lunes, 25 de noviembre de 2013

Capítulo 19 - Lazos de Amor

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La sorpresa que supuso esa proposición para Pau fue inmensa.
Por un momento, se quedó confundida y no pudo evitar que su asombro resultara evidente.

-Escúchame antes de decidir nada -añadió Pedro deprisa creyendo que ese gesto significaba un no-. He estado toda la semana intentando encontrar una solución para esta situación a la que hemos llegado tú y yo y no veo ninguna.

Al menos ninguna que nos permita conservar el poco orgullo que nos queda a ninguno de los dos. Todavía te deseo, me he dado cuenta que no puedo dejar que te vayas por segunda vez.

Por eso estoy dispuesto a olvidarlo todo y comenzar de nuevo, y me gustaría que tú hicieras lo mismo.

Pau no podía respirar, no podía tragar, no podía ni siquiera pensar de lo sorprendida y atónita que estaba.
Nunca, desde que lo conocía, había visto a Pedro pedir algo en ese tono, rogar nada a nadie. Y sin embargo en ese momento lo estabahaciendo. Le estaba rogando que le diera otra oportunidad.

 Las lágrimas la invadían. Lágrimas por él porque esa petición dañaba gravemente su orgullo. Al fin y al cabo, él no había hecho nada malo, excepto creer en un rumor que sus ojos en parte vieron confirmado.
 Y a pesar de todo, la seguía amando, a pesar de todo quería intentarlo de nuevo.

 -¿Y Male? -susurró-. ¿Qué pasa con Male? Ella es parte de mí, Pedro. Si me quieres a mí, la tienes que querer a ella.

Pedro levantó la vista hacia la niña, que seguía jugando.
Pau sabía lo que él veía en ella cuando la miraba.

 -Yo no soy un mal hombre, Pau. No tengo ningún interés en hacer daño a ninguna niña.

 Eso quizá fuera cierto, nunca le haría daño a sabiendas, pensó Pau, pero, ¿se lo haría inconscientemente?

 -¡Pero Pedro, si ni siquiera eres capaz de decir su nombre!
 -El nombre de mi madre. Me cuesta... -se interrum¬pió haciendo un gesto de dolor que le hizo a ella llorar-. ¿Por qué hiciste eso, Pau? ¿Por qué le pusiste el nombre de mi madre cuando...?

 La razón era bien sencilla, pensó Pau. Porque era su hija. Habría deseado gritarlo, pero no podía. Horacio le había arrebatado ese derecho.

Sin embargo, su silencio la condenaba aún más a los ojos de él. Pedro se levantó tenso.

 La adoptaré. Entonces será legalmente mía. Eso nunca sería suficiente, pensó Pau cerrando los ojos de pura desesperación.

 Male se merecía algo mejor.  Nunca podría probar su propia inocencia, pero sí la de su hija.

 -Estoy dispuesta a que le hagas un test de sangre si crees que eso te va a ayudar a aceptarla como hija tuya. Al menos nos queda esa opción.
 -¿Es ésa tu respuesta a mi proposición?
 ¿Lo era? Se preguntó Pau. ¿Serían capaces de reemprender un matrimonio en el que él constantemente estaría sospechando de su fidelidad o reprochándole lo sucedido cada vez que discutieran? ¿Podría ella soportarlo?
 -El pasado es el pasado, Pedro. Si volvemos a intentarlo, tienes que prometerme que lo enterrarás para poder darnos otra oportunidad.
 -Eso ya lo he asumido antes de venir aquí -asintió Pedro. Otra aceptación más, recapacitó Pau. Respiró profundamente y preguntó:
 -¿Y Zaira?
 -En el olvido.

 ¿Significaba eso que ya la había olvidado o sólo que estaba dispuesto a olvidarla si volvían a empezar?

 Quiso hacerle esa pregunta, pero luego pensó que no sería justo. Tenía que confiar en su palabra. Si no lo hacía, no podía exigirle a él que confiara en la suya.

 -Y tu padre... -preguntó esperando que él explicara qué harían con respecto a él.
 -No puedo mentirte. No creo que a él le alegre mucho la nueva situación, pero lo cierto es que ahora quiere mucho a la ni... -se interrumpió un momento.
 Pau contuvo la respiración- a Male. Quizá ve algo en ella que yo no he sido capaz de ver.

