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ESTABA casada. Ya no era la señorita Chaves, ahora era la señora Alfonso, esposa de Pedro. Llevaba su anillo en el dedo, con sus nombres escritos dentro.
La casa que tenía en el campo, había sido el escenario perfecto para los votos matrimoniales. Se había imaginado otra casa lujosa de ejecutivo, pero se había equivocado; se trataba de una construcción de la época colonial, una muestra del éxito y la riqueza del propietario original. Igual que la boda había sido una muestra del éxito y la riqueza del propietario actual.
Habían colocado una enorme carpa blanca en medio de la explanada de césped y habían adornado todo el jardín con globos dorados y ramos de rosas. Había sido una ceremonia breve, pero con muchos invitados teniendo en cuenta el reducido número de familiares que tenían entre los dos. Para compensar, había asistido la flor y nata de la sociedad de Buenos Aires, además de algunos periodistas y todos ellos habían querido conocer personalmente a la mujer que había conseguido casar al soltero más solicitado de la ciudad.
Al final del día, Pau estaba agotada, física y psíquicamente. Miró al hombre al que había unido su vida y de pronto cayó sobre sus hombros la magnitud de lo que acababa de hacer. Tenía el marido perfecto: rico, inteligente, increíblemente guapo. Era la envidia de cualquier mujer, sin duda lo era de todas las asistentes, a juzgar por el modo en que la miraban. Tenía todo lo que podría desear, o eso pensaban ellas. Y sin embargo se sentía vacía. Era curioso cómo todas aquellas cosas que habrían bastado para hacer feliz a cualquiera, no eran suficientes para llenar el hueco que sentía.
El lado bueno era su madre, que seguía sentada a la sombra sin poder borrar la sonrisa de la cara. Parecía serena, incluso guapa, con el traje color aguamarina que Pedro había elegido personalmente para ella con mucho acierto. El maquillaje la favorecía enormemente y parecía más fuerte y sana que nunca.
Pedro tenía razón. Aunque Pau sabía que la noticia del embarazo habría supuesto una enorme alegría, el hecho de saber que su hija estaba casada y que aquel niño se criaría en un entorno familiar adecuado, la haría aún más especial. Desde luego la felicidad que se reflejaba en su rostro ya era bastante para que hubiera merecido la pena casarse de aquel modo. Y no era sólo el aspecto, hasta los médicos estaban sorprendidos por su repentina mejoría. En resumen, su madre parecía una mujer completamente nueva.
Pau se dejó llenar por la alegría de tal pensamiento y a la vez pensaba cuánto más iba a mejorar cuando se enterara de que iba a tener un nieto. Y dada la evolución de las últimas semanas, seguro que podría llegar a conocer a ese nieto.
Aquello la hizo pensar en lo sorprendente que era el comportamiento de Pedro para alguien que no había tenido la menor intención de casarse. Incluso había conseguido localizar a la enfermera que se habia quedado con ella cuando fueron a Uruguay y contratarla como enfermera de su madre a tiempo completo. Volvió a mirarlo y se dio cuenta de que aquel hombre seguía confundiéndola enormemente. La confundía y la sorprendía con cosas como la sincera y tierna amistad que había trabado con su madre desde el principio.
¿Acaso había cambiado? ¿Habría alguna posibilidad de que esa ternura llegara también a su relación con Pau? Las últimas semanas había estado muy distante, concentrado en el trabajo... como si ahora que había aceptado ser su esposa, hubiera dejado de necesitarla. ¿Sería posible que algún día el amor que sentía por él fuera correspondido? ¿Podría algún día llegar a ver aquel matrimonio como algo más que el medio de controlar la educación de su hijo?
Justo entonces sintió la mano de Pedro apretándole la suya e interrumpiendo sus pensamientos.
— ¿Te he dicho lo guapa que estás hoy?
