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Pau cerró los ojos. Recordó que Pedro le había dicho mientras yacía en sus brazos la última vez que había intentado olvidarla. Cáncer. Horacio era como un cáncer que vivía de la debilidad de los demás. Sintió que su corazón naufragaba. La venganza de Horacio estaba cerca, recapacitó mientras entraba en el dormitorio. De pronto, se paró atónita. ¿Qué estaba ocurriendo?, Se preguntó.
La puerta del dormitorio estaba abierta y un par de sirvientas estaban sacando su ropa y poniéndola sobre la cama. Se alarmó. Según parecía, Horacio ya lo había conseguido.
-Ven conmigo -dijo entonces Pedro agarrándola del brazo.
La sacó del dormitorio y la llevó por el pasillo hasta la habitación de al lado haciéndola entrar. Era una suite con un bonito salón en blanco y azul. Se quedó parada en medio mirando a su alrededor pero sin ver nada. Entonces oyó el clic de la puerta cerrándose con cautela y se volvió.
-¿Qué están haciendo con mi ropa?
-La cambian de lugar. Esa suite no era tuya. Te estaba concediendo tiempo para que te acostumbraras a la casa, pero al ver cómo tratas a un viejo enfermo he pensado que no debía de ser tan condescendiente contigo.
Pau meditaba aquellas palabras sin comprender ni darse cuenta de lo enfadado que estaba.
-¿Quieres decir que nos mudas a Male y a mí a la planta superior, a la de la familia?
Aquella conclusión de Pau lo confundió. Frunció el ceño y él preguntó a su vez:
-¿Pero qué has estado haciendo toda esta semana? Es imposible que a estas alturas aún no te hayas dado cuenta de los cambios que se han producido en la casa -Pau se quedó en blanco. No había puesto los pies en el resto de la casa, sólo en su habitación. Había comido todos los días en ella y sólo había salido a la playa usando la escalera exterior. No tenía deseos de rememorar un lugar que, por segunda vez, seguía sin darle la bienvenida.
Esta casa ha sido completamente rediseñada para acomodar a mi padre en su nueva situación desde que tú te fuiste. Ya ves lo bien que va de un lado a otro con la silla. Hay un ascensor especial para él que sube por la casa a lo largo de la escalera del este, entre otras cosas.
-¿Qué otras cosas?
-Hemos vuelto a redistribuir el espacio. Mi padre dispone ahora de toda la planta que antes era para la familia. Necesita cuidados especiales y enfermeras durante las veinticuatro horas del día, fisioterapia... Así que hemos equipado esas habitaciones para él.
-¿Te refieres a un mini hospital?
-Sí.
Horacio debía de estar muy enfermo para necesitar tanta atención y tan cara en su propio domicilio. Pau miró a Pedro llena de comprensión y lástima. Su padre lo era todo para él. Sin embargo, él ignoró esa mirada y continuó:
-Ahora las habitaciones de invitados están una planta más abajo, junto a la piscina y los salones. Ésta -añadió señalando la planta en la que estaban- es mi ala privada.
-Ah, ya empiezo a comprender -sonrió amarga¬mente-. Quieres que Male y yo nos mudemos abajo, a la planta de invitados.
-No. No comprendes nada -dijo frunciendo el ceño y poniendo buen cuidado en escoger las palabras para causarle el máximo impacto-. Tu hija se queda exactamente donde está. Eres tú la que se muda. Aquí, a esta suite. Conmigo.
Se hizo el silencio. Él la miró esperando una respuesta. Recorrió con la mirada sus largas piernas desnudas, morenas en tan sólo unos pocos días. Sus pantalones cortos no escondían en absoluto la estrechez de sus caderas y su top suelto dejaba adivinar que no llevaba sujetador.
Los pezones se marcaban a través de la tela. Debería haber sido de piedra para sentirse indiferente a aquella invitación. Recordaba demasiado bien su sabor y la forma en que respondían para no sentir la tentación.
Su aspecto era provocativo. Era una mujer sensual y esbelta, una mujer con la que se alegraría de morir mientras le hacía el amor, mientras pudiera succionar sus pechos, mientras pudiera sentir sus piernas abrazándolo y mientras sus labios rosados lo recorrian como sabía que podían hacerlo.
Pero ella no era consciente de sus deseos. Era tan ajena a lo que él sentía como lo era de su aspecto y de las tijeras de jardinería y el rollo de alambre que llevaba en la mano. O del anillo de bodas. Su anillo.
Había sido él quien lo había puesto allí. Una vez fue el anillo del amor, pero ya no era más que el anillo dorado de la traición. Tenso, Pedro le dio la espalda al anillo y a la tentación. Se despreciaba a sí mismo y la despreciaba a ella. Entonces ella parpadeó y contestó:
-No. Me quedaré con Male.
Él se volvió de nuevo con una expresión de furia en el semblante.
-¿Es que vamos a volver a discutir ahora sobre elecciones? Porque no tienes elección. Harás exactamente lo que te diga mientras vivas en esta casa.
-Excepto dormir contigo -objetó ella.
