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—Señora Alfonso, tiene una llamada.
Pau le dio las gracias y esperó a que se fuera para contestar.
—¿Diga?
—Pau, soy Nan. Tengo información sobre Gabriel. Las noticias no son buenas.
Pau frunció el ceño y entró en la casa para oír mejor, sin el eco del rugido del mar.
—¿Qué sucede?
—Lo he encontrado. Está en un hogar de acogido. En la provincia de Cordoba, una familia se hizo cargo de su custodia hace dos años. Desde entonces ha pasado por seis hogares.
—¡No! —susurró ella mientras agarraba el teléfono con fuerza. La noticia iba a destrozar a Pedro.
—¿Estás bien, Pau?
—Estoy bien —contestó ella con voz temblorosa mientras tragaba con dificultad. Los recuerdos que había reprimido tanto tiempo afloraron a su mente—. Gracias por tu ayuda, Nan.
Me gustaría que me enviaras todo por correo electrónico. Quiero estudiar toda la información a fondo antes de contárselo a Pedro.
—Lo comprendo. Te lo enviaré en cuanto colguemos. Y, Pau, si necesitas que te ayude en algo más, dímelo.
—Gracias, Nan. ¿Qué tal está Mica?
—No ha sido fácil para ella —él suspiró—. No se encuentra bien con el embarazo, y el estrés de haber tenido que identificar a los secuestradores y de volver a declarar le está afectando.
—Lo siento —contestó Pau con dulzura—. ¿Se quedaran mucho mas tiempo en Uruguay? ¿Tendrá que quedarse hasta el juicio?
—No si puedo evitarlo —exclamó él—. El fiscal del distrito ha ofrecido un acuerdo. Si lo aceptan, se librarán del juicio y Mica habrá acabado con esta pesadilla.
—Dale muchos besos de mi parte.
—Lo haré. Si hay algo más que pueda hacer, dímelo.
—Lo haré, Nan.
Tras colgar el teléfono, Pau fue en busca del portátil. Minutos después, recibió el mensaje de Nan. Lo leyó con detalle. Y frunció el ceño.
Habría que hacer algunas llamadas, pero se moría de ganas de contarle a Pedro lo que había descubierto. Gabriel no tenía ninguna necesidad de continuar en un hogar de acogido cuando tenía una familia dispuesta a quererlo.
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Pedro se hundió en la silla tras su escritorio y contempló con tristeza el montón de cartas.
Jamás se había relajado tanto en cuestiones de trabajo. Pau era la culpable de su falta de atención.
Los correos electrónicos se contaban por cientos, su buzón de voz estaba saturado y llevaba días sin abrir ninguna carta.
Sus hermanos le iban a mandar al infierno, pero también se alegrarían de saber que el trabajo ya no era el único sentido de su vida.
Suspiró y encendió el ordenador para echar un vistazo a los mensajes acumulados. Después descolgó el teléfono para escuchar los mensajes del buzón de voz.
La mayoría era informes rutinarios. Unos cuantos eran mensajes de pánico de algún gerente de sus hoteles, y uno le ofrecía comprar el nuevo hotel de Río de Janeiro.
El último mensaje le hizo sonreír: no muchas empresas podían permitirse comprar un hotel Alfonso.
No reparaban en gastos.
En cuanto hubo terminado con el buzón de voz, telefoneó a Nan. Quería preguntar por Mica y saber qué había pasado con la identificación de los secuestradores.
Al no recibir respuesta, llamó a Fede. Tras hablar durante varios minutos sobre negocios, Fede le puso al día sobre Nan y Mica.
Mientras conversaban, repasó distraídamente las cartas amontonadas sobre el escritorio. Al descubrir una que llevaba el remite de un laboratorio, se quedó helado.
—Luego te llamo, Fede. Dale un beso a Flor de mi parte.
Tras colgar, contempló fijamente el sobre. Una sonrisa se formó en sus labios mientras jugueteaba con la carta.
Ahí estaba la prueba de su paternidad. Negro sobre blanco, la prueba irrefutable de que era el padre.
