_________________________________
Él no contestó, ni siquiera se movió, sólo permaneció tumbado mirando al techo. Pau lo estuvo observando hasta que sus ojos se cerraron y cayó en un profundo sueño.
Una hora más tarde, él seguía aún ahí tumbado, medio dormido, cuando ella de pronto gimió y apartó las sábanas acurrucándose a su lado.
-Pedro -murmuró poniendo después sus labios sobre los de él.
Aquella fue su ruina. Pedro lo sabía y se despreció por ello en el mismo momento en que se rendía. Pero ella tenía un sabor tan dulce que no pudo resistirse. No había nada en el mundo tan exquisitamente dulce como ella...
Era maravilloso. Era como flotar en la rica, suave, caliente y densa nube de la euforia. Su cuerpo se hizo ligero mientras sentía que aún le pesaban los párpados, somnolientos, sumidos en la más dulce de las delicias. Y su carne sonreía. ¿Era posible que la carne sonriera?, Se preguntó Pau. Porque desde luego la suya lo estaba haciendo.
Aquel era su sueño y por lo tanto podía hacer y sentir lo que quisiera. Así que, decidió, sí era posible, su carne estaba sonriendo. Algo caliente y húmedo la acariciaba procurándole un placer infinito.
Intentó respirar despacio, saborear el placer sensual de sentir el oxígeno entrando en sus pulmones. Aquellas bocanadas de aire parecían producir una reacción en cadena en su cuerpo: sus sentidos despertaron, su carne seguía sonriendo, flotaba en una nube.
-Pedro -susurró de nuevo.
Eso era, pensó. Sus sensaciones le recordaban a cuando Pedro, perezosa y lentamente, la besaba y acariciaba desde las puntas de los pies hasta el pelo repartiendo un millón de besos en una ola de sensaciones placenteras que la dejaban perdida e impotente. Le recordaba a cuando era suya y él hacía con ella lo que quería.
-Amor mío -susurró entonces una voz ronca.
Sí, recapacitó Pau para sí misma en silencio. Aquella era la sensación más dulce y agradable del mundo, la del amor. No estaba en la realidad en ese momento, estaba flotando en algún lugar, no sabía dónde, desnuda sintiendo la caricia del sol.
Sentía que sus pechos estaban llenos y le pesaban, que sus pezones se tensaban impacientes porque él aún no los había acariciado. Estaba impaciente por sentir esa sensación en sus pechos, quería sentir una boca alrededor de ellos, succionándolos y besándolos, haciéndolos suyos.
-Pedro -volvió a susurrar sin aliento y llena de necesidad.
-Shsh.
Entonces ella suspiró perezosa, sumisa, permaneciendo en silencio. Y de pronto se despertó y comprendió lo que estaba ocurriendo. Él deslizaba la lengua por la delicada hendidura que quedaba entre sus muslos.
-Oh, Dios-gimió-. Pedro... ¡no!
-Sí -contestó él apareciendo de pronto por encima de ella con el rostro encendido por la pasión y la boca húmeda tras los estragos que le había producido con la lengua. Los dos estaban desnudos. La ropa había desaparecido. El vello de su torso le acariciaba los pechos y uno de sus musculosos muslos se cruzaba entre los suyos-. Tú me deseas, Pau. Tu cuerpo me desea, tu subconsciente me desea. No me digas que no, puedo sentir cómo tiemblas literalmente de necesidad de mí.
-Dijiste que sólo ibas a reconfortarme -le recordó ella.
-Te estoy reconfortando. De la manera más exquisita posible.
-Pero..
-No -la interrumpió él-. Yo también lo necesito. Ambos lo necesitamos.
Luego, sin añadir una palabra más, acalló todas sus protestas con su boca hambrienta. Ella suspiró impotente. Él gimió y luego su lengua se puso a jugar con la de ella de la forma más sensual y sugestiva que Pau pudiera recordar. Sus dedos le acariciaron los hombros, los brazos, los pechos.
-¿Sabes lo dulce que eres? -susurró levantando la cabeza para mirarla en la oscuridad con los ojos de cazador-. El sabor de tu piel me produce una reacción química que me vuelve loco -suspiró como si se despreciara a sí mismo por decirlo-. Soy adicto a ti. Tienes algo que no puedo conseguir de ningún otro modo más que haciéndote el amor.
