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Pedro llamó al apartamento. Pero no fue Pau quien abrió, sino Alex.
—¿Está Pau aquí? —preguntó Pedro secamente.
—¿Y por qué debería estar aquí? —Alex entornó los ojos—. ¿Por qué no está contigo?
—¿Tienes idea de adónde podría haber ido? —Pedro cerró los ojos. Le fastidiaba tener que pedirle ayuda a ese hombre, pero, para encontrar a Pau, estaba dispuesto a hacer cualquier cosa.
—Será mejor que entres y me cuentes qué está pasando —dijo Alex.
—Le dije cosas horribles —admitió Pedro—. Estaba enfadado y la tomé con ella.
—¿Sobre qué?
Consciente de que necesitaba la ayuda de ese hombre, Pedro le contó toda la historia, de principio a fin. A lo mejor si conseguía parecer lo bastante compungido, Alex no pensaría que era un bastardo y le diría lo que supiera sobre Pau.
—Eres un imbecil de primera clase, ¿a que sí? Pau jamás mentiría sobre algo así. ¿Nunca te habló de su infancia? Imagino que no, de lo contrario no hubieras reaccionado así contra ella.
—¿De qué hablas?
—Desde la muerte de sus padres, siendo ella apenas un bebé —Alex hizo una mueca de disgusto—, Pau pasó de una familia de acogida a otra. Las primeras fueron temporales, hasta encontrarle un hogar permanente.
La primera familia era una auténtica joya. El hijo mayor intentó abusar de ella. Se lo contó a la asistenta social quien, afortunadamente, la creyó.
De modo que la llevaron a otra casa, junto con otra niña de su misma edad. Lo que no sabía era que la familia no tenía intención de quedarse con ambas.
Aceptaron dos para poder elegir. Y ella no fue la elegida. De modo que perdió una familia en la que había llegado a confiar, y una hermana a la que amaba.
—Dios —masculló Pedro entre dientes.
—Las cosas parecieron mejorar cuando una pareja que no podía tener hijos decidió adoptar a Pau.
La adopción estaba prácticamente formalizada cuando la madre descubrió que estaba embarazada.
No podían permitirse tener más de un hijo y ya podrás imaginarte a cuál eligieron. Una vez más, Pau fue rechazada.
Pedro cerró los ojos. Él también la había rechazado, junto con su bebé.
—Después de aquello, dejó de creer en los finales felices. Creció muy deprisa. Pasó por diversos estamentos del estado hasta ser lo bastante mayor para valerse por sí misma.
Desde entonces no ha parado de moverse de un lugar a otro, sin establecerse en un lugar, sin establecer lazos con nadie. Sin tener un hogar. Sencillamente no se cree merecedora de uno.
—Si se pone en contacto contigo —Pedro le devolvió la mirada con el estómago encogido—, ¿me lo harás saber? Está embarazada y sola. Debo encontrarla para arreglar las cosas.
Alex lo contempló largo rato antes de asentir y aceptar la tarjeta que Pedro le tendía.
—Llámame a cualquier hora. No importa.
—¿Adónde irás ahora? —Alex acompañó a Pedro hasta la puerta.
—Voy a Uruguay a ver a mis hermanos. Algo que debía haber hecho ya.
Pedro llamó a la puerta de la casa de su hermano. No le gustaba la idea de enfrentarse a ellos tras su grave error.
Y aún menos tener que pedirles ayuda, pero si servía para encontrar a Pau…
—¿Pedro? ¿Qué haces aquí? ¿Por qué no llamaste para decir que venías? ¿Dónde está Pau?
—¿Puedo pasar? —Pedro hizo un gesto de fastidio ante la avalancha de preguntas de Fede.
—Claro —Fede se hizo a un lado—. Estábamos a punto de cenar. Tienes un aspecto horrible.
—Gracias —contestó Pedro secamente.
Al entrar en el comedor, Nan, Mica y Flor levantaron la vista. Pero únicamente Nan pareció sorprendido.
—¿Qué ha pasado? —Nan miró a su hermano fijamente.
—Pau me ha abandonado —dijo él con desesperación.
