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-¿A quién te refieres, a Facundo? Es un amigo de tu padre, no mío.
-Eso no es lo que yo he oído decir. Me gustaría que no relacionaran el nombre de mí mujer con el de ningún otro hombre. Quiero que rompas esa amistad, Pau -la avisó-. De otro modo tendrás que atenerte a las consecuencias.
Sus deseos de luchar, de responder, se iban haciendo cada vez más fuertes, tanto más cuanto más atrapada se sentía por Horacio. Pau respondió a aquellas palabras, y lo hizo con dureza, pero no por defender su relación con Facundo sino intentando que él cambiara su forma de vida.
-No tienes ningún derecho a decirme con quién puedo o no pasar mi tiempo cuando ni tú mismo te molestas en estar conmigo.
-Tengo el derecho de un marido -contestó él arrogante.
-¿Es eso lo que crees que eres para mí? Yo diría más bien que eres el hombre que comparte la cama conmigo de vez en cuando. ¿Cuánto tiempo has estado fuera esta vez, Pedro? ¿Dos semanas, casi tres? ¿Y qué se supone que debo de hacer yo mientras tú estás fuera? ¿Esconderme? Si quieres saber qué es lo que hago cada minuto del día, quédate aquí y lo descubrirás.
-Tengo un negocio al que atender, y precisamente gracias a ese negocio tú puedes permitirte lujosas ropas y un estilo de vida espléndido.
-¿Acaso te he pedido yo estas ropas? ¿Es que te he pedido yo esta mansión? Cuando me enamoré, lo hice de ti, no de tu dinero. Pero la verdad es que apenas te veo.
-Ahora estoy aquí.
Eso era cierto. Podía gozar de él, gloriosamente desnudo y lleno de sensualidad. Sin embargo por primera vez en su vida lo rechazó.
-Llevamos casados casi un año y a pesar de todo puedo contar con los dedos de una sola mano las semanas que hemos pasado juntos. Ni siquiera vivo en mi casa, ésta es la casa de tu padre -suspiró-. Y cuando por fin encuentras tiempo para volver, siempre es antes tu padre que yo.
-Me niego a complacerte en tus absurdos celos por la relación que mantengo con mi padre.
-Pues yo odio vivir aquí y si tú no vas a poder venir más de lo que lo estás haciendo ahora me iré a Argentina, a mi casa. Quiero encontrar un trabajo y tener algo de qué ocuparme. Quiero vivir, Pedro, quiero hacer algo más que ir de tiendas o restaurantes sintiéndome extraña entre un clan de uruguayos.
-Te refieres quizá a la vida que te puede proporcionar un Argentino.
-Esto no tiene nada que ver con Facundo -suspiró ella irritada.
-¿No?
-¡No! Tiene que ver contigo y conmigo, con un matrimonio que ni siquiera puede llamarse así porque tú no estás aquí el tiempo suficiente. Tiene que ver con el hecho de que yo aquí no soy feliz -exclamó mientras las lágrimas llenaban sus ojos-. No puedo seguir así, ¿es que no lo ves? Ellos, tu padre, tus amigos, me intimidan. ¡Me siento acobardada cuando tú no estás!
Aquella súplica surgía de su corazón. Debería de haberlo ablandado, debería de haberle recordado que se había enamorado de una mujer delicada, de una mujer tan tímida que se agarraba a él con fuerza cuando le presentaba a alguien desconocido o que se quedaba callada si alguien bromeaba con ella.
Pero él era uruguayo. Y un uruguayo por naturaleza era un hombre posesivo. Si Pau no le daba importancia a Facundo Pieres, él en cambio sí lo hacía. Pau no había expuesto todas aquellas quejas nunca antes de que él mencionara el nombre de aquel argentino, ni nunca antes se había atrevido a discutir con él. Y desde luego nunca antes había rechazado su cuerpo desnudo.
-Ven a la cama -dijo él.
-No -contestó ella comenzando a tartamudear al ver la expresión de su rostro-. Quiero que hablemos de esto... -él dio la vuelta a la cama dirigiéndose hacia ella, pero Pau se alejó levantando las manos como para detenerlo-. No, por favor, me asustas. No quiero que me asustes tú también.
Pero él no la escuchó, o quizá fue sólo que en ese momento no le importó destrozar aquella única cosa de la que ella estaba segura: de que él, su testarudo marido, el cazador con el que se había casado, nunca le haría daño.
Y le hizo daño. No físicamente, desde luego, sino con una sensualidad brutal que la hizo sentirse desolada.
