuerdo e incluso sospecho que esas personas que recuerdo como mis padres no son más que unos de los muchos padres de acogida que tuve.
—¿No tenías ningún pariente que pudiera ocuparse de ti?
—Al menos ninguno que quisiera hacerlo —ella sacudió la cabeza.
Una mujer joven apareció en la terraza con una bandeja y Pau suspiró aliviada. No le pasó desapercibido el ceño fruncido de Pedro, claro indicativo de que la conversación no había terminado, simplemente se había postergado.
Sin embargo, nada bueno podía surgir de remover el pasado.
Comieron en un amigable silencio. Pau disfrutó de los sonidos y aromas del mar y se sintió más relajada de lo que había estado en mucho tiempo.
A medida que el sol descendía por el horizonte, el cielo se tiñó de suaves tonos de rosa y morado con franjas doradas. El océano relucía a lo lejos, reflejando el brillo de la puesta de sol.
Tan hechizada estaba por la vista que no se dio cuenta de que había dejado de comer. Únicamente cuando volvió la camarera para retirar los platos, despertó de su ensoñación.
—Pareces cansada —dijo Pedro con dulzura—. Creo que debería llevarte arriba para que te acuestes.
—Eso suena muy bien —ella bostezó—. ¿Tiene el dormitorio ventanas que puedan abrirse? Me encantaría poder oír el mar.
—Creo que encontrarás la vista desde nuestro dormitorio magnífica, y, desde luego, podemos abrir la ventana si es lo que deseas.
Él la ayudó a ponerse en pie y entraron en la casa. Subieron lentamente las escaleras y ella se mordió el labio ante el dolor que le producía cada movimiento.
Al entrar en el dormitorio principal, no pudo reprimir una exclamación. Toda la fachada que daba al mar estaba acristalada desde el suelo hasta el techo. Contempló la vista con las palmas de las manos apoyadas contra el frío ventanal.
—Este ha sido el día más maravilloso de mi vida —dijo con un nudo en la garganta—. Gracias.
—Me alegra que te guste —dijo él con voz ronca.
Pau devolvió su atención al paisaje mientras los últimos destellos naranjas desaparecían en el mar.
—¿Qué pasará con tu trabajo? ¿Con tus hoteles?
—La mayor parte de mi trabajo puedo hacerla desde aquí —él se colocó a su lado—. Tengo un teléfono, un ordenador y un fax. Tendré que hacer algunos viajes. Hasta ahora he viajado sin parar, pero ya no estoy dispuesto a continuar por ese camino. Mis hermanos tendrán que ayudarme con eso, o contrataremos a alguien que se dedique a los viajes.
—¿No lo echarás de menos? —preguntó ella.
—Hace unos meses te habría dicho que sí, mucho. Pero ahora no me apetece tanto alejarme de mi esposa y de nuestro bebé.
Ella sintió que el calor inundaba su pecho. Aquello sonaba a una familia de verdad. No sabía qué le había hecho cambiar de opinión, pero tampoco quería saberlo. Tan sólo esperaba que aquello durase.
Hola hola volvi, ya encontre la novela que voy a adaptar despues de esta y estoy segura que les va a encantar, yo me enamore kjhgfdghj bueno mientras seguimos con esta espero que les guste el capitulo y comenten mucho. Buenas Noches
ayyy que hermoso capítulo,me encanto!!!
ResponderEliminarQ hermoso cap!! Q lindo verlo a pp tan entregado a ella!
ResponderEliminarBuenísimo este cap!!!!
ResponderEliminarQue lindo todo! Que hermoso vivir en un lugar asi, yo quiero jaja! Me dieron ganas de irme a cualquier lado!!
ResponderEliminarVeremos como siguen! Falta poco para el final?
Besos
@06_Laury
que hermoso capitulo cuanto amor!
ResponderEliminarme encanto el capitulo!! me encanta ver como pedro cuida de pau :)
ResponderEliminarQUE LINDO EL CAMBIO DE ACTITUD DE PEDRO
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