_________________________________
Pau mantuvo la cabeza agachada sin atreverse siquiera a respirar. No quería respirar. Sabía que si lo hacía no podría evitar echarse a llorar. Se sentía tan herida en ese momento que cualquier cosa habría podido alterarla.
-Lo siento -dijo él al fin-. Siento haber reaccionado así pero debiste comprender que no es seguro salir ahí fuera tú sola. Siento mucho haberte hecho daño -dijo acariciando su muñeca-. Olvidé mi propia fuerza y tu delicadeza.
-¿Por qué no es seguro?
-Nos enfrentamos a gente sin escrúpulos, Pau -contestó por fin suspirando después de un rato en silencio-. No van a parar ante nada hasta conseguir lo que quieren. Si creen que eso les beneficia, podrían incluso secuestrarte.
-¿Pero por qué? -preguntó elevando la vista con los ojos húmedos-. ¿Es que no es suficiente con mi hija? ¿Acaso creen que merece la pena destrozar otra vida más aparte de la de ella?
Por primera vez desde que él había vuelto a entrar en su vida en aquella segunda ocasión Pau pudo ver al Pedro al que estaba acostumbrada, el que no la desgarraba con la mirada, el que la miraba incluso con ternura. Una ternura que se reflejó también en la forma en que él le soltó la muñeca para acariciar su pálida mejilla con los dedos.
-Cuando me casé contigo lo hice en contra de los deseos de mi padre. Eso, a sus ojos, te convierte en la pieza más preciada de mis posesiones -hizo una pausa para mirar en sus ojos, que expresaban confusión. Luego suspiró y añadió-. Con la niña es suficiente. Ellos saben que es suficiente pero tenerte a ti también les vendría bien, supondría una presión mayor para obligarme a hacer lo que quieren.
-Pero vas a hacer lo que quieren, ¿verdad? No irás a arriesgar la vida de Male no?
-¿Pero quién crees que soy yo? -contestó con un brillo repentino de ira en los ojos-. ¿Un monstruo sin sentimientos? ¡Por supuesto que no voy a poner su vida en peligro!
-¿Y entonces por qué me asustas diciéndome eso de que mi vida puede estar en peligro?
-¡Porque ya me han hecho amenazas al respecto, maldita sea! -gruñó tirando de ella para acercarla y presionarle la cabeza contra su pecho sin poder evitarlo-. ¡Cómo se atrevan a tocarte, los mataré! ¡Los mataré a todos, uno por uno!
-Sin embargo por la niña no sientes lo mismo -comentó ella alejándose de él con seguridad.
-¿No es suficiente el que pueda sentirlo por una esposa que me ha sido infiel? -preguntó amargamente.
-No, no es suficiente -contestó ella entrando en el cobertizo.
-No me das cuartel, ¿verdad? -preguntó él siguiéndola.
-No. ¿Por qué iba a hacerlo cuando tú no me lo das a mí?
-Pero yo las mantengo a las dos, Pau, cuando lo que tenía que haber hecho era dejarlas morir de hambre en la calle.
-¿Y por qué no lo haces? -lo desafió mirándolo a la cara-. Sólo estás protegiendo tu propio orgullo, Pedro. Eso no es generosidad, no lo haces por nosotras. Lo haces por ti, así que si esperas gratitud eterna puedes irte olvidando. No nos estás haciendo ningún favor dejándonos vivir aquí. Y en todo caso, si te hago responsable de algo es de no habernos protegido adecuadamente cuando sabías que nuestras vidas estaban en peligro.
-Eres increíble, ¿lo sabías? -rió incrédulo-. No es de extrañar que sigas conservándote tan bella cuando te escudas de toda culpa ante los demás. No dejas que tus errores se fijen en tu rostro en forma de arruga, ni la más mínima, ¿verdad? Seguro que es una receta magnífica para la eterna juventud.
-¿Y cuál es la receta de la tuya? -preguntó ella quedándose luego inmóvil al darse cuenta de lo que había dicho.
El se quedó inmóvil también, callado. No hacía ruido, ni siquiera al respirar. Estaba recapacitando sobre el error que ella había cometido. Luego, por fin, preguntó:
-¿La receta de mi belleza?