Notó el rubor que le inundaba las mejillas bajo su atenta mirada. Lo cierto era que el diseño color marfil había sido todo un acierto pues le marcaba el torso y la cintura y luego se abría en una falda con vuelo que la favorecía mucho. Sólo con llevarlo se sentía bella, pero si además se lo decía Pedro, el placer era aún mayor.
—Tengo algo para ti —le dijo sonriendo después de que se marchara el último grupo de invitados—. Ven conmigo.
La luz del ocaso estaba retirándose rápidamente a medida que la noche se apoderaba del cielo. La enfermera había acompañado a su madre al interior de la casa. Pau siguió a su flamante esposo hasta el garaje, donde había un coche deportivo color champagne. Parecía que alguien había dejado el coche allí aparcado, pero... Un momento. Estaba atado con un enorme lazo rojo.
Miró a Pedro confundida.
— ¿Te gusta?
— ¿Que si me gusta? —debía de ser una broma—. ¿Quieres decir que...? —miró al coche y después otra vez a Pedro—. ¿Quieres decir que es mío?
—Es un regalo de bodas.
Pensó en el viejo automóvil de su madre que utilizaba para ir de compras y para algún viaje ocasional, parecía imposible que ambas máquinas pertenecieran a la misma especie.
—No sé si sabré llevarlo.
—Yo te enseñaré. Mañana empezaremos las clases —añadió colgándole al cuello la llave, que también tenía un lazo rojo.
—Pero yo no tengo nada para ti —se disculpó con culpabilidad.
Pedro tiró de ella hasta que el latido de sus corazones sólo quedó separado por la tela de sus trajes.
—Puedes hacerme un regalo… esta noche —susurró justo antes de besarla suavemente en los labios, una suavidad que escondía todo el deseo y la pasión que podía ver en sus ojos—. Pero ahora deberíamos ir a ver a tu madre antes de que se acueste... y a darle la noticia.
—Ha sido un día perfecto —dijo su madre con una sonrisa resplandeciente en cuanto los vio entrar en el salón—. Gracias por hacerme tan feliz.
Aquello bastaba para que Pau sintiera que, al menos por ella, había hecho lo correcto al casarse con Pedro.
—Tenemos más noticias que darte —anunció Pedro agachándose a darle un beso en la mejilla, como había hecho Pedro—. Si no estás muy cansada.
—Estoy cansada, pero no quiero que el día acabe todavía. Aunque no sé qué podéis decirme después de tantas emociones y alegrías.
Pedro miró a Pau y asintió en un gesto que significaba que le dejaba a ella el honor de darle la buena nueva.
—Mamá —comenzó a decir observando a su madre—. Puede que esto te sorprenda... vamos a tener un bebé. Estoy embarazada.
Ale le soltó las manos a su hija para llevárselas a la boca. Un segundo después, tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Qué maravilla. Es maravilloso.
Pedro se agachó a su lado.
— ¿No estás decepcionada? Nos hemos adelantado un poco, teniendo en cuenta que nos hemos casado hoy mismo —le preguntó él.
— ¿Cómo iba a estar decepcionada? –dijo enjugándose las lágrimas—. No creas que no sé lo que es estar tan enamorado que resulte imposible esperar hasta después de la boda. Yo también fui joven y amé con todo mi corazón.
Podría haberle dicho que era él el que no sabía nada del amor, y que el amor no tenía nada que ver con aquel bebé, pero no habría sido adecuado. Además, tampoco significaba que no sintiera nada por Pau; la deseaba con todas sus fuerzas, dentro y fuera de la cama y, por algún motivo, saber que ahora sus vidas estaban unidas resultaba mucho más satisfactorio de lo que habría imaginado.
Pero eso no era amor...