-Si te acercas al Argentino, los mataré a los dos. Lo que es mío es mío, y pretendo conservarlo. ¡Y tú definitivamente eres mía!
«Lo que es mío es mío» repitió Pau para sus adentros. Él nunca se retractó de aquellas palabras. Durante el mes siguiente no lo vio ni oyó hablar de él, y ella no se movió de la villa. Pau no tuvo que escuchar chanza alguna por parte de Horacio sobre el fracaso de su matrimonio ni sobre la preferencia de su esposo por estar en cualquier lugar que no fuera junto a su patética esposa, pero tampoco se le ocurrió sospechar que Horacio preparaba una trampa para ella cuando recibió un mensaje, supuestamente de Pedro, para reunirse con él una noche en un hotel de Uruguay en el que solían alojarse cuando salían a ver alguna función en la ciudad.
Llegó a la suite en la que debían verse nerviosa, algo asustada, rogando a Dios para que él le hubiera pedido que fuera allí comprendiendo que ella no era feliz y que necesitaban estar a solas y hablar sin interrupciones. Entró en la habitación con la llave que le habían procurado, metió su pequeño equipaje en el dormitorio y salió a esperarlo al salón de la suite.
Pero él no aparecía. Hacia las diez comenzó a sentirse enfadada, hacia las once estaba preparada para irse a la cama y hacia las doce estaba intentando dormir cuando de pronto oyó el ruido de llaves en la puerta. Salió de la cama feliz con su camisón de seda color crema justo cuando se abrió.
Y entonces fue cuando ocurrió. Fue un shock, algo horrible, confuso. Porque el que entraba no era Pedro sino Facundo. Se paró en el umbral de la puerta abierta, sonrió y murmuró:
-Paula, querida, estás preciosa, como siempre. La incomprensión la dejó helada e inmóvil. Él dio un paso hacia ella, la atrajo hacia sus brazos y ella se dejó en silencio, incapaz de hacer o decir nada y preguntándose cómo era posible que estuviera en esa situación.
Tenía que ser un error, pensó.Facundo había cometido un tremendo error.
Pero entonces otra mano abrió con fuerza la puerta. Pedro estaba de pie en el umbral. Su rostro parecía de piedra, sus ojos dorados de cazador la miraban atónitos. Ella permanecía inmóvil. Se sentía impotente, confusa, alarmada y horrorizada.
-Así que mi padre tenía razón. ¡Eres una zorra!
Eso fue todo lo que dijo. Toda la culpa recayó sobre ella. Su silencio la condenaba. Su rubor la condenaba. La forma en que Facundo desapareció por el balcón sin decir una palabra la condenaba. Nunca supo a dónde se dirigió ni nunca le importó. Y también el camisón de seda, comprado especialmente para esa noche, la condenaba.
Él se quedó inmóvil, igual que ella. Su mente no pensaba más que en cómo era posible que Facundo hubiera creído en ningún momento que ella lo estaba esperando. Y entonces cayó en la cuenta. Se puso pálida de ira, no de vergüenza. Horacio. Horacio lo había arreglado todo.
-¡Pedro, por favor! -exclamó con ojos fieros y suplicantes-. No es lo que tú crees -él dio un paso hacia ella. Su semblante fue tornándose de pétreo a amenazador. Levantó una mano como para pegarle y entonces ella gritó dando un paso atrás y tapándose la cara para protegerse-: ¡No! ¡Por el amor de Dios! ¡Tienes que escucharme!
-Nunca -contestó él apretando los dientes-. Tú para mí ya no existes.
Aquello lo dijo completamente en serio. Pudo comprenderlo por la expresión glacial de sus ojos dorados. Era demasiado. Se desmayó a sus pies. Cuando se despertó estaba sola, tirada en el suelo justo donde había caído. Y no había vuelto a cruzar una sola palabra con él hasta ese día. No le habían permitido volver a la casa. La suite de aquel hotel se convirtió temporalmente en su prisión hasta que Hernan, frío y poco comunicativo, fue personalmente a buscarla para escoltarla fuera de Uruguay de vuelta a Argentina.
Sintiéndose desesperada, débil y nerviosa hizo todo tal y como le ordenaron que lo hiciera. Volvió a la casa de Argentina y permaneció en ella durante semanas esperando. Esperaba que él se calmara, que recapacitara y se diera cuenta de que ella, menos que nadie en el mundo, sería capaz de hacer algo como tener un amante.
