viernes, 25 de octubre de 2013

Capítulo 2 - Lazos de Amor

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La última persona que salió cerró la puerta. Pau escuchó el clic y sintió como entre ellos se hacía el silencio. El se fue y volvió escasos segundos después para sentarse a su lado y poner en sus manos un vaso presionándolo contra sus labios y obligándola a beber.

-Bebe -ordenó.

El olor inconfundible del brandy invadió sus sentidos y casi la hizo marearse. Sacudió la cabeza y el pelo dorado, liso y largo se agitó en su espalda, entre ambos hombros. Pero él ignoró el gesto.

-Bebe -repitió-. Estás tan pálida que asustas. Bebe o te obligaré yo a beber.

No era una amenaza en vano. Eso quedó bien claro cuando su mano se elevó, larga y fuerte, agarrándola del mentón para forzarla a abrir la boca.
Bebió y luego carraspeó al notar cómo el líquido bajaba por su garganta como el fuego y sus pulmones conseguían por fin respirar frenéticos como si llevaran tiempo intentando hacerlo sin éxito.

-Eso está mejor -murmuró él creyendo que había sido el brandy lo que le había hecho dar la bocanada de aire cuando lo cierto era que había sido su contacto el causante, un contacto que parecía cargado de electricidad y que obligaba a cada milímetro de su cuerpo a reconocerlo-. Bebe un poco más.

Ella bebió aunque sólo para ocultar el horror que sentía. Por él. Por ese hombre. Por el amargo hecho de que aún respondiera tan violentamente al contacto físico de un hombre que le había causado tanto dolor, tanta desilusión y tanta infelicidad.

La obligó a beber varios tragos de brandy y por fin decidió que era suficiente. Sus dedos la soltaron y retiró el vaso. El licor había conseguido colorear ligeramente sus mejillas mientras que aquel contacto había puesto una nota de condena amarga en su mirada de ojos.

-¿Has sido tú? -exigió saber ella pronunciando la frase sin apenas vocalizar.

Sin embargo él la oyó y la entendió. La forma en que se endurecieron sus ojos lo dejaba bien claro. Siguió observándola y escrutándola con frialdad y calma. Lo estaba negando con los ojos. Su expresión de dureza y ofensa exigía saber cómo se atrevía a pensar una cosa así.

-Te odio -añadió ella-. Desprecio la tierra que pisas. Si le ocurre algo a mi hija, ten cuidado, Pedro. Porque estoy dispuesta a atravesar con un cuchillo ese trozo de piedra que tienes en el pecho al que llamas corazón.

El siguió sin responder. Ni siquiera reaccionó, lo cual era toda una novedad porque con su exagerado sentido de la ofensa personal no se tomaba nunca a broma las amenazas. Y ella había hablado en serio.

-Cuéntame lo que ha ocurrido -dijo al fin con calma.

Pau recordó de pronto el momento en que la niñera había entrado gritando: «Han secuestrado a Male. Estábamos jugando en el parque cuando de repente han venido unos hombres corriendo y se la han llevado». Aquel recuerdo la hacía estremecerse de angustia.

-¡Sabes muy bien lo que ha pasado, eres un monstruo! -respondió con los ojos encendidos de furia, odio y amargura-. Ella es el recuerdo vivo de tu humillación así que decidiste quitarla de en medio, ¿no es eso?, ¿eh?

Por el contrario los ojos de él permanecieron en calma, sin reaccionar. Se echó hacia atrás en el asiento, cruzó una pierna sobre la rodilla enseñando el tobillo y estiró el brazo por el respaldo del sofá estudiándola cuidadosamente.

-Yo no he secuestrado a tu hija -afirmó.

De inmediato Pau se dio cuenta de que no había dicho mi hija, ni siquiera nuestra hija.

-Sí, la has secuestrado tú -respondió con plena seguridad-. Según todos los indicios, ha sido una persona de tu calaña. Tu segundo nombre es venganza. O debería serlo. Lo unico que no comprendo es por qué no me han raptado a mí también.

-Piénsalo -sugirió él-. Quizá con un poco de suerte puede que llegues a una conclusión inteligente.