-A los hombres por lo general no se les dice que son bellos -contestó Pau nerviosa, casi con pánico, intentando desviarse de su pregunta.
Pero era demasiado tarde. Supo que era demasiado tarde desde el mismo momento en que cometió la equivocación. Él la miraba de frente, de cerca, inclinándose para apoyar las manos en el banco que había detrás de ella, apresándola entre sus brazos, sintiendo cómo su respiración caliente le daba color a sus mejillas y la hacía ruborizarse.
-Y sin embargo tú siempre utilizabas esa palabra para describirme -le recordó en voz baja-. Te tumbabas desnuda sobre mí con tu adorable cabello acariciándome los hombros y tus brazos sobre mi pecho, me mirabas a los ojos y me decías con solemnidad: «Eres tan bello, Pedro».
-¡Basta! -exclamó ella cerrando los ojos para no ver la imagen que él estaba evocando.
No obstante, por mucho que quisiera cerrarlos, la escena se repetía en su memoria. Bellos cabellos... Podía escucharse a sí misma decir aquellas palabras con aquel tono de voz de adoración, suave y lento, mientras lo acariciaba: bella nariz, bella boca, bella piel... Él, por lo general, se quedaba escuchando cada una de sus tímidas y serias palabras con una enorme atención para que ella se diera cuenta de que aquel momento, aquellas frases, le llegaban a lo más hondo de su ser.
«Tienes unos bellos hombros», decía mientras sus dedos los dibujaban y se deslizaban luego por las curvas de sus músculos. «Un pecho bello...»
Dejó escapar un suspiro humedeciéndose con la lengua los labios de pronto secos. Sabía qué iba a imaginar después su mente: ella inclinaría la cabeza y capturaría con los labios uno de sus hermosos, morenos y masculinos pezones... Y su respuesta sería la de un hombre fuera de sí. Sus ojos se oscurecerían y sus pulmones dejarían escapar el aliento con un gemido. Con un movimiento rápido y seguro, puramente masculino, levantaría las piernas para rodearle con ellas las caderas y arrastrarla por la cama poniéndose encima hasta que...
-¿Le susurraste esas mismas palabras dulces y evocadoras a tu amante?
Aquella pregunta desagradable la hizo abrir los ojos de repente volviendo a la cruda realidad. Él levantó las manos y las puso sobre sus hombros haciéndola darse la vuelta y enfrentarse a él.
-¿Tuvieron en él el mismo efecto que solían tener en mí?
Ella sacudió la cabeza, incapaz de contestar, pálida y atemorizada. Respiró una sola vez llenando los pulmones de aire asustada ante la cólera y los celos que veía reflejados en su rostro duro.
-¿Tienes idea de lo que he pasado imaginándote tumbada al lado de él diciéndole esas palabras? Yo te amaba, ¡maldita sea! Besaba la tierra que tú pisabas. ¡Eras mía, mía! -gritó sacudiéndola-. Fui yo quien te encontró, fui yo quien te despertó. ¡Ese cuerpo y esas palabras eran mías!
-¡Nunca se los di a nadie más! -gritó ella.
-¡Mentirosa! -respiró él inclinando los labios para posarlos sobre los de ella.
Era un castigo. No pretendía hacer otra cosa besándola más que castigarla. Sus labios se aplastaban contra los de ella, cerrados contra los dientes apretados, hasta que por fin ella cedió a la presión y abrió la boca. Desde ese momento aquel beso se convirtió en un castigo y en una revelación. Pero en una revelación terrible, porque en el instante en que sus lenguas se encontraron el tiempo dejó de existir, el presente dejó de existir y ella se sintió viviendo de nuevo tres años atrás, cuando ese hombre era el rey supremo de su mundo. Recordaba su fragancia, su sabor, su contacto, su textura...
Textura. La textura de esos labios coléricos forzándola a abrir los suyos. La textura de esa lengua húmeda deslizándose por la suya. La textura de esas mejillas tersas rozando las suyas. La sensación de ese aliento mezclándose con el de ella, el sonido sensual de esos jadeos mientras ella se rendía y enterraba los dedos en su cabello atrayéndolo hacia sí, más cerca, hambrienta, sedienta de algo de lo que no sabía que lo estuviera hasta ese increíble, espectacular y ardiente momento.
