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El hecho de que Pau se escondiera en su habitación no le convertía en una cobarde. Simplemente era reservada y cautelosa. En la planta inferior, Pedro saludaba a su familia, llegada para la boda. Ella seguía sin comprender por qué. No era una ocasión festiva para celebrar la unión de dos almas gemelas y toda esa almibarada parafernalia de las bodas.
Lo único que sabía de los Alfonso era que Pedro tenía dos hermanos mayores, que ambos se habían casado recientemente, y que al menos un bebé se había incorporado al clan.
Por lo que Pedro le había contado, sus hermanos estaban vomitivamente enamorados.
Cerró los ojos y tuvo que admitir que se moría de envidia, y que odiaba la idea de conocer a esa gente tan asquerosamente feliz.
Sin duda Pedro les había contado que la boda se debía a un revolcón y un condón defectuoso.
Se miró en el espejo e intentó borrar la expresión sombría de su rostro. El vestido elegido para la ocasión era uno recto de color blanco con tirantes. La tela se fruncía delicadamente a la altura del pecho y se amoldaba a su cuerpo antes de ajustarse sobre la tripa y colgar suelto después.
Había dudado entre recogerse el pelo o dejarlo suelto. A Pedro parecía haberle encantado el peinado que había llevado la noche que se conocieron y, en un impulso de vanidad, se lo cepilló hasta hacerlo brillar y lo dejó caer suelto sobre los hombros.
Por último, perdió el tiempo, como la cobarde que era, consciente de que la esperaban.
No supo cuánto tiempo llevaba en su habitación cuando una cálida mano se posó sobre su hombro desnudo, pero no se dio la vuelta. No le hacía falta. Sabía que era Pedro.
De repente, algo frío se deslizó por su cuello y ella se volvió.
—No te muevas —dijo él mientras cerraba la gargantilla—. Es mi regalo de bodas. Hay unos pendientes a juego, pero no me acordaba de si tenías los lóbulos perforados.
—Pedro, esto es demasiado —ella se volvió hacia el espejo y soltó una exclamación de sorpresa al ver el exquisito collar de diamantes.
—Mis cuñadas me han asegurado que nada es demasiado para una esposa —él sonrió.
—Parecen unas mujeres muy sabias —ella le devolvió la sonrisa.
—¿A que no ha sido tan difícil?
—¿Qué? —ella frunció el ceño.
—Sonreír.
Pau lo miró con expresión culpable mientras aceptaba la cajita que contenía unos impresionantes pendientes de diamantes.
—¿Tienes los lóbulos perforados?
—Casi nunca llevo pendientes —ella asintió—, pero están perforados.
—Entonces espero que hoy lleves éstos.
Ella se los puso sin dilación y se volvió hacia él. Pedro la miraba fijamente.
—Hablando de mis cuñadas. Están ansiosas por conocerte.
—¿Y tus hermanos no? —preguntó ella.
—Ellos se muestran un poco más comedidos en su recibimiento. Se preocupan por mí. Me temo que es tradición familiar intentar arruinar la boda de los demás —dijo secamente.
—Bueno, al menos eres sincero —ella no sabía si reír o sentirse abatida. Al final ganó la risa—. Y te estoy agradecida. Evitará que haga el ridículo en su presencia.
—No tienes nada que ocultar —él se encogió de hombros—. Vas a convertirte en mi esposa y eso te da derecho a un merecido respeto. De todos modos, Fede es el blando de la familia. Le tendrás comiendo de la palma de tu mano en pocos minutos.
Ella no se imaginaba a nadie emparentado con Pedro siendo «blando».
—¿Estás lista? —preguntó él mientras le daba un tranquilizador apretón en el hombro—. Tenemos el tiempo justo para presentarte a mi familia antes de que llegue el pastor para la ceremonia.
Ella respiró hondo y asintió.
Pedro le tomó firmemente la mano y la condujo a la planta inferior de donde surgía el murmullo de las voces de los invitados.
El estómago se le llenó de mariposas y el bebé dio una patada, quizás una protesta por la intranquilidad de su madre.