Fue entonces cuando descubrió que estaba embarazada. Todo cambió. Intentó comunicarse con él por teléfono, pero él se negaba a hablar con ella. Le escribió cartas, pero él no las leía ni daba muestras de recibirlas. Al final, desesperada, se volvió hacia Hernan en busca de ayuda, lo llamó y le rogó que persuadiera a Pedro para que accediera a verla, a escucharla. Le dijo que estaba dispuesta a tener al bebé, que eso debía hacerle recapacitar. Aún recordaba su propia angustia.
Pero Pedro no cambió de opinión. Al día siguiente, el teléfono sonó. Era Hernan.
-Pedro dice que mientes, que ese bebé no es suyo. Te permite que vivas en esa casa por el momento y dice que te dará todo lo que necesiten tu hijo y tú mientras no salgas de esa casa ni digas nada de tu traición.
-Si eso es lo que piensa ¿por qué no me echa a la calle y se divorcia de mí?
-Ya le has humillado bastante sin necesidad de añadir además el escándalo de un divorcio -contestó Hernan con frialdad-. Pero escucha atentamente: como dejes que otro hombre se acerque a ti los matará a los dos. No cometas ninguna equivocación en eso.
¿Significaba aquello que Facundo estaba muerto?, Se preguntó Pau. Lo cierto era que no le importaba lo más mínimo. Facundo estaba encompinchado con Horacio, no hacía falta ser muy lista para darse cuenta. Sólo por esa razón se merecía todo lo que Pedro quisiera hacerle. La lástima era que Horacio no recibiera también su merecido.
Pero quizá Horacio tenía por fin lo que se merecía, recapacitó Pau. Porque al decidir deshacerse de la mujer que su hijo había escogido había tenido que arrojar de su lado también a su nieta, a la criatura más maravillosa de la tierra: Male. Pau se preguntó si sentiría curiosidad por conocerla, si se habría sentado alguna vez en un sillón a recapacitar sobre ello y se arrepentiría de lo que había hecho.
Esperaba que se arrepintiera. Lo esperaba sinceramente. Estuviera enfermo o no esperaba que sintiera remordimientos. Era un sentimiento de venganza que no podía evitar que surgiera en su alma.
De pronto oyó un movimiento detrás de ella, en el umbral de la puerta. Se dio la vuelta. Hernan la observaba con el ceño fruncido. Por un instante sintió que él sabía exactamente en qué había estado pensando. Pero de repente la comunicación establecida se cortó al darse la vuelta Pedro.
Sin embargo durante toda la cena Pau sintió que los ojos de Hernan estaban fijos en ella. Era incómodo pensar que él conocía su sed de venganza. Él era un Uruguayo, y como tal pensaba que sólo ellos tenían derecho a obtenerla. No le hubiera gustado saber que una mujer argentina podía querer también su propia venganza, sobre todo si era frente a un uruguayo.
La cena fue toda una prueba. Pau se esforzó por comer algo pero fue incapaz de tragar nada. Pedro y Hernan compartieron la mesa con ella y de vez en cuando hablaban de negocios, pero muy brevemente. Al final ella se levantó de
la mesa y, excusándose, desapareció del comedor.
-Trata de descansar -le dijo Pedro-. Te prometo que en cuanto haya noticias iré a contártelas.
Ella asintió. No iba a discutir, pero se sentía incapaz de descansar. No volvería a descansar hasta que su hija volviera con ella.
Y bueno para todas las que no entendian, aca esta la explicacion, disfruten los capitulos y nos leemos oportunamente ah? comenten y gracias por leer :)
Pobre Pau, todo lo que tuvo que sufrir!! Y Horacio nunca se arrepintió? Pau no tiene una foto de Male para q Pedro la vea y la encuentre parecida a él? Me encantaron los capítulos!! :-)
ResponderEliminarBuenísimos los caps!!!!!!!!!!!!!!! Pobrecita cómo sufrió. Espero que se vengue cuando Pedro sepa la verdad. Que lo haga sufrir un poquito
ResponderEliminarbuenisimoss pobre todo lo que tubo que sufrir @robel16
ResponderEliminarME ENCANTA TODAS TUS NOVELAS PERO ME PARECE QUE ESTA VA A SER LA MEJOR DE TODAS POR FAFOR SI PODES SUBI MAS DE SEGUIDO!!
ResponderEliminarPobre pau..q horrible todo lo q vivio!! ojala ese viejo de m... pague caro lo q hizo... Hernan q onda?? Tuvo algo q ver en todo el asunto??
ResponderEliminarpobre pau todo lo que sufrió, ojala Male aparezca pronto!!!
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