Fede y Nan empezaron a hablar a la vez, mientras que las mujeres se limitaron a intercambiar miradas en silencio.
—Eso no tiene sentido —dijo Nan—. No después del tiempo que dedicó a…
Mica le dio un codazo para hacerle callar. Nan la miró perplejo, pero obedeció.
—¿Y por qué te ha dejado, Pedro? —Flor se puso en pie y apoyó las manos en las caderas.
La voz era exageradamente dulce y le recordó a Pedro por qué los hombres temían a las mujeres.
—Flor, a lo mejor a Pedro no le apetece contarnos esas intimidades —sugirió Fede.
—Está aquí, ¿no? —Mica enarcó una ceja—. Quiere nuestra ayuda. Tenemos derecho a saber si se la merece o no.
—Si quieres la verdad, no, no me la merezco, pero de todos modos se las pido.
—¿Por qué? —preguntó Flor.
—Porque la amo —Pedro contempló a ambas mujeres—, y cometí un terrible error.
—¿Entonces llamaste a ese estúpido laboratorio para descubrir el error? —dijo Mica furiosa.
Nan y Fede se volvieron hacia Mica y Flor. La primera se sonrojó y miró a su cuñada con un gesto de disculpa, pero Flor se limitó a encogerse de hombros.
—No he llamado al laboratorio. No me importan los malditos resultados.
La amo, y a nuestra hija. Me importa un bledo quién sea el padre biológico. Es mi hija, y no tengo intención de renunciar a ella o a Pau.
—¿Por qué tengo la impresión de que tú y yo somos los únicos que no tenemos la menor idea de qué demonios está pasando aquí? —dijo Fede a Nan.
—Pero apuesto a que nuestras encantadoras esposas podrían ilustrarnos —dijo Nan.
Las dos cuñadas se cruzaron de brazos y apretaron los labios.
Con la desesperación reflejada en el rostro, Pedro se acercó a las dos.
—Por favor, si saben dónde está, diganmelo. Tengo que solucionar las cosas. La amo.
Mica suspiró y miró con insistencia a Flor.
—Puede que la haya ayudado a conseguir una casa en Cordoba—cedió Flor al fin.
—Pero ¿no es allí donde…? —Nan enmudeció ante la nueva mirada asesina de Mica.
- ¿Dónde en Argentina? —insistió Pedro, ignorando el cruce de miradas entre la pareja.
—Si vas allí y la disgustas otra vez, me aseguraré personalmente de que todos los miembros del servicio de seguridad de Fede caigan sobre ti —lo amenazó Flor.
—Dímelo, Flor. Necesito verla. Necesito asegurarme de que tanto ella como el bebé están bien.
—Ayer, cuando hablé con ella, sonaba bien —dijo Mica como si tal cosa fuera normal.
—Parece que Flor y tú han estado muy ocupadas —dijo Nan.
—Si dejáramos las cosas a los hombres, el mundo sería un desastre —Mica rió con ironía.
—Creo que nos acaban de insultar —dijo Fede secamente.
—Ésta es su dirección —Flor le entregó un trozo de papel—. Confió en ti, Pedro. No la fastidies.
—Gracias —Pedro la abrazó y la besó en la mejilla—. La traeré de visita en cuanto pueda.
Pau acarició la cabeza de Gabirel mientras lo contemplaba dormir plácidamente. Lo arropó y salió de puntillas del dormitorio.
De vuelta a la cocina, se preparó una taza de café descafeinado y la bebió a pequeños sorbos.
Su llegada a Cordoba no podría haberse producido en mejor momento. Gabriel acababa de ser devuelto de su última casa de acogida y esperaba, junto a varios cientos de niños, otro emplazamiento.
Le había llevado varios días completar el papeleo, el estudio psicosocial y las investigaciones sobre sus antecedentes, pero, al fin, Gabriel era suyo.
Al principio, el niño se había mostrado silencioso y retraído. Sin duda pensaría que ese nuevo hogar sería tan temporal como los anteriores.
Y ella no había intentado convencerle de nada. El muchacho necesitaba tiempo para aprender a confiar en ella.