Al entrar en el salón. Pau se sintió algo abrumada. Los dos hombres eran, claramente, hermanos de Pedro. Se parecían mucho. Ambos eran altos y de cabellos cobrizos, pero tenían los ojos más claros que Pedro, de un tono ligeramente azulado.
Las dos mujeres no podían ser más diferentes entre ellas. Pero antes de poder continuar su silenciosa inspección, los invitados levantaron la vista y la vieron.
Los hermanos la miraron con reserva, mientras que las mujeres sonrieron acogedoras.
—Ven. Te presentaré —murmuró Pedro mientras se acercaban al grupo—. Pau, éste es mi hermano mayor, Hernan, y su esposa, Florencia. Su hijo, Gabriel, se ha quedado con la niñera.
—Encantada de conoceros —Pau les ofreció una sonrisa temblorosa.
—Y nosotros nos alegramos de conocerte a ti —Flor sonrió y sus ojos azules brillaron amistosos—. Bienvenida a la familia. Espero que seas feliz. ¿Cuándo te toca?
—Estoy de poco más de cinco meses —contestó Pau con una sonrisa.
—Hola, Pau —dijo Nan con voz profunda.
—Y éste es mi hermano, Fede —Pedro se volvió hacia la otra pareja—, y su esposa, Micaela.
—Nos sentimos muy felices de conocerte —sonrió Mica-. ¿Verdad, Fede?
—Por supuesto, Mica —dijo el aludido en tono burlón. Daba la sensación de que toda intención de mantenerse serio se esfumara al mirar a su esposa—. Bienvenida a nuestra familia. No estoy muy seguro de si debo felicitarle o darte el pésame por casarte con mi hermano.
—Si ya has terminado de insultarme —Pedro soltó un bufido—, quisiera ofreceros una copa para celebrar la ocasión. El pastor debe de estar a punto de llegar.
Pedro fue en busca de una botella helada de champán y los demás contemplaron a Pau con curiosidad. Tras servir una copa a todos, le entregó a su futura esposa un vaso de agua mineral y ella se sintió conmovida ante la consideración mostrada, sonriéndole a modo de agradecimiento.
—Nuestros mejores deseos para un… matrimonio largo y feliz —dijo Nan tras aclararse la garganta y mientras Flor le tomaba del brazo.
Todos alzaron sus copas y, por un instante, Pau deseó que pudiera ser verdad y que aquélla se convirtiera en su familia, y que Pedro y ella estuvieran enamorados y esperando su primer hijo con la alegría de una pareja felizmente casada.
Las lágrimas asomaron a sus ojos mientras se despedía del sueño y abrazaba la realidad.
—¿Qué sucede princesa? —le susurró Pedro al oído—. ¿Qué te pasa?
—Estoy bien —dijo ella mientras fingía una brillante sonrisa.
El timbre de la puerta sonó y ella dio un respingo.
—Será el pastor que viene para casarnos —él le acarició un brazo con la mano—. Voy a abrirle.
—Contigo y con Flor, Fede se va a armar un lío —dijo Mica.
—¿Y eso por qué? —preguntó Fede.
—Todos estos bebés y mujeres embarazadas —dijo ella—. Espero que al fin Fede capte la indirecta e intente dejarme embarazada también uno de estos días.
Pau rió, encantada con el sentido del humor de Mica y lo relajada que se mostraba con todos. Resultaba obvio que su posición en la familia no le preocupaba. Y nadie parecía molestarse lo más mínimo por sus manifestaciones.
Flor intentó reprimir una carcajada mientras Nan gruñía
—De eso nada, Mica. Tenemos que practicar mucho antes de que te deje embarazada.
—¿Lo ves, Pau? Los Alfonso no son tan difíciles de domar —dijo alegremente Mica—. Flor ha conseguido que Nan se ponga en una admirable forma física, y yo he conseguido que Fede piense como yo. Seguro que tú tendrás el mismo éxito con Pedro.
—Fede sujeta a tu mujer —dijo Nan con dulzura—. Está sembrando la rebelión entre las filas femeninas.