Pau se dio la vuelta. Odiaba mirarlo. Odiaba el cruel aspecto de indiferencia de su rostro arrogante. Estaban hablando nada menos que de la vida de su hija, y él estaba ahí, como si no ocurriera nada.

-¡Dios, me pones enferma! -respiró apartándose de él y dirigiéndose hacia la ventana con los brazos cruzados sobre el tenso cuerpo. Fuera, había instalado todo un muro de seguridad acordonando la propiedad: hombres con teléfonos móviles, perros. De pronto Pau rió al verlo. Así que has decidido montar todo un circo. ¿De verdad crees que vas a engañar a alguien con eso?

-A ti no, evidentemente -se burló él entendiendo perfectamente sus palabras-. Sólo los he puesto ahí para contener a la prensa. Esa estúpida niñera estaba entrenada para actuar con diplomacia, pero en lugar de eso se puso a gritar para que todo el mundo en Argentina se enterara -suspiró mostrando cierto enfado por primera vez-. Ahora ya todo el mundo sabe lo que ha ocurrido. Va a ser imposible recuperarla sin montar un escándalo.

-¡Oh, Dios! ¿Por qué, Pedro? -lloró desesperada-. ¡Sólo tiene dos años! No podía ser ninguna amenaza para ti. ¿Por qué te has llevado a mi niña?

No lo vio moverse, pero sin embargo en un instante estuvo a su lado, junto a la ventana, y sus dedos volvían a producirle esa descarga  eléctrica al tomarla de la barbilla para girar su cara.

-No voy a volver a repetir esto, así que escúchame bien. Yo no he raptado a tu niña.
-Alguien lo hizo -contestó con los ojos llenos de lágrimas-. ¿A quién conoces que pueda odiarla más que tú?.
Él suspiró sin contestar. No podía negar la verdad de su acusación.
-Ven y siéntate antes de que te caigas al suelo redonda -sugirió-. Vamos a...
-¡No quiero sentarme! ¡Y no quiero que me toques! -se soltó con violencia. Los labios de Pedro se endurecieron. Era un síntoma de que comenzaba a molestarle su falta de amabilidad-. ¿Quién, Pedro? -repitió con dureza-. ¿Quién más podría querer quitarme a mi niña?
-No a ti, sino a mí -contestó él con calma dándose la vuelta-. Han querido quitármela a mí.
-¿A ti? -preguntó incrédula-. ¿Y por qué iban a querer hacerte eso? ¡Tú no quieres a la niña!
-Pero la gente no lo sabe.

Pau se quedó helada al darse cuenta.
-¿Quieres decir...?
Tragó sin poder terminar la frase. Había confiado en que él hubiera sido el responsable. Estaba tan segura que la sola idea de que no fuera así, de que hubiera otra alternativa simplemente la desarmaba. De pronto un miedo nuevo le atenazó el pecho.
-Soy un hombre poderoso y el poder trae enemigos...
-Pero... ¡No! -sacudió la cabeza negando tal posibilidad-. ¡No! Éste es un asunto de familia, lo sé. He hablado con ellos...
-¿Que tú has hablado con ellos? -se volvió para mirarla con los ojos de depredador.
-Por teléfono -asintió sintiéndose enferma al recordar la conversación.
-¿Cuándo?

Su voz se había endurecido. No parecía gustarle el que ella pudiera darle una información de la que no tuviera noticia. Ofendía su sentido de la omnipotencia.

-Una hora después de que la raptaran, más o menos. ¡Dijeron que tú sabrías qué hacer! -añadió desesperada mirándolo-. ¡Si lo sabes, hazlo, Pedro! ¡Por el amor de Dios, hazlo!

Él murmuró algo molesto y la agarró del brazo empujándola para que volviera a sentarse en el sofá sin obtener protesta alguna en esa ocasión.

-Ahora escúchame -dijo sentándose a su lado-. Necesito saber qué dijeron exactamente, Pau. Y necesito saber cómo lo dijeron. ¿Comprendes?
¿Comprender? Por supuesto que comprendía, se dijo Pau
-¡Lo que tú quieres es saber si eran Uruguayos! Pues bien, sí lo eran -lo acusó-. Reconocí perfectamente el acento. Era el mismo tono con el que tratan a todos los que no son como ustedes.
-¿Hombre o mujer? -preguntó él sin hacer caso a sus comentarios.
-Hombre.
-¿Joven o mayor? ¿Podrías decirlo?
-La voz estaba amortiguada, creo... creo que tenía algo puesto delante del auricular -contestó poniéndose una mano delante de la temblorosa boca.
Él alcanzó su mano y la retiró con dureza para exigir su atención.
.-¿Y qué dijo? -insistió ignorando su ruego-. ¿Qué dijo exactamente, Pau?