-¿Es que acaso lo has intentado?
-Por supuesto que lo he intentado -admitió-. ¿Crees que me gusta sentirme así con respecto a ti?
-No -suspiró ella en una ola de oscura tristeza por ese hombre que, con su inmenso orgullo, debía de estar sufriendo lo indecible al descubrir que no podía tumbarse a su lado sin desearla, sin desear a la mujer que lo había traicionado-. Lo siento.
-No hables -ordenó-. Si hablas, me obligas a recordar lo que eres. Y necesito esto... lo necesito -repitió desesperado.
Él volvió a gemir y la besó con desesperación. Sus ojos se llenaron de lágrimas y sus manos comenzaron a acariciarle el pecho en un gesto por consolarlo y aliviarlo de su agonía.
Fue entonces cuando Pau se dio cuenta de cuánto lo amaba aún, de cuánto amaba a ese hombre que la creía a ella vil y sin embargo no podía evitar desearla con desesperación.
Siguieron acariciándose en un silencio cargado de tensión. Él la hizo desearlo, colapso todos sus sentidos antes de lograr la satisfacción él mismo y tomarla.
Cuando finalmente la poseyó, lo hizo con precisión, arrancando gritos de su garganta y de su propio pecho. Luego paró, con los codos apoyados a los lados de ella y los ojos cerrados mostrando por su expresión lo cerca que había estado de llegar al límite.
La llenó. En aquel momento de completa calma Pau se quedó tumbada sintiendo cómo la llenaba, maravillándose con aquella sensación.
-Respira -gritó él-. ¡Maldita sea Pau, respira!
Sólo entonces inspiró aire y se dio cuenta de que había dejado de respirar en el espasmo del éxtasis sexual. Sacó las manos buscando algo sólido en que apoyarse y encontró sus hombros. Él murmuró algo y comenzó a moverse con sacudidas cortas, tensas, con el rostro encendido en una expresión de compulsión sexual que la llevó a ella perderse en el más completo de los olvidos.
Cuando por fin se recobró, Pedro se había marchado. Estaba de pie, poniéndose los pantalones con movimientos coléricos. Cada célula de su cuerpo expresaba el amargo arrepentimiento por lo que había hecho.
-¿Te odias a ti mismo, Pedro?
Él se calmó y torció ligeramente la cabeza para mirarla y responder:
-Sí.
-Fuiste tú el que me sedujo, no al revés -le recordó Pau dolida porque ni siquiera se molestara en negar lo que sentía.
-Lo sé. No te culpo por mi propia...
No terminó la frase. Tenso, siguió abrochándose los botones de la camisa. Pau lo observaba. Luego se sentó para ponerse los zapatos y los calcetines. Por último se puso en pie y la miró sólo un momento, como si no pudiera soportar el verla yacer desnuda con los ojos entornados exhibiendo un cuerpo que acababa de ser poseído.
-¿Estarás bien... si me marcho ahora?
¿Es que estaba desesperado por apartarse de ella una vez que se había destrozado a sí mismo?, Se preguntó Pau.
-¿Te refieres a sí estaré bien sin ti? -se burló sarcástica-. Sí, me las apañaré. Al fin y al cabo estoy acostumbrada a estar siempre sola, desde que tenía trece años.
-No siempre. Una vez me tuviste a mí, pero lo estropeaste.
-¿En serio?
Él ignoró su amargura, igual que ella, que salió de la cama para ir a buscar su bata sin importarle en absoluto el estar desnuda ante él. Pedro se odiaba a sí mismo por desearla, así que le dejaría contemplar su cuerpo para que pudiera seguir odiándose.
-Estaba sola, Pedro, incluso cuando estaba contigo. Tú no me apoyabas en modo alguno, no me concedías ningún derecho. No te atrevas a decirme cómo fue nuestro matrimonio. Si yo osaba objetar algo, tú me hacías cerrar la boca del modo más efectivo que sabías -dijo dando a entender que se refería a besándola-. Si yo insistía, tú me hacías callar con palabras duras.
Encontrabas muy divertido que yo prefiriera estar entre flores, pero nunca se te ocurrió pensar que quizá estuviera en mi derecho, por muy frívolo que te pareciera.
-Nunca te he considerado una frívola.