Ale se fundió en un abrazo con su hija, un abrazo lleno de llanto y risas al mismo tiempo. Al ver a aquellas dos mujeres compartir tanta alegría después de haber compartido tanto sufrimiento, hizo que se le cortara la respiración, de pronto tuvo la sensación de que algo dentro de sí había quedado libre. Pau la miró y en su rostro apareció una sonrisa que lo llenó de luz y ternura. Se sentía satisfecho y orgulloso de ser parte de un momento tan familiar y emotivo.
—Es increíble —dijo Ale soltando a su hija lo bastante para mirarla a los ojos—. ¿Te acuerdas de esa promesa que me hiciste? En su momento me pareció maravilloso que te preocuparas tanto por mí como para prometerme algo así, pero jamás creí que ocurriría de verdad.
— ¿Qué promesa? —intervino Pedro consciente de que algo había hecho que Pau se pusiera en tensión—. ¿A qué te refieres?
—Ahora parece una tontería —respondió Pau tratando de quitarle importancia.
— ¿Una tontería? —repitió su madre—. ¿Cómo puede ser una tontería que tu hija te prometa algo que crees que no podría pasar a no ser que ocurriera un milagro y acabe sucediendo? Es un verdadero milagro.
— ¿Qué te prometió, Ale?
—Pedro —dijo Pau agarrándolo de la mano—. Mamá parece muy cansada. Yo te lo contaré más tarde.
—Cuéntame, Ale —siguió él desoyendo la petición de Pau—. Dime qué te prometió mi esposa.
Ale puso una mano sobre la de él al tiempo que los ojos volvían a llenársele de lágrimas.
—Fue después de la muerte de mi hijo. mi nuera y mi nieto. Yo estaba destrozada por haber perdido a casi toda la familia y a mi nieto. Me parecía tan injusto, eran tan jóvenes. Y me sentía engañada, me habían hecho abuela y ni siquiera había tenido oportunidad de conocer a mi nieto, de tenerlo en brazos y besarle la mejilla.
Pedro le apretó la mano, aunque un oscuro pálpito se había apoderado de él borrando el sentimiento de alegría y esperanza que había sentido sólo unos minutos antes.
—No hay un solo día que no piense cómo habría sido aquel niño al crecer. Ni pasa un día sin que sienta el dolor de la pérdida.
Suspiró profundamente y miró a Pedro.
—Cuando descubrieron que la enfermedad estaba en fase terminal, pensé que jamás tendría oportunidad de tener un nieto. Pero Pau sabía cuánto lo deseaba y me hizo una promesa. Ahora parece una locura, pero en aquel momento significó mucho para mí. Recuerdo que era mi cumpleaños y yo estaba especialmente triste; ella me prometió que haría cualquier cosa para hacerme feliz y que no me iba a ir de este mundo sin conocer a su hijo.
— ¿Dijo que haría cualquier cosa? —le preguntó él a Ale aunque tenía los ojos clavados en Pau, esperando que ella lo negara, pero sabiendo por la expresión de sus ojos que no podía hacerlo.
—Sí —respondió su madre encantada y completamente ajena a la tensión de los novios—. No sé qué tendría en la cabeza. Cuando se fue al traste la boda con Facundo, pensé que ya no había ninguna esperanza; pero afortunadamente apareciste tú.
—Afortunadamente.
La voz de Pedro sonó fría como el hielo y Pau sintió que se alejaba de ella irremediablemente
Hola aca paso a dejarles el capitulo de hoy, sera que se separan? comenten mucho y mañana les subo otro @patty_lovepyp que tengan un lindo dia :)
Qué manera de meter la pata la mamá!!!!! Espero que Pedro no se enoje
ResponderEliminarsubi maassssssssssssss
ResponderEliminardecime con que necesidad?????? no hay derecho...
ResponderEliminarun poquito de amor y alegria!
pero que vieja metiche cheeeee!
noooooooooooo q metida de pata lpmqlp!!
ResponderEliminarayyy nooo,ojala pepe le deje a pau explicarle todo...
ResponderEliminarnooo que no se separen
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