La última vez había resultado al revés y había perdido todo aquello que más le importaba en el mundo. En esa ocasión… sería perfecto. Tenía una hija en camino. Su hija.
«Mía».
Dejó el sobre a un lado. No había necesidad de abrirlo. Ya sabía qué ponía. Su confianza en Pau le sorprendió, pero tuvo que admitirlo: confiaba en que ella no lo traicionaría.
Tras repasar algunas otras cartas, volvió a concentrarse en el sobre. Lo abriría para deleitarse con la sensación.
Luego iría en busca de Pau para hacerle el amor apasionadamente.
La idea hizo que su cuerpo se tensara de necesidad.
Tenía ganas de celebrarlo. A lo mejor llevaría a Pau de viaje a París. A ella le encantaba viajar y el médico le había dado el alta definitiva de la operación.
Para estar tranquilos, le pediría cita para una revisión y una ecografía. Después se marcharían en el jet privado.
Podrían hacer el amor en París y luego, quizás, continuar viaje hacia Venecia. Podrían disfrutar de la luna de miel que no habían tenido al casarse.
Sin dejar de sonreír, dudó un instante y abrió la carta.
Tras repasar rápidamente los saludos de rigor y los agradecimientos por elegir ese laboratorio, llegó al final, donde se reflejaban los resultados.
Y se quedó de piedra.
Lo leyó una y otra vez, seguro de no haber comprendido bien. Pero no, no había ninguna duda. No era el padre.
La furia inundó sus venas, inflamándolo hasta que estuvo a punto de explotar. Otra vez. Le había vuelto a ocurrir.
Pero aquella vez era distinto. Muy distinto.
¿Qué había pretendido Pau? ¿Quería, como Julieta, que estableciera algún lazo afectivo con el bebé antes de marcharse? ¿Utilizaría al bebé como moneda de cambio?
¿Sería Alex el padre o había algún otro hombre más en su vida?
¿Más mayor y maduro? Tenía ganas de golpearse a sí mismo ante su estupidez. Había estado convencido de que jamás volverían a engañarlo como en el pasado, pero ¿acaso había hecho algo para evitarlo?
Con manos temblorosas, volvió a leer el insultante documento. Maldita fuera esa mujer.
Ella se había abierto paso en su vida, en su familia. Sus cuñadas la adoraban, y sus hermanos la habían aceptado.
Por él. Porque él la había impuesto en sus vidas.
Jamás se había sentido tan mal en su vida. Ojalá no hubiera abierto el maldito sobre.
Qué imbecil había sido. Qué imbecil sería siempre. Había perdido un valioso tiempo construyendo una relación basada en mentiras y traiciones.
Le había comprado la casa de sus sueños, hecho todo lo posible por hacerla feliz.
Peor aún, había caído en su propia fantasía. Había empezado a pensar que podrían ser una familia.
Que le había sido dada otra oportunidad para tener una esposa y un hijo. Que al final podía albergar esperanzas.
Miró fríamente el papel entre sus manos. Lo peor era que le había seguido el juego y le había asegurado su manutención
independientemente de la paternidad del bebé. De cualquier modo ella ganaba. ¿Y él?
Lo había perdido todo.
* * *
Pau sujetó los papeles contra el pecho y corrió al despacho de Pedro. Sabía que sufriría al conocer el destino de Gabriel y el hecho de que Julieta lo hubiera abandonado hacía dos años, pero lo más importante era sacar al niño de la situación en la que estaba.
Una sensación de angustia la invadió al pensar en el pequeño yendo de una a otra casa de acogida. ¿Habría albergado las mismas esperanzas que ella de pequeña antes de sufrir una decepción tras otra?
Ni siquiera se molestó en llamar a la puerta e irrumpió, casi sin aliento. Al ver el gesto de Pedro, sentado tras el escritorio con un documento arrugado entre las manos, se paró en seco. La horrible expresión casi le hizo olvidar el motivo de su presencia allí.
—¿Pedro?
Él la miró con expresión gélida, provocándole un escalofrío.
—¿Va todo bien? —Pau dio un paso al frente.
