lunes, 18 de noviembre de 2013

Capítulo 15 - Lazos de Amor

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Pau estaba agachada sobre las buganvillas de una de las terrazas de la casa escuchando las voces de Male y Fabia en la playa cuando de pronto oyó por detrás un sonido mecánico. Era Horacio. No se dio la vuelta ni reveló que había notado su presencia, pero se sentía mal.

En los seis días que llevaba en la casa lo había estado evitando. Él acudía a ver a Male siempre a la hora de comer. Entraba en su suite y se quedaba a almorzar con la niña. Mientras tanto ella procuraba desaparecer.

Pedro había dicho que era necesario que se quedaran allí. ¿Pero para quién era necesario?, Se preguntó. ¿Para el hombre de la silla de ruedas que se acercaba? No era Pedro quien quería que se quedaran, pensó, ni siquiera había vuelto a verlo desde la noche del día en que llegaron. Él había hablado con Fabia y luego había salido del dormitorio sin desearle buenas noches siquiera, y desde entonces no había vuelto a verlo.

A la mañana siguiente, se había despertado al llegar un sirviente con varias maletas. Pedro debía de haber mandado a alguien esa misma noche a Argentina por su ropa. Y eso demostraba que la situación iba a ser permanente. Fabia le había dado un mensaje de Pedro esa mañana; se iba de nuevo a Chile.

Llevaba ya casi una semana fuera, pero se negaba a admitir, incluso ante sí misma, que lo echaba de menos. La silla de ruedas se paró a unos cuantos metros de distancia. Pau sintió que Horacio la estaba mirando. Era evidente que deseaba que se diera la vuelta. Entonces rompió el silencio.

-El jardín ha notado la falta de tu toque especial.
-No tengo nada de que hablar contigo, Horacio. Eres un viejo egoísta y malévolo y no mereces que te preste atención.
-Yo diría que eso que has dicho es mucho ya -rió ligeramente.

Pau se sorprendió ante esa respuesta. Se volvió sospechando que tramaba algo sin fiarse de su amabilidad y lo miró. Era la primera vez que lo veía después del susto de ver a su hija en sus brazos. Resultaba amedrentador, a pesar de sus limitaciones físicas.

No era tan alto como su hijo, pero siempre había compensado esa carencia con la anchura de su cuerpo. Hombros, espalda y torso anchos junto a piernas cortas pero fuertes que se veían reducidas en ese momento de un modo tan patético que comenzó a comprender por qué Pedro se mostraba tan protector con él.

Le daba el sol en la cabeza, cuyo cabello seguía siendo abundante, pero su piel, aunque bronceada, colgaba por los brazos y el cuello. Había tal carencia de fuerza en él que el mero hecho de sentarse en una silla de ruedas parecía constituir un esfuerzo en sí mismo.

-¡Por Dios! Tienes un aspecto terrible.
-Lo odio. Odio esta silla -sonrió haciendo una mueca fatalista.

Por un momento sintió pena por aquel hombre. Lo miró compasiva. Sin embargo él seguía siendo peligroso, estuviera físicamente incapacitado o no. Aquellos dos ojos brillantes de cazador eran aún astutos, y el cerebro que los manejaba no había cambiado su modo de pensar.

-En cambio tú estás más bella que nunca, ya ves. La niña es tu viva imagen. Tiene tu pelo, tu rostro, tu carácter dulce y amable.
-Yo era una cobarde, Horacio -dijo ignorando su cumplido-, pero mi hija no lo es.
-Serán los genes de mi hijo los que le dan ese coraje. O quizá incluso los míos -comentó orgulloso
-Que Dios la ayude entonces -respondió sorprendida de que él no fingiera ignorar quién era el padre de la niña-. Si tiene algo de ti, Horacio, entonces que Dios la ayude. ¿Tienes idea de cómo la has asustado secuestrándola de ese modo?
-¿Yo? -preguntó él con una expresión de inocencia-. Yo no secuestré a la pequeña. No tengo en absoluto ningún deseo de asustarla.
-Mentiroso. Vi tu semblante cuando abrazabas a mi hija. Estabas feliz y orgulloso, te creías su dueño. Eres muy posesivo. Te vi, Horacio, te vi.
-Te has vuelto muy valiente ahora que estoy en una silla de ruedas.
-No intentes engañarme fingiendo que eres un pobre viejo enfermo. No funcionará -dijo Pau agachándose para recoger las tijeras de jardín y marcharse.
-¡No te marches cuando estamos hablando!

Por extraño que pareciera aquello la hizo parar. No fueron exactamente sus palabras, sino la forma de decirlo. Había en ellas cierta amarga frustración debida quizá a su desventaja física. Se dio la vuelta para mirarlo y vio su rostro encendido por la ira.