-Nunca me consideraste de ninguna manera, excepto cuando te interesaba. Entonces yo tenía que estar siempre callada y a tu disposición porque tú al fin y al cabo eras el maestro y yo no era más que la bonita y pequeña muñeca a la que tú habías concedido el honor de otorgar un puesto privilegiado en la vida. Hasta tus sirvientes estaban mejor considerados que yo. ¡Ellos... me miraban por encima del hombro!
-No sé si llorar o aplaudirte -soltó una carcajada incrédulo-. Has hilvanado más palabras juntas de las que jamás te había oído decir de una sola vez.
-¡OH, apláudeme, Pedro! Me merezco el aplauso por haber soportado esa situación durante tanto tiempo.
-Estás comenzando a aburrirme.
-Bueno, ¡vaya novedad! Te cansaste de mí a las pocas semanas de casarnos cuando descubriste que te iba a causar más problemas que satisfacciones. Pero te diré algo, Pedro. Si tú te has aburrido de la tímida mujer con la que te casaste en un momento de locura, te aseguro que yo estoy harta del bello dios al que estoy atada.
Al final ese dios ha resultado ser una de esas aburridas ovejas de la alta sociedad, muy bien cuidadas pero todas iguales. Tienen una piel magnífica y comen de la mejor carne pero lo que ganan en refinamiento lo pierden en cerebro. Siempre hacen todas las mismas cosas y piensan lo mismo. Y balan una y otra vez siempre por lo mismo. Creo que lo llaman selección genética. Yo no sabía que eso podía ocurrir con la especie humana pero...
-¿Has terminado ya? -la interrumpió.
-Sí.
Se sentía sin aliento, ruborizada e increíblemente regocijada. Nunca en sus veinticinco años de vida había hablado así a nadie. Había disfrutado casi tanto como con el sexo.
-En ese caso me llevaré mis abominables genes de tu presencia -contestó él haciendo un gesto insultante.
-No antes de que yo diga una última cosa -volvió ella a la carga aunque él se hubiera dado la vuelta-. Toma nota de qué día es hoy, Pedro, porque yo no he tomado ninguna precaución para lo que acabamos de hacer en la cama ahora mismo. Si estoy embarazada por culpa de esta noche, quiero que no quepa duda alguna esta vez de quién es el padre de mi hijo.
Él alcanzó la puerta y desde allí se dio la vuelta para mirarla con frialdad y responder a ese último comentario.
-¿Una mutación genética? ¡Qué idea tan aterradora!
Había disparado. Con una sola e inteligente frase se las había arreglado para darle la vuelta a todo su discurso. No sabía si gritar o llorar de frustración.
Hola hola volvi? Disfrutenlo que todavia quedan muchas cosas interesantes por leer. Que tengan un lindo dia :)
Que malo es pedro, me da lastima pobre pau. Que male aparezca pronto y que se entere que es la hija asi se arrepiente. Me encanta la nove, subi mass!
ResponderEliminarYa quiero que se descubra que fue el padre de Pepe quien armó todo: lo de Pau y lo de Male. Y que ahí empiece Paula a hacerle a pagar cada una de todas las humillaciones recibidas x favor
ResponderEliminaryo quiero ya que paula se cobre todas las humillaciones que paso!! falta mucho para eso? segui subiendo porfaaaa
ResponderEliminaruhhhhh!!! Que se entere Pedro de lo forro que fue el padre... ahora Paulita se la va a haer remar el dulce de leche colonial jajajajjajajajajaj
ResponderEliminarLa verdad que Pedro es de lo peor!!! Ojalá que cuando se entere de todo, Paula lo haga sufrir de la misma forma, con desprecio y diciéndole todo lo que la hizo sufrir!! Se lo merece!! Falta mucho para que se descubra?y Male cuándo va a aparecer?Muy buen capítulo!!! Quiero más jaja
ResponderEliminarwow me encanto!!! buenísimo el capítulo!!!
ResponderEliminarme encanto subi mas me la pasas cuando subas mi twitter es @joamaca
ResponderEliminarMuy buena la historia Patty! Que insensible q es Pedro por favor! Espero q aparezca pronto la nena y se de cuenta de la verdad q no quiere aceptar! Todo vuelve...
ResponderEliminarBesos