—Dime, Pau —él se puso lentamente en pie, con calculada precisión—. ¿Cómo habías pensado salirte con la tuya? ¿O acaso ibas a prolongar la farsa hasta tenerme a tu merced?
Ella se sintió desfallecer. ¿Cómo había averiguado lo de Gabriel? ¿Por qué estaba tan enfadado?
—Venía a contártelo ahora mismo. Pensé que te gustaría saberlo.
Él soltó una carcajada que era de todo menos alegre. Pau dio un paso atrás ante el evidente enfado. Ira. Ésa era la palabra.
—Ah, sí, Pau. Me gustaría saberlo. Y hubiera preferido saberlo cuando toda esta pantomima empezó. ¿Disfrutaste cuando me quejé en voz alta de Julieta y su traición? ¿Te dio satisfacción saber que la tuya era aún más sólida?
Ella sacudió la cabeza confusa. ¿De qué demonios hablaba?
—No te comprendo. ¿Por qué estás tan enfadado conmigo? Yo no te he hecho nada, Pedro.
—¿No me has mentido? —rugió él—. ¿No has intentado endosarme el hijo de otro hombre?
Me dejas estupefacto, Paula. ¿Cómo consigues parecer la víctima? La única víctima aquí soy yo, y esa pobre criatura de la que estás embarazada.
El dolor la asaltó y le hizo encogerse en un familiar gesto defensivo perfeccionado con los años.
—Me odias —susurró ella.
—¿Acaso sugieres que podría amar a alguien como tú? —exclamó él—. Aquí tienes la verdad —añadió mientras le arrojaba el papel que tenía en la mano—.
La verdad que no estabas dispuesta a contarme. La verdad que me merecía.
Ella tomó la hoja de papel con una mano temblorosa y, entre la cortina de lágrimas de sus ojos, lo leyó. Tuvo que hacerlo tres veces para comprender antes de quedarse helada.
—Esto está equivocado —dijo en voz baja.
—¿Todavía insistes en la farsa? —él rió amargamente—. Todo ha terminado, Paula. Las pruebas no mienten. Dejan claro sin lugar a dudas de que no hay posibilidad de que yo sea el padre.
Ella lo miró con el rostro inundado de lágrimas. Él la miraba frío. Muy frío. Duro. E implacable.
—Has estado esperando este momento. Mi caída —balbuceó ella—. Desde el día que te llamé. Es el único resultado que te satisfacía.
No ibas a quedarte a gusto hasta que no demostraras que yo no era mejor que Julieta.
—Tienes un gran don para el dramatismo.
—Los resultados están equivocados —ella se enjugó las lágrimas, furiosa por haberle dejado verla llorar—. Es tuya, Pedro. Tu hija.
Ante la seguridad en la voz de Pau, algo brilló un instante en los ojos de Pedro, pero enseguida volvió a ser la gélida mirada de siempre.
Jamás lograría convencerle. Ya la había juzgado y sentenciado. Todavía le quedaba un rastro de orgullo. No le suplicaría. No se humillaría. No le permitiría saber lo destrozada que se sentía ante su rechazo. Ni cuánto lo amaba.
Alzó la barbilla y se obligó a mirarlo a los ojos.
—Algún día lo lamentarás —dijo con calma—. Un día despertarás y te darás cuenta de que arrojaste por la borda un tesoro. Espero, por tu bien, que ese día no tarde demasiado y que consigas encontrar la felicidad que tan decidido estás a negarte a ti mismo y a quienes te rodean.
Con cierta dificultad, y el corazón destrozado por el dolor, se dio la vuelta. Aferró con fuerza los papeles que había querido enseñar a Pedro y se marchó con ellos pegados al pecho.
Él no hizo el menor gesto por impedírselo y ella supo que no lo haría. Se quedaría allí, encerrado en su refugio, hasta que se hubiera marchado.
Lentamente subió hasta el dormitorio. Sacó una maleta y empezó a guardar su ropa dentro.
—Señora Alfonso, ¿necesita algo?