Ella comenzó a temblar violentamente. Cerró los ojos. No quería recordar aquella conversación telefónica que había confirmado sus peores miedos.
-Tenemos a tu niña -repitió palabra por palabra. Sus dedos, helados, comenzaron a temblar de tal modo que él los estrechó en sus manos-. Por el momento está a salvo. Busca a Alfonso. Él sabrá qué hacer. Nos pondremos en contacto de nuevo contigo a las siete y media... ¿Qué hora es? -preguntó confusa mirando a su alrededor.
-Shsh. Aún no son las seis -murmuró él intentando calmarla-. Concéntrate, Pau. ¿Dijeron algo más? ¿Oíste algo? ¿Voces, algún ruido de fondo, algo...?
-No, nada -se soltó las manos para taparse la cara. Ni siquiera el llanto de su propia hija-. ¡OH, Dios! ¡Mi niña! ¡Mi pobre niña... la quiero aquí conmigo! -se dio la vuelta confusa y atormentada-. Conmigo, en mis brazos... -añadió cruzando los brazos contra su pecho como si su hija ya estuviera con ella-. ¡OH, Dios, Pedro, haz algo! ¡Haz algo!
-Está bien, está bien, lo haré. Pero quiero saber por qué diablos nadie me había informado de esa conversación telefonica. ¿La grabaste? La policía tiene intervenida esta línea telefonica. Tiene que estar grabada.
-¿Es que tienes miedo de que alguien pueda reconocer la voz? -preguntó ella alarmada al verlo ponerse en pie-. ¿Adónde vas?
-Voy a hacer algo al respecto -contestó él mirándola con expresión de indiferencia-. Tal y como tú me has pedido. Mientras tanto te sugiero que te retires a tu habitación y trates de dormir. Te mantendré informada de lo que ocurra.
-Quieres decir que lo deje todo en tus manos.
-Después de todo es para eso para lo que he venido -asintió él frío.
Sí, se dijo Pau. Ésa era la unica razón por la que había vuelto
-¿Dónde estabas?
-En Chile.
-¿En Chile? Pero si sólo hace seis horas que la...
-... ¿Todavía sospechas que he sido yo quien la ha raptado?
-Los dos sabemos que eres perfectamente capaz de hacerlo -contestó ella con el mentón bien alto y los ojos fríos como los de él.
-¿Y por qué iba a querer hacerlo? Ella no significa ninguna amenaza para mí.
-¿No? Hasta que Pedro Alfonso no consiga librarse de su esposa para casarse con otra Male es la unica heredera legítima. Haya sido él suficientemente viril o no para concebirla.

Aquella provocación había ido demasiado lejos y ella lo sabía. De pronto, él se inclinó sobre ella con los dientes apretados. El miedo no la dejó ser enteramente consciente de la fragancia de su aftershave.

-Ten cuidado, esposa, con lo que me dices.
-Y ten cuidado tú. Procura traerme a mi hija sana y de una pieza, o si no atente a las consecuencias. Voy a arrastrar el apellido Alfonso por todos los periódicos del mundo.
Sus ojos se encendieron de nuevo como alumbrados por un relámpago.
-¿Y qué les vas a contar? ¿Qué horrible crimen crees que puedes culparme? ¿Es que no te he dado a ti y a tu hija todo lo que podrian desear? Mi casa, mi dinero... ¡hasta mi nombre!
-¿Y por el bien de quién lo has hecho? -preguntó ella pensando que todo eso era legítimamente suyo-. Sólo por el tuyo, Pedro. Por orgullo. ¡Por tu maldito orgullo!
-¿Qué orgullo? -preguntó él de pronto poniéndose en pie-. Destrozaste mi orgullo cuando te llevaste a otro hombre a tu cama -por un momento Pau sintió cierta simpatía y pena por el hombre que había vivido tres años creyendo aquella mentira.