-Lo harás. Y sin protestar. Me lo debes.
¿Significaba aquello que le debía el derecho a usar su cuerpo a cambio de la devolución de su hija sana y salva?
-Pero si tú me odias y me desprecias. ¡Incluso te odiaste a ti mismo por lo que pasó la última vez!
-Cierto -contestó tenso-. Pero si hubiera querido que todo el mundo supiera que Pedro Alfonso era lo suficientemente estúpido como para casarse con una zorra lo habría hecho público hace tres años. Tal y como están las cosas seguimos siendo marido y mujer para los demás. Y los esposos comparten la cama. Y eso no incluye el que una niña duerma con nosotros.
-Pero si tú no has vivido conmigo durante tres años. ¿Cómo se supone que nuestro matrimonio puede seguir funcionando después de tres años separados?
-¿Te refieres a que hasta el día de hoy tú has preferido vivir en nuestra casa de Argentina, a donde yo te he ido a visitar de forma regular?
-¡Dios mío! -exclamó Pau comprendiendo por fin-. Cuando te conviene, puedes ser tan falso como tu padre, ¿no es eso?
-Si no te importa, dejemos a mi padre fuera de este asunto.
-Ojalá pudiéramos. Pero me temo que como vive aquí y conoce perfectamente la situación esto le va a parecer un poco extraño -contestó Pau pensando que, además, iba a parecerle frustrante si sus sospechas eran ciertas.
-Él sabrá mantenerlo en secreto. No es él precisamente quien quiere ver arrastrado mi orgullo por los suelos.
-¿Te dijo él eso? ¿Te dijo que le parecía bien la sugerencia francamente... obscena que me estás proponiendo?
-Ni es una sugerencia ni es obscena. Tú sigues siendo mi mujer a los ojos del mundo y vas a mantener las apariencias cueste lo que cueste, Pau. O si no tendré que echarte de esta casa y quedarme con tu hija.
Aquella amenazaba la conducía a la misma situación que la trampa de Horacio, recapacitó Pau. No sabía si gritar de frustración o defenderse.
-No dormiré contigo, Pedro -dijo al fin dándose la vuelta.
-¿Adónde crees que vas?
-Es la hora de la merienda de Male.
-Fabia se la dará. Nosotros no hemos terminado aún de discutir.
-Pero yo prefiero estar con Male.
-Y yo te estoy diciendo que no -contestó con mal tono recapacitando después e intentando controlarse-. Esto es más importante. Déjala, con Fabia estará tan segura como con cualquier otra persona.
-¿Incluida su madre? -lo desafió mirándolo a la cara y sintiendo que las lágrimas acudían a sus ojos-. Esta es otra venganza uruguaya más, ¿no es eso? ¡Me separas cruelmente de mi hija por malévolas y sucias razones personales!
Debía de estar loca para hablarle así, recapacitó Pau. Él dio un paso hacia ella, que no se movió. Agarraba las tijeras de jardinería con fuerza, con un gesto que dejaba bien claro que estaba dispuesta a usarlas contra él. Pedro abrió mucho los ojos sorprendido.
-Aparta eso. Si me veo obligado a usar la fuerza para que tires las tijeras, no te va a gustar.
Pau sabía que tenía razón. Sin embargo, por alguna razón, no podía abandonar su posición. No volvería a rendirse, nunca más, se dijo a sí misma sorprendida. Él también se sorprendería si conociera su decisión, recapacitó.
Pero no era necesario que se la dijera en voz alta. Algo había cambiado en la expresión de los ojos de Pedro. Su ira se había transformado en algo mucho más peligroso: en la satisfacción por la lucha. No por aquella batalla mental que ella se atrevía a mantener con él, ni por el hecho de que ella sostuviera unas tijeras que a él no le costaría nada quitarle. Era algo más profundo, más complicado.
-¿Me estás desafiando?
-No voy a dejar que pases por encima de mí, Pedro, otra vez no. La última vez hiciste que mi coraje desapareciera...
-Tú nunca tuviste coraje -la interrumpió dando un paso hacia ella-. Por lo general salías corriendo en cuanto alguien se te acercaba.
-Bueno, eso ya nunca volverá a ser así –contestó Pau esforzándose por no dar un paso atrás-. Ahora soy madre y lucharé contigo hasta el fin del mundo si hace falta para que no me arrebates a mi hija.
-Esto no tiene nada que ver con la niña. Se trata de tu actitud ante mí -respondió indicando con los ojos oscurecidos la posición desafiante que ella había adoptado y dando otro paso más hacia ella. Pau tembló. Pedro lo notó y sonrió sarcástico-. Ese rollo de alambre podría ser una buena arma pero requiere mucha fuerza física si deseas tener éxito. Si yo fuera tú, me concentraría en las tijeras de jardinería, amore.
-Son tenazas.
-Sí, con ellas me podrías hacer daño. No mucho quizá, pero lo suficiente para tu ego.
-No tengo ningún deseo de hacerte daño. Sólo quiero que dejes de burlarte de mí todo el tiempo.