Cuando él por fin la soltó, ella no pudo hacer nada más que dejarse caer sobre el banco a sus espaldas, incapaz de reaccionar, intentando calmarse y recapacitar. El aire en el cobertizo era caliente y húmedo. El sol pegaba sobre el tejado haciendo que todo oliera a madera y a tierra. Él estaba a un solo paso de ella, respirando muy fuerte y con el cuerpo en tensión. Aún podía palparse la violencia a su alrededor, la amenaza. Pero entonces sonó un teléfono rompiendo aquella atmósfera como si fuera de cristal. Se llevó la mano al bolsillo del pantalón y sacó un teléfono móvil.
-Bien -dijo después de estar escuchando un momento-. Voy para allá.
-¿Qué ocurre? -preguntó Pau alarmada poniéndose en pie.
Él no contestó. Se dio la vuelta sin siquiera mirarla y salió del cobertizo. Entonces Pau estalló:
-¡No te atrevas a tratarme como si yo no contara para nada! ¡Es mi hija! ¡Mía! ¡Si esa llamada era para decirte que se han puesto en contacto otra vez contigo tengo derecho a saberlo!
-Se han puesto en contacto conmigo otra vez -contestó él encogiéndose de hombros y marchándose sin mirar atrás.
El sol brillaba en el jardín mientras ella lo seguía con la mirada. Quieta, temblando, deseó arrojarle algo, gritar, romper algo.
-¡Eres un canalla! -murmuró ofendida-. Un ser cruel e inhumano -continuó mientras las lágrimas comenzaban a llenar sus ojos-. ¿Por qué tienes que ser tan insensible? ¿Por qué siempre tienes que ser tan insensible?
Pau se dirigió hacia la casa y logró serenarse sentándose frente a la puerta del despacho. Él la abrió unos minutos más tarde. Ella parecía una escolar con sus enormes ojos abiertos esperando muy formal en una silla como si alguien le hubiera dicho que lo hiciera hasta que saliera el director. Pero su boca no era la de una niña. Era la boca de una mujer, llena, sensual. La boca de una mujer a la que acababan de besar violentamente. Nada más verlo se puso en pie.
-¿Y bien?
-Nada -contestó él sacudiendo la cabeza-. Ha sido una falsa alarma. Una trampa
-¿Una trampa? -repitió ella incrédula.
-Sí, ya nos han tendido trampas antes.
Pau inclinó la cabeza preguntándose cómo era posible que alguien intentara aprovecharse del sufrimiento de otros seres humanos, pero no dijo una sola palabra más. Sencillamente, se alejó y subió las escaleras con la espalda recta y la cabeza bien alta.
Sola, como sólo una mujer que estuviera en su situación podía estarlo.
-Sube las escaleras como una princesa -comentó Hernan Paz, mirándola al lado de Pedro.
Aquel comentario era la chispa que hacía falta para hacer detonar la bomba de relojería que llevaba Pedro en su propio cuerpo. Se dio la vuelta y con los ojos soltando chispas de furia contestó:
-Vete al infierno.
Luego se dirigió al despacho y cerró la puerta.
Hola aqui lo prometido, paciencia que la espera vale la pena falta poco para que aparezca Male, que tengan una linda noche. Disfrutenlo y comenten :)
Muy buena novela, me gusta todas las que adaptas, elegís muy bien las historias. Gracias
ResponderEliminarX favorrrrrrrrrrrr, que Male aparezca de una buena vez y Pedro empiece a descubrir lo otro.
ResponderEliminarMuy limda tu novela Por Favor Subi Mañana otro capitulo!!
ResponderEliminarQ buen cap!!! Cuantas emociones sl desnudo y cuantos sentimientos q ya no pueden negar...sobre todo el!!
ResponderEliminarbuenísima la nove,me encanto...seguí subiendo!!!
ResponderEliminarMuy lindo capítulo!! La ama a pesar de todo!!
ResponderEliminarExcelente capitulo!!
ResponderEliminar