Paula se dio la vuelta y vio a la ayudante junto a la puerta, con expresión perpleja.
—¿Podría pedirme un coche que me lleve a la ciudad? —preguntó—. Estaré lista en quince minutos.
—Por supuesto.
Pau volvió al equipaje, empeñada en no desmoronarse. Sobreviviría. Había sobrevivido a cosas peores.
Una vez terminado el equipaje se concentró en las hojas que contenían toda la información sobre Gabriel.
Aunque Pedro y ella ya no estuvieran juntos, no permitiría que ese niño permaneciera a cargo del estado, entrando y saliendo de familias de acogida.
Cerró los ojos y suspiró. Resultaría mucho más sencillo con el dinero y el poder del apellido Alfonso.
Lentamente, abrió los ojos y frunció el ceño. A lo mejor no tenía el dinero, pero sí el apellido.
En efecto, Pedro había dispuesto cubrir sus necesidades en caso de divorcio, pero nadie sabía cuánto tiempo tardaría en poder hacerse con el legado.
Necesitaba dinero de inmediato. Gabriel no podía esperar.
Se dirigió al vestidor y buscó el collar y los pendientes de diamantes que Pedro le había regalado para la boda.
Con la punta del dedo acarició las brillantes piedras mientras recordaba cómo él había abrochado el collar alrededor de su cuello.
Entre el anillo de pedida, el collar y los pendientes reuniría dinero suficiente para vivir hasta conseguir el legado dispuesto por Pedro.
—Señora Alfonso, el coche espera.
Pau cerró la maleta y sonrió a modo de agradecimiento. Contempló por última vez la habitación que había compartido con Pedro y luego bajó las escaleras.
Una vez dentro del coche, dio instrucciones al conductor para que la llevara hasta el aeropuerto. No tenía tiempo de pedir que le prepararan el jet de Pedro, aunque no sentía ningún remilgo en usarlo.
Pero no quería quedarse en aquel lugar más de lo estrictamente necesario. Tomaría el primer vuelo que saliera de la isla y se dirigiría a Uruguay, para ver a Flor y a Mica. Después rezaría para que ellas le ayudaran a salvar a Gabriel.
Hola hola volvi, a esto me referia no? era demasiado bueno para ser verdad, disfruten el capitulo y comenten, si me desvelo esta noche y hay muchos comentarios puede que suba otro. Gracias a todos y que tengan un lindo finde, bueno lo que queda de el :)
me encanto el cap!! no te la puedo creer, que halla dado negativo :( , ojala que se hallan confundido y cuando se entere la valla a buscar y se reconcilien!! subi mass que me muero saber que paso
ResponderEliminarNo entiendo x q dio negativo me encanto el cal subii mas!!
ResponderEliminarmuy bueno pero no seas mala,subí otro!!! que pepe se de cuenta que el resultado es un error!!!
ResponderEliminarhayyy por Dios como nos vas a dejar asi con esta angustiaaa, no se vale ☻
ResponderEliminarsubí mas porfis
ResponderEliminarSube uno mas por favor! Me encantó el capitulo y la nove es genial :)
ResponderEliminarNooooo pobre pau!! subi otro xfa!!
ResponderEliminarsubí otro porfa. esta buenisima.
ResponderEliminarpufa!!!! Qué mallllll!!! Por qué? Durará mucho este lío? Quién cambió los resultados? buahhhhhh
ResponderEliminarAY NO POBRE PAU! SUBI OTRO CAP POR FAVOR
ResponderEliminarSubí otro cap please, está buenísima esta historia!!!!!!!!!
ResponderEliminarAiii noooo, como que dieron negativo?? Como??? Porfa subi uno mas!!
ResponderEliminarNo entiendo que pasó, cómo es que dió negativo el análisis? Qué intriga!! Muy buen capítulo! Pobre Pau!!
ResponderEliminarayyyy nooooo! es sabado a la noche y no vale dejarnos deprimidas! esta prohibido por leyyyyyy!!!
ResponderEliminarjajjaa Gracias Patty, me puse al día, pero siempre quiero mas!