Lo importante era que tenía un hogar. Gracias a la generosidad de Flor, ambos tenían un hogar.
Tras echarle un último vistazo a Gabriel, se fue al salón y se sentó. Las noches eran complicadas.
Demasiado silencio. Echaba de menos a Pedro y la amistad que habían desarrollado.
Casi se había quedado dormida cuando sonó el timbre de la puerta. Pau se levantó enseguida para no despertar a Gabriel y miró a través de la mirilla.
Nadie la conocía allí. Y no era propio de los servicios sociales hacer una visita a esas horas de la noche.
Lo que vio al otro lado de la puerta le dejó helada.
Pedro. Ante su puerta, con expresión preocupada y aspecto descuidado.
Con dedos temblorosos descorrió el cerrojo y abrió un poco la puerta.
—Pau, gracias a Dios —exclamó Pedro—. Por favor, ¿puedo pasar?
La joven se aferró al picaporte. Ira, dolor, tanto dolor, surgió en su interior. ¿Qué más podría decirle ese hombre que no le hubiese dicho ya?
—No te preguntaré cómo me encontraste —ella abrió la puerta lo justo para poder verlo y para que él pudiera verla a ella—. Eso no importa.
Él alzó una mano suplicante e intentó interrumpirle, pero ella se lo impidió.
—No. Ya has dicho suficiente. Te permití decirme todas esas cosas, pero ya no toleraré ni una palabra más. Esta es mi casa. Aquí no tienes ningún derecho. Quiero que te marches.
Algo sospechosamente parecido al pánico apareció en los ojos de Pedro.
—Pau, sé que no me merezco ni un segundo de tu vida. Dije e hice cosas imperdonables. No te culparía si no volvieras a dirigirme la palabra nunca más. Pero, por favor, te lo suplico. Déjame entrar. Deja que te explique. Déjame arreglar las cosas.
La desesperación en su voz la alarmó. La ira luchaba contra la indecisión y el deseo de dejarle pasar.
Él la miraba con expresión torturada y, al fin, se hizo a un lado y abrió la puerta.
Pedro entró de inmediato, la tomó en sus brazos y enterró el rostro entre los rubios cabellos.
—Lo siento. Lo siento mucho, princesa.
La besó en la sien, en la mejilla y luego, torpemente, encontró sus carnosos labios. Y la besó con tal emoción que la dejó perpleja.
—Por favor, perdóname —susurró Pedro—. Te amo. Quiero que vuelvas a casa, con nuestro bebé.
—¿Ahora crees que es tuya? —ella se apartó de él y se sujetó a sus fuertes brazos para no caer.
—No me importa quién sea el padre biológico. Ella es mía. Y tú también. Somos una familia.
Seré un buen padre. Lo juro. Por favor, dime que me darás otra oportunidad. No volveré a darte ningún motivo para abandonarme.
Pedro le sujetó las manos entre las suyas con tal fuerza que los dedos se le pusieron blancos.
—Te amo, Pau. Me equivoqué. Por completo. No me merezco otra oportunidad, pero te pido, no, te suplico, otra oportunidad porque no hay nada que desee más en el mundo que volver a casa contigo y con nuestra hija.
Ella lo escuchaba boquiabierta, intentando procesar la información. La amaba. Aún no estaba convencido de ser el padre. Pero tampoco le importaba no serlo.
En su garganta se formó un nudo. Qué difícil debía de haberle resultado aparecer ante su puerta, convencido de que la niña no era suya, pero deseándolas, aceptándolas, de todos modos.
Debería estar enfadada. Pero, los resultados habían confirmado los peores temores de Pedro y, aun así, no le importaba.
Se había humillado ante ella, se había mostrado tan vulnerable como podía mostrarse un hombre. No tenía más que contemplar la sinceridad que emanaba de la negra mirada.
La amaba.
—¿Me amas? —necesitaba oírlo otra vez. Lo deseaba desesperadamente.
—Te amo, princesa.
—Me llamaste así la primera vez que hicimos el amor.
—Ya entonces eras mía —él asintió—. Creo que me enamoré de ti esa misma noche.