-¿Es que te ha dicho él algo?
 -Sí -así que Horacio ya tenía en marcha su plan, pensó Pau-. Creo que a él le basta con saber que ella vivirá aquí.
 Male pareció notar que Pedro la observaba porque levantó la vista y lo observó ella a su vez.
 Se sopesaban el uno al otro, cosa que tuvo un fuerte impacto sobre Pau.

-Pedro...

Hubiera querido proteger a su hija, pero no parecía que hiciera falta. Male se encaminó despacio hacia ellos con seguridad sosteniendo la mirada de su padre.

Se paró delante de él, miró por un momento a su madre como para pedirle permiso y luego levantó una mano hacia su padre ofreciéndole una caracola.

Era una insignificancia, y sin embargo aquel gesto tenía una enorme importancia. Era un gesto de amistad.
Más aún: era la prueba que demostraría que él estaba realmente dispuesto a cumplir su palabra. Y él lo sabía, por supuesto.
Pau lo veía claramente en la expresión tensa de su rostro.

-¿Es para mí? -preguntó Pedro.
Male asintió-. Entonces gracias. Lo guardaré como un tesoro, siempre.
-El abuelo tiene una como ésta. La guarda debajo de la almohada por las noches.
-¿En serio? ¿Y para qué?
-Para que no se acerquen los malos. Si el abuelo guarda la caracola debajo de la almohada entonces los malos no vendrán a llevarse a Male.
-¡Dios! -exclamó Pedro.

Pau también estaba atónita. Quizá aquella fuera la causa de que Male no hubiera vuelto a tener pesadillas, pero era difícil creer que Horacio hubiese sido tan sensible con la niña.

-¿Guardarás ésta debajo de tu almohada para que no vengan los malos?
-Si tú crees que eso ayudará, lo haré -contestó con dificultad después de un momento de silencio.

Luego, como si no pudiera evitarlo levantó una mano y acarició las mejillas de la niña-. Nadie te va a hacer daño mientras estés aquí, te lo prometo.

La niña lo miró aceptando su promesa y luego se marchó de nuevo a jugar con el castillo de arena.

-¿Sabías tú eso? -preguntó Pedro.
-¿Lo de tu padre y la caracola? No. Tendré que darle las gracias...
-No llores más -la interrumpió Pedro al ver sus lágrimas-. Aquí está a salvo, y tú lo sabes. Aquello ya pasó y lo olvidará con el tiempo.

Pero Pau no estaba llorando por Male. Lloraba por Pedro.
Sin saberlo quizá, él había dado el paso más importante de su vida: tender un puente que iba a unirlo con su hija.

-¿Qué vas a hacer con la caracola?
-Lo que me ha dicho que haga, por supuesto. Puede que se empeñe en comprobarlo, así que la pondré bajo la almohada.
-Gracias
-¿Por qué? -preguntó fijando los ojos en ella y manteniendo ambos la mirada por primera vez desde que habían comenzado a hablar.
-Por ser tan... sensible a sus sentimientos.
-Lo que dije de volver a empezar lo dije en serio. Aunque lo cierto es que aún no he oído tu respuesta.

¿Qué respuesta iba a darle?, Se preguntó Pau.
¿Podría vivir con él? ¿Podría vivir sin él?
Abandonarlo una segunda vez iba a costarle mucho más que la primera y no quería más dolor. Pero quedarse podía dolerle tanto o más si las cosas no iban bien entre los dos.

¿Y qué haría entonces?, Se preguntó. ¿Sufrirlo otra vez todo de nuevo con la agonía añadida de saber que estaba atrapada en esa ocasión?

Para cuando decidieran separarse, él se habría acostumbrado a su hija y Horacio tendría en sus manos todas las armas que necesitara para ganar.

-Tengo condiciones.
-Sólo tienes que nombrarlas.

Así de simple, pensó Pau.

-Necesito saber que vas a estar aquí conmigo, apoyándome, tenga razón o no. Me refiero a tu padre, a los criados, a las decisiones que tome en cuanto a Male. Quiero que me prometas que siempre estarás a mi lado.
-¿Es que no te apoyé la otra vez?
-No.
-¿Tan mal esposo fui?
-No fuiste un mal esposo exactamente, sólo que estabas muy ocupado -explicó-. He cambiado mucho desde entonces. Al menos he crecido, puedo luchar yo misma por las cosas que quiero, pero sólo hasta cierto punto. Necesito tu apoyo. Tú eres el jefe en esta casa, lo sepas o no.