Tenía razón: aunque lo que dijera no fuera cierto el solo hecho de que lo creyera tenía que haber acabado con su orgullo-. ¡Ah! No quiero discutir ese tema. Me molesta. Me molesta incluso tener que hablar contigo -añadió dándose la vuelta y dirigiéndose a grandes pasos hacia la puerta.

-Pedro! -lo llamó Pau esforzándose por ponerse en pie y detenerlo. Él se paró con la mano en el picaporte de la puerta pero sin darse la vuelta. Las lágrimas invadían las profundidades de sus ojos, esas profundidades en las que guardaba el amor que un día había sentido por él-. Pedro, por favor... Pienses lo que pienses de mí tienes que comprender que Male no ha cometido crimen alguno.

-Lo sé -contestó él sereno.
-Entonces por favor, devuélvemela.

Aquella súplica le puso tenso. Se dio la vuelta para mirarla. Estaba de pie, con su largo pelo sujeto con una cinta, retirado del rostro. Sus ojos, antes duros, fríos y enfadados, no podían evitar observar su figura pequeña y esbelta. No era alta, y la ropa acentuaba su delgadez.

Era una criatura delicada, siempre lo había pensado. Siempre había tenido la sensación de que el más mínimo soplo de viento iba a hacerla salir volando, de que la más mínima palabra agria iba a hacerla desesperar. Y sin embargo... Sus ojos se endurecieron aún más, si es que ello era posible.

-Han secuestrado a la niña porque lleva mi apellido -afirmó con calma-. Por esa razón haré todo lo que esté en mi mano para devolvértela.

La puerta se cerró dejando a Pau mirándola enfadada. Se refería a Male llamándola «la niña», pensó con amargura, como si fuera una muñeca sin alma, un simple objeto inanimado al que hubieran robado. Y sólo aceptaba que era su obligación recuperarla porque se daba cuenta de que en parte era responsable de que la hubieran raptado.

Qué amabilidad, pensó mientras buscaba una silla donde apoyarse antes de caer, cuánta magnanimidad. ¿Cuál habría sido su reacción si hubiera creído que Male era hija suya?, Se preguntó. ¿No habría sido entonces él el que habría necesitado un brandy, no habría sido a él al que todos habrían intentado hacer tragar las pastillas para dormir, al que todos habrían intentado calmar al ver que no podía soportar el horror de ver a su hija secuestrada por un monstruo?

 Un monstruo dispuesto a lo que hiciera falta con tal de conseguir lo que se proponía.
Intentó interrumpir sus pensamientos tapándose la cara con las manos. No podía seguir soportándolo. Su hija estaba en manos de un loco. Estaría asustada, atemorizada, sin saber qué iba a ocurrirle. Querría a su mamá, no comprendería por qué su mamá no estaba allí con ella cuando siempre había acudido a su llamada. ¿Qué clase de monstruo insensible podía ser capaz de alejar a una niña pequeña de su madre? ¿Qué podía causar que alguien llegara a ser tan malvado, tan cruel, tan...?

De pronto recordó algo y retiró las manos de la cara. Sólo conocía a una persona que fuera capaz de hacer algo así. Horacio Alfonso. De tal palo tal astilla. Peor aún, mucho peor el padre que el hijo. Pedro nunca llegaría a aprender a ser tan mala persona como su propio padre.

Y además la odiaba. La odiaba por haberse atrevido a pensar que podía ser una esposa lo suficientemente buena para su hijo. Había jurado vengarse de ella por haberle robado a su hijo, al que hubiera preferido ver casado con una uruguaya en un matrimonio previamente convenido. Si Pedro se creía a sí mismo omnipotente, Horacio Alfonso lo creía aún más de sí mismo.

Pero Horacio ya se había cobrado su venganza, pensó confusa. ¿Por qué iba a querer...?, Comenzó Pau a preguntarse a sí misma.
-¡No! -exclamó en voz alta de pronto poniéndose en pie.
Temblaba, pero no de debilidad sino de miedo. Sentía un inmenso miedo que le impedía casi incluso seguir en pie. No obstante atravesó el salón y salió de la habitación.

Hola hola volvi, disfruten del capitulo y que tengan una linda noche, nos leemos :)





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