Flor le dio un codazo, pero su mirada reflejaba diversión y amor.
Pau volvió con un hombre mayor. El pastor sonrió y avanzó hacia Pau con las manos extendidas.
—Tú debes de ser la novia. Eres encantadora. ¿Preparada para empezar con la ceremonia?
Ella tragó con dificultad y asintió. Le temblaban las piernas.
El pastor saludó a los demás y, tras unos momentos de conversación, Pedro le hizo un gesto para que comenzara.
Al menos para Pau, aquello resultaba de lo más extraño. El resto se comportaba como si acudiera a diario a esa clase de ceremonias. Pedro y ella se colocaron frente al pastor, flanqueado cada uno por una pareja.
Un nudo se le formó en la garganta al oír a Pedro prometerle amor y honra el resto de sus días, hasta que la muerte los separara. De repente fue consciente de que deseaba que él la amara. ¿Por qué? ¿Significaba eso que ella lo amaba a él? No, no era así. No podía. No sabía amar a nadie, más de lo que sabía ser amada. Pero eso no le impidió sentir un anhelo en su interior.
Concluida la ceremonia, Pedro la besó furtivamente en los labios y se hizo a un lado para recibir las felicitaciones, no demasiado efusivas, de sus hermanos.
Nan insistió en invitarles a todos a comer, y una limusina condujo a las tres parejas al centro de la ciudad, a un lujoso restaurante famoso por su marisco.
Pau tenía hambre, pero la idea de estar casada atemperó ligeramente su apetito. Picoteó del plato una y otra vez hasta llamar la atención de Pedro.
Él le tomó la mano, y la alianza que le había puesto unas horas antes brilló bajo la tenue luz junto al anillo de diamantes de pedida.
—¿Lista para volver a casa? —susurró él—. Puedo deshacerme de ellos en cuanto quieras.
—Es tu familia —protestó ella—. No tengo intención de acortar su visita.
—Eres muy considerada, princesa —él rió—, pero nos vemos a menudo, y si hay un día en que tengo pleno derecho a deshacerme de ellos, ése es sin duda el día de mi boda. Lo comprenderán, no hace mucho que celebraron sus propias noches de boda.
Ella se quedó helada a medida que la verdad se hacía patente. No podía estar pensando en… ¿o sí? Había estado presente cuando el médico había dicho que no había motivo por el cual no pudieran hacer el amor, pero ella había dado por hecho que Pedro había comprendido que el médico pensaba que su relación era normal. ¿Acaso deseaba hacerle el amor? ¿Pretendía consumar el matrimonio?
Pedro le acarició el dorso de la mano mientras se volvía a los demás y les explicaba que Pau y él estaban listos para marcharse.
Se sucedieron abrazos, besos y despedidas. Pedro abrazó a sus cuñadas y fue correspondido por un evidente afecto.
A continuación se marcharon. Pedro había cedido la limusina a los invitados y llamó a un coche para que fuera a recogerles. El trayecto a la casa fue silencioso y, al fin, incapaz de soportar más tiempo la tensión, Pau se volvió hacia su marido y se encontró con la verde mirada fija en ella.
—¿Qué te preocupa?
—¿En serio esperas una noche de bodas? —balbuceó ella.
Unos dientes blancos brillaron en la penumbra del coche. Una sonrisa claramente depredadora.
—Por supuesto. Ahora eres mi esposa. Lo normal tras una boda es una noche de bodas, ¿no?
—Es que… no estaba segura. Quiero decir que esto no es un matrimonio de verdad y no pensé que quisieras tener nada que ver conmigo.
—Al contrario. Mi intención es que sea un matrimonio de lo más real —dijo él con dulzura—. Del mismo modo que pretendo que esta noche, y todas las demás noches, duermas en mi cama.
Buenas Noches gente bella, perdon que me haya ausentado tantos dias pero volvi y aca les dejo su capitulo, disfrutenlo, comenten y nos leemos mañana. Gracias :)
buenísimo el capítulo,me encanto!!! seguí subiendo!!!
ResponderEliminarGenial este cap!!!! Buenísimo!!!
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