-Yo no rapté a la niña. Lo habría hecho, si se me hubiera ocurrido, pero no fue así -dijo respirando fuerte intentando reponer las fuerzas.

Pau lo vio palidecer y sintió compasión por su enemigo. No sabía si debía creerle ni si seguía importando una vez que el daño estaba ya hecho. Lo que sí sabía era que no podía relajar la guardia. Esa lección la había aprendido bien. Sin embargo nunca había sido cruel con los débiles, y Horacio indudablemente lo era.

-¿Te encuentras bien?
-Sí.

Entonces oyeron la risa de la niña desde la playa y ambos miraron en esa dirección. Pau se acercó a las jardineras de terracota para ver qué sucedía y Horacio se asomó a su lado. De pronto sintió, con aquel extraño sexto sentido, que había alguien detrás. Giró la cabeza y miró para arriba hacia las otras terrazas. Pedro estaba de pie varios niveles por encima de ellos observándolos con un gesto de pena.

Pena no por la niña, sino por el padre. Se le encogió el corazón. Él debía de ser tan consciente como ella del cambio en su estado de salud, y quizá incluso había escuchado la conversación. Sus ojos se volvieron entonces hacia ella con una expresión de frialdad. Aquello significaba que lo había oído todo. O al menos parte. La había avisado con respecto a su padre.

-¡Has visto eso! Se ha escapado por entre las piernas de Fabia -comentó Horacio inconsciente de la presencia de su hijo.
Pau miró hacia la playa por un momento. Cuando volvió a mirar para arriba Pedro ya no estaba.
-¡Cómo me gustaría poder bajar ahí y jugar con ellas!
-Horacio -dijo de pronto Pau obedeciendo a un impulso y arrodillándose a su lado-. Male es nieta tuya.
-Lo sé -contestó él con tal expresión de orgullo y de júbilo que Pau sintió que se le encogía el corazón.
-Tú la quieres.
-Sí. ¿Cómo lo decís los argentinos...? Unidos, nos sentimos unidos desde el mismo instante en que nos vimos, Pau. Ella se echó a mis brazos como si me conociera de toda la vida. La quiero -suspiró-. Y ella me quiere a mí. Es maravilloso.
-También es parte de mí, Horacio.
-Sería difícil negarlo cuando es tu viva imagen.
-Necesita a su madre.
-¡Por supuesto! -contestó él aprisa como si le sorprendiera que ella sintiera la necesidad de decírselo-. Todos los niños necesitan a su madre... Pedro le tenía devoción a su madre. Jugaban juntos en esa misma playa, como ellas...
-Malena.
-Sí. Le pusiste a la niña el nombre de la madre de Pedro. Te lo agradezco. Fue muy amable por tu parte teniendo en cuenta las circunstancias.
-Pedro me dijo que ella era una mujer muy especial. Creo que... los amaba mucho a los dos, padre e hijo.
-Sí. Como nosotros a ella. Pero se puso muy enferma y luego murió. Los dos lo pasamos muy mal, aún lo pasamos mal a veces aunque hace ya mucho tiempo que ocurrió.
-¿Y crees que Malena estaría orgullosa de ti al ver que le niegas a tu hijo el derecho al amor de su mujer y de su hija?
De pronto se hizo el silencio. Pau contuvo la respiración mientras esperaba a ver si la pregunta había logrado alcanzar a su conciencia moral.
-Creo que supones demasiadas cosas.
-¿De verdad lo crees? -contestó ella esperando haber plantado en él la semilla de la bondad y el arrepentimiento. Sólo él podía decidir si dejaba que aquella semilla muriera o creciera, pero si la dejaba morir avergonzaría la memoria de su esposa-. Bueno, recuerda que Male es hija mía. Si intentas quitármela con alguno de tus trucos, te perseguiré hasta el infierno.
-¿Y cómo crees que podría hacerlo? -preguntó mostrándose de nuevo astuto y amenazador.
-Sabes muy bien cómo hacerlo, pero yo voy un paso por delante de ti, Horacio. Si me fuerzas a ello, usaré el as que tengo en la manga.
-¿Y qué as es ése?
-Si aún no lo sabes, no voy a ser yo quien te lo diga -contestó Pau con astucia ocultando que no tenía ninguna baza escondida.
-Mi hijo adora a su padre -añadió él.
-Pero tu hijo también tiene derecho a amar a su hija -respondió Pau marchándose.
-Tiene una amante -dijo Horacio a su espalda-. Se llama Zaira y vive en Chile . La visita dos veces a la semana cuando está no aquí.


Lean el que sigue :)

1 comentario:

  1. me encanta tu novela,espero con ansiedad cada capitulo,te felicito noemi

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