Lo que sucede aquí ocurre porque tú lo quieres.
-Quiero que seas mi mujer -murmuró-. Mi mujer.
-Yo también...

Habría querido decirle que eso era lo que ella había querido siempre, pero no quería en modo alguno revivir el pasado.
Estaban hablando del futuro.

-¿Pero?
-Esta casa... -dijo ruborizándose- aunque es bonita está diseñada de un modo que resulta poco acogedora como hogar. Acepto que tengamos que vivir aquí con tu padre pero...
-¿Pero?
-Pero necesito mi propio espacio. Quiero una cocina para mí por si me apetece cocinar algo, quiero un salón y un comedor y dormitorios en los que no me sienta como en un hotel...

Pedro había levantado una mano y le acariciaba la mejilla. Sus ojos estaban oscurecidos.
-Lo tendrás. Distribuye toda la planta de invitados a tu antojo. Altéralo todo si quieres. Nos mudaremos a esa planta cuando esté lista. ¿Algomás?

Sí, pensó Pau. Quería que la amara. Quería que la levantara en brazos y la llevara hasta la cama más próxima y que la amara.
Su deseo era tan fuerte que tuvo que cerrar los ojos para esconder su anhelo. Pero no pudo evitar ruborizarse.

-No creí que volvería a ver ese rubor tuyo otra vez -bromeó Pedro con dulzura-. Me pregunto en qué estarás pensando
-Es la hora de la merienda de Male -contestó poniéndose en pie. El se puso en pie también y la agarró de la cintura.
-No era en eso en lo que estabas pensando. Estabas pensando en mí, desnudo sobre la cama contigo encima mientras murmuras todas esas hermosas palabras que me vuelven loco -dijo mientras comenzaba a acariciarla-. ¿Y sabes qué es lo que quiero yo? Me gustaría verte sonreír otra vez como solías hacerlo, como si fuera yo el que te hace feliz.
-¡OH, Pedro! -dijo volviéndose hacia él y rodeándolo con los brazos-. ¡Lo lo eres!
-¿Entonces por qué estás tartamudeando? Sólo tartamudeas cuando tienes miedo.

Tenía miedo de haber tomado una decisión errónea, la decisión más fatal de su vida, pensó Pau con ansiedad. Sin embargo, prefirió no confesárselo.

-O también por otra cosa -contestó con un gesto provocativo.
Él murmuró algo, la agarró de la barbilla y la besó hambriento. Sobre ellos, en una de las terrazas, una cabeza plateada se asomaba observando la escena con el ceño fruncido, calculando.
-Vamos -dijo Pedro.
-Pedro, te has olvidado de algo...
-¿Sí? Sé lo que quiero y estoy seguro de saber lo que quieres tú. ¿Qué puedo haber olvidado?
-A Male

Pedro paró y suspiró. Vio la ansiedad en el rostro de Pau y por fin respondió.
-Error número uno. Está bien. Pero aprenderé.
-Male -la llamó Dulce-. Es ho...ra de vol...ver.
-No tartamudees.
-Lo si...ento.
-Si vuelves a llorar, no soy responsable de lo que pueda hacer.

Male recogió su cubo y su pala y se acercó hacia ellos. La tensión resultaba evidente.

-¿No quieres que dejemos esto aquí para mañana? -le sugirió Pau intentando controlar su tartamudeo.
La niña asintió.
Dejó las cosas en la playa y luego se volvió para mirarlos a los dos.
-¿El hombre también viene?
Pau cerró los ojos desesperada. Aún no habían ni siquiera abandonado la playa y sin embargo ya comenzaban a surgir los problemas.
-¿Qué hacemos? -preguntó Pedro.
-No puede seguir llamándote eso -suspiró Pedro-. No si es que...
-Tienes razón, no puede ser -dijo dando un paso hacia la niña con un gesto resuelto y agachándose para ponerse a la altura de ella-. Soy tu papá, ¿comprendes? Igual que tu abuelo es tu abuelo -Male frunció el ceño y asintió insegura-. Entonces dilo. Di papá.
-¿Pa...pá?


Ayy mas tierno, me enamore de este capitulo, agradezcan que estoy desvalada y ya les subi uno, comenten mucho y a la noche subo otro.

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