—¡Pedro! —ella se lanzó en sus brazos con los ojos inundados de lágrimas—. Te amo.
Él tembló de emoción contra su cuerpo y deslizó las manos hasta la barriga. Cuando habló, lo hizo con la voz entrecortada.
—¿Cómo está nuestra hija?
—Es tuya, Alfonso —Pau cerró los ojos—. Te lo juro. No me he acostado con ningún otro hombre. Sólo contigo.
Por favor, dime que me crees. Sé lo que dicen los resultados, pero se equivocan.
—Te creo, princesa —él la miró a los ojos y tragó saliva con dificultad.
Ella volvió a cerrar los ojos y se abrazó a él con fuerza.
—Siento haberte hecho daño, Pau. No volveré a hacerlo. Te doy mi palabra.
—Hay algo que debo contarle —dijo ella con calma.
Él se tensó y, lentamente, se apartó de su mujer mientras la miraba con incertidumbre.
—Será mejor que te sientes.
—Cuéntame lo que sea. No hay nada que no pueda solucionarse.
—Espero que no te enfades al saber lo que he hecho —ella sonrió.
—Lo solucionaremos. Lo que sea. Juntos
—Vine a Cordoba en busca de Gabriel—ella le tomó las manos entre las suyas.
—¿Por qué? —Pedro se quedó de piedra.
—Pensé que necesitabas cerrar esa puerta. Pensé que, si le veías feliz y contento, podrías conservar ese recuerdo y no el del bebé que chillaba y lloraba cuando su madre se lo llevó.
—¿Y lo encontraste? —preguntó él, su voz delatando la ansiedad que sentía.
—Sí —contestó ella con dulzura—. Lo encontré. Julieta lo abandonó hace dos años.
—¡Cómo! —la ira estalló como un volcán y Pedro se levantó del sofá de un salto—. ¿Por qué no lo envió conmigo? Sabía que yo lo amaba. Sabía que lo acogería.
—No lo sé, Pedro —Pau sacudió la cabeza con tristeza—. Fue incluido en el programa de acogida.
—Hay que solucionarlo. No permitiré que siga así. No le sucederá lo que a ti, princesa.
—¿Cómo has sabido lo mío? —ella le acarició un brazo.
—Alex me lo contó. Fui a buscarte. Dios, me arrepiento tanto de cómo te traté.
—Pedro, Gabriel está aquí —dijo ella con dulzura.
—¿Aquí? —preguntó él estupefacto.
—Duerme en su cuarto —ella asintió—. Verás, no podía permitir que permaneciera en acogida.
Busqué a Gabriel antes de abandonarte. Por eso entré en tu despacho aquel día. Iba a contarte que lo había encontrado.
Pensé que podríamos volar los dos juntos a Cordoba a buscarlo.
—Y yo te eché de mi lado —Pedro cerró los ojos—. Y tú viniste sola para hacerte cargo de él.
—Está aquí, y necesita una madre y un padre.
—¿Lo harías? ¿Acogerías a un hijo que no es tuyo? —preguntó él.
—¿No es eso lo que piensas hacer tú? ¿No es eso lo que pensabas hacer cuando creías que nuestra hija no era tuya?
—Te amo, princesa—él la abrazó con fuerza—. No me vuelvas a dejar. Aunque me lo merezca.
—No lo haré —ella rió tímidamente—. Otra vez me quedaré y lucharé, como debía haber hecho. No te desharás tan fácilmente de mí.
—Me alegro —gruñó él—. Y ahora, vamos a ver a nuestro hijo.
Holaa ayer no tenia internet :( pero lo bueno se hace esperar, disfrutenlo y comenten, mañana les subo el epilogo :)
awww que lindo!!!!
ResponderEliminarQué hermoso!!!!!!!!!!!! Lástima que ya termina esta historia
ResponderEliminarbellooo me encanto!!
ResponderEliminarayyy que lindo,me encanto!!!
ResponderEliminarBellisimo cap!!! Me encantooo..quiero ya el reencuentro de pp y gabriel !!
ResponderEliminarque lindo cap
ResponderEliminartoda la familia unida