-Entonces baja esas armas y hablaremos de mis...burlas.
Ella sacudió la cabeza respondiendo negativamente pero lo más extraño de todo era que tuvo la extraña sensación de que él se habría sentido decepcionado si se hubiera rendido. Pedro estaba disfrutando de aquel momento, podía apreciarlo en el brillo de sus ojos.
-Entonces haz tu movimiento. Si no -añadió en voz baja- te haré mía...
Y lo hizo. Sin más avisos. En medio segundo de vacilación por su parte, él la tomó por las muñecas con fuerza separándoselas hacia arriba y dejándola impotente delante de él. Luego acortó el escaso espacio que los separaba, pecho contra pecho palpitante, caderas contra caderas, muslos contra muslos.
-Me gusta... tu coraje -murmuró-. Me gustaba la forma en que te abrazabas a mí sumisa pero creo que me va a gustar mucho más la criatura en la que te has convertido.
-Yo no quiero gustarte.
-¿No? -aquella simple palabra era un desafío. Sus ojos eran un desafío, la curva de su boca era un desafío-. Creo que quieres rendirte, quieres que te bese.
-No es cierto.
Pero era demasiado tarde. La besó, y al hacerlo todas las emociones contenidas en ella renacieron de nuevo a la vida.
Pau mantuvo las manos en alto al nivel de la cabeza. Agarraba con fuerza las tenazas. Su amplio pecho la presionaba haciendo que respirara tensa. Sus caderas la presionaban intencionadamente, con fuerza, y el terrible y maravilloso sentimiento de rendición que experimentó la hizo gemir en una negativa.
Una negativa a la que él respondió volviendo a hacer lo mismo una y otra vez. Y otra, y otra, hasta que el gemido cambió su timbre y ella dio rienda suelta a sus sensaciones, sucumbiendo impotente.
Entonces abrió despacio las manos y dejó caer las herramientas al suelo bajando los brazos y anunciando con ello su rendición total. Necesitaba liberar sus manos para deslizarlas por su cabello, arrastrar su boca contra la de ella, acercarlo más, más aún y así evitar desfallecer.
Él la dejó hacerlo a su modo. Le soltó las muñecas para que sus manos pudieran encontrarlo y al mismo tiempo abrazarla a ella fuerte aprisionándole los pechos temblorosos.
Ella suspiró sofocada y lo rodeó por el cuello acercándose a la fuente del placer, volviendo a suspirar cuando él comenzó a acariciarla hasta llegar a las caderas. Luego la levantó para presionarla contra su sexo endurecido.
Y así continuaron, y mientras tanto en su cabeza daba vueltas una palabra que se repetía una y otra vez: hermoso. Aquello era hermoso. Ese hombre, su contacto, su beso. Hermoso.
Cuando él la levantó en brazos ella no protestó. Sólo gimió y jadeó protestando por que su boca la hubiera abandonado por unos instantes hasta alcanzar a la cama
Entonces su boca volvió a ella y se sintió perdida... perdida en la belleza del profundo beso, en la belleza de sus manos que la acariciaban mientras le quitaban la ropa despacio. Se sintió perdida en el inmenso placer de ayudarle a quitarse su ropa, perdida en la negrura de sus ojos ardientes al ponerse sobre ella y penetrarla, en aquella ocasión despacio y en profundidad.
Con los labios tensos y las mejillas ardientes de deseo, él la penetró con tal pasión y anhelo que ella sintió que las lágrimas acudían a sus ojos.
-No me odies, Pedro -susurró.
El no contestó. Volvió a besarla cerrando los ojos y, en aquella tarde, mientras el sol se ponía, la hizo suya perdiéndose ambos en la lentitud del éxtasis. Cuando se despertó, él no estaba. ¿Seguiría odiándola, odiándose a sí mismo?, Se preguntó.
Hola disculpen que no haya aparecido todo el finde pero aca tienen doble capitulo para compensar mi ausencia, disfrutenlos y comenten :)
tu novela es adictiva!! cada vez quiero leer mas y mas!! sub mas de seguido xfa!!
ResponderEliminarQuiero que descubra la maldad del padreeeeeee!!!!! Me encanta la novela
ResponderEliminarbuenísimos los capítulos,me encantaron...
ResponderEliminarojala pepe se dé cuenta del daño que le esta haciendo a pau...
muy buenos los cap , pero porque no hace la prueva de ADN , el padre xq no dice la verdad no entiendo besos
ResponderEliminarWow capitulon!!! Espero ansiosa el prox
ResponderEliminarBuenísimos los 2 caps, pero estoy necesitando que ya se descubra la maldad del padre y que ellos vuelvan a amarse como sólo ellos saben.
ResponderEliminarMe encantaron los capítulos!! Ese "no me odies, Pedro" me emocionó!! Aunque sea que Pedro admita que la sigue amando y deje de lastimarla tanto!! Qué no la separe a Paula de Male!! Terrible la venganza de Pedro!!
ResponderEliminarAme está novela!!! Espero ansiosa otro cap ��
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